“Pasó de moda Gaza, como todo viste vos…”
Parafraseando desde el título al Indio Solari, unas líneas sobre el apagón informativo del desastre humanitario en Gaza, sobre el cadáver político de la propuesta de “los dos Estados” y sobre la resistencia silenciosa de quienes, contra el fatalismo de cualquier libro sagrado, insisten en disputar el porvenir desde porfiadas utopías que son más realistas que los planes de los poderosos.
Por Américo Schvartzman
Pasó de moda el Golfo, / como todo viste vos…
Como tanta otra tristeza / a la que te acostumbrás
Así comenzaba una canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, grabada en octubre de 1991 para el disco La mosca y la sopa. El Indio Solari, con su cínica lucidez, cristalizaba en esos versos la velocidad con la que consumimos y masticamos el horror televisado en directo. En aquel momento era la Guerra del Golfo, aventura imperial en la que un anterior Presidente argentino, tan obsecuente del poder global como inconsecuente con la tradición nacional de neutralidad activa, nos involucró enviando un par de buquecitos de guerra que nos costaron carísimo (y a él mismo: no solo los bombazos de 1992 y 1994, sino también, de acuerdo a lo que el propio Menem insinuó, la pérdida de su propio hijo).
Cualquier parecido con el actual alineamiento, lejos de ser casualidad, es puro riesgo para la sociedad argentina. Pero por entonces, los bombardeos nocturnos en verde fosforescente transmitidos por la CNN como si de un viejo videojuego se tratara, habían dejado de “medir” en el rating de la atención pública. El dolor ajeno convertido en show, como todo espectáculo, no podía durar.
Tic-tac efímero, luces efímeras
Treintaicinco años después, la historia se repite, pero potenciada por el algoritmo. La velocidad del reemplazo de una información por otra ya no depende de la grilla de programación de un canal de cable. La arquitectura digital funciona ipso facto para distraer y para infoxicar. No es un error de tipiado: la infoxicación es un concepto creado para sintetizar la sobrecarga informativa que ocurre cuando la cantidad o la intensidad de información exceden nuestra limitada capacidad de procesamiento, lo que puede provocar efectos disfuncionales. Ya no sabemos qué ocurre, ya no sabemos qué importa. Todo es efímero.
La paradoja es tan genial como perversa: en Occidente ya no se restringe ni se censura. No es necesario. Al contrario: se inunda de información. La verdad se asfixia llenando el espacio público de ruido, de narrativas cruzadas, de operaciones de desinformación masiva y de FakeNews. La sospecha de que “todo puede ser falso” tiene una respuesta casi unívoca: el repliegue, la apatía, la desatención.
Estudios globales de comunicación —como el Digital News Report del Reuters Institute o las investigaciones del Institute for Economics and Peace— muestran un nuevo sesgo cognitivo, adquirido, que se suma a los estudiados por diferentes disciplinas. Se trata del sesgo de fatiga (“fatigue bias”). Sometidos a la exposición constante de imágenes de sufrimiento extremo, desarrollamos mecanismos de defensa psicológico: evitamos selectivamente esas noticias.
Las grandes plataformas tecnológicas (Meta, TikTok, X), carentes de deberes éticos, solo quieren retener al usuario. Sus algoritmos jerarquizan los contenidos de entretenimiento, personalizando en cada consumidor de acuerdo a su propio historial. El resultado: cada vez tenemos más acceso a información, pero cada vez estamos más desinformados y aislados. Lo había adelantado hace dos décadas el gran Eduardo Galeano, quien alcanzó a pispear lo que venía: En la era de la comunicación estamos más incomunidados que nunca antes.
Distintos estudios sobre la cobertura de crisis asimétricas revelan que los grandes medios occidentales aplican un “humanitarismo selectivo”. Mientras que en las primeras etapas de la ofensiva militar la cobertura ocupaba las primeras planas, para fines de 2025 y lo que va de 2026, Gaza ha virtualmente desaparecido del universo informativo hegemónico. Los muertos palestinos, seres humanos con nombre e historia, hasta hace poco eran informados día a día, y si bien el riesgo era convertirlos en una fría estadística, hoy desaparecieron de noticieros y de primeras planas.
La inundación informativa opera como un muro de niebla. Si durante cinco minutos (o días, o meses) hay algo que es lo único que importa, y luego eso cambia por otra noticia, entonces el resultado es que nada importa realmente. La tragedia de Gaza ha sido succionada por ese remolino donde el horror se convierte en paisaje y la indignación moral dura lo mismo que se tarda en hacer el siguiente scrolleo.
De qué lado de la mecha
En Gaza la dimensión de la destrucción sistemática es tal que ya hay investigadores en sociología que la catalogan como sociocidio: la aniquilación planificada de las bases materiales, institucionales y humanas que permiten la vida en comunidad. La novedad conceptual supera así el debate sobre el uso del término genocidio (que supone la intención de aniquilar a un grupo humano) para describir lo inocultable: el objetivo es hacer inviable la vida de una sociedad palestina en Gaza. Personajes que avergüenzan a la tradición humanista judía como Daniella Weiss o el ministro Itamar Ben-Gvir, no ocultan esa intención y la predican con todas las letras.
La posibilidad de una vida digna en la Franja ha sido demolida hasta los cimientos. Los informes de agencias internacionales como el Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) describen una distopía en tiempo real: más del 80 % de las viviendas e instalaciones comerciales han sido destruidas o dañadas de forma irreversible. La matriz sanitaria y educativa sufre un colapso aún peor: la casi totalidad de las universidades (más del 95 %) han sido reducidas a polvo, y la inmensa mayoría de sus hospitales (más del 94 %) han colapsado. No quedan centros médicos funcionando, solo hospitales de campaña donde médicos sobrevivientes operan en condiciones medievales.
(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1171, del día 11 de junio de 2026)





