Carlos Belloni
Ya no se trata más del futuro del trabajo, sino de cómo definir el valor del hombre cuando este deja de ser necesario para producir riqueza.
Pablo, un estudiante de ingeniería del conurbano bonaerense, regresa a su pequeño departamento después de un largo día, enciende un aro de luz, se conecta un celular a la frente y comienza a grabarse. Levanta las manos frente a él y tiende la cama. Se mueve con cuidado, con una precisión ritual, asegurándose de que sus manos queden siempre dentro del encuadre de la cámara. Luego repite la secuencia con cada tarea doméstica.
Pablo trabaja como “registrador de datos” para Micro1, una empresa con sede en California, que recopila datos del mundo real para venderlos a compañías de robótica. A medida que empresas como Tesla, Figure AI y Agility Robotics compiten por construir robots humanoides –robots diseñados para parecerse y moverse como los humanos en fábricas y hogares–, los videos grabados por estos trabajadores de plataformas se están convirtiendo en la forma más demandada de entrenamiento.
Pablo trabaja. Pero no trabaja como estamos acostumbrados. No produce bienes. No presta servicios. No transforma materia ni resuelve problemas. Entrena máquinas. Como él, miles de jóvenes en Nigeria, India o Argentina se filman doblando ropa, lavando platos o cocinando. Sus movimientos –lentos, repetidos y minuciosamente registrados– son convertidos en datos. Y esos datos, en inteligencia sintética. Trabajan recopilando datos del mundo real que puedan ser usados por empresas que construyen robots capaces de reemplazarlos.
Advertencias que no alcanzan
Durante décadas hemos discutido alrededor de la remanida frase “el futuro del trabajo o el trabajo del futuro”. Gobiernos, empresas y universidades organizaron foros, redactaron documentos, diseñaron políticas. Pero esa discusión partió siempre de un supuesto implícito: que el trabajo seguiría siendo el eje alrededor del cual organizar la vida social, económica y política.
Ese supuesto ya no es válido. El problema no es que vaya a faltar trabajo. El problema es que el sistema comienza a no necesitar al hombre.
No lo dicen filósofos ni ensayistas ni “teóricos de la perdición”. Lo dicen los propios organismos internacionales que durante décadas organizaron el orden económico global. La presidenta del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, advirtió que, en el corto plazo, cerca del 60% de los empleos de las economías avanzadas se verán afectados por la IA “ya sea mejorándolos, eliminándolos o transformándolos”; y que “el impacto a nivel global podría alcanzar el 40%”. “Esto es como un tsunami que azotará al mercado laboral”. Por su parte, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, fue igual de categórica: la IA no es sólo una herramienta de productividad; es un cambio estructural que afectará al empleo, a los ingresos y a la distribución de la riqueza.
Pero incluso estas advertencias - correctas y necesarias - siguen siendo formuladas dentro de un marco que comienza a quedar corto. Hablan de impacto. Hablan de transformación. Hablan de riesgo. Pero no terminan de decir que lo que está en juego no es sólo el empleo sino el lugar del hombre en el sistema.
Cambio de paradigma
Las revoluciones industriales - desde la Primera a la Tercera -, eliminaron trabajos, pero, al mismo tiempo, crearon otros. Sustituyeron músculos por máquinas generando nuevas formas de empleo; más especializadas, calificadas y mejor pagadas. La fábrica reemplazó al taller artesanal; la oficina al campo; el conocimiento al esfuerzo físico. Siempre hubo una transición - dolorosa, desigual y conflictiva - pero había una continuidad: el trabajo seguía siendo el organizador de la vida social. Ese era el verdadero contrato social de la modernidad; la promesa implícita detrás de cada letra de la palabra “Progreso”. Estudiar, trabajar, producir, progresar.
Durante generaciones, este contrato definió qué significaba crecer; qué significaba progresar; qué significaba fracasar. Definía cuándo una vida estaba “encaminada” y cuándo “se había desviado”. Definió qué era ser adulto. Qué era ser útil. Qué era “ser alguien”. Definió algo más silencioso y profundo: cuánto “valía” una persona. No en términos filosóficos ni morales sino en términos sociales. Un “valor” que quedaba determinado por la capacidad de producir, de acumular, de sostenerse y de sostener a otros. Ese fue el lenguaje con el que aprendimos a medirnos.
Porque la lógica ahora es más disruptiva. La magnitud del salto comienza a ser difícil de dimensionar. Sistemas de inteligencia artificial ya no sólo ejecutan tareas complejas - en muchos casos mejor y más rápido que nosotros -, sino que empiezan a detectar fallas en infraestructuras críticas con una eficacia que hasta hace poco era patrimonio exclusivo de especialistas y de organismos de inteligencia. Tecnología que continúa evolucionando a una velocidad sin parangón en la historia. De hecho, es todavía difícil saber si habrá un límite a su aprendizaje o si, por el contrario, nuestra creación nos desbordará.
