Carlos Pagni
El discurso de Javier Milei en el Foro de Davos debe ser interpretado a la luz del discurso que pronunció Donald Trump en el mismo recinto. Esa lectura permite advertir con claridad varios rasgos de la escena que se ha ido configurando en la política local e internacional. En principio, ayuda a entender que entre Trump y Milei hay muy pocas afinidades, más allá del estilo populista en la administración del poder. Es decir, hay que descartar cualquier comunión ideológica.
Otra evidencia es que el presidente de los Estados Unidos está pasando de las palabras a los hechos en la defensa de su objetivo principal: recuperar las ventajas económicas que su país cedió desde la posguerra con el fin de constituirse en el garante de un orden universal. A ese propósito se subordina otro, más específico: hacer frente al desafío que significa el ascenso de China como potencia global. Satisfacer estas pretensiones obliga a los Estados Unidos a imponer su inmenso poder en innumerables frentes de conflicto.
Es un juego selvático peligrosísimo para un líder que, como Milei, está urgido por atraer inversiones sin preguntar su origen. Dicho de otro modo, la guerra comercial que Trump adoptó como método es imposible de seguir para el presidente de un país que debe captar fondos e intensificar el comercio con todas las economías del planeta. Sea la de los Estados Unidos, la europea o la china.
El presidente Donald Trump, en el Foro de DavosEl presidente Donald Trump, en el Foro de DavosFABRICE COFFRINI - AFPEstas divergencias prácticas de Milei con su mentor permiten entender por qué su presentación de ayer se replegó sobre conceptos académicos, como si dictara una clase universitaria, y prescindió de agresiones o referencias peyorativas. Una oratoria en la que resultó más expresivo lo que calló que lo que dijo. Esa fue la novedad.
En Trump no hubo nada nuevo. Y no faltó nada de lo viejo. Repitió los argumentos y amenazas que se le escucharon en los últimos días. El principio ordenador de sus planteos apareció con claridad en la insólita carta que le dirigió al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre: como no me diste el Premio Nobel, ya no pensaré sólo en la paz sino en los intereses de los Estados Unidos. Esa preeminencia del interés nacional se ejecuta con un sistema transaccional: si no me das, te castigo. El castigo consiste, en general, en sanciones comerciales. Es decir, aumentos de aranceles. Todo en primera persona del singular.
Si no fuera porque el alineamiento de Milei con Trump es tan automático como ostensible, se podría suponer que su disertación de ayer fue una crítica al colega norteamericano. Frente a la descarnada defensa de la razón de Estado que hizo Trump, él declaró la muerte definitiva de Maquiavelo, que fue el padre de esa forma de ejercer la política. Milei denunció con vehemencia la perversidad del Estado en el mismo atril en que su padrino y colega había justificado un proteccionismo a ultranza basado en la fijación de tarifas al comercio.
Discurso especial de Javier Milei, Presidente de Argentina, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos-Klosters, SuizaDiscurso especial de Javier Milei, Presidente de Argentina, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos-Klosters, Suiza©World Economic Forum/Harold CuEl sábado pasado Trump anunció que, si no le permitían quedarse con Groenlandia, impondría un arancel del 10% a los productos de Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, el Reino Unido, los Países Bajos y Finlandia a partir del 1 de febrero. Si para el 1 de junio esa operación internacional no está finalizada, las tarifas se ajustarían en 25%.
El programa de Trump es problemático. Por eso muchos observadores apuestan a que, otra vez, él está apelando a su estilo de bróker inmobiliario de Manhattan, acostumbrando a pedir todo para, al final, llevarse algo. La estrategia que en la Argentina se atribuyó siempre al “Lobo” Augusto Vandor, el líder metalúrgico asesinado en 1969 por los Montoneros. Es verdad que el golpe sobre la mesa de un presidente de los Estados Unidos genera una costosísima incertidumbre general por completo ajena a las bravuconadas de un desarrollador de real estate o de un jerarca sindical.
