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Las raíces profundas de un escándalo imparable

Javier Milei junto a Diego Spagnuolo, extitular de la Andis.

Javier Milei junto a Diego Spagnuolo, extitular de la Andis.

Ernesto Tenembaum

Si los audios son verdaderos, ¿quién robó? ¿El amigo de Milei? ¿Su hermana? ¿El propio Presidente? ¿Todos? Son opciones tremendas para un gobierno que prometió cortarle la mano a cualquier corrupto.

Hace exactos diez días, el ministro Luis Caputo concurrió a Carajo, el canal de streaming oficialista, para explicar que sus crecientes problemas con la tasa de interés no se deben a su mala praxis –como perciben los principales actores del mercado- sino al alicaído y dividido kirchnerismo. En ese contexto, intentó también defender lo que el Gobierno estaba haciendo en el área de discapacidad. Caputo explicó que en el 2003 había apenas 75 mil personas que recibían pensiones por discapacidad, los que por el crecimiento poblacional hoy deberían ser no más de 100 mil.

-¿Y saben cuántos discapacitados hay hoy? —preguntó.

-¿Además de los Kukas? —ironizó uno de sus sofisticados interlocutores.

-Jajaja  –río, condescendiente, el ministro— sí, además de los Kukas.

Entonces explicó que en estos momentos hay un millón de personas que reciben las pensiones. No hubo una guerra, no hubo terremoto, ¿por qué entonces aumentó tanto la cantidad de gente que recibe pensiones? A primera vista, parece evidente que eso ocurrió porque alguien repartió beneficios para discapacitados entre quienes no lo son: un curro estatal de tantos. Ese mismo argumento ha sido difundido en los últimos años por múltiples dirigentes y economistas. El propio jefe de Gabinete, Guillermo Francos, lo repitió el miércoles en su informe mensual ante la Cámara de Diputados.

Sin embargo, ese argumento -pensado para engañar a gente poco informada- se transformó en una trampa peligrosísima para el propio Gobierno, que se lo creyó aunque fuera falaz.

La verdad es que las pensiones no aumentaron porque un gobierno se las regaló a gente que no las merecía. Hasta 2003 existía un tope: el Estado no podía otorgar más de 75 mil pensiones, independientemente del número real de discapacitados. Solo podía agregarse una persona cuando otra moría. A partir de allí cambió el régimen, se levantó el tope y el Estado decidió que recibiría una pequeña ayuda –hoy apenas supera los 250 mil pesos— todo aquel que pudiera demostrar que es discapacitado o discapacitada. Simplemente, aumentaron las pensiones porque que se habilitó a los discapacitados a recibirlas. Y entonces, muchos de ellos se anotaron. Aun así, hoy reciben pensiones apenas un quinto de los discapacitados que registra el Indec.

De esta manera, el panorama cambia completamente. Si las pensiones eran un curro, y el Gobierno solo le cortó el chorro a personas sanas, nadie se atrevería a protestar. Pero ocurrió algo muy distinto. El Gobierno dejó sin esa pequeña ayuda a miles de familias que la necesitaban. Y además, desfinanció las prestaciones. Por eso, un niño autista que con estimulación podría hablar, al perder esa estimulación por el recorte de los servicios estatales, no lo logrará. Eso motivó que muchas familias desesperadas salieran a a la calle a pedir por favor que no los abandonaran: no era por política sino por angustia.

Así se constituyó una situación muy difícil para el Gobierno: un laberinto casi sin salida. De repente, se encontraron discutiendo con familias de discapacitados, que lloraban ante cada micrófono o cámara que se les acercaba. Se trata de un adversario que ningún político quisiera tener. De un lado, un Presidente poderoso, rodeado de guardaespaldas poderosos, y de ministros y de empresarios: la casta misma. Del otro, familias angustiadas hasta las lágrimas: lo más débil del pueblo. Encima, el Presidente intentó demostrar que esas familias eran kirchneristas. Pero del otro lado se veían solo personas comunes abrumada por una serie de decisiones incomprensibles.

La manera en que el Presidente entró en ese laberinto imposible tuvo una expresión impresionante en su disputa inverosímil con Ian Moche, un niño autista, que se había atrevido a contar una conversación con Diego Spagnuolo, un íntimo de Milei, su abogado personal, hasta entonces un desconocido. Según Moche, Spagnuolo le había dicho que no entendía por qué los discapacitados debían recibir ayuda del Estado. Como Spagnuolo lo desmintió, el niño se descompensó al aire. A partir de allí Milei y las huestes libertarias iniciaron una campaña infernal para denunciar que el niño y su familia eran kirchneristas, que encima no lo eran. El niño le pidió una audiencia al Presidente, que no se la dio. Le pidió entonces que bajara el tuit donde lo difamaba. El Presidente se negó. Así como él puede decir lo que quiera, yo también, argumentó ante el juez.

Hay varias interpretaciones posibles acerca de la conducta presidencial. Una es que realmente el Gobierno no sabía que los discapacitados afectados eran discapacitados reales, tan convencidos como estaban de que todo en el Estado es un curro: una cuestión de ignorancia. Otra es que lo supieran y abusaron del hecho de que, en los comienzos del mandato, les creían todo lo que decían con tal de que les dieran estabilidad de precios: un déficit de percepción social.

