No tengamos miedo de ser una ciudad

mapa de Paraná

Por Camilo Soñez (*)

La ciudad de Paraná es un caso perfecto, digno de ser estudiado en las mejores universidades del país, de cómo puede crecer una ciudad, no ya de forma  no-planificada, sino peor aún, crecer de forma absolutamente nociva, atentando contra sí misma.

La ciudad no sólo lleva el nombre del segundo río más grande de Sudamérica, sino que se ubica a sus márgenes, más precisamente en la orilla este. Dotada de un paisaje y una vista inigualables, la ciudad en vez de crecer a lo largo de la costa del río creció a sus espaldas. Podemos ver con claridad al tomar un mapa de la ciudad, como en lugar de expandirse al borde del río, como por ejemplo sí lo hizo Mar del Plata al borde del mar, o la mismísima ciudad de Rosario al borde del mismo río que nosotros, en nuestro caso lo hicimos a sus espaldas, extendiéndose la ciudad en sentido opuesto al río. De hecho no pocas personas se sorprenden al comprobar lo “cortita” que es la costanera de Paraná comparada por ejemplo  con la costanera de Santa Fe, la cual en vez de estar a los márgenes del segundo río más grande de Sudamérica lo está sobre una laguna que es mucho más pequeña.

Porque la ciudad se expandió como una gran mancha gris hacia el sudeste y no bordeando el río, y se debe a múltiples causas, pero la primera tiene que ver con la expansión de la ciudad alrededor de su centro cívico a fines del siglo XIX y principios del XX.  Alrededor de dicho centro cívico, y dentro de este, se ubicaron las principales residencias, los más importante proyectos inmobiliarios a principio del siglo XX. En función de cubrir las necesidades de esta zona, fue que la misma contó con los primeros y mejores servicios públicos, lo que sumado a que allí se encontraban las principales dependencias institucionales, hizo que alrededor de dicho centro se fueran radicando las nuevas viviendas.

No es menos cierto, que la topografía de los márgenes del Paraná no siempre los presentan como los más aptos para la radicación permanente, dada las crecidas del río o debido al propio terreno que dificulta la radicación de viviendas, y fue así que se optó por edificar atrás de la barranca y no a los pies de ésta o al borde de los humedales.

Luego, se produjeron sucesivas migraciones que fueron aumentando de manera considerable la población de la ciudad, muchas de estas fueron consecuencia de las sucesivas crisis económicas que vivió Argentina durante el siglo XX y lo que va del XXI, y cuando los recursos escasean la gente se asienta donde puede, no donde es más estratégico. Faltó Estado. La impericia, la demagogia, y la falta de visión a largo plazo de los diferentes gobiernos, muchos de ellos no democráticos, impidieron que esos nuevos asentamientos se hicieran pensando en (1) garantizar servicios de calidad y con una relación costo/calidad sustentable, y (2) pensando en el crecimiento futuro y el perfil de ciudad que se quería. Vivir de urgencia en urgencia impide planificar y encontrar soluciones de fondo. Entonces, no sólo no se reubicó a la población que iba asentándose de forma no planificada para el crecimiento de la ciudad, sino que se extendieron los servicios de una manera no estratégica, volviéndolos más costosos y al mismo tiempo menos eficientes, además de que para poder financiar dichos servicios fue necesario resignar obras de infraestructura que hubieran permitido desarrollar la ciudad al borde del río, y no a espaldas de éste.

Hoy vemos como la zona del parque y el centro está abarrotada de edificios de viviendas en altura, es en esta zona donde se logra una rentabilidad acorde al capital invertido, y donde la tasa de riesgo de la inversión es aceptable. Es cierto que se están desarrollando nuevos proyectos inmobiliarios, principalmente loteos y barrios residenciales en las afuera de la ciudad, tanto al norte como al sur. Bienvenidos sean. Pero esto no le da la solución a una ciudad que necesita sí o sí desarrollarse a lo largo del río, y no a sus espaldas. Hay que expandir el borde costero, necesitamos nuevos parques, nuevas costaneras y más inversiones inmobiliarias al borde del río. Por supuesto, garantizando el libre acceso de los vecinos al río y con nuevas playas.

Las ciudades son básicamente una alteración profunda del entorno natural, son entornos artificiales, son calles, son alumbrado público, plazas y edificios. Son el producto de una especie “cultural”, el ser humano, por eso construimos teatros, escuelas, clubes, parques diseñados por paisajistas, etc., todas obras que alteran el entorno natural y que nos diferencian de las demás especies.

Ahora bien, el impacto ambiental de las ciudades, sobre todo de los grandes conglomerados industriales, ha sido “alarmante” en el medioambiente. No es nuestro caso, no somos una ciudad industrial, sino de servicios, y para contribuir a reducir el impacto que tiene la vida humana moderna sobre el medioambiente, los y las paranaenses debemos lograr que se produzca menos monóxido de carbono y generar condiciones para que la movilidad eléctrica se desarrolle, por eso el anuncio de casi 50 kilómetros nuevos de ciclovías, sumado a los kilómetros que ya viene construyendo el municipio, son muy buenas noticias. También debemos manejar los residuos de una forma sustentable y por suerte también vamos avanzando correctamente en esa dirección, y sobre todo tratar los afluentes cloacales y químicos que se vierten sobre el río Paraná. Esos son los caminos que debemos consolidar para lograr una armonía entre la ciudad y la naturaleza, no actuar como si la ciudad fuese reserva natural, para eso están las miles de hectáreas de humedales y bordes costeros junto al río Paraná, las cuales debemos proteger de manera celosa y poner en alerta a todos y todas frente a la quema indiscriminada o la vertiente de residuos, pero la ciudad tiene apenas unos pocos kilómetros frente al río, y estos pocos kilómetros requieren inversión en infraestructura tanto pública como privada para ser disfrutados. Y no sólo por los y las paranaenses, sino por quienes nos visitan y vienen en busca de una ciudad con nombre de río.

Pero lamentablemente la ciudad,  por incapacidades propias, urgencias o por la mirada reaccionaria de quienes así lo prefieren, le termina dando la espalda a esa corriente natural de agua que lleva su mismo nombre. No se trata de defender un proyecto público o privado en particular, sino de defender la idea de ciudad, la cual desde la Edad Media hasta nuestro día se enfrenta a visiones reaccionarias, aquellas que expresan que “no hay que alterar nada de lo natural”.

No tengamos miedo de ser una ciudad. Estamos destinados a serlo.

(*) Coordinador de Derechos Humanos de la Municipalidad de Paraná

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