Ayer volvió a confirmarse la presunción de que Trump es vandorista. La tempestad económica con que amenazó a los europeos amainó a las pocas horas, cuando el presidente norteamericano anunció que, después de un encuentro con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se acordó negociar un entendimiento sobre Groenlandia y el Ártico, “beneficioso para los Estados Unidos y todos los aliados”.
Ese desenlace se entiende cuando se repasan algunos números. El comercio de bienes entre la Unión Europea y los Estados Unidos representó, en 2024, 975.000 millones de dólares. La Unión Europea es el principal destino de las exportaciones de bienes estadounidenses. En 2024 sumaron 369.000 millones de dólares. Pero las importaciones desde Europa fueron de 600.000 millones de dólares. Quiere decir que hay un déficit en detrimento de los Estados Unidos de 235.000 millones de dólares, que se incrementó en 13% en relación con 2023.
El comercio de servicios entre ambos fue, en el mismo año, de 500.000 millones de dólares. Estados Unidos exportó 294.700 millones de dólares. Las importaciones fueron de 206.000 millones de dólares, lo que indica que la economía norteamericana tiene un superávit de 88.000 millones de dólares respecto de la europea. Europa es el principal destino de las exportaciones norteamericanas.
El Presidente de los Estados Unidos se abraza a una receta proteccionista para revertir un proceso de décadas: el liderazgo externo de su país estuvo sostenido, entre otros factores, por una desventaja en el comercio internacional. Se inspira en mil motivaciones. En especial en una: este año debe ganar las elecciones legislativas. Esa urgencia lo lleva también puertas adentro a un uso abusivo del poder. Sin esa ansiedad tal vez el Departamento de Justicia no habría abierto una investigación contra el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, por la sospecha de haber falseado declaraciones ante el Congreso. Trump no consigue que Powell reduzca la tasa de interés como él desea. Sobre todo la que encarece los créditos hipotecarios, que son los de mayor sensibilidad electoral.
En la chaplinesca carta dirigida a Støre, Trump alegó que debe actuar por la fuerza. Se justificó en que países como Rusia o China proceden de ese modo. A Zohran Mamdami, el alcalde demócrata de Nueva York, se le atribuye haber comentado el día de su asunción: “Miremos más a los resultados que a los procedimientos. Eso lo aprendí de Trump”. Milei cultiva el mismo bilardismo. Por eso debería llamar la atención que ayer condenara el utilitarismo y la prepotencia en las relaciones personales y políticas. Otra divergencia con su anfitrión de Mar-a-lago.
¿Las imposiciones de Trump llegarán hasta México? Hace 15 días 76 representantes demócratas enviaron una carta al secretario de Estado Marco Rubio advirtiéndole que, si querían invadir México, debían pedir permiso al Congreso. Figuras relevantes de la vida mexicana aseguran que ya existe un control del país a través de drones estadounidenses. Y que no debería sorprender que ocurran intervenciones “quirúrgicas” para terminar con algunos narcotraficantes. Una pena que Shakespeare no esté vivo para narrar este momento.
La diplomacia de Trump se entiende mejor cuando se calibran los flujos comerciales y también cuando se recuerda que él está embarcado en una carrera con los chinos por el acceso a ciertos recursos naturales. Sobre todo los de la minería y la industria petrolera. Es un factor importantísimo, si no el principal, de su pragmática incursión en Venezuela. Ayer volvió a elogiar a Delcy Rodríguez, el nuevo rostro del régimen chavista. Es decir, de lo que Milei siguió llamando en Davos “narcodictadura sangrienta cuyos tentáculos terroristas se extendieron por todo nuestro continente”.