Una tercera variante es que no hayan tenido ninguna empatía ni sensibilidad hacia los discapacitados. De hecho, da esa impresión cada vez que Milei utiliza la palabra “idiota” o “mogólico” como insulto, o cuando Caputo se ríe de los “discapacitados kukas” o cuando Sebastián Pareja sostiene que quienes arrojaron piedras contra el Presidente eran “discapacitados”. O sea, un problema de elemental sensibilidad. La cuarta posibilidad es que Milei esté poniendo quinta a fondo con el dogma ideológico según el cual el Estado debe ser destruido y no tiene por qué ayudar a nadie, que es lo que dijo toda la vida.

Hay algo, en todo esto, que trasciende a Milei. Los economistas ortodoxos tienen una razonable inclinación hacia el equilibrio fiscal. En general, basta hablar un rato con ellos para percibir que en las planillas Excel se le pierden los seres humanos. Y entonces hacen estos zafarranchos. Si le preguntan qué es el Garrahan, cualquier persona dirá que es un hospital donde se curan niños gravemente enfermos. Federico Sturzenegger, ante esa pregunta, ha respondido: “El Garrahan es esencialmente un costo fiscal”. Esa disociación contribuye también a explicar muchas cosas.

Y de repente, pasó lo peor. Se conoció que, además de abandonar a los más débiles, alguien estaba robándoles el dinero. Al cierre de esta nota, la discusión pública gira ante dos versiones que intentan explicar lo inexplicable. En los audios que desataron el escándalo, se escucha a Diego Spagnuolo, un amigo íntimo del Presidente, decir que la hermana del Presidente cobraba sobreprecios en la compra de medicamentos para discapacitados. No solo eso: él se lo había dicho al Presidente pero el Presidente no había hecho nada. Para contrarrestar esa variante, la Casa Rosada ha distribuido los primeros resultados de una auditoría que revela que los sobreprecios en medicamentos existieron pero que la culpa es solo del amigo íntimo del Presidente, su abogado, el que lo visitó en Olivos más que ningún otro funcionario.

¿Quién robó entonces? ¿El amigo? ¿La hermana? ¿El propio jefe de Estado? ¿Todos? Son opciones tremendas para Milei, el que prometió cortar la mano a cualquier corrupto.

Después de una semana de callar sobre el asunto, el Presidente reaccionó. Dijo que todo es mentira, que se trata de una “opereta kuka”, se enojó, gritó, acusó, se victimizó. Tampoco es una respuesta que derrocha inteligencia. No se entiende dónde están los kirchneristas en esta historia. Además que, a lo largo de la historia, cada vez que aparece una denuncia de corrupción seria, los distintos Gobiernos han respondido con la misma palabra: “opereta”. Se supone que una crisis de esta magnitud obliga al Gobierno a contestar con precisión las principales preguntas que se hace la sociedad. Si la respuesta es “opereta kuka”, tal vez sea visto como una confesión de parte.

Entonces, un ajuste sobre un sector muy sensible, la difusión de mentiras para justificar ese ajuste, la confrontación despiadada con las víctimas de ese ajuste, la aparición de corrupción en el área que realiza el ajuste. Puede pasar que un Gobierno sobreviva a semejante vendaval, pero también que lo lleve puesto. Las dos alternativas están abiertas.

Y todo esto ocurre en uno de los peores momentos desde que asumió Milei. La semana pasada la Universidad Di Tella difundió los índices de confianza del consumidor y en el Gobierno. Son indicadores habitualmente confiables: ambos marcan un deterioro fuertísimo de la imagen oficial y de las expectativas. La encuestadora Trespuntocero difundió un informe donde, por primera vez, dos dirigentes kirchneristas –Axel Kicillof y Cristina Kirchner- superan en imagen a Javier Milei y Patricia Bullrich, los dos libertarios con más consenso. Si el Gobierno no recupera la sensatez, efectivamente podrían volver los “kukas”.

Las coberturas internacionales reflejan a un presidente acorralado por la caída de su imagen, la recesión, las inconsistencias económicas y los escándalos de corrupción. Ya no es el autor del milagro libertario sino alguien más oscuro y controvertido. Hay problemas políticos en la relación del presidente con la sociedad, problemas económicos por las inconsistencias del plan Caputo, problemas de sensibilidad elemental y problemas morales evidentes. Todo eso se alimenta en un círculo sin fin.

En estas condiciones, sería razonable que el Gobierno hiciera un esfuerzo por recuperar, al menos, la sensatez. Pero no parece algo sencillo. Esta semana, el Presidente hizo varias apariciones públicas. En una de ellas, tuvo un lapsus llamativo. “Están furiosos porque les estamos afanando los choreos”, dijo. La otra aparición fue el día siguiente de las pedradas que recibió en Lomas de Zamora. Tal vez un sector de la sociedad esperaba que el primer mandatario intentara serenar el clima de violencia verbal y física que crece en estos días.

Pero no.

El Presidente aseguró que fue “emocionante” enfrentar la “lluvia de piedras”. “Eso a mí no me va a asustar. Lo comenté en nuestro chat de gabinete. Cuando jugaba al fútbol en Chacarita, ustedes no se dan una idea de la cantidad de veces que quedé en medio de lluvias de piedras. Estoy acostumbrado a la lluvia de piedras”.

Así que posiblemente haya más lluvias de piedras, provocaciones, acusaciones a los kirchneristas, victimizaciones y castigos a los discapacitados.

Nadie se va a aburrir, por decirlo de una manera positiva.

 

(*): publicado hoy en Infobae. 

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