Muchos ruidos, poco significado y ausencia de líderes

Ausencia de líderes

Mucho ruido, poco significado y ausencia de líderes.

Por Carmen Úbeda*
(especial para ANÁLISIS)

Un panorama de caos natural y humano: incendios masivos, sequías miserables, avances aluvionales, guerras vecinales, grescas, usurpaciones, ocupaciones confiscatorias, hostilidades descaradas entre iguales y conflagraciones hasta ahora verbales entre rivales muestra el mundo y el país en esta segunda década del XXI con la tentación de la referencia bíblica para el observador perplejo.

En el plano de lo simbólico, otra vez se han definido los dos bandos que impiden una tercera posición y el imperio de la moderación: la quita del 1% en el presupuesto de CABA para disuadir a la “bendita” bonaerense y una carta (si se usa el calificativo más piadoso) ridícula de quien había abandonado el campo de batalla en su peor momento. El autoerigido líder emerge sobre los muertos como la caricatura de un raquítico y enfermo Napoleón en Waterloo. Llena de letras temerarias, algo así como el cronista de sí mismo. Con la desvergüenza que le es propia, enarbola la Constitución, la República, las instituciones y el federalismo que durante su “reinado” se encargó de adulterar. El oficialismo no le va a la saga: tampoco se priva de bravuconadas provocadoras  que vuelven imposible cualquier posibilidad de acercamiento republicano. Esa carta o crónica o arenga gráfica fue la bala que mató dos pájaros de un tiro: CFK y HRL, la añorada enemiga necesaria y su mejor correligionario en ascenso (la pregunta inocente de quien escribe es ¿en su mes de Costa Azul, se sometió a un duro aprendizaje de sintaxis?, de otro modo y aunque de patético contenido, no parece escrita por un familiar Macri ignorante de la lengua).

Al mismo tiempo, la empinada caída de los sucesos económicos y una serie interminable de malestares diversos lanzan a las calles a uno de los dos países ya francamente enfrentados. Creen enarbolar una bandera y apropiarse de ella, pero hay tantas como individuos se autoconvoquen. Sin líderes. Ni alcanzan a expresarse como una analogía de “Rebelión en la granja”. Aunque los de cuatro patas enfrenten a los de dos y todos a todos, no hay cerdo líder y, sin líderes, los mamíferos se desorientan y no llegan a ningún destino. Es la insurrección de Antón Pirulero, cada cual atiende su juego. Son caóticas manifestaciones de ciudadanos en los puntos más populosos del país cuya naturaleza y morfología parecen trasladar a la calle hologramas de sí mismos representando las catarsis que experimentan en las redes: son las voces orales lanzadas en Instagram, Twitter, Facebook.  “Corsi e ricorsi”. Todo vuelve a ser igual y la repetición no será cómica, como los conocidos augurios, ya está siendo trágica.

