Cómo reconocer a un psicópata

Por Luciano Lutereau (*)

Un boom editorial de los últimos años son los libros sobre psicópatas. Los títulos suelen ser del estilo: Cómo reconocer si tu jefe es un psicópata, pero los hay para saber si lo es tu pareja, tu amigo, ¡hasta un hijo!

Este impulso recuerda a los libros de la guerra fría en Estados Unidos, cuando se daban tips para saber si, por ejemplo, el vecino era comunista. Lo interesante es que se trata de “reconocer” y, para eso, es preciso investigar al otro, vigilarlo, controlar signos, etc. Es claro, entonces, que la posición desde la que puede buscarse la psicopatía del otro es la propia paranoia. 

Más precisamente, de histeria paranoide, porque es una posición que reprime la pregunta que la causa: ¿qué confirma saber de la psicopatía del otro? ¿Qué deseo lleva a chusmear vidas ajenas y convertirse –como un buen yankee– en un espía gratuito, en alguien que hace el trabajo de la policía a cambio de nada (pero una nada que no se resignaría jamás)? 

El punto culminante de esta actitud paranoide es afirmar la falta de empatía del psicópata: decir que el otro no tiene empatía no se hace precisamente desde una actitud muy empática; por lo tanto, esa queja reproduce lo mismo de lo que se queja, pero sin advertirlo (como suele ocurrir en la histeria), desplazándolo al otro. Por eso, no hay nada más psicópata que diagnosticar la psicopatía de los demás. Creo que un título más justo para los libros actuales sería Cómo detectar si uno mismo es un psicópata.

Sin embargo, con esto no quiero decir que los psicópatas no existan. El punto es cómo pensar esta noción sin recaer en versiones paranoides del otro malo y cruel, cuya otra cara es la victimización de la propia posición. Asimismo, detrás de lo que se llama “psicopatía” puede haber casos muy diversos; entonces la cuestión es cómo echar algo de luz detrás de una palabra que funciona como una pantalla a la medida de los temores que le queremos proyectar.

Por ejemplo, hace unas semanas me encontré de casualidad con una amiga a la que no veía hace mucho tiempo. Nos saludamos con afecto. Le pregunté por su novio. Me dijo que se separó. Agrega que no sabe cómo pudo estar tanto tiempo con él. Me cuenta que el fin de semana pasado leyó en una revista un artículo que describía los rasgos propios de un psicópata. “¿No me digas que era un psicópata?”, exclamé sorprendido porque no se me ocurría otra cosa. No advirtió la ironía. “¿Podés creerlo? Vos porque sos psicólogo, pero una que no sabe está en peligro”. 

Estuve a punto de responderle que ese artículo que leyó era una barbaridad, que confirmaba algo que ella ya sabía: no que el tipo era un psicópata, sino que necesitaba inventarse un motivo para separarse y, con ese motivo objetivado como dato real y exterior, justificar una decisión que podría haber tomado hace mucho tiempo, pero que no tomó porque esa relación le era funcional en más de un aspecto. 

Ahora bien, antes de pensar en la justificación de un vínculo, a pesar de su dolor, podríamos preguntarnos cuál puede ser una raíz psíquica de un modo de relación de este tipo y por qué a muchas personas (principalmente mujeres) les cuesta prescindir de esta clase de vínculo (respecto de varones). Intentaré dar una explicación.

Hay un conflicto que determina brutalmente el modo en que ama el neurótico obsesivo: su identificación con el sufrimiento de la madre. Si el síntoma fundamental del obsesivo varón es la duda, la otra cara de ésta es la fantasía con que sostiene una certeza: la mujer es una víctima a la que al mismo tiempo le supone un goce. Dicho de otro modo, como le supone un goce a la mujer, se defiende de esa suposición la imagen de una “pobre mamá”.

Miles de narrativas nacen de este punto: la anécdota en la que hubo que interceder en una pelea entre los padres porque no pudo dejar de cuidar a la madre (con la que siempre chusmeó a espaldas del padre); el joven que no le puede cortar a la novia porque le da culpa; el otro que se engancha con mujeres que le dan lástima; el marido que jamás rompería un matrimonio para no destruir una familia, etc. No puedo, no puedo, no puedo. Así funciona la impotencia del obsesivo. 

¿Qué sería lo sintomático de que alguien se enamore de mujeres por las que siente pena, a las que les da culpa dejar, etc.? Respuesta: si un varón se engancha con el sufrimiento de una mujer, tarde o temprano la va a hacer sufrir, porque no podrá compadecerse sin ser, al mismo tiempo, su verdugo. Muchos casos actuales de maltrato hacia las mujeres no tienen que ver con psicopatías en sentido estricto, sino con el modo en que el varón obsesivo sintomatiza el amor.

Por otro lado, ¿cuál es la trampa para una mujer en este tipo de relación? La otra cara de la identificación con la mujer víctima (del varón) es la fantasía, en la mujer, de ser la madre de su pareja, es decir, ser la madre de un niño y, por lo tanto, se pone a prueba su masculinidad (la de él) a través de que se enoje. Muchas mujeres cuentan en análisis cómo en el momento en que su pareja se molestó sintieron incluso hasta cierto alivio. Es una forma de decir: “No soy la madre, no es un niño, es un hombre”, a pesar de que el varón que se enoja de manera desbordada tiene los caprichos del berrinche infantil. Así funciona el inconsciente: nos enteramos de la significación inconsciente de una escena cuando vemos los medios por los que alguien quiere evitar un efecto, porque al querer evitarlo es que lo realiza. Por esta vía, al hacer enojar al varón, una mujer puede convocar a un padre al que temer. No lo hace porque sí, a propósito, sino que no puede dejar de hacerlo, porque esta conducta tiene una raíz inconsciente. 

La pareja varón obsesivo con mujer víctima, cuyo reverso es varón que se enoja y mujer que se alivia, es una de las estructuras de relación más habituales y difíciles de resolver en un análisis. Su fundamento es el complejo de Edipo, pieza teórica central de esta práctica.

Pienso que el psicoanálisis es una vía para investigar diferentes determinaciones de formas de sufrimiento que, cuando no las pensamos lo suficiente, se resuelven con el recurso a argumentos demasiado comunes y generales (por ejemplo, a través del uso de la matriz víctima-victimario, que solo cabe restituir para casos específicos). 

En los últimos años, la generalización del diagnóstico de psicopatía como manera de clasificar las relaciones amorosas es un síntoma que es preciso interpretar. Porque si todos son psicópatas, lo cierto es que no dan los números.

(*) Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología por la UBA, donde también obtuvo los títulos de Magister en Psicoanálisis y Especialista en Psicología Clínica. Es docente e investigador en diferentes Universidades del país y del exterior.

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