Un gobierno que vino para ser mejor y se convirtió en lo peor

Por Jorge Grispo (*)

El soliloquio es un discurso que sostiene una persona consigo misma. Son conversaciones interiores. Si observamos las fotos tomadas el pasado 1 de octubre en la Casa de los Misioneros de Francisco, en Luján, sentado, con la camisa blanca arremangada, encorbatado, rodeado de vecinos, y tomando nota de sus reclamos, refleja la soledad de una persona a la que le queda demasiado grande el traje presidencial. Lo mismo sucede con las fotos del paseo en sulky, esta vez de traje, por las calles de Tucumán. Se lo devoró el personaje que él creyó ser en los primeros tiempos de la Pandemia, y que la dura realidad le demostró que jamás será, sin credibilidad alguna, relegado hoy a la función de Presidente testimonial, sólo ocupa el sillón de Rivadavia, pero no ejerce el poder, ni toma las decisiones que importan para el futuro de los argentinos.

Más grave aún es la desorientación generalizada que se puede observar en los principales dirigentes del oficialismo. Por caso, el amedrentamiento protagonizado por el ministro de Seguridad, Aníbal (el otro) Fernández, a Nik es un hecho institucional de suma gravedad. Tanto como las fotos de la fiesta del cumpleaños en Olivos. Son hechos que además del daño institucional que generan, dejan nuevamente al Presidente en una situación peor a la que se encontraba. Para sostener a su ministro, en lugar de pedirle la renuncia, tuvo que salir a decir que con la disculpa era suficiente, hecho que lo vuelve a dejar mal parado frente a la sociedad. Hoy, Alberto Fernández es un presidente en soledad que habla consigo mismo. Quedó en claro que la ciudadanía votó con “L” de Laburo, donde la patria planera comenzó a quedar en el pasado. Allí radica el desconcierto del gobierno y la pérdida de rumbo.

Se pretendió mostrar, con las fotos de Luján, con los encuentros de “cercanía” y el paseo por las calles tucumanas, a un mandatario atento y cercano a los reclamos del pueblo. Parte de sus apuntes mostraron las siguientes anotaciones: “pesimismo”, “potenciar trabajo”, “dignidad”, no se condicen con sus propios actos de soberbia a los que nos tuvo acostumbrados durante los primeros casi dos años de su mandato. El confeso violador de la cuarentena, fue atendido en Luján, curiosamente, por una mujer llamada Soledad. El destino suele jugarnos ese tipo de bromas. El gobierno se está reconstruyendo a pasos agigantados, sólo le quedan 28 días hasta las elecciones del 14 de noviembre donde se definirá, en gran medida, su destino, y con él, el de todos los argentinos, incluida Cristina Kirchner, que lo sabe.

La pelea entre Alberto y Cristina cambió la relación para siempre, ya no será lo que alguna vez fue, luego del “primer” perdón. Un claro ejemplo de ello son los dichos de Hebe de Bonafini, que, en una especie de apología de la locura, dijo: “Alberto y Cristina son como esos matrimonios que se separaron y siguen juntos para que los nenes no sufran. Estoy muy enojada. Pero no me extraña de la derecha del peronismo. Y Alberto es de la derecha del peronismo”. Otro ejemplo, más escandaloso aún, son las declaraciones de Guillermo Moreno, quien aseguró que tanto Alberto Fernández como su gobierno no son aptos, por lo que sugirió cambiar el gobierno dentro de los marcos institucionales. Se tropiezan y empujan entre ellos mismos en lo que ya parece una pelea de gallos -¿y gallinas?-.

La coalición de gobierno se autoflagela haciendo el ridículo públicamente en un país que transita entre la Avenida del Fracaso y la Peatonal de la Pobreza, al mismo tiempo que se pelean con la realidad que evidencia el fiasco en las urnas de un modelo de gobierno muy difícil de sostener en el tiempo. El informe de la consultora Fixer reflejó la caída en picada de la imagen del Presidente, que alcanzó su piso. La valoración de la gestión del mandatario y las imágenes de los principales referentes nacionales del Frente de Todos están en su peor momento desde la asunción en diciembre del 2019. Curiosamente la imagen de Cristina Fernández también se encuentra en su piso histórico (según informa Fixer), siendo ella la gran derrotada de las PASO, no solo por el resultado general, sino por el fracaso de su entenado en el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, quien también se terminó calzando un traje dos talles más grande, cediendo el volante a los intendentes “delegados” de Cristina.

Aunque trabajen gratis son caros. Quienes tienen la responsabilidad de gobernar no hacen más que generar problema tras problema poniendo en vilo a la sociedad toda. No se ocupan de los gravísimos temas que deberían ser prioritarios en la agenda de gobierno. Hacen el grotesco públicamente. El costo del fracaso político del gobierno lo está pagando el pueblo. El vodevil montado por el Presidente y “su” Vice resulta una obra de ciencia ficción. Ambos se han disfrazado de lo que no son: ofendido y ofensor. No hay una víctima ni un victimario. Son los principales socios de un mismo fracaso que se pelean a cielo abierto para echarle la culpa de la derrota al otro. Nada les ha quedado de buenos compañeros, ni de lealtad peronista. En un dejà vu es de esperar que el Alberto Fernández de antaño, duramente crítico de Cristina Fernández, no tarde en aparecer, salvo que deponga permanentemente las “armas”, como sugirió Guillermo Moreno. Poco duraron los juramentos de no traicionar, ¿se mantendrán? Es una pregunta que, como todas, el tiempo se encargará de responder.