Ni títeres ni titiritero

Hasta hace poco menos de dos meses, fue un hecho incontrastable que Alberto F. y Cristina F. se comunicaran aún más de lo que el periodismo crítico y la oposición difundían. Sus frugales cenas no se comparan con sus largas sobremesas a solas. Desde que existe la palabra, todo es susceptible de filtrarse: las paredes oyen y, sobre todo, las de Olivos.  Aquellos que aguzan sus oídos detrás de las puertas, las columnas, los muros o los muebles, seguramente difundirán errores por los ruidos de propagación, pero un mediano “desencriptador” que conozca los contextos y haya hecho un seguimiento meticuloso de los integrantes de la fórmula presidencial es capaz de completar el sentido. En principio, el clima de estas cenas nunca fue agresivo ni confrontativo venal. Se discute, se consulta casi todo mutuamente, y existe un feedback sintetizador, aunque intermedien ciertos reproches por acciones imprevistas de uno u otro no consultadas. Nunca la señora de Kirchner se retira sin haber llegado a un acuerdo. Nada forzado. Ambos al finalizar parecen convencidos de la compartida sinceridad. Contrario a la leyenda a veces periodística, a veces proveniente de la oposición, Alberto F. no es el títere movido por los “berrinches” de la Señora. Tampoco ella es de fácil convencimiento. Al lado de Néstor Kirchner se convirtió en un animal político sagaz y en una estratega que supera en varios pies al resto de los aliados y adversarios. Esto no la convierte ni en una erudita (en algunos casos es notoria su carencia libresca) ni en una estadista. En tanto, su habilidad, astucia y picardía hacen dudar hasta a los más letrados porque en su discurso lo que no sabe, lo inventa, como García Lorca. Después se sirve ingeniosamente del tiempo que transcurre hasta corroborar lo que ha dicho y suele volver a la madriguera. Por el contrario, el Dr. Alberto Fernández  puede rozar el mundo de la erudición o por lo menos el de una cultura medianamente letrada. Como operador durante toda su vida política, también comparte con ella la habilidad, pero no la picardía tiempista. Piensa demasiado en voz alta y mantiene un personaje muy aferrado a la cátedra, papel que ejerció más que ningún otro durante los últimos años (ajeno al grupo Azopardo y a su actuación con el Randazismo). Su fortaleza reside en su espíritu dialoguista real o impostado, no interesa, virtud, si se exagera, inexistente en la señora de Kirchner (ella no juega a Mariquita Sánchez, elige a Juana Azurduy). Aun así, la práctica permanente de la diplomacia y la segmentación del discurso según el auditorio en AF, ejercida como presidente, más que una fortaleza es una debilidad y hasta una amenaza. Ella se lo señala al mismo tiempo que los reconoce como utilitarios aciertos por los cuales lo eligió. Ambos son muy diferentes, distancia que nadie como Néstor Kirchner notó, pero supo conducir hasta que la impotencia de la 125 hizo que ganara el capricho de la dama a la oportunidad. No solo ella lo eligió al actual presidente, se eligieron. Tampoco es una Agripina  ni Mayor ni Menor.

Juicios y prejuicios

La muerte del marido ungió a la actual vicepresidenta y no pueden atribuírsele sin sentencia figuras criminales jurídicamente penales como quiso Comodoro Py y algún periodismo de investigación muy respetable. Sin embargo, la moneda tiene dos fases: la cruz, que la imputa en el delito de corrupción y la cara, que podría sobreseerla en algunas causas por falta de méritos (hay irregularidades atribuibles a acciones de gobierno equivocadas, pero hay otras que la incriminan directamente, de las que sólo puede salvarla el tiempo de la Justicia argentina). Aunque Alberto Fernández conozca en profundidad hasta el último detalle de sus acusaciones y procesos, él tuvo un trabajo arduo para convencerla de que su abogado integrara la Comisión Asesora para la Reforma Judicial. Todo lo contrario a lo que se difunde y multiplica ad infinitum y cuya certeza emerge de los encuentros a solas entre ambos mandatarios. La reforma judicial (obsesivo tema de Alberto Fernández) estuvo acordada no para beneficiar sus procesos, según él, sino para poner al tercer poder en debate y, si algún viso de oportunismo la empaña, los datos confusos filtrados por las paredes de Olivos conducen a que hubo otros acuerdos tácitos con el principal líder de la oposición (anteriores a la gestión actual). Dato que puede ser negado, desestimado o muy opinable, pero que proviene de fuentes directas cercanas a Olivos. No obstante, la “miseenscene” montada por integrantes del frente radical, belicosos y contradictores, conduzcan el objetivo de la reforma para beneficio de CFK.

También en esas confidenciales cenas ambos expresan más que preocupación, desesperación por la pandemia y sus resultados humanos, sanitarios y económicos, y aúnan sólidos criterios. No es cierto que la señora de Kirchner se manifestara molesta por la relación que mantenía el presidente con Rodríguez Larreta y Diego Santilli, al contrario: ella la sugirió, aunque luego su delfín, Axel Kicillof mostrara diferencias metodológicas con el jefe de la ciudad. Tampoco éstas fueron motivo de conflictos ya que creían enfrentarse a problemas diferentes que exigen soluciones diferentes. En los últimos días, la actitud de la vicepresidenta dio un vuelco “tuitero” como reacción a las insistentes denostaciones contra la reforma judicial y sus ventajas personales. La circulación de las opiniones, en otro tiempo probablemente privadas, no marcan contradicción entre unas y otras. Se trata de que el pensamiento continuo evoluciona, los contextos cambian junto con los dichos y se pone todo en la vidriera. Aquello que sí parecía resguardarse del rumor eran las conversaciones entre los dos socios del gobierno nacional. Se demuestra aquí que toda palabra permea cualquier muro.

