Y no nos dejes caer en la tentación

No nos dejes caer en la tentación

No nos dejes caer en la tentación.

Por Rogelio Alaniz

El gobierno nacional nunca ha disimulado su intención de “ir por todo”. La consigna define una meta: el control absoluto del poder, pero mantiene un sugestivo silencio para decidir acerca de los caminos a recorrer para arribar a ese objetivo. Por lo pronto, sepamos que “ir por todo” no es un golpe de estado o una revolución, la consigna se expresa a través de sucesivos cambios institucionales y políticos. Cada coyuntura política deberá ser aprovechada. Las alternativas de la vida social son cambiantes, pero lo que el populismo nunca pierde vistas es que esas variaciones deben ser el pretexto para concentrar más poder.

La historia de los populismos y de los regímenes autoritarios en general es la historia de la búsqueda pacífica o no de la concentración del poder en nombre de la “excepcionalidad”. Desde Juan Manuel de Rosas a la fecha, siempre han invocado la excepcionalidad para reclamar facultades extraordinarias o la suma del poder público. Para el populismo las facultades extraordinarias son una necesidad práctica y un dogma teórico. Según sus convicciones, gobierna el líder, no las instituciones; decide el jefe o la jefa, no la deliberación pública. Para el populismo el parlamento, la división de poderes, la justicia independiente y las libertades son engañifas liberales.

Las propias elecciones son para ellos recursos de legitimidad menores comparado al carisma del líder, conductor o jefe. El escenario preferido no es el de las urnas sino el de la plaza. La plaza y el balcón: he aquí la fantasía erótica de todo populista. Su desventaja histórica es que ese objetivo no se logra, o por lo menos nunca se logró al nivel de sus aspiraciones. En la Argentina, en particular, hay una sociedad que resiste y se moviliza. La propia crisis económica y la escasez de recursos conspiran en su contra, porque un populismo sin plata es como un mago sin varita mágica o un dios sin posibilidades de inventar milagros.

De todos modos, la oposición no puede ni debe perder de vista a los “nenes” que tiene en frente. Y cuáles son sus mañas y sus vicios. Digamos que como todos los adictos el populismo es a su manera transparente. Siempre, por un camino o por otro, aprovechará las circunstancias para satisfacer sus pulsiones. Como el alacrán, no puede con su naturaleza. La sociedad debe saberlo y los dirigentes opositores mucho más.

Valgan estas consideraciones para advertir que su pretensión de postergar las fechas electorales no es inocente o ingenua. Como tampoco lo es su reclamo para que le otorguen facultades extraordinarias. Insisto: siempre recurrirán a algún pretexto para hacerlo; el pretexto puede ser más o menos real, pero más allá de su necesidad lo que la oposición jamás debe perder de vista es que está jugando con fuego, que está jugando con tramposos.

A modo de conclusión, una anécdota rigurosamente verdadera. Año: 1993. Lugar: Punta del Este. Bar, "El Greco", frecuentado por políticos en una esquina de avenida Gorlero y 30. Converso con un senador peronista entrerriano, alguna vez famoso por la mansión que construyó en su ciudad levantada en la costa del río Uruguay. En un momento de la charla (el tema era la reforma constitucional prevista para 1994) me dice. “Yo te voy a explicar con pocas palabras lo que es el peronismo, así aprendés a saber dónde estás parado. El peronismo es un garito que por lo general incluye un prostíbulo en las habitaciones del fondo. En la puerta de ese garito hay dos o tres personas muy simpáticas que cuando pasás por el frente te hacen señas y te convencen con la mejor de las sonrisas para que entrés y seas feliz. Y una vez que estás adentro te despluman por las buenas o por las malas”. Espero que la oposición sepa eludir los cantos de sirena y sigan de largo, no los escuche, o por lo menos se pongan tapones en los oídos o, como Ulises, obligue a sus colaboradores que los aten al mástil o adonde sea para no ceder a las irresistibles tentaciones. Y líbranos del mal. Amén.

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