La derrota desnudó la fractura de la coalición de gobierno

Carlos Pagni 

Las coaliciones se sostienen por dos motivaciones. La animadversión hacia el rival. O la certeza de que la asociación con lo diverso garantiza el acceso al poder.

El domingo pasado esos dos factores, que han venido amalgamando al Frente de Todos, se debilitaron. La renovación interna de Juntos por el Cambio vuelve estéril la polarización con Mauricio Macri, que fue un aglutinante principal del oficialismo. También desapareció la seguridad de que con la unidad se alcanza la victoria. La derrota funcionó como un papel de tornasol. Puso en evidencia las fracturas preexistentes en la alianza gobernante.

Desde el domingo a la noche, Cristina Kirchner y su grupo emitieron señales de desesperación. Ayer el Gobierno quedó al borde del abismo. La vicepresidenta presionó para intervenir el equipo del Presidente.

El Presidente, hasta anoche, resistía. Y lo hacía de manera operativa. Su partido, Parte, que tiene una existencia poco más que simbólica, emitió un comunicado de respaldo a su figura, alentando la unidad. El Movimiento Evita, para corroborar todas las fantasías conspirativas de Cristina Kirchner, fue más allá: convocó una manifestación en la Plaza de Mayo para sostener a Fernández. También en nombre de la unidad. Más tarde se sumaron otros pronunciamientos, más significativos: los gobernadores Ricardo Quintela (La Rioja), Sergio Uñac (San Juan), Gustavo Melella (Tierra del Fuego), Juan Manzur (Tucumán), Omar Gutiérrez (Neuquén) y Alberto Rodríguez Saa (San Luis) hicieron saber, con mayor o menor sonoridad, que se alineaban con la Casa Rosada.

Hacia el final de la tarde el apoyo a Alberto Fernández sumó a la CGT, en la cual algunas organizaciones se pronunciaron con más énfasis. A la cabeza, la poderosa UOCRA de Gerardo Martínez, quien lidera un bloque integrado por Héctor Daer, Andrés “Centauro” Rodríguez y José Luis Lingeri, “Mr. Cloro”. Es el núcleo que se prepara para conducir la CGT a comienzos de noviembre, después de organizar una movilización el 18 de octubre con la consigna “Desarrollo, producción y trabajo”.

La pérdida de poder electoral, que se verá agravada por la forma en que el Frente de Todos está procesando la tormenta, operó como un revulsivo. Produjo un sinceramiento. Ahora se sabe que en la administración nacional hay, por lo menos, tres facciones. Los ministros con los que Fernández se fotografió el lunes, después de la hecatombe electoral: Santiago Cafiero, Martín Guzmán, Matías Kulfas y Claudio Moroni. Son, desde la perspectiva presidencial, los intocables. Coinciden con los que a la vicepresidenta le gustaría reemplazar.

La negativa a entregar cabezas, cifrada en esa coreografía, impulsó a otra facción a salir a escena. Encabezados por Eduardo “Wado” De Pedro, los funcionarios alineados con la señora de Kirchner y con La Cámpora, presentaron la renuncia. Desde ministros, hasta presidentes de empresas públicas, o funcionarios políticos de segunda línea, esos soldados fueron recibiendo la orden de entregarse. Era la última onda de lo que el kirchnerismo a ultranza denominaría un “movimiento de acoso y derribo” iniciado en Santa Cruz, donde Alicia Kirchner recibió la dimisión de sus colaboradores. Como en la Casa Rosada nadie se dio por aludido, la ministra de Gobierno bonaerense, Teresa García, comunicó que en La Plata todos habían puesto sus cargos a disposición de Axel Kicillof.

En una zona ambigua, un tercer pelotón: Sergio Massa y los funcionarios que le responden. Desde su esposa, Malena Galmarini, hasta el ministro de Transporte, Alexis Guerrera. Massa tuvo durante varios meses la fantasía de ser convocado como el salvador del oficialismo. Se imaginó ministro de Economía y producción, con plenos poderes. En las filas de Máximo Kirchner, que ha constituido con Massa una unión bastante sólida, se soñaba ayer al presidente de la Cámara de Diputados como jefe de Gabinete. Casi un primer ministro. En la aventura del líder del Frente Renovador se embarcaba también, hasta ayer por la tarde, un grupo de dirigentes del conurbano, que van desde Martín Insaurralde hasta Alejandro Granados. Massa llevaría en este caso a Martín Redrado, asesor de José Luis Manzano, Daniel Vila y Mauricio Filiberti, al Ministerio de Economía. Sobre Redrado pesa una incógnita que aun nadie despejó: Claudio Bonadio procesó a Cristina Kirchner en la causa por el dólar futuro con los argumentos que el ex presidente del Banco Central ofreció como testigo espontáneo delante del juzgado. Es decir: fue a declarar sin que nadie lo llamara. En el Instituto Patria hablarían de lawfare.