Pandemia, miseria y componendas

En lo referido a la peste mundial que llegó como la lluvia ácida, filtraciones eclécticas que no dan lugar a dudas por su pragmatismo en el que ambos mandatarios sí hacen honor al peronismo  manifiestan su férrea voluntad de negociar con cuanto laboratorio se ofrezca, provenga de donde provenga, más allá de la geopolítica, con lo que harían honor al ADN neutral de nuestro país y esto no lo reproduce ningún medio aunque lo sepan. Del ámbito de estas cenas continuadas, también se conoció hace meses la satisfacción y aprobación de CFK hacia Martín Guzmán. No hubo entre ellos ninguna disidencia. Sus labios fueron los primeros en pronunciar: “Los neoliberales nos endeudan y los peronistas pagamos”. Muchos más serían los datos emanados de estas conversaciones semiclandestinas o privadísimas que acreditan la calidad de socios entre el presidente y su vice. Fórmula que no se compara con ninguna otra por su origen. Es lo que parece no entender el común de los opinadores. Ellos a la vez de provenir de un mismo tronco encabezan una coalición con casi dos decenas de representantes de los clivajes cada vez más acotados con los que tienen que lidiar. Sin pandemia y sin crisis económica brutal, ya hubiera sido un trabajo de orfebrería amalgamar las partes de esta coalición que sí representa los intereses diferentes y a veces dispares circulantes en la sociedad argentina (y no sólo argentina, sino mundial, pero es motivo de otro artículo o simplemente de la reflexión del lector).  No alcanza con visualizar dos posiciones y menos dos modelos de país (que no los hay ¿se olvidan los opinadores que el capitalismo ganó y que los modelos no se enfrentan, que en todo caso, uno responde a un capitalismo declamadamente más “humano” y aggiornado y el otro simplemente al capitalismo salvaje?). La demanda está balcanizada a extremos casi imposibles de conducir. No hay denominadores ideológicos comunes que acuerden las mismas pautas porque en un lado de la llamada grieta puede haber conservadores mezclados con abortistas, antiplaneros y precursores de los ATP, autoritarios y democráticos, manos duras y garantistas, nacionalistas y ciudadanos del mundo, provacuna, antivacuna, cuarentena, anticuarentena, veganos, carnívoros… tal enumeración sería tan errática que sólo contribuiría a amplificar el ruido ya existente. Esta es la verdadera psicosis y no la de Eduardo Duhalde, quien se autoinmoló incriminándose públicamente en una dudosa insanía mental para ocultar informaciones “top secret” que fuentes autorizadas refrendan y que no pasan por un golpe de estado militar, hoy fácilmente sofocable, sino por peligros mayores provenientes de los poderes reales.

Incertidumbre, desconcierto, confusión, angustia y depresión son estados que parió la pandemia, cuyos resultados en las acciones son, como agravantes, absolutamente impredecibles o, por lo menos, inesperados (cuasi rebeliones callejeras, toma de tierras por atavismos místicos o por negocios, inseguridad violentísima, acuartelamiento policial, paros reales y virtuales en los servicios esenciales, estancamiento de la economía, descomposición de la masa social). Taxativamente no es tal. Descártese de plano una interna descarnada entre Alberto Fernández y Cristina Fernández, pero obsérvese el fuego cruzado permanente entre facciones internas y éstas con sus rivales del mismo nivel: segundas y terceras líneas. Mencionar la extinción de los partidos políticos es hasta ridículo aquí y en el mundo: las piezas del rompecabezas demorarán en acomodarse. El conflicto es centrífugo y centrípeto y es de destacar que algunas coincidencias se dan más fuera de los límites del propio espacio (palabreja a la que hay que recurrir por su decodificación actual y que representa preocupantes vacíos ideológicos). Las facciones opuestas pueden convertirse en bandas hordísticas. La desigualdad, en resentimientos asesinos, como extremos de la desmesura. En tanto, conviven constantemente un sin número de enfrentamientos odiosos y cotidianos que distancian a los argentinos y no precisamente para preservarse de los contagios pandémicos. La distancia está en el acercamiento corporal violento y no en la separación respetuosa y saludable por cuidarse mutuamente.

