No siempre que llovió, paró

(*) Por Paola Robles Duarte

La imagen es abrumadora por lo contradictoria: En las noticias convive el anuncio de una nueva noche del Carnaval del País, la oferta de los balnearios, la propuesta de fiestas populares, las pretensiones en torno a Gualeguaychú como un destino turístico, mientras la Municipalidad anuncia el abastecimiento de agua mediante el recorrido de camiones por los barrios para asistir a familias que no reciben ni una gota de agua por donde deben recibirla: la canilla. En paralelo la Cooperativa Eléctrica corta el suministro de energía en los lugares donde existe sobrecarga por la demanda, que será muy récord acá, en la provincia y en todo el país, pero que no hay que ser Nostradamus para predecirla.

Esos cortes ocurren en cualquier momento del día, en cualquier punto de la ciudad y durante el tiempo que desde la empresa consideren necesario. La explosión de la sensación térmica –superando en algunos casos los 40 grados- activó una ruleta de la mala suerte que puede mantenerte en un corte de electricidad durante tres horas, grites, llores o patalees en las redes sociales. Hemos naturalizado tanto este tipo de situaciones, que perdimos la capacidad de hacer algo más que quejarnos. Cada verano la crisis hídrica y energética de Gualeguaychú es presentada como una novedad, como si fuéramos estúpidos y todo esto no ocurriera año tras año presentando una nueva complejidad que nadie ve venir, ni siquiera los que cobran por hacerlo.

¿Es una novedad que en verano tengamos temperaturas cada vez más elevadas, atendiendo al comportamiento del clima según las variaciones de los últimos años? No, no es una novedad. ¿La sequía se inventó este verano? No, para nada. ¿Es una novedad que crezca la demanda eléctrica y de agua potable frente al calor agobiante? No, no lo es. ¿Es una novedad que no alcanza con breves campañas de verano sobre cómo cuidar el agua y la luz? No, no lo es. Como tampoco es novedad que el problema reside en la falta de inversiones de manera sostenida, por parte de los responsables políticos e institucionales de tomar las decisiones necesarias ante lo que ya sabemos que va ocurrir: un plan frente al caos que no es novedad.

El extenso alambre que ata todo en esta ciudad, ha colapsado. Y aunque nos cuenten de nuevas inversiones en un tono que exige agradecimiento –con saludo reverencial incluido- a cada uno de los contribuyentes, esos anuncios revelan lo que no se hizo antes, por funcionarios que no llevan diez minutos de gestión, ni siquiera dos años, llevan bastante más tiempo. Cuando intento imaginar –después de 20 días sostenidos de falta de agua sumado a los cortes intermitentes de energía eléctrica en la ciudad-  el programa de 20 años que anuncian desde el oficialismo con ínfulas provinciales, solo puedo ver la foto de los camiones municipales y de Bomberos Voluntarios llenando tanques en distintos puntos de Gualeguaychú, como si viniéramos de una catástrofe que nos tomó por sorpresa.

Pero el punto es que no nos tomó por sorpresa. Ni a nosotros, ni a ellos. Es un tema de prioridades. Podría caer en el antagonismo fácil y útil para el texto de contraponer otros temas ante la falencia del servicio de agua potable o de energía eléctrica. Y aclaro que menciono a ambos servicios poniéndolos en el mismo plano no porque no comprenda que en un caso se depende estrictamente del Estado municipal y en el otro de una entidad privada, sino pensándolos en términos de insumos fundamentales para la vida cotidiana, al menos en este tiempo que habitamos - salvo que el plan sea volver al Medioevo- considerando que la regulación y el control de todo lo que funciona, y sobre todo lo que no funciona, es responsabilidad de quienes nos gobiernan, siempre.

¿Tenemos que cambiar la matriz energética, multiplicar el mensaje de cuidar el agua y la electricidad, tomar conciencia y mejorar nuestros hábitos comunitarios? Obviamente que sí. Pero profundizar en ese enfoque no alcanza para dar respuesta a lo que ocurrió desde diciembre pasado en la ciudad.

Atendiendo a las declaraciones mediáticas de funcionarios municipales sobre estimativos del dinero invertido en la Fiesta del Pescado y el Vino –“alrededor de 300 pesos por vecino”- lo que nos da un número parecido a los 36 millones de pesos pensando en 120 mil vecinos que hagan su aporte, participen o no de la fiesta, se podría decir que el Municipio gastó en 4 días alrededor del 75% del presupuesto de 50 millones de pesos destinado a mejorar “en un 20% el rendimiento de la Planta de Agua Potable”, según sus propios anuncios vinculados a la compra de tres nuevos filtros. O también podríamos decir que es el 75% de un tercio de la inversión que, según publicó en sus redes sociales el Intendente Martín Piaggio, viene realizando su gestión desde el año 2015 bajo lo que denominó “El Plan Municipal de Agua Potable”. Publicación que difundió en sus redes el último día del año 2021, mientras muchos vecinos le pedían a alguien cercano que les prestara la ducha o solicitaban al 103 asistencia con un poco de agua para poder bañarse o cocinar y recibir el 2022 un poco mejor.

