Este 18 de febrero se cumplen tres años de aquella siesta de sábado en el barrio Los Cardales de Colonia Ensayo donde se ejecutó uno de los crímenes mejor planificados y ejecutados que se tenga registro: una banda de sicarios asesinó al exlíder de la barra brava de Patronato, Gustavo Barrientos. Los escasos rastros que dejaron entre las horas previas hasta la huida por el río Paraná no alcanzaron para llevar a nadie a un juicio. De los dos sospechosos, uno presentó una coartada y no hubo más pruebas para incriminarlo; el otro murió en un accidente de moto, según se denunció. Siempre estuvieron varios pasos por delante porque contaron con una estructura enquistada en la Policía de Santa Fe y otros organismos públicos que les advertían de allanamientos y les modificaban sus identidades en los registros oficiales. El caso sigue impune y tampoco hubo ni venganza ni reclamos de justicia desde el entorno de Barrientos.
Barrientos era uno de esos delincuentes que se extinguieron hace tiempo: territorial en su barrio Municipal donde se magullaba al que robaba; solidario y generoso con su gente, vecinos y allegados; asesino con el que se le pusiera enfrente; ladrón violento de mano armada en grandes comercios y empresas a cara descubierta; barrabrava con jefatura indiscutida en la tribuna que se ganó a tiros; puntero político en el auge del urribarrismo; empresario de la droga sin ostentaciones, el único que la Justicia nunca pudo condenar por narco; preso intratable que se recorrió todas las cárceles; jefe de una banda armada que regó de balas y sangre una época violenta de Paraná; marido de una mujer, padre de dos hijos.
Cada momento en la historia delictiva de Barrientos fue una historia aparte. Estaba condenado por el doble homicidio de Matías Giménez y Maximiliano Godoy, emboscados a tiros en el barrio Paraná XX el 9 de noviembre de 2012. En un juicio abreviado recibió 11 años de prisión. Le faltaban menos de nueve meses para cumplir la pena y tenía salidas socio familiares cada 15 días, que le costó mucho conseguir por su comportamiento carcelario. Aquel sábado lo sacaron de su pabellón de la Unidad Penal 1, lo subieron al móvil penitenciario y lo llevaron a la casa quinta de Colonia Ensayo. Lo esperaba su pareja, Verónica Martínez. Almorzaron y se acostaron a dormir la siesta. Los despertó el estruendo de una maza contra la puerta que la abrió de un saque. Cinco hombres armados, encapuchados y con guantes llegaron a la habitación y lo mataron a tiros. Otros dos esperaban afuera y el octavo al volante de la camioneta Toyota Hilux SW4.
Huyeron por la ruta 11, doblaron en el primer acceso a Puerto General Alvear, transitaron varios kilómetros hasta que el vehículo se detuvo por un desperfecto eléctrico. Siguieron caminando con bolsos a cuestas unos 2 kilómetros hasta la orilla donde los esperaba una embarcación. Se subieron y escaparon por el río Paraná sin destino conocido, aunque se presume que hacia Santa Fe. Los datos de la investigación, a cargo del fiscal de Diamante Gilberto Robledo, siempre llevaron hacia la vecina capital.
El primer sospechoso fue Germán Velázquez, desvinculado poco después ante la falta de evidencias. Luego apareció, por datos aportados por investigadores santafesinos, Leonardo “Cepillo” Garcilazo, oriundo de esa ciudad. Hubo innumerables medidas a cargo de la División Homicidios de la Policía de Entre Ríos. Se hicieron allanamientos y escuchas telefónicas. Se encontraron dos huellas dactilares en la camioneta abandonada que pertenecían a Diego Germán Costa y Juan Sebastián Gomila Bordiga, de Laguna Paiva. Cuando los iban a detener en esta localidad a 40 kilómetros al norte de Santa Fe, y en Moreno de la provincia de Buenos Aires, se escaparon. Cuando la Justicia de Diamante envió el exhorto, el dato se filtró, les avisaron y se mandaron a mudar. Tenían probados contactos en la Policía santafesina.
Los detuvieron en la Ciudad de Buenos Aires por portación de arma: no saltó el pedido de captura por el homicidio de Barrientos y hasta los procesaron con otros nombres porque habían logrado cambiar sus identidades en los registros oficiales. Esto ya indicaba que había una organización con una capacidad logística y una penetración en el Estado impensada hasta entonces.
Gomila Bordiga fue liberado y más tarde Costa se escapó de la comisaría. El primero cayó unos meses después por un robo en San Lorenzo, al sur de Santa Fe. Explicó que su huella estaba en la camioneta porque la había robado y luego la vendió. No hubo más pruebas en su contra y lo tuvieron que liberar (siguió preso en Coronda por otras causas). Del segundo no hubo más noticias hasta enero de este año, cuando su abogado defensor Rodolfo Parente presentó el certificado de defunción informando su muerte en un accidente de tránsito, y pidió la extinción de la acción penal. Teniendo en cuenta lo que la banda es capaz de hacer, el fiscal Robledo no lo cree hasta que se pueda confirmar por otros canales oficiales.
En el expediente, la familia de Barrientos está representada por el abogado querellante Claudio Berón. La Barra Fuerte de Patronato ya había cambiado de nombre antes del crimen, con la sucesión del liderazgo en cabeza del hijo de Petaco, Alan Barrientos: rey muerto, rey puesto. “La Famosa Banda Del Alan”, se llama, y por lo que se ve en la cancha y en los videos en las redes sociales, moviliza mucha gente. Aunque la memoria del viejo caudillo está en banderas y en los parches de repiques, nunca hubo ni reclamos de justicia ni intentos de venganza.
Los casos de sicariato organizados y ejecutados por bandas de fuera de la provincia han sido difíciles de esclarecer: el triple crimen de Cristian Barretto, Germán Herlein y Lautaro Morales; el homicidio del empresario tabacalero Raúl Alberto Molina en Concordia; el asesinato del joven peruano Jairo Tello Morales en Paraná (acá detuvieron a todos los colaboradores locales e identificaron a un peruano de Buenos Aires que tiene pedido de captura); el caso de Barrientos. En general y en los últimos tiempos, los narcos locales conviven con relativa paz comercial. Cuando se meten con alguien de afuera, se lo cobran quirúrgicamente, y casi sin dejar rastros.




