Nada va a cambiar si no cambiamos nosotros

Imagen ilustrativa

Una interpelación en primera persona a los varones heterosexuales.

Por Juan Cruz Butvilofsky (*)

Una de las cosas más interesantes de los tiempos que vivimos es el cambio en la conciencia de las pibas. Son muchas las mujeres que no tenían interés en ningún tipo de militancia y fue la lucha de los feminismos la que evidenció que se trataba de una necesidad de supervivencia. Desde la primera marcha del #NiUnaMenos hasta ahora, es notable lo que ha avanzado la conciencia colectiva de las mujeres. No se trata de un cambio individual, se trata de un cambio colectivo que impulsa los cambios particulares. Lo personal es político.

Sin embargo, el movimiento político más importante de estos tiempos no va a alcanzar si nosotros no cambiamos, si nosotros no recogemos el guante. Entiéndase por “nosotros” a los varones heterosexuales. Somos nosotros los asesinos, somos nosotros los femicidas y si no nos interpelamos, nada va a cambiar. Es tiempo que nos dejemos interpelar por un cambio de vida necesario, justamente en defensa de la vida, el amor y la libertad.

A grandes rasgos, el camino es reconocer nuestros privilegios, cambiar nuestras conductas y militar para que otros la cambien. “Yo nunca le pegué a una mujer”, se defienden desde la individualidad muchos. Es cierto, no todos hemos llevado la violencia a ese extremo. Sin embargo, todos hemos disfrutado y abusado de nuestros privilegios por ser varones heterosexuales. Eso es lo que debe acabar.

El femicidio es el punto final de un espiral de violencia que empieza en los celos, en creer que una pareja es nuestra propiedad, en revisarle conversaciones en el celular, en manipular situaciones y personas a nuestro favor, en el destrato constante, en pensar que podemos disponer del cuerpo y la libertad del otrx, de creer que acumulando mujeres en nuestra vida -como objetos- cumplimos con un mandato. Entre muchas otras cosas más.  

Por supuesto, no se trata de un camino fácil. Se trata de ir contra lo establecido, de revisar muchas de nuestras conductas. Somos una generación que creció haciendo cosas que estaban mal pero nos decían que estaban bien, que eramos unos capos por ser machos´, que era nuestro deber ser. No es simple mirar en retrospectiva y ejercer una crítica férrea con nuestras conductas pasadas. No es simple asumir que hemos fallado y seguimos fallando.

Como vemos, no se trata sólo de que “yo no soy un femicida o golpeador” y listo.

Primero, porque si revisamos bien nuestras conductas pasadas y actuales, siempre encontraremos actitudes violencias y ejercidas desde la asimetría del varón heterosexual por sobre las mujeres y las personas que no responden a la heteronorma; Segundo, porque luego de comprender que nuestro modo de vida está mal, debemos interpelar a nuestros pares que se hacen los boludos con el deber histórico. Nunca se trata de algo individual.

Esto último tampoco es fácil y más en estos tiempos donde el violento no puede exteriorizar con orgullo y tanta libertad su violencia, aunque muchas veces ocurra. Parte de ese cambio que impuso el feminismo es que ya no sea gratis el comentario que avale la violencia, pero ese silencio del violento no nos alcanza. Tenemos que interpelarlos, ponerlos en evidencia, tenemos que militar en esa línea: somos los varones heterosexuales los que tenemos que cambiar y forzar ese cambio.

En las redes, las pibas hacen circular un mensaje bastante claro: “¿cómo puede ser que todas tengamos una amiga violentada, pero ninguno de ustedes tiene un amigo violento?”. Será cuestión de tener una mirada crítica y militancia activa para lograr revertir esta historia.

Se trata, entonces, que sepamos cada vez que actuamos como hijos sanos del patriarcado y cambiemos esa conducta hacia el futuro. Se trata, entonces, de hacerle notar y -si es posible- explicarle a nuestro amigo cada vez que actuó como hijo sano del patriarcado y demandarle un cambio en esa conducta hacia el futuro. Se trata, aunque el violento no entienda, que escuche el tercero de la conversación y comprenda que no da para más. Se trata de hacer nuestro aporte para vivir en una sociedad en la que una parte no arriesgue su vida al salir de su casa porque la otra parte cree que puede disponer de ella.

Esto no busca ser una receta, no se trata de bajar ninguna línea. Yo mismo he cometido acciones típicas de “macho”. No busco acá elaborar un paso a paso del quehacer moral como si yo estuviese libre de culpa y cargo. Ha costado y sigue costando ir detrás de mis conductas para revisarlas y cambiarlas, es un proceso de avance y retroceso constante en el que muchas veces son las propias mujeres las que te señalan que está mal lo que hemos hecho. No es simple revisarnos, deconstruirnos, pero la dificultad no puede ponerse entre nosotros y el cambio porque la realidad es urgente.

Sí se trata de una interpelación a nosotros mismos, de expresar que debemos recoger el guante de una buena vez. Se trata de que estemos a la altura de las circunstancias, que no esperemos que le toque a una mujer cercana para que reaccionemos. Se trata de que nos hagamos cargo de lo que hicimos y hacemos para que no tengamos que seguir acumulando muertes de mujeres en manos de un varón heterosexual que todavía no se dio cuenta.

(*) Periodista de ANÁLISIS

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