“La zorra y la pampa”, la película rosarina que recorre el país en el Día del Ferroviario llega a Gualeguaychú. Se proyectará el domingo 1° de marzo desde las 19 en el Museo Ferroviario Enrique Aagaard.
El próximo domingo 1° de marzo, a las 19, el Museo Ferroviario Enrique Aagaard de Gualeguaychú -ubicado en el predio de la antigua estación ferroviaria, hoy Corsódromo-abrirá sus puertas para recibir una película que no sólo se proyecta: se celebra.
En el marco del Día del Ferroviario, el documental “La zorra y la pampa” desembarca en Gualeguaychú como parte de una acción nacional que, con más de 30 funciones confirmadas desde Tierra del Fuego hasta Jujuy, propone restituir -aunque sea por un par de horas- la trama sensible que alguna vez tejieron el tren y el cine en la Argentina profunda.
La iniciativa, articulada por espacios culturales vinculados al universo ferroviario y audiovisual, no es un mero circuito de exhibición. Es un gesto de memoria activa. En un país vasto, donde la imposibilidad -ya crónica- de viajar en tren por amplias regiones del interior se ha convertido en una herida estructural, la película dirigida por Leandro Rovere e Ignacio Sánchez Ordóñez ensaya una respuesta poética y concreta: construir una zorra ferroviaria a vaivén y lanzarse a rodar, literalmente, sobre las vías.
En la jerga ferroviaria argentina, la “zorra” es el pequeño vehículo que utilizaban los trabajadores encargados de reparar las vías. Rovere y Sánchez Ordóñez retoman ese artefacto austero, casi olvidado, y lo convierten en protagonista y dispositivo narrativo. Con él emprenden un viaje desde Rosario hasta Espora, un pequeño pueblo del Norte bonaerense donde se celebra la singular “Fiesta de la Zorra”. Pero el trayecto es, ante todo, humano: son los habitantes de la pampa húmeda quienes impulsan el vehículo de pueblo en pueblo y quienes, en definitiva, sostienen el relato.
La película se inscribe así en una tradición del documental argentino que entiende el territorio como experiencia compartida. No hay aquí nostalgia inmóvil ni arqueología melancólica, sino un movimiento que busca reactivar vínculos. La zorra avanza a fuerza de brazos y cuerpos; cada estación es un punto de encuentro; cada testimonio, una pieza de ese rompecabezas que fue -y acaso aún puede ser- la red ferroviaria como articuladora de comunidades y de identidades.
La secuencia de proyecciones comenzó el 20 de febrero en un escenario que parece salido del propio guión: el Vagón Cine del Tren Patagónico, que une Viedma con San Carlos de Bariloche, en Río Negro. Allí se realizaron las primeras funciones de una serie que continuará expandiéndose en los días previos y posteriores al 1° de marzo. La película pasará por el Museo Taller FerroWhite de Bahía Blanca, por los museos ferroviarios de Río Gallegos y Chascomús, y por el mítico cine rural del Municipio de Roque Pérez, donde la experiencia cinematográfica conserva todavía algo de ceremonia comunitaria.
En Rosario, ciudad natal de los directores, la proyección tendrá lugar en la sede del rectorado de la Universidad Nacional de Rosario. En Santa Fe capital se verá en el centro cultural “El Birri”, espacio emblemático de la creación independiente. La itinerancia incluye además el centro cultural “León Gieco” de Cañada Rosquín y el Centro Cultural “Villa Cañás”, localidad natal de José Martínez Suárez, figura clave del cine argentino y maestro de Rovere. En Córdoba, la cita será en el cine Leonardo Favio de Villa María y en la Casa del Bicentenario de Villa General Belgrano, donde reside Sánchez Ordóñez. En Jujuy, un cine móvil se trasladará hasta la estación Volcán, puerta de la Quebrada de Humahuaca, donde comienza el recorrido del Tren Solar; y en Ushuaia, la función tendrá lugar en el auditorio de la Secretaría de Cultura provincial.
La amplitud geográfica del recorrido no es un dato logístico, sino un manifiesto. “La zorra y la pampa” no habla solamente de trenes: habla de circulación, de redes, de la posibilidad de volver a trazar líneas que unan territorios dispersos. Allí donde los rieles se oxidaron y los andenes quedaron en silencio, el cine aparece como otro modo de viajar, de tender puentes.
La sinopsis es sencilla y, a la vez, profundamente simbólica: ante la ruina del ferrocarril de pasajeros en el interior argentino, dos cineastas construyen una zorra a vaivén para realizar un retrato audiovisual de la región donde nacieron. Con la ayuda de sus habitantes, intentarán llegar desde Rosario hasta Espora. Lo que la película despliega es ese intento, con sus demoras, sus conversaciones y sus paisajes infinitos. La pampa húmeda se revela -y se rebela- no como postal sino como espacio vivo, atravesado por historias mínimas que, sumadas, componen una memoria colectiva.
La función en el Museo Ferroviario Enrique Aagaard de Gualeguaychú se inscribe, entonces, en una tradición de encuentros donde el cine vuelve a ocupar el lugar que alguna vez tuvo el tren: ser el motor de una comunidad. Asistir a la proyección no es sólo ver una película; es participar de una celebración que enlaza pasado y presente, oficio y arte, memoria y porvenir.
En tiempos de fragmentación y distancias, “La zorra y la pampa” propone algo radicalmente simple: reunirse alrededor de una historia que avanza sobre rieles imaginarios pero palpables en la emoción compartida. El 1° de marzo, en Gualeguaychú, la invitación está hecha. Subirse a esta zorra cinematográfica es aceptar que todavía hay viajes posibles.