La presidenta interina de Venezuela, Delcy RodríguezLa presidenta interina de Venezuela, Delcy RodríguezJUAN BARRETO - AFPLas versiones de dirigentes venezolanos bien informados aseguran que la captura de Nicolás Maduro fue el resultado de un pacto entre el Departamento de Estado y Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y hermano de Delcy. Si ese acuerdo incluyó una transición a la democracia, es un enigma que se irá resolviendo con el tiempo. Basta escuchar radio Miraflores, la voz del régimen, para advertir que la realidad política ha cambiado casi nada para los venezolanos.
Desde Caracas llegan noticias sobre la permanencia rutinaria de fuerzas armadas especiales que circulan por las calles, a las órdenes de Diosdado Cabello. En esa atmósfera de ambigüedad, el lunes pasado la Asamblea que dirige Rodríguez entregó a la embajada de Cuba en Caracas un documento en el que declara “héroes y mártires” a los 32 militares cubanos que rodeaban a Maduro y murieron durante el ataque norteamericano. Esos soldados fueron homenajeados en La Habana el viernes de la semana pasada, en una ceremonia en la que el presidente Miguel Díaz-Canel reivindicó la hermandad entre cubanos y venezolanos, pero sin dedicar una palabra al gobierno de Delcy Rodríguez.
La tolerancia popular al status quo fue explicada anteayer en una entrevista que The New York Times realizó a su corresponsal en Caracas, Anatoly Kurmanaev. El argumento del periodista expresa el centro del problema: los venezolanos padecen la crisis económica más prolongada de la historia moderna y están dispuestos a tolerar cualquier gobierno siempre que les proporcione un cambio en su vida cotidiana. Las preocupaciones por la soberanía y la legitimidad, sostuvo el periodista, vendrán más adelante.
Las palabras de Kurmanaev pueden ayudar a comprender también la conducta de Trump. Y la comparación que él mismo formuló entre sus procedimientos y los de chinos y rusos. Hasta ahora lo que se puede verificar de la operación de los Estados Unidos en Venezuela es la constitución de una especie de enclave destinado a la extracción de hidrocarburos. Más allá de los detalles, es comparable al establecimiento chino en la cordillera de Simandou, en Guinea. Allí se encuentra uno de los mayores yacimientos de mineral de hierro, que es explotado desde 2015 por un consorcio de empresas chinas. Esas compañías controlan el acceso a la zona, la seguridad y la logística. China construyó un ferrocarril de 600 km y un puerto de aguas profundas para la salida del producto. La custodia del yacimiento no está a cargo del Ejército chino, pero sí de una fuerza de militares retirados.
Como se ve, Trump no está innovando casi nada en Venezuela. Allí fueron convocadas empresas norteamericanas para la explotación del petróleo y de la minería, sobre todo de oro. Un ex directivo de Chevron, Ali Moshiri, célebre por su falta de escrúpulos, constituyó un fondo de inversión apenas Trump llegó al poder con la perspectiva de incursionar en los negocios venezolanos. Moshiri conoce bien a Cristina Kirchner. Fue el responsable del ingreso de Chevron a una ventajosísima asociación con YPF cuando el 51% estatizado de la compañía todavía no había sido remunerado a los antiguos dueños de Repsol. Tiempos de Miguel Galuccio y Axel Kicillof en el control de la petrolera. Maquiavelo todavía respiraba.
Ayer Milei puso de manifiesto una subordinación sólo alusiva hacia ese Trump, interventor y proteccionista, vaticinando que el mundo será redimido por una ola liberal que se expandirá desde América. Se entiende la moderación del Presidente. Trump puede pelearse con todos. Él no puede pelearse con nadie. Dirige un país que siempre ha sido un global trader. Es decir, que tiene que hacer negocios con los Estados Unidos, con Europa y con las potencias asiáticas. Además, su programa, como el de cualquier gobierno que pretenda una economía de mercado, tiene una dramática dependencia de la inversión internacional. José Octavio Bordón sintetizó muy bien este contraste ayer, cuando afirmó: “Mientras Trump bravuconea militarmente, llega un barco con 5 mil autos chinos a Argentina, el principal socio de su MAGA”. Una alegría para la familia Dietrich.
