El ataúd con los restos mortales de Carlos El Indio Solari en el Polideportivo Gatica.
Tras permanecer abiertas por más de 18 horas, las puertas del microestadio municipal de Avellaneda se cerraron luego del paso de una multitud incalculable de seguidores.
El Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires informó: “Luego de retirarse los últimos seguidores, la familia ha decidido finalizar la despedida pública de Carlos “Indio” Solari en el Parque de los Trabajadores en Villa Domínico, Avellaneda".
En el mismo comunicado, las autoridades destacaron la colaboración de los cientos de miles de personas que se acercaron a saludar por última vez al mítico cantante argentino: “Agradecemos a la multitud que se acercó para despedir a su ídolo, cuidándonos entre todos y garantizando una movilización en paz. Este Ministerio agradece especialmente a quienes colaboraron y formaron parte del operativo para despedir al Indio”.
Ahora se acelera el operativo para reabrir totalmente la zona. Pasadas las 6 de la mañana apenas quedaban algunos grupos de fanáticos y vendedores ambulantes que empezaban a retirarse en medio de una lluvia persistente. De momento, no hay información sobre el traslado del cuerpo.
Despedida
No hubo vallado que organice la fila en toda su extensión, que al mediodía de ayer superó las 50 cuadras. El último de la cola estaba a la altura de la sede de Independiente... Recorría tres localidades: Avellaneda, Sarandí y Domínico.
Estaba formada de manera espontánea, sin incidentes, en el centro de la avenida Mitre. A sus lados, marcando los límites, aparecen cientos de puestos de merchandising y comida, dos filas interminables de gazebos.
La familia prometió que el sepelio iba a continuar “hasta que haga falta”.
Hubo un anillo de seguridad alrededor del Parque de los Trabajadores, en Villa Domínico, Avellaneda. Todo el perímetro estuvo cortado. se desplegaron más de 700 efectivos de la policía, entre motorizados y de infantería.
Desde que la familia del Indio Solari reveló dónde sería velado el artista, comenzó la procesión de fanáticos desde distintos puntos del país hasta el lugar.
Algunos pasaron la noche ahí. Parte de un grupo de Laferrere que llegó a las 23 del sábado siguió durmiendo en la vereda, al reparo del frío y el rocío, bajo un balcón.
Un grupo de Isidro Casanova expresó su luto desde la 1 am con una enorme bandera negra.
Miguel estuvo llorando entre la gente, abrazado a su novia. Es de Rafael Castillo. “El indio es mi vida. Estuvo en mis mejores y en mis peores momentos. Voy a estar acá hasta que lo vea. Es todo para mí. Estaba trabajando cuando me enteré, soy pastelero... Dejé todo para venir acá. Ojalá lo pueda despedir. Me acordé de todos los seres queridos con los que compartí sus recitales”, consignó el diario La Nación.
Las remeras se vendieron a 20 mil pesos y buzos a 40 mil. “Estoy viendo la oferta, pera que recién baje”, se escucha decir a un muchacho envuelto en una bandera. “Esto es como ir caminando por la calle Avellaneda”, dice.
En los puestos de comida hubo variedad: y el choripán costó 7mil mientras que el café “con porción de torta” se consiguió por 4 mil. El vaso de Fernet con gaseosa estuvo 12 mil pesos y la lata a de cerveza, 5 mil. En la estación de Villa Domínico hubo también puestos que vendiero tortillas fritas y empanadas.
Hubo una furgoneta convertida en quisco y, dijo un vendedor, “para los que quieran dejar una ofrenda al Indio”, las rosas cuestan 5 mil pesos y las velas 2 mil.
Daniel (47), de Quilmes, vino con su mujer, Pamela (13), y su hija Luciana (13). “Fuimos juntos a todos lados.
La gente entró de forma ordenada, con banderas o lo que traen consigo.
Hubo escenas de emoción a flor de piel. Gritos de dolor y personas que se tiraron al piso para expresar su pena. Mucha gente llorando, destacó el diario La Nación.
Más cerca del polideportivo hubo un vallado que conducía a la Capilla Ardiente. Cruzando ese vallado aparecieron las ambulancias, personal de Cruz Roja y SAME.
La marea humana que compuso la fila, matizó la espera cantando temas de los Redonditos de Ricota. Pero también se expresó políticamente: cantaron “traigan al gorila de Milei” y “la patria no se vende”.
La Capilla Ardiente
La fila ingresó ordenada al Microestadio Gatica, pintado de verde. La organización fue haciendo entrar al público por tandas. El flujo fue continuo, prácticamente no hubo momentos de espera.
El clima de fiesta cambió radicalmente al ingresar a la capilla ardiente, donde todo fue emoción. Reinó el silencio y se escuchó el llanto de los seguidores del Indio.
Hubo una serie de cuadros expuestos. “Es el arte digital que hacía el Indio”, explicó un fanático.
La fila pasó frente al ataúd que contuvo los restos mortales del Indio Solari, que es de madera y tiene ocho herrajes plateados.
Estuvo solo, sin personas a su alrededor, a tres metros del vallado. Detrás, hubo una pantalla LED que decía “INDIO, 1949-infinito”, nada más, publicó el diario La Nación.
Alrededor hubo flores, banderas y remeras que ofrendaron los fanáticos.
Los voluntarios contuvieron a aquellos que parecieron más golpeados por la emoción.
La idea fue que nadie se detenga, que la multitud siga caminando mientras expresó su amor al ídolo.
Hubo fanáticos que aplaudieron, otros que gritaron letras de canciones, muchos que agradecieron, aunque la mayoría rompió en llanto...
Todos estuvieron con sus celulares en las manos, intentaron filmar o sacar una foto, llevarse un último recuerdo.
“Gracias por cómo nos respetaron a todos”, dijo un hombre a la organización.
Franco llegó a la despedida con su mujer, Yamila, y su beba, Taína. “Mi beba tiene 3 meses. La organización es excelente, nos dio prioridad, nos dejó pasar a la capilla ardiente. Fue uno de los momentos más tristes para nosotros y para el país. El Indio es todo. Desde Tandil 2011 que lo sigo a todos lados”, aseguró.
“Por siempre en mi corazón, desde Mendoza, miles de kilómetros, pero valió la pena cada maldito segundo”, dijo una chica llorando mientras desplegaba una bandera frente a los fotógrafos. Acababa de despedir a su ídolo.
La escena se repitió en loop. La gente salió de la capilla ardiente desconsolada. Lloraron, se abrazaron con amigos, familiares, parejas, se dieron la mano, unos consolaron a otros. Algunos necesitaron sentarse en la vereda para recomponerse. Amablemente, los voluntarios de la organización (muchos de ellos también lloraron) les pidieron que circulen para evitar el amontonamiento de gente.
Algunas lágrimas se ocultaron al reparo de los lentes de sol, pero muchas otras fluyeron a la intemperie.
“Está en nosotros, loco, vamos”, dijo otra mujer al salir.





