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Trabajadores: el calor de la pausa del mate para revitalizar la lucha

INDIGENCIA. Los gobiernos suelen menospreciar los efectos de la desocupación. (Crédito de foto: Tirso Fiorotto).

Daniel Tirso Fiorotto

“Trabajo, quiero trabajo, porque esto no puede ser”, canta Atahualpa, grita. Esos versos renuevan hoy su vigencia. El gobierno de Javier Milei depende de una estructura de pensamiento con una debilidad (entre otras) que la erosiona por adentro y consiste en el menosprecio de la desocupación y sus consecuencias graves en la persona, su comunidad, su país, aunque prometan que será pasajera.

Meter mano en la biodiversidad es una altanería; quizá por extirpar una “plaga” o una “maleza” terminamos con el conjunto, en el fondo porque las interacciones son harto complejas y nos superan. Lo mismo ocurre con la sociedad humana, expresión también de la naturaleza. Se vio en la pandemia: la presencia determinante de especialistas relegó la mirada integral. Y se ve en los ajustes y controles: la poderosa mano del Estado, o del mercado, haciendo y deshaciendo con ligereza nos recuerda al elefante en un bazar.

Un conjunto de ingredientes novedosos en el gran estofado social amerita una pausa en los trabajadores, una rueda de mate, para abordar esto y aquello: la tecnología que usamos, la globalización, la ecología en declive, la interdependencia, las experiencias en distintas latitudes, las expectativas, los otros modos de participación. Quizá nos ayudaría una apertura de criterio, quizá la realidad nos esté demandando un plus creativo incluso para el reclamo. Quizá el apego a recetas nos pida, quién sabe, otra luz.

Han cambiado los modelos de producción, industria, servicios; los gustos de los trabajadores. Las corporaciones que dicen representarlos perdieron ciertos reflejos; han cambiado la situación ecológica, las relaciones internacionales; ha cambiado nuestra percepción sobre algunos sistemas puestos en práctica en el mundo; ha cambiado también nuestra percepción sobre el Estado; y vamos recuperando saberes y maneras de organización que nos facilitan otras miradas. ¿Qué haremos?

¿A quiénes llamamos hoy trabajadores, trabajadoras? ¿Hay acuerdo? ¿Seguiremos mirando al trabajador-individuo, aislado de su comunidad? ¿A la comunidad aislada del resto de la biodiversidad? Decenas de factores puestos sobre la mesa generan interrogantes que no pueden responderse con criterios de allá lejos y hace tiempo (que ya respondían poco); pero es difícil hallar ámbitos donde estudiar, intercambiar pareceres, debatir de forma auténtica. El whatsap no es un lugar, claro está, ¿y cuál es el lugar? No pocos creen que los partidos políticos ya murieron: vaya problema si fuera así, porque son los únicos habilitados para las elecciones.

Nuestras tradiciones nos llaman a comunicarnos, si la incomunicación es madre de muchos de nuestros reiterados tropiezos con la misma piedra. Y también nos llaman a la mirada integral, para dejar de mirarnos el ombligo y conocer otras perspectivas y otras luchas; como nos llaman a romper compartimentos estancos, y a reconocernos en el otro y en el que nos precedió. El socialista Raúl Fernández lo dijo hace 80 años, desde Concepción del Uruguay, cuna del socialismo artiguista. “El que entra de corazón/ en las luchas proletarias,/ supremo esfuerzo de parias/ por hallar liberación, / deberá saber muy bien/ que otros proletarios rudos,/ semisalvajes, desnudos/ probaron suerte también”.

Los obreros tomamos agua

Debiéramos analizar, sobre la misma mesa, el capitalismo, el colonialismo, el antropocentrismo, el patriarcado, el supremacismo, el despotismo en sus variantes; y también el encierro en categorías occidentales, eurocentradas, blancas, con el consiguiente menosprecio de formas de pensar y organizarse de comunidades de nuestras latitudes. ¿Seguiremos observando a la familia trabajadora separada del vivir bien y buen convivir que aprendimos de pueblos sin patrón?

