FMI: Esa madre de todas las batallas

Por Eduardo Aliverti (*)

La carta de Cristina sobre la negociación con el FMI, y su “silencio”, ratificó cuatro cuestiones esenciales. La primera es que lo que se arregle con el organismo puede llegar a constituir el más auténtico y verdadero “cepo” del que se tenga memoria para desarrollar al país, si es que el crecimiento se pretende socialmente inclusivo.

La segunda, expuesta con un rigor impecable, irrebatible, es que la oposición está parlamentaria e indefectiblemente comprometida con el acuerdo a que se llegue.

La tercera es que nadie está hablando de desconocer deudas.

La cuarta es que la lapicera está en manos del Presidente, que nadie debe engañarse respecto de quién gobierna y que fue el propio Alberto Fernández, el pasado 9 de julio, quien afirmó que jamás deberá esperarse de él la firma de algo que arruine la vida del pueblo argentino, porque antes que hacer eso preferirá irse a su casa.

Previo a cualquier otra consideración, lo central es que CFK sitúa al tema del Fondo como el determinante de “un momento histórico de extrema gravedad”.

Mientras tanto, casi todo de lo que sucede en la economía se parece a los rounds de estudio, cuando los boxeadores se miden tácticas y estrategias de defensa y ataque sin lanzar golpes más que por inercia.

Y casi todo lo que sucede en “la política” tiene la misma figura.

Los escarceos son rumbo a esa cierta madre de todas las batallas: cómo se arreglará con el Fondo Monetario.

Y los “casi” son porque simultáneamente también suceden cosas, contradictorias, que en el interés inmediato de las grandes mayorías quedan muy por delante de qué ocurrirá con el FMI.

Por un lado, no hacen falta los números macro de la economía para constatar una recuperación evidente.

Volvió el movimiento en numerosas actividades; hay imagen clara de retorno a “la normalidad”; se prevé un boom turístico interno favorecido por el Plan Pre Viaje, que funciona muy bien; en las grandes urbes, y no sólo, es indiscutible la reanimación de pymes en prácticamente todos los rubros.

También, haya sido o no por la remontada del oficialismo en el conurbano bonaerense que permite polemizar sobre cómo leer el resultado de las elecciones, o porque el Banco Central muñequeó bien, por ahora hay calma -chicha- frente al precio del dólar que le importa a “la gente”.

Tampoco pasa que haya insomnio masivo por el volumen de las reservas monetarias, ni por la restricción a financiarse en cuotas para viajar al exterior, ni por los nuevos máximos del riesgo-país, ni por el desplome accionario de algunas compañías argentinas en Wall Street.

Pero por otro lado sí acontece que el precio de la carne volvió a dispararse y que una Secretaría de Comercio Interior por fin proactiva, laburadora, que al menos muestra los dientes e intenta atemperar la insaciabilidad de los formadores de precios, da la sensación de poder ir como mucho por acuerdos parciales, momentáneos, no estructurales.

El real o presunto regreso a “la normalidad” viene con lo enormemente dificultoso que es domar la inflación.

En “la política”, a su vez, las uniones y disidencias en el Frente gobernante y en la oposición cambiemita son buena comidilla para sacar las cuentas de cómo se posicionan cristinistas, albertistas, cegetistas, movimientistas sociales, intendentes, gobernadores, halcones y palomas del PRO, macristas y larretistas, radicales con ganas de dejar de ser frustrados invariables, etcétera.

Es decir: francamente un embole (salvo para la estricta minoría de quienes nos apasionamos por esas cuitas), siendo que, más temprano que tarde, todo habrá de subsumirse en la decisión clave de qué se hace con/contra el FMI.

Repitiéndolo ya con insistencia agotadora, pero imprescindible: aun si no existiera la bestialidad de la deuda dejada por Macri, no estaría resuelto el problema de una economía como la argentina, dependiente de divisas externas para aguantar su recuperación, sostén o crecimiento. Es lo que volvió a suceder unos años después de que Kirchner liquidara, de un plumazo, cualquier condicionamiento del Fondo Monetario.

El drama es que, en la coyuntura, esa deuda volvió a imponerse a niveles horrorosos e inéditos.

Es completamente inútil, inviable, pretender escaparse de esa cuestión.

Y eso comprende y compromete tanto al Gobierno como a los irresponsables facilistas que tiene enfrente.

En un artículo de enorme claridad conceptual, publicado en El Destape (“Hacia un consenso productivo exportador con inclusión social”, el domingo de la semana pasada), Claudio Scaletta señala que “el FMI que negociará con Argentina es el mismo de siempre y a nadie le conviene un default, que dicho sea de paso nunca estuvo en la agenda oficial”.

Al mismo tiempo, resalta el economista, tampoco existe la magia porque las restricciones que enfrenta la economía son reales.

“El dinero para los inmensos vencimientos de 2022 y 2023 simplemente no estará, y debe recordarse que eso ya se sabía desde 2018”.

En una negociación con el Fondo, también recuerda Scaletta para quienes se ensueñan con ideas e iniciativas de otro tipo, no hay opciones buenas. Sólo se tienen a mano las menos peores.

Y en el presente, la menos peor es realizar un acuerdo que deberá ser renegociado más allá de 2023.

Es la triste realidad de la herencia macrista.

“Romper con las relaciones de poder del orden económico global, una vez provocado el megaendeudamiento, no parece una alternativa sencilla. Esta es la gran transformación conseguida por el macrismo en su breve paso al frente (directo) del Estado: dejar absolutamente condicionada la economía local al poder global”.

Ya en la síntesis propositiva, Scaletta advierte que Argentina necesita plasmar un nuevo consenso productivo exportador que le permita crecer aumentando la inclusión social (eso es nada más y nada menos que lo único resaltado por CFK, en su carta, en letras mayúsculas).

Que para eso requiere estabilidad económica y política.

Y que, para conseguirlo, le será imprescindible que el bloque histórico que sostuvo al macrismo realice una profunda introspección (se habla de los sectores dominantes del empresariado, la política, el sindicalismo, los medios de comunicación, la embajada estadounidense. Es decir, “el mundo” ése al que el macrismo iba a integrarnos).

Scaletta hace entonces preguntas que nos permitimos hacer propias, con apenas algunas acotaciones.

¿Realmente el gran empresariado cree que el nuevo fracaso de la experiencia neoliberal se debió a la explicación zonza de que no se fue lo suficientemente a fondo (fracaso en su sentido económico, claro está, porque su victoria cultural es aplastante en materia de conquistar las subjetividades masivas)?

¿Nadie entre sus filas observa cómo funcionan y qué políticas económicas aplican los países que se desarrollan (sin entrar a la polémica bizantina de qué se entiende por “desarrollo”)?

¿Creen realmente que el problema es “el peronismo”?

¿Creen realmente que la economía que propone el peronismo es antiempresa, que está en contra de la propiedad privada, que “vamos a ser Venezuela”?

¿Qué canal están mirando?

¿Todo el análisis político-económico del gran empresariado es un antiperonismo de caricatura?

¿Creen realmente que un tipo de cambio devaluado funciona?

¿Creen que es vivible un país donde una porción -inmensa- de la población se queda afuera de los beneficios del crecimiento?

¿No asumen que eso los obligará a vivir en espacios amurallados y a desplazarse en autos blindados?

¿Realmente piensan que, ya en el siglo XXI, una sociedad caracterizada por su extendida clase media puede regresar al formato de una sociedad dual?

El problema de todas esas preguntas, y de otras tantas por el estilo, es que las respuestas son o pueden llegar a ser afirmativas.

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