Líderes vacantes

No obstante y con criterio esforzadamente ecuánime, es necesario reconocer que este reino de las paradojas más nocivas no sólo es difícil de conducir sino que falta madera de liderazgo: ni buena ni mala, apropiada. Alberto Fernández no ejerce liderazgo ni es líder. En ocasiones, es bueno recurrir a la organización de nuestros hermanos mamíferos relacionadas con la legitimidad de sus líderes, y por tanto el respeto y la aceptación de los conducidos. Si se parte de que sólo el 1% de ADN separa al hombre de una especie de simio, la analogía es procedente. Sin embargo, la biosociología prefiere tomar comparativamente la organización de otros mamíferos, los lobos, donde cogobiernan el macho y la hembra alfa y su organización es tan perfecta que también hay referentes, gama, beta y hasta omega, todos con un rol. Si la analogía es apropiada, ¿serían Cristina K y Alberto F los líderes habilitados por los argentinos, más allá de su legitimidad de origen? En cuanto a ella, no quedan dudas relativas: conduce con una respuesta del ciento por ciento de fidelidad a un núcleo duro de más del 20% de los argentinos, solamente. Se debe aceptar, sin embargo, que esta lealtad de algún modo religiosa no da cabida a la disidencia o al debate aproximándose peligrosamente al fundamentalismo  que siempre es sesgado y sus resultados son más perjuicios que beneficios. Aun así, hoy, ella se presenta en esta Nación como la única líder alfa de una estrecha franja. No se puede pronosticar cuándo, pero seguramente llegará la hora de su decadencia. ¿Cuándo los seguidores leales la verán herida en las alas sin poder crecer? Mientras tanto, es faro para propios y ajenos. Entonces ¿qué hay de Alberto Fernández?, ¿es el macho alfa que organiza las loberías? Definitivamente, no. Falta madera de una trayectoria política doctrinaria (su generación misma es un obstáculo para ubicarlo en alguna tendencia que haya marcado época: no se formó al calor del terrorismo de estado ni bajo el principismo montonero ni del peronismo ortodoxo, se formó con Domingo Cavallo). Sin constituir esta consideración una crítica porque los hombres no eligen años o situaciones en las que nacer, él pertenece a una generación que lo signa y lo marca, como a todos. Porteño culposo, sincera o cínicamente, “desterritorializado”, con escaso o nulo barro en sus plantillas, organizador de living políticos más cercanos a las logias que a agrupaciones, teórico y en ocasiones pragmático, no encabeza una línea que consagre el albertismo. Ni propios ni ajenos osan acusarlo con alguna sombra de mala intención, pero no alcanza para sostener liderazgos y menos con multiplicación de cisnes negros y de elefantes blancos. Si por estas consideraciones se entiende que la condición de líder está en la hembra alfa (CFK), el lector se equivocaría de cabo a rabo. A ninguno de los dos le alcanza: a él por debilidad e insustancialidad  y a ella por exceso de autoridad. Completan el paquete de carencias ciertos privilegios y la falta de ejemplaridad en ambos para una masa crítica decisiva. Tampoco la oposición da chances u oportunidades, más bien se asemeja. Aunque el lenguaje, máximo nivel de simbolización y organización del mundo, frecuentemente los asista (los Fernández coinciden en la verborragia) tampoco basta sin contundentes acciones.