Como Trump, Milei debe estar atento al interés nacional. Después de todo, y a pesar de una amistad que no admite dudas, Washington no pudo aliviar al Tesoro argentino en el manejo de la deuda soberana. Aquel fondo que gestionaba Luis “Toto” Caputo para pagar los vencimientos de este año no llegó. Hubo que raspar la olla y conseguir un repo de varios bancos, entre otros, el de China. Tampoco se hizo efectivo el acuerdo de libre comercio que anunciaron el canciller Pablo Quirno y su par, Marco Rubio, el 13 de noviembre pasado. El texto definitivo se iba a conocer el 5 de diciembre. Pero Trump habría decidido postergar la publicación a la espera de un momento más oportuno en términos de marketing. Todo es un insumo de campaña.
Hay materias en las que, sin embargo, Milei tiene las manos libres. La agenda global es una de ellas. Por eso aceptó integrar el Consejo de la Paz al que invita Trump. También fue llamado Lula da Silva. Para Lula es una encrucijada fastidiosa. No puede llevarse mal con Washington porque consiguió encarrilar un costoso conflicto comercial. Así como Trump le dijo al noruego Støre que sancionaría a Europa quedándose con Groenlandia porque no le dieron el Premio Nobel, en su momento anunció que impondría aranceles adicionales de 40 puntos a Brasil porque estaban por sancionar a su amigo Jair Bolsonaro. Ni el Nóbel lo otorga el gobierno de Noruega, ni a Bolsonaro lo condenaría el gobierno de Brasil. Minucias. Lula consiguió que un mega empresario de la carne, Joesley Batista, que había aportado 5 millones de dólares a la campaña de los republicanos, convenciera a Trump de revocar su decisión.
A propósito: Batista fue uno de los emisarios que la Casa Blanca envió a Maduro a comienzos de diciembre para que se entregue sin esperar el uso de la fuerza.
El presidente de Brasil debe tener en cuenta estos intereses comerciales, pero no puede sacrificar su lugar en el tablero internacional, que es el de una defensa sistemática del multilateralismo. El Consejo de la Paz supone reemplazar, de facto, al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde Rusia y China tienen poder de veto. Además, el nuevo organismo ya tiene presidente: Trump.
La Cancillería brasileña no contestará todavía la invitación norteamericana. Esperará a que se definan otros de los 63 países convidados por Trump. Uno de ellos, que mantiene una relación de amistad secular con Brasil, rechazó ayer la iniciativa. Es la Francia de Emmanuel Macron, quien en Davos pronunció una apología de la institucionalidad internacional que molestó a su colega norteamericano. Lo hizo detrás de unos anteojos espejados que debió calzarse a raíz de una conjuntivitis. Cuando Trump vio la imagen preguntó: “¿Qué diablos pasó aquí?”.
Macron tampoco es la encarnación de la coherencia. Frente a los Estados Unidos está envuelto en la bandera de la libertad de comercio. Pero cuando mira hacia el Mercosur se vuelve proteccionista. Sus diputados fueron los más activos para conseguir que ayer el Parlamento Europeo remitiera el Tratado de Libre Comercio al Tribunal de Justicia de Europa a fin de revisar si viola las normativas de la Unión. Fueron 334 votos contra 324 y 11 abstenciones. ¿Cuánto tardará en emitirse ese dictamen? El Tribunal tiene hasta dos años. Pero algunos especialistas dicen que llegará mucho más temprano. De cualquier modo, las autoridades de un país con la gravitación de Alemania sugirieron ayer que aplicará el acuerdo desde ahora.
El 70% de los miembros de la Asamblea Nacional francesa tiene algún vínculo con el sector agropecuario, que reclama protección. Macron debe tenerlos en cuenta. Él también debe contemplar el interés nacional. Maquiavelo no ha muerto.
Fuente: La Nación




