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La muerte de Guglielminetti y las relaciones con altos jefes militares oriundos de Paraná

Raúl Guglielminetti falleció a los 84 años.

A los 84 años, en una casa de Mercedes bajo arresto domiciliario, se apagó esta semana la vida de Raúl Antonio Guglielminetti, conocido en los círculos de inteligencia como "el Mayor Guastavino" o "el Ronco". Su muerte cerró un capítulo de impunidad que comenzó en los años 60, cuando este agente civil se incorporó al Batallón de Inteligencia 601 del Ejército. Guglielminetti tenía fuertes vinculaciones con tres militares de Paraná: el general Ramón Camps y los coroneles Manuel Morelli y Carlos Alberto Mateos, todos fallecidos también.

El fallecimiento de Raúl Giglielminetti puso fin a la existencia de uno de los hombres que más conoció las entrañas del aparato represivo. "Nunca dijo dónde están los cuerpos desaparecidos. Ni olvido ni perdón", sentenciaron desde entidades de derechos humanos. La red de complicidades militares que permitió su larga carrera criminal quedó documentada en el libro de Buenos muchachos, publicado en 1995 por el periodista Carlos Juvenal. En esa investigación de ocho años, Juvenal desentrañó las conexiones que permitieron a Guglielminetti operar con impunidad al amparo de jefes militares.

General Ramón Camps

Uno de los nombres clave fue el general paranaense Ramón Camps, jefe de la Policía Bonaerense durante la dictadura. Camps estuvo vinculado a la persecución del Grupo Graiver y múltiples operaciones represivas. El periodista Felipe Romeo, de la Triple A y director de "El Caudillo", era socio de Camps en la edición de un libro. Guglielminetti operaba en ese mismo circuito del terrorismo de Estado. Pero fue con el coronel Manuel Alejandro Morelli donde Guglielminetti estableció una de sus relaciones más directas y comprometedoras. Según documentó Juvenal, Guglielminetti estuvo destacado en la Superintendencia de Seguridad Federal entre 1977 y 1979, "al lado del coronel Morelli", quien fue jefe de esa dependencia hasta marzo de 1979. Morelli era además un hombre visto frecuentemente en la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), donde también trabajaba. En la Superintendencia, Guglielminetti compartió tareas con varios acusados de secuestradores: Taddei, Auliu, Fioravanti, Camilletti, Vidal, Ahmed, Espinoza o Divano.

En 1950, Manuel Alejandro Morelli ya era subteniente del Regimiento de Caballería 6 de Concordia y allí conoció a quien sería luego su esposa: Susana Von Wernich, hermana del sacerdote que bendecía la tortura en la última dictadura, Cristian Von Wernich, actualmente preso por ese penoso rol. De familia liberal, antiperonista acérrimo, de inmediato hizo una buena relación con su querido cuñado. Aunque estuvo en dos oportunidades en Paraná, en la Segunda Brigada de Caballería Blindada -en 1969 primero y luego retornó a los 10 años, casi nadie se acuerda de ello. Otros memoriosos solo indican que tenía muy buena relación con el arzobispo de esta capital y vicario castrense, Adolfo Servando Tortolo y con el general Juan Carlos Ricardo Trimarco. Aunque la vinculación no era tan fluida -por ser de diferentes grupos dentro del Ejército Argentino-, también tenía un buen trato con el general Ramón Camps o con el mismísimo abogado de ultraderecha Alberto Ottalagano.

Christian Von Wernich, sacerdote condenado por delitos de lesa humanidad. 

Lo que nadie olvida es el poder que tenía el coronel Morelli en el gobierno del dictador Jorge Rafael Videla. De la mano del ministro del Interior general Albano Harguindeguy -puesto que era hombre de su confianza, al igual que del general Guillermo Suárez Mason-, se transformó en el jefe máximo de la terrorífica Superintendencia de Seguridad Federal, ubicada en el edificio de calle Moreno 10417 de Capital Federal, que era una dependencia de la Policía Federal y ocupaba nueve pisos.

El 2 de julio de 1976 se produjo en el comedor de dicho edificio la explosión de una bomba que causó la muerte de 27 efectivos policiales. El comisario general Evaristo Besteiro, que estaba a cargo del organismo, fue desplazado y en su lugar quedó el coronel Manuel Alejandro Morelli. El organismo de Morelli pasó a ser una dependencia de actividades ilegales a poco de asumir. En el tercer piso de la Superintendencia eran alojados los detenidos, en calabozos individuales, y era habitual la aplicación de torturas de todo tipo a quienes se encontraban allí en forma clandestina. Para muchos, era el paso previo a las cárceles de Villa Devoto o La Plata. Para otros, era el paso previo a sus traslados, todo bajo las órdenes estrictas de Morelli. "El coronel tenía que saber todo lo que se hacía en el edificio: desde el detenido, hasta el último torturado o ejecutado en alguna circunstancia. Si alguien le fallaba, lo hacía matar. No dudaba un instante", recordó un viejo amigo, que escuchó tal frase, en confidencia, del propio militar.