La peste que no cesa

Los socios (la denominación más apropiada para Alberto F. y Cristina F.) enfrentan realidades excesivamente costosas en medio de la peste que no cesa. El arreglo con los bonistas y la extensión de compromisos beneficiosamente dilatados en el tiempo constituyen logros que, dados a luz, significan una larga, cautelosa y humilde negociación. De aquí en más, urgen protocolos de organización y disciplina social cuya exhibición más visible es exactamente lo contrario: la descomposición, la anomia, el abuso, la desorganización, la ventaja, el desencuentro, el odio, el resentimiento y la sorda guerra civil entre intereses diferentes, no entre modelos diferentes. Ni el IFE ni la tarjeta Alimentar, ni los créditos largamente esperados y engorrosos, ni las asignaciones, ni otra serie de planes desmesurados están educando al ciudadano desprotegido. Sólo pagan y compran la pobreza que ya en sus extremos lleva más de cuatro décadas. Lejos está el postulado setentista de los bien intencionados en cuanto a educar y hacer crecer la consciencia popular (lo que no complace ni a los nostálgicos). Tampoco se responde a demandas de urgente atención. Aunque se entienda con la máxima piedad que donde hay una necesidad, hay un derecho, los dirigentes de todas las actividades políticas, empresarias, religiosas, con excepciones, no atienden a dos imprescindibles condiciones que representarían una transformación: la innovación y la cooperación. En tanto, a la “manada” desorientada, lejos de fuertes principios, no la protegen ni la cohesionan líderes pretendidamente alfas: aunque no los practiquen en su deterioro ético y social, ellos están buscando esos límites. Las reacciones inmorales, delictivas y cuasi insurreccionales son avisos. Es este un pueblo adolescente que necesita orientación con hechos, premios y castigos. Controles. Ningún ciudadano que haya despertado a estas consideraciones está exento de responsabilidad. Si busca lugares dirigenciales, no tiene derecho a esperar la aclamación ni la elección, tiene el deber de asistir a los verdaderamente desprotegidos y contener al ciudadano que trabaja, paga los impuestos y no recibe los beneficios. Es una masa crítica que ya está demostrando desacuerdos y malestares peligrosos.

Pobreza comprada y clase media abandonada

La crisis del mundo no es solo política, ni siquiera económica, es moral y espiritual. Una moral que hoy parece sometida  a los dictados de la tecnología, de la telemática, de la controvertida inteligencia artificial. Pero los ocasionales líderes o conductores especialmente de Argentina no pueden cargar las alforjas en el burro de la clase media, esa que sigue trabajando, pagando impuestos o que lo ha hecho y que hoy reniega por el abandono. No es Anses, no es la reducción o moratoria en ciertas tarifas, no es un irregular sistema de salud, no es el auxilio de la alimentación, más parecido a la beneficencia que a la acción social, lo que liberará a los condenados de su pobreza. Una pobreza que, como se dijo, viene siendo comprada hace más de dos décadas y que resulta en la multiplicación de los sumergidos y en el descontento ya ofuscado de los que trabajan. Esta conducción previsiblemente bicéfala (que no debiera asombrar ni ser objeto de burlas del círculo rojo) no está destinada a cumplir, más bien a languidecer en sus propias contradicciones. Entre ellos no hay fisura, hay acuerdos largamente amasados, pero las segundas y terceras líneas se encargan del fuego cruzado y la diáspora sin siquiera obedecer a su mandato. El liderazgo se desvanece hacia dentro de sus propias filas. Cuánto más, en ese sector que esperaba una gestión prolija de Alberto Fernández. Es cierto que lo perjudican todas las condiciones objetivas, pero tampoco hay voluntad de planificación, que es lo mismo que decir, no hay voluntad política. Afirmación que comparten y preocupa al tándem Máximo – Massa. No solo los ciudadanos descontentos producen ruidos. Ya no hay sector ni espacio que no ensordezca al otro. Pandemia más inseguridad más tierras tomadas más insatisfacción pública, sanitaria – médicos, enfermeros-, policial, docente son la adición del caos. Únicamente un líder podría ordenarlo. Así lo será mientras solo separe al hombre del simio el 1% de su ADN. No hay posibilidad de cohesión social sin una conducción. Negarlo es permitir la continuación del caos y el temido desenlace vía despotismo. Los referentes mejor pensante de todas las líneas oficialistas u opositoras coinciden con esta interpretación, aunque lo expresen detrás de las puertas y de las paredes. 

El temor largamente meditado a sumar un ruido más al aturdidor ya existente llevó a quien escribe a optar por una elegida ausencia en este espacio tan generoso de Análisis, concedido por Daniel Enz. Según Byung – Chul Han, filósofo coreano de alta consulta por su caracterización sobre las primeras décadas de este siglo, se está asistiendo a una crisis terminal que no se limita ni a lo político ni a lo económico, ni a lo moral, ni siquiera a lo cultural. Es una crisis espiritual. No cargue el lector a este adjetivo de significación religiosa o más precisamente de culto. La crisis es espiritual porque ignora el sentido de trascendencia como construcción humana. El ruido constante y sin pausa impide diálogos constructivos. No hay señales de que este ruido horizontal cese. Si la crisis es espiritual, “El ruido no es el modo de andar del espíritu. El medio del espíritu es el silencio”. Nada indica  la voluntad de transitarlo.

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