Todas las cosas que pasan mientras ELLA tuitea

Sergio Massa, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.

Sergio Massa, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.

Por Ernesto Tenembaum (*)

 

En la madrugada del viernes, se firmó la paz en un conflicto gremial muy duro que, pese a las apariencias, tuvo además un desarrollo virtuoso. En una economía que se desliza sostenidamente hacia una inflación intolerable, tiene su lógica que los trabajadores organizados peleen para mantener su nivel de ingresos y también que los empresarios defiendan sus niveles de ganancia. Son las reglas. Cuando los acuerdos se demoran, suele ocurrir que las cosas se tensan -hay gritos, acusaciones, malos modales, amenazas- y finalmente se llega a un acuerdo, cuando prima la sensatez. Eso que ocurrió en la pulseada de los neumáticos refleja una de las mejores virtudes del mundo capitalista y democrático: en todos los demás sistemas que existieron en la historia de la humanidad, quienes pelean por salarios y condiciones de trabajo son perseguidos.

El problema, en este caso, no es la dinámica del conflicto sino las implicancias del contenido del acuerdo final. Los sindicalistas del neumático lograron un aumento anual que, según como se calcule, oscilará entre el 90 y el 100 por ciento. Esos números están en línea con acuerdos similares que consiguieron los bancarios, los trabajadores del sector avícola, el gremio de Sanidad, entre otros. Y todavía falta la negociación de camioneros, pero ya hay un indicio de lo que pasará allí. “Lo de los neumáticos va a parecer un poroto”, anticipó Pablo Moyano, cuyo rol de negociador lo ubicó esta semana en un lugar muy destacado.

Un ejemplo del vértigo que ha adquirido este proceso, es lo sucedido con el sector bancario. En mayo, la vicepresidenta Cristina Kirchner tuiteó: “Felicitaciones, compañero Palazzo!”. El cumplido estaba dirigido al titular de La Bancaria, Sergio Palazzo, porque había conseguido un aumento del 60 por ciento. El viernes, Palazzo anunció que esa paritaria se había actualizado al 95,1 por ciento. En solo cuatro meses, un buen acuerdo del 60 por ciento se transformó en un acuerdo basura, y fue reemplazado por otro de 35 puntos más. ¿Cuánto será un buen acuerdo en marzo?

Para algunas personas todo esto puede resultar amenazante, pero, en realidad, es un reflejo defensivo. La inflación crece a velocidad crucero y aquellos que pueden -los trabajadores sindicalizados, por ejemplo- se defienden con las armas que tienen para no ser más pobres.

Naturalmente, cada uno de estos números es disparado por un aumento previo de los precios, pero -al mismo tiempo- impulsa nuevos aumentos. Eso obliga al Gobierno a actualizar tipos de cambio y precios regulados, lo que impulsa más rápido la inflación y por lo tanto nuevas actualizaciones de paritarias y de todo. Aquellos que fuimos contemporáneos de los conmovedores sucesos narrados en la película Argentina 1985, también podemos contarle a las nuevas generaciones dónde puede terminar la carrera desenfrenada -un lugar común que, sin embargo, describe muy bien lo que ocurre- entre precios, salarios y tipo de cambio.

La designación de Sergio Massa como ministro de Economía cumplió un primer objetivo que nadie le va a reconocer. Durante el fin de semana previo a su llegada al Palacio de Hacienda, los medios estaban repletos de especulaciones sobre si el Presidente Alberto Fernández terminaría su mandato. Massa asumió en medio de una corrida tremenda contra el peso, que empezaba a mostrar sus efectos en una incipiente fuga de depósitos bancarios y en un contexto donde la economía amenazaba con frenar bruscamente por la falta de precios de referencia. Esos fantasmas terribles fueron alejados. Pasaron dos meses durante los cuales el nuevo ministro apeló a varias medidas que le permitieron ganar tiempo. Parece poco, desde ahora. Pero no si alguien vuelve a aquellos agónicos días.

Sin embargo, el monstruo inflacionario permanece indómito. Los números que recogen las distintas consultoras privadas reflejan que la tercera semana de septiembre los precios aumentaron más que en la misma semana en que renunció Martín Guzmán. Hay allí otro récord que se va alcanzando y que todos los sindicalistas miran con atención. Es cierto que el plan Massa, si tal cosa existiera, consiste en actualizar más velozmente el tipo de cambio -para achicar la brecha con el dólar-, en aumentar combustibles y tarifas, y que todo eso tiene su efecto. Pero a eso se le agrega la puja distributiva y es difícil ver dónde termina la escalada. Su pronóstico de 60 por ciento de inflación incluido en el presupuesto 2023 refleja la módica dimensión de su optimismo.

Durante la presentación de ese Presupuesto en el Congreso, ocurrieron algunas cosas muy interesantes, especialmente cuando habló el viceministro Gabriel Rubinstein, un hombre que, como se sabe, proviene de la ortodoxia económica. Rubinstein explicó que la inflación obedece a dos causas. Una de ellas, tiene que ver con las necesidades de financiamiento del Estado. Eso genera una emisión para pagar deudas a prestamistas locales que explica un 40 por ciento de inflación. El 50 restante se debe a la dinámica descripta al comienzo de esta nota. Así lo piensa él.