Un sistema educativo perdido
Seguimos pensando al mundo con categorías del pasado. Seguimos creyendo que estudiar garantiza un empleo. Que el empleo garantiza un ingreso. Que el trabajo organiza la vida. Y el sistema educativo, lejos de anticipar el cambio, muestra signos de una rendición incondicional. Forma a chicos - y a adultos - para un mundo que ya no existe con instituciones que no logran comprender lo que viene. Repite esquemas, contenidos y lógicas diseñadas para una economía que se desvanece en sociedades que han perdido su capacidad de transmitir valores, moldear conductas, sostener rutinas y valorar esfuerzos.
Aún más inquietante: la velocidad del cambio supera nuestra capacidad de comprenderlo. La tecnología avanza bajo una lógica implacable - se hace porque se puede - mientras el pensamiento se repliega sobre sí mismo y se vuelve superficial. Pensamos cada vez menos y lo hacemos peor. Hace décadas, Martin Heidegger advertía sobre la diferencia entre el pensamiento calculador y el pensamiento meditativo. El primero permite planificar, producir, resolver. El segundo, en cambio, se detiene a pensar sobre el sentido. Hoy, sobra pensamiento calculador y falta pensamiento meditativo. Y sobre este vacío se está forjando el mundo que viene.
Celebración que pierde el significado
El 1° de mayo nació como una lucha por limitar la explotación del trabajo. Ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de recreación. Era una discusión sobre condiciones. Sobre derechos. Sobre dignidad. El trabajo era el problema, pero, también la solución.
Hoy la pregunta es otra. ¿Qué ocurre cuando el trabajo humano deja de ser necesario? ¿Qué ocurre cuando deja de ser la solución? ¿Qué “vale” una persona cuando deja de ser necesaria para producir?
Ante esto aparecen dos respuestas, ambas insuficientes. La primera es la económica: el hombre como costo a compensar. Algo que se soluciona con subsidios, el Ingreso Básico Universal y mecanismos de contención. La segunda es la fantasía: suponer que la tecnología liberará al hombre y que ese tiempo se convertirá en ocio creativo o contemplación meditativa. Pero ambas respuestas eluden la pregunta central: ¿qué hace valiosa a una vida cuando deja de ser necesaria?
Hace más de quinientos años, en el corazón del Renacimiento, esta pregunta tuvo una respuesta distinta. Lorenzo Ghiberti dedicó cincuenta años de su vida a esculpir las insuperables puertas del Baptisterio de Florencia. No por eficiencia. No por productividad. No por necesidad. Lo hizo por sentido. Por amor a la vida.
Leonardo da Vinci dibujó al hombre inscrito en un círculo afirmando que el hombre es la medida de todas las cosas. Unos años antes, el filósofo Pico della Mirandola había sugerido en su obra más importante “La dignidad del Hombre” que el ser humano era el centro del universo y que tenía la libertad y la capacidad tanto de elevarse hacia las cosas superiores –y por lo tanto divinas– como degenerarse hacia las cosas inferiores y bajar al nivel del bruto.
¿Qué haremos nosotros? ¿Miraremos hacia las cosas superiores y aspiraremos a parecernos a verdaderos dioses o degeneraremos hacia abajo; hacia los brutos y necios a los que nos parecemos tanto? La respuesta depende de nosotros y sólo la obtendremos pensando. No huyendo del acto de pensar. Y la respuesta definirá al hombre en el que nos habremos de convertir - gracias a toda esta nueva tecnología - de ahora en más.
Hoy, por primera vez en siglos, la tecnología nos enfrenta a la posibilidad concreta y real de que el trabajo deje de ser necesario. Podría ser la mayor liberación de la historia. O nuestro mayor fracaso.
Mientras debatimos escenarios futuros, otros están entrenando las máquinas que decidirán qué producir, cómo hacerlo y a quiénes reemplazar. Mientras seguimos pensando el mundo con categorías obsoletas, miles de personas –como Pablo–, trabajan todos los días en algo inédito: enseñarles a las máquinas a no necesitarnos. El rasgo más inquietante de esta transición no es la sustitución en sí misma, sino la participación del trabajador - cada vez en más países y en los más impensados rubros - en su propio reemplazo.
La pregunta ya no es abstracta. Es urgente, incómoda e inevitable. Una pregunta ontológica y civilizatoria. ¿Qué lugar le queda al hombre en un mundo que ya no lo necesita?
(*) Este artículo de Opinión de Carlos Belloni fue publicado originalmente en el diario El Tribuno.