Tomar conciencia de las novedades del mundo (por viejas que sean algunas) resulta imprescindible para el diagnóstico. ¿Qué decimos, los trabajadores, de la Inteligencia Artificial? ¿Alguien puede sostener que el vicio moderno del consumismo, por caso, no afecta al obrero? ¿De verdad que con la compra de tonterías vamos a reactivar la economía? Ya cumplió 70 años el llamado de Víctor Lebow a convertir a la sociedad en una máquina de comprar, y a sembrar en el individuo el deseo de consumir. “Necesitamos que las cosas se consuman, gasten, se reemplacen y desechen a una velocidad siempre mayor”, dijo.

¿Qué margen tiene la lucha por la emancipación si el sistema nos gana por las tripas? Hay que decirlo, porque el mundo de los trabajadores incluye a desocupados, informales, jubilados de 400 mil pesos, profesionales, empleados de 3 millones…  Y la estrategia de traccionar por el consumo tiene sus límites, muy a la vista ya para ignorarlos.

Hoy también advertimos, como si fuera gran descubrimiento, que los trabajadores tomamos agua, y que el sistema está poniendo en riesgo sus fuentes. Las luchas por la salud del Paraná. el Uruguay, el Gualeguay, y decenas de arroyos en declive, es un punto crucial de los trabajadores. El sistema tarda en advertirlo, lo mismo que las organizaciones clásicas; de ahí la irrupción de las asambleas. Salario, condiciones laborales, y también agua y vida y economía sostenible, claro, en el Día de los Trabajadores, pero no agua sólo para nosotros: agua por su valor intrínseco. Con el hombre en el centro y en la cumbre ya dejamos al planeta al borde; es hora de explorar otras cosmovisiones. ¿Los trabajadores no participaremos de esa rueda?

Una debilidad adicional

En la economía argentina veníamos mal y empeorando. En un estado de pobreza, sumar más zozobra entre las víctimas del sistema, con la promesa de mejoras futuras, es un síntoma de cerrazón, y de ausencia de creatividad cuando más se necesita.

Agobiados, hemos perdido, casi, la esperanza de ser escuchados, o de que nos sorprendan con una idea feliz.

Aún admitiendo que se requieran reformas, en el supuesto “mientras tanto”, ¿seguirán cayendo obreras y obreros como moscas? ¿Acaso ellas y ellos endeudaron, robaron, derrocharon, fugaron capitales?

“Las entrañas de la tierra va el minero a revolver, saca tesoros ajenos y muere de hambre después”, canta Atahualpa. Hoy muchos desocupados quisieran encontrar una cueva donde gastar sudores, a cualquier riesgo, porque peor que eso es morirse al margen, con todas las cargas psicológicas. El estrés social que generan los ajustes, el desempleo, la inflación, se mide en números y curvas en los organismos estadísticos, y en lágrimas en las familias del barrio. Tanto la indigencia como el abismo de quedar sin laburo potencian sus efectos dañinos con la burla de la corrupción, una constante en la Argentina.

Cuando la confianza se esfuma, aparecen opciones antes impensadas: el narcomenudeo, por caso, y su fruto lógico, la violencia. Entonces, el mismo poder que clausura puertas levanta el dedo acusador y promete cárcel. El primer violento, ¿no es el Estado?

Atilio no se enteró

Hace veinte años, Atilio era un albañil informal en mi barrio. Ahora está enfermo y sigue siendo un albañil informal con menos cuerda. Hemos gastado palabras; pasaron varios partidos en la gestión de los gobiernos nacional, provincial, municipales, se han reformado leyes y constituciones, y a Atilio nada de eso le mueve el amperímetro. En este caso no pasa hambre por dos motivos: sabe trabajar, consigue changas con sus hijos, y a la vez él y su familia reciben planes sociales que alivian las pobrezas. Incluso suelen comprar por ahí una bicicleta, por ahí una licuadora, con créditos personales carísimos que les duplican los costos. El Estado se chupa los préstamos posibles, con alta erosión de la soberanía por el endeudamiento. Los pobres siempre pierden.