El trance de Massa es complicado. Uno de los mensajes de las urnas del domingo fue que su capital electoral se diluyó. Julio Zamora, el intendente de Tigre, aceptó compartir la lista de concejales con los representantes del diputado, después de una presión irresistible de Alberto Fernández.

Perdieron. Los votos que había acumulado entre 2013 y 2017, también desaparecieron. Él supo disimular esa pérdida subsumiéndose en el kirchnerismo en 2019. Allí se fundó la tesis de que el PJ regresó al poder gracias al regreso del hijo pródigo del Frente Renovador. En las primarias del domingo esa tesis se transformó en un mito. Massa perdió ese potencial.

Consciente de esta devaluación, el jefe de los diputados pretende saltar al Ejecutivo. Sabe que sólo una gestión exitosa podría hacerlo resurgir. De todo lo que tenía, si el cómputo se limita a bienes intangibles, lo único que le queda es la ambición. Es lo que lo vuelve peligroso tanto para Cristina Kirchner como para Alberto Fernández. Lo demás son humoradas infantiles. Como el tuit que ayer decía: “En medio de la crisis, Massa no decide a quién va a traicionar”.

Balance provisional: la gestión peronista comenzó a desorganizarse en tres bloques con distintas jefaturas. Los funcionarios de Fernández, con una extensión hacia un club de gobernadores, la CGT y movimientos sociales. Los funcionarios de Cristina Kirchner y La Cámpora. Y los funcionarios de Massa. Dado el diseño que el Presidente imprimió a su gabinete, las tres corrientes, hoy dispersas, conviven en todas las áreas de Gobierno. La irracionalidad administrativa está garantizada.

La clasificación anterior deja dos grupos afuera. Aquellos a los que Fernández no bendijo en público, pero que se sometieron a su autoridad. Gabriel Katopodis y Juan Zabaleta, que fueron ayer, desde temprano, quienes más persuadieron a su jefe a no capitular. La crisis obligó a definir otras lealtades: Jorge Ferraresi y, sobre todo, Jorge Taiana, no hablaron de renuncia. Estaban, en teoría, en las filas de la vicepresidenta. Felipe Solá, Carla Vizzotti, Sabrina Frederic, Matías Lammens y Nicolás Trotta hicieron lo que se esperaba. No moverse.

La taxonomía no está completa. Hay que mirar con atención la conducta inesperada de un miembro del gabinete. Gerónimo Ustarroz, hermano de Wado de Pedro y responsable de los intereses del kirchnerismo en el Consejo de la Magistratura. Hasta donde se sabía anoche, no presentó la renuncia. Al final, ¿era de Alberto Fernández? Para nada. La vocación de permanencia de Ustarroz revela un rasgo central de la coyuntura política. El problema más delicado de la derrota para la señora de Kirchner es que, según su propia concepción, la absolución o la condena judicial no depende tanto de los expedientes como del monto de poder que un imputado está en condiciones de exhibir. Si el fracaso electoral queda corroborado en noviembre se desataría para ella, siguiendo su argumento, una pesadilla. Es natural entonces, que ponga a disposición de Fernández a sus soldados de juguete. Con Ustarroz, en cambio, no se juega. No vaya a ser que, en un momento de distracción, Fernández acepte que se aleje.

Esta imprescindibilidad de Ustarroz demuestra, por contraste, que Martín Soria es un ministro de Justicia folclórico, promovido por Massa para hacer declaraciones rimbombantes. No mucho más que eso.

El Presidente y su vice quedaron ayer trabados en un jaque endemoniado. La señora de Kirchner intentó acorralar a su delegado en la Casa Rosada. Se basó en la hipótesis de que se allanaría a la presión. La idea de que para salvar la gestión hace falta un interventor fue elaborada por ella y, en especial, por su hijo y los cofrades de La Cámpora, hace ya meses. Hubo episodios que recomendaron acentuarla. Dos muy destacados. El frustrado pedido de renuncia del subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, por parte de Martín Guzmán; y la postulación de Agustín Rossi a una candidatura de senador por Santa Fe, inducida por el Presidente y por Santiago Cafiero, temerosos, con razón, de que el entonces ministro de Defensa se convirtiera en jefe de Gabinete.

