Roberto Schunk
En la Argentina actual se habla todo el tiempo de economía. Se discute el déficit, la inflación, el dólar, el gasto público. Pero en medio de todas esas discusiones hay una pregunta clave que casi no aparece: ¿Cuánta riqueza estamos generando como sociedad?
Parece una pregunta simple, pero es la más importante de todas.
Para entenderlo, conviene ir a una idea básica. Cuando los economistas hablan del Producto Bruto Interno (PBI), están midiendo algo muy concreto: la riqueza que un país genera en un período de tiempo.
Dicho de otra manera, el PBI es como el ingreso de una familia.
Si una familia gana bien, puede consumir, ahorrar, invertir, pagar deudas y vivir con cierta tranquilidad. Si gana poco, todo se vuelve más difícil. No importa cuán ordenada sea: sin ingresos suficientes, la situación se complica.
Con un país pasa exactamente lo mismo.
Por eso el Producto es el punto de partida de todo. A partir de ahí se mide el peso de los impuestos, el tamaño del Estado, la deuda, los salarios. Todas esas variables tienen sentido solo en relación a la riqueza que se genera.
Ahora bien, hay una forma muy concreta de entender ese problema.
Si comparamos la riqueza que genera Argentina con la de los países más desarrollados, la distancia es enorme. Y eso no es solo una diferencia estadística: es una diferencia en calidad de vida, en oportunidades y en desarrollo.
Pero hay un dato todavía más revelador.
Si Argentina creciera de manera sostenida, necesitaría varias décadas para alcanzar los niveles de producto por habitante de países desarrollados. Y si ese crecimiento no ocurre -o peor aún, si la economía se contrae- esa distancia no solo no se acorta, sino que se agranda. Dicho en términos simples: cuando no generamos riqueza, nos quedamos atrás. Y cada año que pasa, cuesta más recuperarse.
Ahora bien, pensemos lo siguiente: si el problema principal es cuánta riqueza se genera, ¿tiene sentido que el eje de la política económica esté puesto casi exclusivamente en el ajuste?
Este es un punto central del debate actual.
El gobierno sostiene que primero hay que ordenar la macroeconomía -bajar el déficit, controlar la inflación- y que después vendrá el crecimiento. Es una idea que, en principio, suena razonable. El problema es que parte de un supuesto equivocado: que la estabilidad y el crecimiento pueden pensarse como etapas separadas.
La experiencia muestra que no se trata de una secuencia, sino de procesos que deben darse en conjunto. Porque cuando el orden macroeconómico se busca a costa de frenar la actividad, lo que termina ocurriendo es que la economía pierde dinamismo y se debilita la capacidad de generar riqueza.
Y hay algo que cualquier persona puede entender desde su propia experiencia: si en una familia se recorta todo al mismo tiempo -gastos, consumo e inversión- lo que termina pasando es que esa familia reduce su nivel de actividad, produce menos y, en consecuencia, genera menos ingresos.
Con un país ocurre lo mismo. Cuando el ajuste frena la actividad económica, la economía no se ordena: se achica. Y cuando se achica, lo que está en juego ya no es solo el equilibrio de las cuentas, sino algo mucho más profundo: la capacidad misma de generar riqueza.
Hoy vemos señales concretas de ese proceso: caída del consumo, menor actividad en sectores industriales, dificultades crecientes para sostener el empleo. Es decir, una economía que pierde dinamismo.
Y cuando el Producto cae, el país genera menos riqueza.
A partir de ahí, las consecuencias son bastante directas: menos empleo, menores ingresos y más dificultades para sostener tanto al Estado como a las propias familias. Esto no significa negar que Argentina haya tenido problemas serios en el manejo de su economía. Los tuvo, y muchos. Pero reconocer esos errores no debería llevarnos a ignorar una verdad básica: sin producción y sin trabajo, no hay modelo económico que funcione.
Ni el desorden permanente ni el ajuste permanente son soluciones.
El desafío es otro: cómo generar más riqueza de manera sostenida.
Y eso implica poner en el centro a la economía real. A la producción, a la industria, al trabajo, al agregado de valor. Pero también implica mirar aquello que muchas veces no se ve. Por ejemplo, la economía del cuidado: todas esas tareas indispensables para la vida cotidiana -cocinar, limpiar, cuidar a los niños, acompañar a personas mayores- que no siempre tienen remuneración, pero sin las cuales el resto de la economía no podría funcionar.
Y acá hay un dato clave que no puede pasarse por alto: la mayor parte de ese trabajo lo realizan las mujeres. Es decir, una parte enorme de la riqueza social se sostiene sobre tareas que no se pagan, que no se reconocen plenamente y que recaen de manera desproporcionada sobre ellas.
Ignorar esto no es un detalle menor. Es no entender cómo funciona la economía.
Discutir economía, entonces, no debería ser repetir consignas ni elegir entre extremos. Debería ser un ejercicio de comprensión. Porque hay algo que es inevitable: cuando un país deja de generar riqueza, todo empieza a tensionarse. Las cuentas públicas, los ingresos, el empleo, las condiciones de vida.
Por eso, más allá de cualquier posición política, hay una pregunta que cada ciudadano debería hacerse: ¿este modelo económico está ayudando a producir más o está frenando la capacidad de generar riqueza? La respuesta a esa pregunta es, en definitiva, la que define el rumbo de un país.
Pero hay algo más que no puede quedar afuera de esta discusión.
Generar riqueza es una condición necesaria, pero no suficiente. Porque una sociedad también se define por cómo distribuye esa riqueza. No se trata solo de crecer, sino de quiénes se benefician de ese crecimiento.
Una economía puede expandirse y, sin embargo, dejar a grandes sectores afuera. Puede generar valor, pero concentrarlo. Y cuando eso ocurre, lo que aparece no es desarrollo, sino desigualdad.
Por eso el verdadero desafío es doble: producir más y distribuir mejor.
Construir una Argentina que genere riqueza de manera sostenida, pero que al mismo tiempo sea capaz de transformarla en trabajo digno, en mejores ingresos y en oportunidades reales para todos.
Esto no implica negar los problemas que hemos tenido ni idealizar experiencias pasadas. Tampoco supone desconocer el funcionamiento del sistema económico en el que vivimos. Pero si exige algo fundamental: una acción inteligente y responsable del Estado, capaz de orientar, equilibrar y potenciar el desarrollo. Porque si algo ha demostrado la historia, es que sin un Estado presente, las desigualdades tienden a profundizarse.
El desafío, entonces, no es abandonar el sistema en el que vivimos, sino hacerlo funcionar mejor. Lograr que la generación de riqueza no sea privilegio de unos pocos, sino la base de una sociedad más equilibrada y con mayor justicia social. Ese es el punto donde la economía deja de ser una discusión técnica y pasa a ser una decisión colectiva. Y es, también, el desafío que tenemos por delante como sociedad.
Sin riqueza no hay nada que distribuir. Pero sin distribución, la riqueza pierde sentido.
(*) Roberto Schunk es Contador Público Nacional. Ex ministro de la Producción de la provincia de Entre Ríos. Docente e investigador universitario.