Para algunos sectores informales, principalmente, y para otros también, los gobiernos no se diferencian de los virreyes en relación con los paisanos del año 1800. Poderosos lejanos, macaneadores consuetudinarios. La deuda los hilvana. Las “soluciones” que han encontrado oscilan entre la impresión graciosa de billetes y el ajuste indolente, y todos contestes en el extractivismo. Como resultado, para zafar, cada grupo que gobierna acusa al anterior.

Ayer hablábamos con un avicultor y nos recordaba que su padre se fundió durante la gestión de Raúl Alfonsín. ¿Por qué? ¿Por la importación para bajar los precios? Corsi e ricorsi. (A buen entendedor, pocas palabras).

El vicio de la inflación y el “remedio” de los productos chinos baratos, producidos a una escala de otra galaxia, en relación con la mano de obra local, es un asunto clave de aquí a la China (literal). ¿Lo vamos a analizar, o dejaremos que otros lo hagan por nosotros?

Palabra y conveniencia

Los problemas serían menos graves si los responsables de la continuidad del sistema no se empecinaran en evitar un diagnóstico sincero, y si emergiera alguna autocrítica. Hay demasiada energía gastada en el sostén de relatos a medida. El mayor potencial de los sectores populares está en la palabra, el discernimiento. No tienen poder militar ni religioso ni económico ni partidario ni sindical. Tienen la palabra. Si usaran la palabra para la conveniencia del día, para ganar una discusión ocasional, o entreveraran ideas sin rumiar serenamente los problemas, entonces estarían perdiendo una de sus pocas “armas”, perdiendo su centro.

Sirva este ejemplo: en una de las luchas que dan los pueblos mapuche en el sur, principalmente por tierra, y donde la razón les sobra, un joven miembro de la comunidad tuvo la ocurrencia de ofrecer (al parecer) un testimonio falso. Supongamos que fue un macanazo (no lo sabemos). En ese caso no habría hecho otra cosa que copiar lo que es moneda corriente en el poder; pero con una diferencia: en el poder es natural, mientras que la comunidad ancestral se desnaturaliza con esa treta. Aquellos con dinero, votos o armas, fingen sin lástima y siguen. Los que cultivan la palabra, si macanean corren el riesgo de convertirse en un cero a la izquierda. (La capacidad de disputar las calles debe valorarse sin menosprecio ni sobredimensión).

Ciertos sectores populares padecen otro dilema, relacionado con esto. Por un lado sufren la fragmentación, cuando necesitan espacios para la intersección de saberes y proyectos, y por eso se impone salir del exclusionismo (lo señaló el historiador Nicolás Shumway con razón hace décadas). El exclusionismo es un vicio occidental moderno argentino, y erosiona las tradiciones que procuran, en cambio, el diálogo y el consenso; o por lo menos agotan instancias.

Por otro lado, esos mismos sectores populares comparten espacios con personas de discurso fácil que, sin asumir muchos riesgos, dan a las ideas sueltas e incoherentes una pátina de plan, con efectos que sería largo descular, comparables al placebo.

TRABAJO. Las actividades de gran demanda laboral encuentran escaso incentivo.
 
Reino de la declamación

Ante este dilema, los sectores populares han optado a veces por callar. Así se imponen los ultra burgueses y acomodaticios en su vida personal y revolucionarios de la boca para afuera. Ese es un problemón porque la relación parte, entonces, de una cierta desconfianza de base, con patas cortas.

Si la mitad de todos los trabajadores argentinos viven rengueando en la informalidad, hay que mejorar los controles, sin dudas. Claro: no se trata ya de superar esa situación sólo con mayor control o con multas; hay un sistema que permite, un sistema que invita a la informalidad, que disuade la generación de empleo. Hemos hablado con mecánicos o bolicheros o campesinos, trabajadores todos, que explican por qué prefieren trabajar solos, por ahí con los hijos, y en realidad dan una ristra de razones concomitantes, no una causa excluyente.

Hay un terrateniente de 10.000 hectáreas con diez empleados bien registrados, con todas las de la ley. Al lado, un citricultor de 30 hectáreas con tres registrados y tres informales, censurado por “negrero”. ¿Se entiende? Si el terrateniente empleara como el citricultor, en lugar de 10 empleados registrados tendría 1.000 registrados y otros 1.000 informales… La diferencia es abismal. Esto no justifica a nadie, pero muestra la sinrazón de un sistema que ataca al que genera trabajo intensivo, no lo estimula. Por eso hace décadas que hablamos de los mismos predios, en la producción de frutas, cuando salta a la vista que ese rubro genera mano de obra y es un tesoro. ¿Haremos oídos sordos ante sus comentarios y reclamos?