El descrédito moral del gobierno entero ya no podrá ser reparado con más emisión y planes. La zaraza, la cara de pandemia, la fiesta de Olivos, el “copulamiento peronista”, la platita, la Pfizer, las referencias a los hijos de quienes piensan diferente y otras tantas berretadas, son el elenco de hits del fracaso que terminó asqueando a los votantes que hoy pretenden que la L- de L-Gante, se cambie por la L de L-aburante. Los resultados de las PASO, y los desgraciados hechos que siguieron tras la pelea del año -“Alberto vs. Cristina”-, sentaron las bases nada tolerables del nivel de nuestra política. Es de esperar, en los 28 días faltantes para los comicios, que la dirigencia tome nota del pobrismo discursivo y suba la vara de sus propuestas.

Es claro que la guerra por el poder y el control importan más que las ideas que nos puedan sacar de la categoría de aldea pobre más austral del mundo. El papelón internacional de nuestra Nación no tiene parangón. Nos caímos del globo terráqueo para juntarnos en un universo paralelo del fracaso junto con otras naciones que en nada se parecen a las del primer mundo. El planeta de la decadencia bolivariana, al que insistentemente se abraza nuestro gobierno, no tiene futuro. Integramos el conjunto de los países periféricos, sin crédito, con una grave crisis interna y un creciente nivel de pobreza que resulta, a estas alturas, imposible de atender adecuadamente. Un dato que mata relato: En América Latina, Venezuela y Argentina son los dos países con mayores índices inflacionarios. ¿Casualidad?

La verdad va por un lado y el relato para el otro. La torpeza de ventilar los trapos sucios del Frente de Todos en público demuestra la “inteligente idiotez” de quienes nos gobiernan. El oxímoron pretende definir parte de las contradicciones de los acontecimientos recientes. Desde el vómito verbal de la diputada Vallejos (donde se refiere al Presidente como mequetrefe y okupa, entre otros epítetos), pasando por la carta de Cristina, los tuits de Alberto, los aprietes del “otro” Fernández y todo lo que siguen haciendo, como si estuvieran atentando contra sí mismos, importa una operación a corazón abierto, transmitida por cadena nacional y realizada por practicantes. Se suman las plegarias de Juan XXIII Manzur y la “platita de Sir Gollan”, sin olvidarnos, por supuesto de los viajes gratis de egresados que promete torpemente el intervenido gobernador de la Provincia de Buenos Aires para completar el panorama dantesco de los temas que ocupan la disparatada agenda nacional.

El resultado electoral evidencia como ineficiente y desgastado el grillete del asistencialismo social que esclaviza a un amplio sector de la población, con una inflación que este mes alcanzó al 3,5% (en los últimos 12 meses 52,5%), y sin ninguna perspectiva cierta de solución. El cimbronazo que significó la derrota electoral del oficialismo, sin lugar a dudas, importará un endurecimiento de las políticas ya por todos conocidas de las huestes cristinistas. Un claro ejemplo de ello es el reemplazo de Paula Español por Roberto Feletti y las primeras medidas que éste dispuso. La radicalización los hará escapar corriendo para adelante, redoblando todas las apuestas, que ya todos sabemos, son perdedoras. Es lo que se hizo en el pasado y lo que seguramente harán en el futuro. El gatopardismo del Frente de Todos será el nuevo protagonista de la escena nacional, y lo hará con renovado vigor y empeño, a la par que la indignación social va mutando en una sensación de asco generalizado.

La dueña del poder siempre que erró el camino supo cómo volver a la ruta. Como dijo Lampedusa “su vanidad es más grande que sus miserias”, en un aspecto que el carácter se encarga de confirmarnos día tras día, motivo por el cual resulta difícil pensar, más allá del resultado de las PASO, en una reina sin reino, solo que su ejido ahora se ha reducido sustancialmente. Seguramente se intente, pasada la crisis, cargar las tintas sobre la pandemia como efecto causal de la derrota electoral, un aspecto que si bien no deja de ser cierto, lo es sólo en una parte, la otra, y quizás la más grande fue la impericia y la arrogancia demostrada en el manejo de lo público, donde se privilegiaron los intereses de un sector por sobre los de la Nación. Incluso Dylan tuvo más “clases presenciales” que una inmensa mayoría de nuestros hijos.

“Traigan la Pfizer” se ha convertido en el himno de la derrota. El cierre de las escuelas, los permanentes intentos de violar las instituciones, el modo planero exacerbado y las amenazas como metodología de amedrentamiento del opositor, han sido derrotadas en las urnas, junto con los demás excesos de una casta dirigente que pifió el rumbo y se la creyó, generando más y más pobres en medio de una de las peores crisis de nuestra historia. Argentina se convirtió en una aldea empobrecida, donde hay hambre porque sobra inmoralidad. La ciudadanía votó por valores republicanos, morales y éticos. La República le ganó a la autocracia y a la arrogancia. El inconveniente es que el Presidente siempre nos sorprende, pero para peor, y los integrantes de la coalición de gobierno, en su gran mayoría, no se quedan atrás.

A todo esto que nos está pasando le decimos que “NO”.

NO a la corrupción, NO a la arrogancia, NO a la vida de ricos de la clase dirigente. NO a los muertos por inseguridad. NO a la falta de moral y ética. NO a los aprietes. NO a la inflación. NO a la emisión descontrolada. NO a la falta de un plan de gobierno. No a la pobreza. NO a la falta de educación. Son muchos más NO, que se pueden sintetizar en el siguiente: NO a gobernar para ganar una elección en lugar de sanar a la Nación destrozada por décadas de impericia de los gobiernos de turno.

En palabras de Walt Whitman: “A mi juicio el mejor gobierno es el que deja más tiempo a la gente en paz”. Esperemos que nuestro desgastado gobierno siga sus consejos.

(*) Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones - Publicado en Infobae

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