La pretensión de ascender a Rossi está ligada a un objetivo principal del kirchnerismo duro y de Massa: expulsar a Cafiero del gabinete. En los últimos tres días la vicepresidenta no calibró como debía un detalle y es que Fernández no sólo resistió la exoneración de Cafiero sino que, además, colocó a Victoria Tolosa Paz y Leandro Santoro al frente de las listas electorales más visibles del país. Es decir: en esa pulseada se impuso Fernández.

Si el Presidente sigue resistiendo, la señora de Kirchner deberá decidir si, contra lo que es su costumbre, acepta una negociación o se radicaliza más. Radicalizarse significa romper los bloques del Congreso y dejar al Gobierno con una base parlamentaria todavía más pequeña que la que surgiría de las urnas en noviembre. Para usar la historia como metáfora: la vicepresidenta se convertiría en una especie de Carlos “Chacho” Alvarez, multiplicado por

La encerrona en la que ella quedó anoche fue impulsada por varios fenómenos de distinto alcance. Uno de ellos es el temor a perder una franja de su electorado. Por citar sólo un indicio: en Villa Itatí, de Quilmes, el Frente de Todos se derrumbó desde el 67% que obtuvo en 2019 a 37% que sacó el domingo; en la villa Iapi, fue de 71 a 23%; y en Solano, de 69 a 44%. Se selecciona Quilmes como ejemplo porque es gobernado por La Cámpora. Juan Grabois ha sido de los más sensibles a este fenómeno. Propuso su propio plan económico y se le atribuye haber acelerado la arremetida de Máximo Kirchner contra Fernández. Esta versión disparó un dato en el que coinciden fuentes del oficialismo con antiguos funcionarios del Cambiemos: el área de barrios populares tiene asignados 43.000 millones de pesos de los que no llegaron a ejecutarse más del 10%. La responsable de esa área es Fernanda Miño, que todos vinculan a Grabois.

Ayer hubo otro factor que agigantó la fisura. Durante la conferencia que dio junto al Presidente, el ministro Martín Guzmán le recordó a Massa, todo gratitud, cómo había buscado votos en el Congreso, junto con Máximo Kirchner, para que los poderosos fondos Pimco y Templeton reciban dólares para cobrar sus bonos en pesos. Una posibilidad que se le niega al resto de los mortales. Guzmán, que por haber otorgado ese privilegio podría enfrentar una causa penal, abrazó a Kirchner y a Massa. Siempre con su sonrisa inconmovible.

Anoche Fernández sembraba incertidumbre. Es verdad que resistió el asalto al gabinete. Pero también es cierto que las adhesiones que recibió de numerosos gobernadores, del sindicalismo y del Movimiento Evita, fueron una manera de forzarlo a no ceder. Algunos de sus ministros más intransigentes amenazan también con la renuncia, en un mortificante juego de pinzas con los subordinados de la vicepresidenta. Esos colaboradores le recomiendan rechazar la renuncia de Wado de Pedro, y “estudiar” todo lo demás. En ese demás hay dispositivos cruciales para La Cámpora, como la Ansés de Fernanda Raverta o el Pami de Luana Volnovich.

La obstinación del Presidente, de mantenerse hoy, abre una nueva configuración general para la política. Él está arrinconado y también Cristina Kirchner está contra la pared. Tienen como rusos y norteamericanos durante la era nuclear la mutua destrucción asegurada. El nuevo cuadro modifica también la posición de Massa, que anoche pedía preservar la unidad, temeroso de quedar atrapado, como uno más, en las agitadas filas de La Cámpora. Pero, sobre todo, plantea un desafío a la oposición. ¿Qué debería hacer Juntos por el Cambio si se organiza un nuevo oficialismo, desprovisto del ala más radical del kirchnerismo, y por eso mismo más necesitado de apoyo parlamentario? El temor a que cambie la dependencia de la señora de Kirchner por la dependencia de Horacio Rodríguez Larreta, Macri, Elisa Carrió y los radicales, hace que algunos amigos de Fernández, con enorme influencia sobre él, le recuerden que su prioridad debe ser mantener la alianza que lo llevó a la Casa de Gobierno.

En medio de estos vientos, Fernández procrastina. Eterno enamorado de la sensibilidad radical, está atrapado en la feroz opción de Alem. Debe evitar que se rompa la coalición. Pero también debe evitar doblarse.

(La Nación)

 

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