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La disputa por los dólares y el modelo de país

Roberto Schunk

Mientras crecen las exportaciones y se estabiliza parcialmente el mercado cambiario, la Argentina vuelve a enfrentar una discusión de fondo: quién genera los dólares, quién los utiliza y para qué proyecto de país se organizan. La verdadera disputa no pasa solamente por la cantidad de divisas que ingresan, sino por la capacidad de transformar esos recursos en desarrollo, trabajo, agregado de valor e integración social.

La mejora registrada en las exportaciones argentinas durante los primeros meses de 2026 constituye, sin dudas, un dato positivo para la economía nacional. El crecimiento de las ventas externas en productos primarios, manufacturas de origen agropecuario, manufacturas industriales y combustibles y energía contribuye a fortalecer la oferta de divisas y genera condiciones de mayor estabilidad cambiaria, uno de los problemas estructurales más persistentes de la Argentina contemporánea.

A ello se suma el ingreso de dólares provenientes del endeudamiento externo de provincias y grandes empresas, junto con los incentivos previstos en el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), configurando un escenario de abundancia relativa de divisas que puede otorgar al gobierno nacional cierta tranquilidad macroeconómica en el corto y mediano plazo.

Si esta tendencia logra consolidarse, es probable que también se produzca una reducción del riesgo país y una recuperación gradual del acceso al financiamiento externo. Ello permitiría refinanciar vencimientos de deuda, mejorar las condiciones financieras del Estado y fortalecer la sostenibilidad macroeconómica del actual modelo económico.

Sin embargo, limitar el análisis únicamente a la oferta de dólares sería un grave error. El verdadero problema estructural argentino no reside solamente en cómo ingresan las divisas, sino también en cómo se demandan, quiénes las utilizan y para qué proyecto de país se orientan.

La apertura creciente de importaciones, la remisión futura de utilidades, los pagos externos asociados a grandes inversiones, el endeudamiento privado, la fuga de capitales y los mecanismos de desregulación financiera generan una demanda estructural de dólares que puede terminar siendo incluso superior a la capacidad genuina de generación de divisas de la economía argentina.

Por eso, la estabilidad cambiaria, aun siendo necesaria, no garantiza por sí sola un proceso de desarrollo nacional. Puede existir estabilidad macroeconómica junto con concentración económica, fragmentación social y deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la población.

La experiencia internacional muestra que algunos países logran sostener modelos relativamente estables basados en exportaciones primarias y fuertes sectores concentrados, mientras amplias mayorías sociales quedan excluidas de los beneficios del crecimiento económico. El desafío argentino consiste precisamente en evitar que la estabilidad se construya sobre la resignación social y la consolidación de una economía cada vez más desigual y dependiente.

Aquí aparece una discusión central que durante años fue desplazada del debate público argentino: la importancia estratégica del agregado de valor y de la transformación estructural de la matriz productiva nacional.

La Argentina necesita exportar más, generar dólares y aprovechar plenamente sus ventajas naturales. Negar eso sería absurdo. Pero el problema aparece cuando la economía queda limitada a exportar únicamente materias primas mientras importa productos elaborados, tecnología y conocimiento.

Exportamos trigo e importamos tostadas.

Exportamos materia prima e importamos trabajo, tecnología, marca, diseño, logística y valor agregado.

Ahí aparece uno de los problemas históricos más profundos de la Argentina.

Porque la verdadera disputa del desarrollo no pasa solamente por producir más, sino por quién captura el valor generado a lo largo de toda la cadena económica. Cuando un país se limita a exportar recursos naturales sin desarrollar industria, innovación y cadenas de valor integradas, termina resignando empleo calificado, salarios, capacidad tecnológica y autonomía económica.

Los países desarrollados no construyeron su bienestar únicamente sobre la posesión de recursos naturales. Lo hicieron incorporando conocimiento, industria, tecnología, infraestructura y organización estatal a sus estructuras productivas. El desarrollo nunca fue simplemente una consecuencia espontánea del mercado. Fue el resultado de procesos históricos de planificación, protección estratégica, innovación y construcción de capacidades nacionales.

El agregado de valor no constituye solamente una cuestión industrial. Constituye una estrategia de desarrollo nacional. Significa incorporar trabajo argentino, ciencia, tecnología, universidades, infraestructura, logística y capacidades productivas a los recursos que el país ya posee.

Por eso, el problema argentino no es la falta de recursos.

La argentina posee:

-Enormes capacidades agroalimentarias,

-Recursos energéticos estratégicos,

-Capacidad científica y tecnológica,

-Infraestructura básica,

-Recursos humanos altamente calificados,

-Potencial industrial

-Y enormes posibilidades de integración territorial y productiva.

