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La épica del medio: política para construir futuro

Marcos Di Giuseppe

Hay una verdad que los extremos del sistema político argentino comparten, pero no dicen: la polarización no es una consecuencia de sus diferencias, es su condición de posibilidad.

Es el instrumento con el que sobreviven. Sin enemigo permanente, sin apocalipsis a la vuelta de cada elección, el espectáculo se termina. Necesitan un adversario reconocible para activar a su base. Necesitan la guerra. Necesitan organizar su identidad política alrededor del antagonismo, al enemigo para sostenerse.

La polarización no es herencia de un lado ni creación del otro: es la forma más rentable que encontró el sistema para existir. Entender esto no es cinismo. Es el punto de partida de cualquier política que quiera salir del ciclo.

El problema es que lo que históricamente se llamó “el centro” nunca logró romper esa lógica. Se definió como negación: ni uno ni otro. Y la negación no es épica y tampoco construye poder. No ordena expectativas, no moviliza y supuestamente no construye identidad.

Una posición política que se define por lo que rechaza, sin decir con claridad qué propone y hacia dónde va, es un refugio provisional –de paso- para los que están cansados, que tarde o temprano vuelven a alguno de los dos extremos porque al menos “esos saben para qué están”.

La épica del medio, entonces, no puede ser la moderación de lo existente.

Es una ruptura con el modo de hacer política que sostiene a ambos extremos. Y esa ruptura, para ser real, exige de nosotros tres condiciones: un diagnóstico honesto, una agenda concreta y un lenguaje propio.

El diagnóstico honesto empieza por nombrar al verdadero adversario. No tal o cual fuerza política. El sistema que necesita del conflicto permanente para evitar rendir cuentas mientras los problemas reales se acumulan. La política como espectáculo de guerra que agota a todos los demás y resuelve los problemas de muy pocos, o de ninguno.

La agenda concreta no admite abstracciones. Es lo que pasa cuando una familia no puede pagar el alquiler, cuando un chico termina la secundaria y no encuentra trabajo cerca de su casa. Trabajo, vivienda, educación, seguridad. Resultados medibles, sin consignas.

El lenguaje propio es la condición más exigente. La épica del medio no puede hablar –para construir la conversación social- como ninguno de los extremos. Necesita partir de la experiencia y validarse en la evidencia. Lo concreto como punto de partida, el problema real como unidad de medida. Menos intensidad discursiva, más acumulación de resultados.

Ese enfoque tiene antecedentes claros en la Argentina: el desarrollismo.

No como identidad nostálgica, sino como método. El Estado activo en la transformación de las condiciones materiales de vida, con planificación y horizonte de largo plazo. Es la búsqueda de denominadores comunes que sostengan el crecimiento más allá de los vaivenes de la coyuntura y de los ciclos electorales.

Es en esa tradición donde se inscriben los liderazgos que eligen construir, cuando el sistema entero está organizado para que la guerra sea más redituable que el acuerdo.

Rogelio Frigerio llegó a la gobernación de Entre Ríos tras dos décadas de un mismo signo político, con una provincia marcada por desequilibrios fiscales, obra pública detenida y un Estado con baja capacidad de respuesta.

Su punto de partida no fue discursivo sino operativo: ordenar las cuentas, reactivar frentes paralizados y recuperar funciones básicas de gestión. Sin épica de confrontación. Con prioridades claras.

Ha demostrado, además, en todas y cada una de sus intervenciones políticas, de que puede gobernar sin necesitar al enemigo: con los ciudadanos como destinatarios de la gestión, no como combustible del conflicto.

Norberto Bobbio señalaba que hay momentos en los que la división central deja de ser entre izquierda y derecha, y pasa a ser entre quienes usan el poder para resolver problemas y quienes lo usan para sostenerse en él. Argentina está, otra vez, en uno de esos períodos.

La épica del medio no es la tibieza.

Es la exigencia.

Exigencia de resultados.

Exigencia de coherencia.

Exigencia de una política que no necesite del fracaso del otro para justificarse.

No es un lugar cómodo.

Pero es el único desde el cual se puede construir algo que dure más que una elección.

*Integrante del Ateneo Crisólogo Larralde y Presidente del Ente Autárquico Puerto Concepción del Uruguay.

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