Dicho esto, también habitamos un sistema en el que todo el mundo se disfraza de víctima y como se dice en el barrio: muchos esconden la leche. En este declive, entramos en el país del disimulo. Eso se extiende por todos los sectores y es fruto de una concepción de base: el individualismo, la fragmentación. Cada cual en su quintita. Así es como, hace pocos lustros, algunos avicultores intentaron organizarse, incluso en cooperativas, para sostener las empresas chicas, familiares, de campesinos auténticos, para generar arraigo, frente al avance de grandes capitales e integrados; y se toparon con la cerrazón de algunos colegas por demás pijoteros, incapaces de ver la necesidad de organización, de colaborar con los más chicos, y bien dispuestos a morir en soledad. Ese vicio permea a gran parte de la sociedad: el que tiene diez necesita una colaboración del que tiene mil, y el que tiene mil se solidariza puteando al que tiene un millón porque no ayuda al de abajo. Santo remedio. Es un juego irrisorio de pijoteros complacidos en la declamación, que le piden al sistema lo que el sistema no dará, y todavía no alcanzan a apreciar la salida comunitaria que sí da respuestas, pero requiere algo más que palabrerías.

Ah, las estadísticas

No es conveniente centrar la atención en estadísticas sobre pobreza.  Algunos se ciñen a las “malas” noticias y si llegan las “buenas” las relativizan. Sufren un “sesgo de confirmación”. Buscan en las góndolas de argumentos aquellos que sostienen sus prejuicios… Eso es dañino porque impide un diagnóstico serio. Y hay que estar atentos, porque la misma fórmula (el sesgo) les servirá para sostener todo lo contrario cuando gobierne un amigo. No esperemos la verdad de quien se acostumbra a manipular datos, aunque hoy nos convenga. Para Gandhi es preferible perder con la verdad a ganar con la mentira.

Las dificultades de las familias marginadas por el sistema, sin menospreciar estadísticas, se conocen mejor en la relación personal, caminando las calles, conversando, escuchando, meditando sobre causas hondas.

Si miramos los ingresos, la pobreza puede aparecer un poquito mitigada, la inseguridad alimentaria puede también decrecer gracias, por ejemplo, a una asignación universal por hijo. La mirada desapasionada sobre estos aportes permite trazar tendencias, no mucho más, y poco ofrece sin nuestra presencia en el territorio, con los ojos bien abiertos a la situación del mundo y a la potencialidad de la propia comunidad, al crimen de la desigualdad.

El sistema amontona (como residuos) a familias que necesitan mayor espacio para ejercer su cultura. Rotos los lazos comunitarios que se tejen con tiempo, costumbres, relaciones, territorio, esas familias encuentran obstáculos insalvables para poner en práctica sus principios ancestrales, o lo que ha quedado de ellos. Es muy parecido al etnocidio: pueden vivir, si lo hacen con cuidado y dentro de los cánones impuestos por el sistema. Las reducciones indígenas fueron algo así, y salvando distancias hoy se multiplican en no pocos barrios argentinos.

La propiedad y el uso de la tierra, la ocupación de zonas inundables y orilleras muy peligrosas, debido a la concentración de los espacios altos en manos de pocos; el acceso a los alimentos sanos y cercanos, el hacinamiento y su combo de enfermedades en sinergia; la tecnología que desplaza al humano, el acceso a la capacitación, el consumismo de bienes suntuarios, la economía sostenible, la energía, la situación de la industria y la producción, las importaciones, las causas y los efectos de la inflación y los ajustes, son algunos de los temas que reclaman una rueda de mate, no sólo como juntada sino con la condición ancestral de ese ritual que nos cura en salud de lisonjas y otros virus.

Que el poder nos quiera divididos, es previsible. Que nosotros seamos previsibles... 


(Esta columna fue publicada originalmente en Diario UNO Entre Ríos)

 

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