Las pruebas definitivas de que Macri intenta perjudicar a la Selección argentina

Por Ernesto Tenembaum (*)

Sábado. 10 AM. Nos encontramos, una vez más, en el mismo café de Palermo donde desayunamos todos los sábados desde hace años. Está empezando, en una tele lejana, el partido clave entre Polonia y Arabia Saudita. Se lo puede ver desde donde estamos nosotros, pero con cierta dificultad. Mi amigo de toda la vida es una persona criteriosa, un padre cariñoso, tiene innegable talento en lo que se dedica, y una inteligencia, a mi entender, superior al promedio de las personas que conozco. Muchas veces, ante situaciones difíciles, he recurrido a él. Encontré siempre un interlocutor valioso, capaz de dar consejos oportunos, siempre empático y dotado de un envidiable sentido del humor. Digamos: un muy buen tipo. En su momento, además, mi amigo fue cristinista. Alguna vez hemos discutido por eso pero no mucho. Los dos sabíamos que era territorio peligroso así que para qué. Últimamente, me pareció que estaba desilusionado.

-Ojalá que empaten -le digo.

-¿Por? -me pregunta él.

-Fácil. Si le ganamos a México y ellos empatan, después nos alcanza con empatar con Polonia para clasificar.

Él sonrió.

-Trastorno obsesivo compulsivo, se llama eso. No podés parar de pensar en algo inútil.

Yo insistí.

-Y si salimos primeros en la zona, nos queda un camino accesible hasta las semis. Nos toca Dinamarca, Australia o Túnez en octavos, y después Países Bajos, Ecuador, Irán o Estados Unidos. No nos cruzaríamos con Francia ni con España ni con Brasil.

Mi amigo se encogió de hombros. Llamó al mozo. Pidió dos cortados y unas medialunas. Primer ataque de Polonia. Ataja el arquero de Arabia Saudita.

-No puedo creer que estos tipos nos hayan ganado -digo. Fue una tormenta perfecta. El peor partido nuestro. El mejor de ellos. Le jugamos cien veces y le ganamos noventa y nueve.

Él responde.

-No te quiero joder. Te veo ilusionado. Pero todos tus cálculos son al pedo. Ya estamos jugados. Nos volvemos en unos días.

Yo de verdad estaba esperanzado. O, al menos, no me resignaba.

-No jodas. Lo del martes fue un accidente. Somos mejores que México, aún sin Messi, aún sin Di María. Y somos mejores que Polonia.

Mi amigo revuelve el café.

-No entendés.

-Bueno, es fútbol. Todo puede pasar. Pero si uno mira las cosas con cierta objetividad.

-Te digo que no entendés.

En el bar se escuchó un “¡uh!”.

-¿Qué pasó, Jefe? -le pregunté al mozo.

-Los árabes. Casi hacen un golazo. Los polacos no los pueden parar.

Que empaten, pensé. Ojalá que empaten.

-¿Qué cosa no entiendo? -volví a nuestra conversación.

Y entonces lo dijo. Serenamente. Como quien dice una verdad obvia.

-No es fútbol. Es Macri.

-¡¿Macri?!

-Si querés te lo explico. Pero no me quiero pelear.

Se hizo un silencio. Territorio peligroso.

Yo no sabía si quería que me lo explicara. Pero él ya había arrancado y, ay, me lo explicó.

-Las cosas no suceden por casualidad. Nunca. Si en algo no hay que creer es en las casualidades. Macri maneja todos los fondos de la FIFA para formación de deportistas en el mundo. Si Infantino lo puso ahí es porque pertenece a su entorno.

Con mucho cuidado, me animé a interrumpirlo.

-Sí, escuché a un periodista deportivo decir eso.

-No a cualquiera. Es uno de los mejores. Macri no quiere que la Selección gane. Sabe que eso le daría aire al gobierno. La FIFA maneja el VAR. Nosotros perdimos con el VAR. Ya está. Vamos a un golpazo. El poder ya decidió.

Hice silencio. No quería ofenderlo. Pero ya sabía que iba a ser difícil. No estábamos discutiendo de fútbol.

-No te voy a convencer. Pero por lo menos escuchame. Macri es el argentino con más influencia en la FIFA. Y nos bombearon. ¿Por qué habrá sido? ¿No lo escuchaste a Larroque? Él piensa igual. Navarro lo dijo con todas letras. Y el médico peronista ese, Rachid, también. En las redes está lleno de datos que confirman.

No podía creer lo que estaba escuchando. Tal vez sea lógico que una persona mediocre diga semejante barbaridad. Pero mi amigo es, de verdad, un tipo inteligente. Además, era evidente no quería pelear: solamente desarrollaba su teoría. Como mucho, me provocaba un poco. Se divertía. Convencidísimo pero, al mismo tiempo, amable.

-Igual, no me hago ilusiones con vos. Te leo y te escucho hace años. Sé que no creés en las conspiraciones. Ese es tu principal problema como periodista. Te parece que las cosas pasan porque pasan y no porque el poder impone sus reglas.

A diferencia de mi amigo, yo soy más temperamental. Y la deriva –como se dice ahora- de la conversación no me gustaba un carajo. No voy a picar, me dije. No voy a entrar. Mi amigo se dio cuenta de lo que me estaba pasando. Se divertía más.

Lo tengo, habrá pensado. Está arrinconado.

Y tenía cierta razón.

-¿Puedo preguntarte algo? -me animé.

-Claro.

-El penal.

-¿Qué penal?

-El penal que nos dieron cuando empezó el partido. No lo dio el referí. No lo dio el juez de línea. Lo dio el VAR. Si la dupla Macri-Infantino maneja el VAR y quiere perjudicar a la Argentina, ¿por qué mierda nos habría de dar un penal a los 5 minutos?