En este caso se hablaría de 150 millones de pesos en seis años para mejorar la situación de un servicio tan imprescindible como el agua potable, versus 36 millones de pesos en cuatro días, en una fiesta. Claro está que hacer estas cuentas es solo una manera –tal vez reduccionista- de verlo, incluso en base a números relativos ya que aún no se ha publicado formalmente cuánto dinero se invirtió para llevar a cabo la edición 2022 de la Fiesta del Pescado y el Vino. ¿Sería justo plantear una encrucijada entre una fiesta popular o el acceso al agua potable? Probablemente no. Pero no es ilógico que muchos vecinos que llevan varios días atravesados por la dificultad de no tener agua en casa le exijan al gobierno municipal que atienda otras prioridades. Desconocer que este debate se instaló en muchos ámbitos de la ciudad, y mirar solo las fotos con los foquitos led, es de una necedad importante. Los binomios están siempre a la orden del día, sobre todo cuando la realidad es tan abrumadora que cuesta admirar los matices. Porque acceder al agua es un derecho básico, y no garantizar el acceso, por desidia o por el motivo que fuera, es vulnerar ese derecho. Tanto más en un contexto sanitario tan complejo como el que atravesamos: con alrededor de 3000 casos de COVID activos en el Departamento, considerando que la mayoría de esos casos son de la ciudad cabecera, Gualeguaychú.

Tenemos miles de vecinos aislados por ser casos positivos de Covid o contactos estrechos, en muchos casos sin agua, durante varias horas del día sin luz: en el mundo real, no el se las redes sociales, se complica administrar la alegría en vez de padecer la ausencia de lo elemental.  No hay mucha alegría para administrar.

Mientras tanto, en Springfield, alguien prende y a apaga la luz para controlar daños, que no son aquellos que sufren nuestros aparatos electrónicos, sino la resentida red de energía eléctrica local. Desde la Cooperativa Eléctrica reconocen la falta de inversiones, aunque reclaman la actualización en las tarifas, y vaticinan sin medias tintas un verano de cortes que llegó para quedarse mientras se mantengan las altas temperaturas. Añoran que llegue la lluvia para aliviar la demanda, pero sin tanta virulencia como para que no se ocasionen mayores daños que los que ya generó el calor, planifican con la Industria apagar por un rato para poder abastecer un poco mejor a los usuarios residenciales, una maniobra que pretende cazar muchos bichos con un solo vaso.

Las tarifas llegarán a partir del mes de febrero con el incremento del 21% autorizado en el ítem distribución, y recibiremos por debajo de la puerta facturas con un 50 % de carga en impuestos por un servicio que nunca está a la altura de las circunstancias. Va a pasar la ola de calor, incluso el verano, vamos a hablar de otros temas seguramente importantes, volveremos a ser rehenes de las promesas del gobierno de turno en cuanto a la disminución de las tarifas y la realidad de los salarios, la inflación hará otro tanto y a fines de febrero nos obsesionará lograr comprar los útiles escolares de nuestros hijos. Y volveremos a hablar de esto el primer fin de semana largo de diciembre. Y algún funcionario municipal volverá a decir en una radio que el problema es que todos llenaron sus piletas al mismo tiempo. Y las redes explotarán de indignación y todo eso. Y volveremos a ver la foto de los camioncitos con agua, recordándonos que la ciudad en la que pretendemos vivir no es en la que vivimos. Camioncitos que son solicitados año tras año en los mismos barrios, de norte a sur y de este a oeste de la ciudad.

Al cierre de esta nota, la Municipalidad informó que “ante la ola de calor que vive la región, la falta de precipitaciones y la faltante de presión normal en el sistema de agua domiciliaria en las distintas zonas de la ciudad” se han asistido alrededor de 700 familias y se continúa en ese sentido.

Las zonas complicadas con el servicio del agua potable son Vicoer 100, zona del Corsódromo, Pueblo Nuevo, CGT 145 Viviendas, Villa María, La Milagrosa, Barrio Policial, Pereda al oeste, Puerto, Quijano, zona del Hospital Centenario, barrio Munilla, Anhelado Sueño y el centro de la ciudad. Las zonas afectadas a cortes de la Cooperativa Eléctrica por “alivio de carga”: todas.

Va a llover, pero no siempre que llovió paró. Y en este caso, mientras no se tomen medidas a largo plazo, no se invierta el dinero –el que haga falta- de los contribuyentes en obras que perduren y tengan como principal objetivo mejorarle la vida a la gente, en ampliar derechos fundamentales, vamos seguir en la misma calesita que gira hace más de 20 años. Además de quejarnos porque estamos mareados: ¿Qué esperamos para parar la calesita?

(*) Periodista - Directora de R2820 Radio

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