El verdadero desafío consiste en construir una organización económica, política y social orientada al interés general y no exclusivamente a la concentración de beneficios en grupos reducidos.

En este punto aparece otra discusión que merece ser abordada con honestidad intelectual: el rol del Estado.

Cuando el presidente Javier Milei afirma que el “el topo que viene a destruir el Estado”, no se trata simplemente de una provocación discursiva. Expresa una concepción ideológica según la cual el mercado y los grandes actores económicos deben convertirse en los principales organizadores de la vida económica y social.

Pero la experiencia histórica demuestra que ningún país logró desarrollarse de manera integrada prescindiendo del Estado como herramienta de planificación, regulación y articulación social.

Reducir el Estado no significa únicamente disminuir estructuras administrativas. También implica debilitar:

-Políticas de integración territorial,

-Infraestructura,

-Ciencia y tecnología,

-Educación pública,

-Salud,

-Financiamiento productivo,

-Regulación estratégica,

-Y capacidad nacional de orientar el desarrollo

La discusión de fondo no es Estado sí o Estado no. La verdadera discusión consiste en definir qué tipo de Estado necesita una sociedad para organizar un proyecto de desarrollo equilibrado y socialmente integrado.

En este contexto resulta legítimo preguntarse cuáles son hoy las prioridades reales del modelo económico en marcha.

Mientras se eliminan subsidios al gas que afectan a más de 1.600.000 familias argentinas, generando un ahorro fiscal cercano a los 400 millones de dólares anuales, al mismo tiempo se condonan deudas multimillonarias vinculadas a grandes distribuidoras eléctricas con CAMMESA, favoreciendo a sectores económicos altamente concentrados. 

La cuestión de fondo no es solamente fiscal. Es distributiva y política.

¿Quiénes realizan el esfuerzo?

¿Quiénes reciben los beneficios?

¿Y qué sectores sociales terminan siendo priorizados por las políticas públicas?

La estabilidad económica no puede analizarse desconectada de estas preguntas. Porque una economía puede mostrar:

-Equilibrio financiero,

-Baja inflación,

-Acceso al crédito externo,

-Y estabilidad cambiaria.

Mientras simultáneamente:

-Aumenta la concentración económica,

- Se debilita la estructura industrial,

-Se profundiza la desigualdad,

-Y se fragmenta socialmente la sociedad.

Por eso también resulta llamativo que muchas de estas discusiones estratégicas sobre desarrollo, estructura productiva y utilización de los recursos nacionales hayan perdido centralidad en amplios sectores de la dirigencia política argentina.

Durante años, gran parte del debate público quedó reducido a la administración de coyunturas inmediatas, mientras cuestiones fundamentales vinculadas al modelo de desarrollo, la generación de valor agregado y la integración social fueron desplazadas del centro de discusión.

La dificultad para construir alternativas no responde únicamente a limitaciones económicas. También expresa una crisis de representación, de planificación y de voluntad política para discutir proyectos de país capaces de enfrentar intereses estructuralmente consolidados.

La Argentina parece debatirse permanentemente entre administrar crisis o construir desarrollo, entre resignarse a ocupar un lugar subordinado en la economía global o intentar construir una estructura productiva más compleja, integrada y soberana.

Sin embargo, el futuro argentino no está condenado de antemano.

La Argentina posee recursos estratégicos, capacidad productiva, conocimiento científico y enormes posibilidades de desarrollo. El verdadero desafío consiste en construir una organización económica, política y social capaz de orientar esas capacidades hacia un proyecto nacional integrado y no únicamente hacia la rentabilidad de sectores concentrados.

El problema argentino no es solamente económico. Es profundamente político, cultural y organizacional.

Se trata de decidir qué país queremos construir.

Una economía organizada únicamente alrededor de la estabilidad financiera y la rentabilidad de grupos concentrados, o un proyecto de desarrollo nacional que utilice los recursos estratégicos del país para generar producción, trabajo, agregado de valor, integración social y oportunidades para las grandes mayorías.

El futuro argentino no depende únicamente de la cantidad de dólares que ingresan al país. Depende, fundamentalmente, de cómo la sociedad decida organizar esos recursos y orientarlos hacia un modelo de desarrollo más equilibrado, integrado y humano.

 

(*) Roberto Schunk es Contador Público Nacional. Ex ministro de la Producción de Entre Ríos. Docente e investigador universitario y es un estudioso de la realidad económica y productiva de la provincia.

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