Recuerdos de Fátima

Entre la noche del 19 de agosto y la madrugada del 20 de agosto de 1976, 30 personas que se encontraban detenidas ilegalmente en la Superintendencia de Seguridad Federal de la Policía Federal, fueron trasladadas hasta la localidad de Fátima, en el partido bonaerense de Pilar, por orden de Morelli. "Es un simple traslado", les indicaron a los jóvenes militantes del PJ, la mayoría de los cuales no superaba los 30 años: Un grupo militar se instaló en el control caminero, sobre la ruta 9 y no permitió el paso de vehículo alguno. Mientras, aviones militares comenzaron a volar sobre el área, para lograr que no haya errores ni curiosos. Cuando llegaron a una zona despoblada, en un furgón y una camioneta, hicieron descender a los militantes, los ubicaron uno aliado del otro -en un diámetro de no más de 20 metros- y le dispararon en la cabeza a cada uno de ellos, tras lo cual dinamitaron el lugar. 

Algunos pobladores advirtieron la explosión aproximadamente a las 4.30 de la madrugada del 20 de agosto de 1976. Una hora después, un grupo de obreros que se dirigía a su trabajo, encontró, a unos dos kilómetros de la Estación del Ferrocarril Urquiza, 30 cuerpos diseminados en un círculo: 20 de ellos eran de sexo masculino; el resto eran mujeres; la mayoría de ellos, adolescentes. No obstante, nadie podía llegar al lugar, porque un operativo de soldados lo cerró y a los reporteros gráficos que acudieron se les secuestraron las fotos tomadas. De los 30 cadáveres, dos se encontraban totalmente destrozados, producto del estallido, que, a su vez, provocó un foso de unos 80 centímetros de profundidad y un metro de diámetro. Entre los soldados y personal civil municipal recogieron los cuerpos y los pedazos esparcidos en la zona, los que, a su vez, fueron subidos a un camión de la comuna de Pilar. Sólo cinco de las víctimas fueron identificadas al poco tiempo del hallazgo de los cuerpos: Inés Nocetti, Ramón Lorenzo Vélez, Ángel Osvaldo Leiva, Alberto Evaristo Comas y Conrado Alzogaray. Al tiempo, se identificaron otros cadáveres.

El policía "arrepentido" Víctor Luchina -según el testimonio que brindó luego ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) estaba de guardia en el edificio de Moreno al 1.400, donde funcionaba la Superintendencia, la noche que se llevaron a los 30 detenidos. "Apagaron todas las luces. Sólo quedaron encendidas las del ascensor y las de la playa de estacionamiento. Recuerdo que los detenidos eran 30 porque fueron contados. Algunos venían en mantas, envueltos, parecían estar muertos; otros venían tambaleándose como drogados", manifestó. El expolicía atestiguó que ayudó a cargar a los detenidos en un camión verde oscuro. Al día siguiente dijo haberse enterado por los diarios que "habían sido dinamitados en Pilar". La masacre había sido una "respuesta" a un atentado realizado en julio de 1976 en el edificio de la Superintendencia. Ninguno de los dos medios periodísticos de Paraná informó de lo sucedido en esos días.

Entre los asesinados por orden del coronel Morelli se encontraba el militante, oriundo de Gualeguaychú, Carlos Raúl Pargas, quien 28 años después terminó de ser identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense, y cuyos restos se encontraban como NN en el cementerio de Derqui, provincia de Buenos Aires. Pargas tenía 31 años al momento de ser asesinado. Había terminado el secundario en el Colegio Nacional de Gualeguaychú, se fue a La Plata y luego a Capital Federal, donde pasó a cumplir funciones en el Banco de la Nación Argentina, sucursal Pellegrini. Allí fue detenido el 12 de julio de 1976. Un año después también fue desaparecida su hermana, Rosa María Pargas de Camps, en Lomas de Zamora. Pargas era amigo personal y de militancia de Enrique Guastavino, también desaparecido por la dictadura, hermano del exvicegobernador de la provincia y exsenador nacional del PJ, Pedro Guillermo Gusatavino. Es más: la hermana menor de Pargas -que fue quien llevó adelante buena parte de la investigación para la identificación de los restos de su hermano- fue novia de Enrique Guastavino durante un buen tiempo. Tanto Morelli como otro militar zafaron por fallecimiento.

La figura de Morelli fue además central en el entramado del secuestro extorsivo que denunció el periodista Carlos Juvenal, fallecido en 1996. El coronel aparecía en los listados de la CONADEP con el número 0279/3674, y Marta Oyhanarte insistió en que fue uno de los organizadores del secuestro que sufrió su esposo, Osvaldo Sivak, en 1979. Los hijos del empresario periodístico Rafael Perrota -secuestrado el 13 de junio de 1977- se entrevistaron con Morelli en la SIDE por instrucciones del ministro Harguindeguy. Un oficial enviado por Morelli les aconsejó pagar 375.000 dólares de rescate. 