-No te vuelvas loco. No levantes la voz. Vas a hacer un papelón. Sos un tipo conocido. Alguna gente dice que ese penal fue un penalazo.

-Mienten. Fue un agarrón intrascendente. Eso nunca es penal salvo con este VAR. No jodamos. Nos ayudaron. Además, si fue penal y te quieren perjudicar no te lo dan. No habría sido la primera vez.

-No sé. Yo no te puedo explicar todo. Tal vez dieron ese penal para disimular, para que todo sea más convincente. El poder es muy inteligente.

No sé por qué estas cosas, a esta altura de la vida, me ponen tan nervioso. Me entraron unas ganas bárbaras de agarrarlo de los hombros y zamarrearlo hasta que entrara en razón.

-Con todo cariño y respeto, te quiero decir que los dos goles de Arabia fueron golazos espectaculares, que la Argentina no tenía una sola idea, que perdía todas las pelotas, que no hubo un jugador que hiciera bien su trabajo. Aun con el VAR en contra, que no lo tuvimos en contra, hubiéramos ganado si jugábamos bien.

Él seguía sereno, el nervioso era yo.

-Los conspiradores necesitan también de la suerte. No siempre ganan. Pero que están, están. Y Macri es eso. No te quiero joder. Pero tu cabeza funciona de manera tan ingenua, que no ve estas cosas y entonces terminás siendo cómplice de la conspiración. Después te escucho en la radio y sos un maestro sembrando dudas sobre lo que realmente pasa. Por eso te escucho tan poco. Te quiero. Pero hago zapping.

Justo en ese momento, afortunadamente, se acercó el mozo.

-Si quieren ver mejor el partido, hay una mesa que acaba de pagar cerca de la tele.

-Dale -dije.

-Solo para acompañarte -dijo él- Porque la suerte está echada.

Nos mudamos. Yo ya no me podía concentrar en el partido. No paraba de pensar. “¿Este tipo creerá también que la embajada norteamericana, a través de la Paramount colocó a un chabón en Gran Hermano para debilitar desde ahí al gobierno popular? ¿Creerá que Pfizer fabricó vacunas para vendérselas al tercer mundo y quedarse con reservas de agua y glaciares? ¿Creerá que las corridas contra el peso se producen porque el poder financiero quiere cargarse al kirchnerismo?”.

No me parece un tema para nada menor: hace años creo que gran parte de las desgracias del país se explican por ese punto de vista que siempre encuentra una conspiración detrás de un problema y, entonces, en lugar de resolverlo, intenta combatir a los supuestos conspiradores.

Mi amigo me chistó.

-No te veo concentrado en el partido.

Me hice el gil.

-Me aburren los polacos. Tienen a Lewandowski y no les sirve para nada.

-Ah.

Dos minutos después, gol de Polonia. Desborda el propio Lewandowski, no logra definir, hace un pase al punto del penal hacia Zieliński, y a cobrar. No nos conviene. Pero a esas alturas, yo estaba completamente desconcentrado.

Me acordaba de un viejo diálogo que tuve, en 2004, con un antiguo funcionario del FMI. Él me dijo algo así: “Usted cree que en un sótano hay un grupo de hombres poderosísimos que conspira para destruir a la Argentina. Yo no creo que sea así. Pero supongamos, por un momento, que sí. En ese caso, la dirigencia argentina, con más razón, debería ser inteligente, honesta, articulada, intelectualmente sólida. De lo contrario, el país sería más vulnerable ante esta gente. ¿Usted cree que la dirigencia argentina es eso?”. Le dije que no, obvio. Que es todo lo contrario. El entonces remató: “Entonces es irrelevante si existe esa conspiración contra la Argentina. Con una dirigencia pésima, a un país le va pésimo. Y, para esa dirigencia, es un gran negocio inventar eso de la conspiración”. Aquel diálogo, aplicado a este momento, se traduce sencillamente: si la Selección juega mal, pierde, con VAR o sin VAR, con Macri o sin Macri.

Mi amigo me volvió a chistar.

-Penal para Arabia –me dijo, y sonrió enigmáticamente-. Lo dio el VAR. Escuchá a los comentaristas. No fue penal ni ahí. El VAR. La FIFA.

Yo no sabía qué decir. Atajó el arquero. Lo volví a mirar. Él se encogió de hombros. Los conspiradores existen, pero necesitan de la suerte.

-Partidazo -dijo el mozo, mientras traía la cuenta.

Entonces vino el entretiempo. Pagamos. Nos fuimos caminando.

-Recién dieron la formación argentina -me dijo mi amigo.

-Sí. ¿Y?

-Juega Rodrigo De Paul.

-Sí, era obvio.

-Yo no lo pondría.

-¿Por?

-Hace unos años, Tini Stoessel cantó para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cuando Macri era el jefe de Gobierno. Para mí que, desde entonces, hay un acuerdo ahí. Tini se transformó en una célula dormida que se activó ahora. Por eso De Paul jugó como jugó contra Arabia. Además, Tini trabaja desde siempre para Disney.

Yo no lo podía creer.

-¡¡¿Me estás jodiendo, no?!!

Él estalló en carcajadas. Pero no respondió a la pregunta.

Después, pasó lo que pasó. Cuando me repuse de las emociones me acordé de mi amigo.

Le escribí por Whatsapp.

“¿Y? ¿Qué me decís ahora?”

Respondió de inmediato.

“Que el poder es muy sutil e inteligente. Nunca subestimes las estrategias del poder. Hablamos el miércoles. TKM”.

Hay gente –él, yo, muchos- que ya no tenemos edad para cambiar de opinión.

(*) Periodista - Publicado en Infobae

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