En esa dinámica incluyó los márgenes de ganancia fenomenales que están teniendo algunas empresas. Cristina Kirchner, que fue la primera en insistir en este asunto, tiene sobre su escritorio un informe con comparaciones históricas: las empresas alimenticias más importantes han logrado en el último año ganancias que superan al 15 por ciento de su facturación, cuando el margen histórico rara vez ha superado el 3 por ciento. Hace unos meses, en una reunión empresaria, el supermercadista Federico Braun contó que en la hiperinflación de los ochenta ganó más plata que nunca. Algo así parece estar pasando ahora. En medio del desorden, cada cual defiende sus ingresos –o sus ganancias- como puede.

Entonces, Rubinstein afirmó que el Gobierno debería ocuparse de la inflación extra, la que no obedece a la emisión, mientras baja el déficit. Será difícil. Bajar el déficit obliga a afectar a muchos sectores que tienen capacidad de presión, como se puede ver. Y frenar la pulseada entre empresarios y trabajadores requiere de una autoridad política que a un Gobierno dividido como este le cuesta mucho ejercer. Nadie dijo que sería fácil. Pero seguramente Sergio Massa no imaginó la magnitud de estos desafíos.

Rubinstein recibió, sin embargo, un entusiasta y, sobre todo, inesperado respaldo. El diputado Luciano Laspina, principal asesor económico de Patricia Bullrich, dijo: “Celebro el tono de la reunión. Creo que es un avance institucional grande respecto a lo que hemos vivido en otros momentos. Celebro también el marco de racionalidad en el cual el ministro presentó todas las cifras, la visión general de la economía. La verdad que ha sido un cambio drástico (…) El secretario Rubinstein habló de la situación fiscal como uno de los motores de la expansión monetaria. Desde ya le digo que cuenten con Juntos por el Cambio si el objetivo es reducir aún más el déficit fiscal. Busquemos la forma (…) Veámoslo. Porque en esto va la vida de los argentinos. Si este consenso lo hubiéramos tenido hace muchos años, este sería otro país, creo yo”.

Casi en el mismo momento en que la dupla Massa/Rubinstein recibía los elogios de Laspina, Cristina Kirchner apelaba una vez más a su cuenta de Twitter para manifestar su insatisfacción con la marcha del Gobierno. Como se sabe, la vicepresidenta se quejó porque el Gobierno era demasiado pasivo ante las superganancias de las alimenticias. Desde el Gobierno, aclararon que está todo bien entre ella y Massa, que todo está acordado, que no es necesario especular sobre un conflicto que no existe. Desde el cristinismo no aclararon nada. No es la primera vez que esto ocurre, de manera calcada. Ella tuitea. El Gobierno le baja el tono al conflicto. Ella no baja nada. Y todos contienen la respiración.

El tuit de CFK instala por primera vez una duda sobre cuál es el respaldo que tiene Massa del sector más poderoso del Gobierno. Dicho de otro modo: ¿Guzmán -y con él Alberto Fernández- fracasó porque fue poco hábil políticamente, porque desafió públicamente a Cristina, porque no era simpático, porque no era amigote de Máximo? ¿O fracasó porque quería llevar a Cristina hacia un lugar donde ella, decididamente, no quería ir?

Los pasos de Massa en estos primeros dos meses contrastan -mucho más que los de Guzmán- con tantas cosas que han dicho los Kirchner. Su simpatía, su conocimiento del paño, el miedo a una nueva corrida, ¿harán magia o todo está como cuando estaba Guzmán, pero más disimulado? Si la hipótesis correcta es la segunda, la cuenta de Twitter más influyente de la historia política del país registrará mucha actividad en los próximos meses.

Pero además hay otro problema estructural. La puja entre trabajadores y empresarios, que el Gobierno pretende serenar, tiene entre sus actores a muchos sindicalistas que se referencian en Cristina y Máximo Kirchner. La planta de Techint que produce los caños para el imprescindible gasoducto está frenada por un conflicto sindical desatado en la misma semana en que Massa anunció con bombos y platillos la llegada de los primeros caños. Tal vez haya sido solo casualidad. Los sindicalistas del Neumático pertenecen al Partido Obrero, pero durante todo el conflicto fueron respaldados por Moyano, de fluida relación con Kirchner. Para desinflar la puja distributiva, el Gobierno debería actuar como un bloque. Pero ese bloque no existe.

Desde la propia asunción de Alberto Fernández, el gobierno del Frente de Todos estuvo atravesado por diferencias profundas: es su patología de origen. La incapacidad de sus principales dirigentes para saldar esas diferencias explica, en gran medida, la magnitud de los problemas económicos que enfrenta la sociedad argentina.

No parece muy sensato seguir jugando con fuego.

Pero, ¿quién dijo que la sensatez es algo necesario para gobernar un país?

 

(*) Esta columna de Opinión de Ernesto Tenembaum fue publicada originalmente en el portal de Infobae.

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