El coronel Morelli pasó sus últimos días en Paraná. Antes, por su estrecha amistad con Trimarco, hizo que lo nombrara a su hermano, Salvador Morelli, como presidente del Instituto Autárquico Provincial del Seguro (IAPS), cargo en el que permaneció hasta casi el final del gobierno militar. Incluso, a comienzos del primer gobierno de Sergio Montiel (UCR), fue denunciado por el caudillo por supuestas irregularidades en la venta de los departamentos de los inmuebles de calle San Martín, donde se encuentra el edificio del organismo. El coronel, quien falleció en diciembre de 1979, en su despacho de calle 25 de Mayo, en la sede del Comando de la Segunda Brigada de Caballería Blindada, poco después de las 8 de la mañana y en total soledad, no tuvo tiempo de asegurarle tranquilidad por siempre, pero el exfuncionario siempre demostró un buen manejo del poder en la ciudad. Morelli murió el 15 de diciembre de 1979, a los 52 años. Perrota jamás apareció. La esposa y el único hijo de Morelli se fueron a vivir a Paso de los Libres, en Corrientes. La señora Von Wernich falleció en marzo de 2018, a los 83 años.

El expresidente del Club Atlético Estudiantes (CAE) -cargo en el que estuvo desde 1978, o sea, época de poder militar y de fuerte influencia de su hermano coronel- fue quien, 26 años después de su fallecimiento, convenció a autoridades de la Segunda Brigada de Caballería, de la necesidad de homenajear al militar. El comandante, general de brigada Juan Carlos Willington, fue quien lideró los actos en 2004, en que se impuso el nombre de "Coronel Manuel Alejandro Morelli" a la cancha de polo de El Paracao, que pertenece al Ejército Argentino. También participó el general Valentín Venías, presidente de la Comisión de Armas de la Caballería San Jorge, todo al ritmo de Zamba de mi esperanza, la canción favorita del homenajeado, según la crónica de El Diario, que fue el único medio que cubrió los actos.

Mateos, el otro eslabón

El tercer vértice fue el coronel Carlos Alberto Antonio Mateos, alias "Gaucho", jefe directo de Guglielminetti en el Batallón 601 y el Destacamento 103. Cuando el general Leopoldo Fortunato Galtieri desmanteló ese destacamento, Mateos fue a Rosario y Guglielminetti lo acompañó.

Mateos también fue superior de Aníbal Gordon. Poseía campos en General Villegas y Chascomús. Un testigo declaró que su campo lindaba con el de Mateos, quien le presentó a Leonardo Save. Marcelo Gordon, hijo de Aníbal, era visitante frecuente. "Mateos solo fue citado como testigo; jamás como imputado", denunció Juvenal. Mientras tanto, se volvió a la capital entrerriana, donde desarrolló fuertes inversiones, que actualmente administran sus tres hijos. El coronel falleció el 6 de agosto de 2002, a los 68 años.

La protección que estos jefes militares brindaron a Guglielminetti quedó demostrada en múltiples episodios. En 1977, cuando fue señalado en un asalto, sus "amigos de Seguridad Federal y Robos y Hurtos no le fallaron", según documentó Juvenal. Estuvo menos de dos días privado de su libertad y la causa fue sobreseída. El juez de Instrucción incluso le devolvió el Ford Falcón con las chapas falsas que había usado en el delito.

Esta impunidad se extendió hasta la democracia. En 1984, Guglielminetti fue identificado en una fotografía como custodio del presidente Raúl Alfonsín, generando un escándalo mayúsculo. Huyó a España, pero fue extraditado. Ya en Argentina, debió afrontar la causa por el secuestro de Emilio Naum. Fue liberado y absuelto.

Recién en 2006 fue capturado. En 2011 recibió condena a 20 años por delitos de lesa humanidad. Acumuló condenas a perpetua por torturas en Automotores Orletti, el circuito ABO y La Escuelita de Neuquén. En 1987 declaró ante la Cámara Federal: "He sido preparado como agente de inteligencia para obrar, en el noventa por ciento de los casos, al margen de la ley".

En septiembre de 2025 logró prisión domiciliaria por deterioro de salud. Murió cuatro meses después sin aportar información sobre desaparecidos. En julio de 2024 había recibido en Ezeiza a diputados libertarios, entregándoles propuestas para liberar represores.

Como escribió Juvenal en 1995: "Solo con muchos cómplices en el poder pudo mantenerse libre". Esos cómplices tuvieron nombres: Camps, Morelli, Mateos y decenas de jefes que construyeron el aparato de terror. Guglielminetti murió sin dar nombres. El pacto de silencio permanece intacto. 

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