De patrón a leyenda en cinco tiros

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Un asesinato bisagra en el ambiente delictivo

 

Por José Amado y Daniel Enz

Así como fue su aparición en la escena del narcotráfico y de la barra de Patronato hace más de una década, su asesinato también parece que marcará un antes y un después en Paraná. El nombre de Gustavo “Petaco” Barrientos fue una marca registrada que apareció detrás de muchos hechos de violencia en los últimos 13 años. Denostado por muchos, admirado por otros tantos, ahora es un caso más de los ajustes en el mercado de drogas que evidencia la facilidad para actuar con grupos de sicarios en Entre Ríos. Entre los sospechosos, aparecen los nombres de siempre. El hombre, el mito y la traición.

Hay una banda que de a poco va desplazando a todos sus competidores de peso. El mercado de drogas sigue las reglas del capitalismo, donde unos se comen a otros. En Paraná, se están comiendo a balazos. Hace dos años y medio, le tocó al clan de los hermanos Barretto en el triple crimen. La venganza que habían jurado nunca llegó. Ahora fueron por más: el hombre que supo ser el más poderoso, el más temido, el más denostado, el más querido, no está más. Su apellido y su apodo eran una marca registrada que invocaba miedo, respeto y adulación. Petaco Barrientos dejó cientos de soldados huérfanos. En la noche del 18 de febrero, mientras muchos lloraban y prometían el vuelto, otros brindaban con cerveza en festejos por el trabajo cumplido y por las ganancias que vendrán.

“Mataron a Gustavo”, escuchó el policía que atendió el teléfono en plena siesta de sábado en la comisaría de Colonia Ensayo. Era la voz de una mujer entre la angustia, el llanto y los nervios, que le indicó más o menos la dirección de la casa en el barrio Los Cardales, sobre a un margen de la ruta provincial 11. El jefe de la dependencia, el subcomisario Juan Reyes, ya sabía dónde era, porque le había llegado un oficio que le informaba el lugar donde un interno de la Unidad Penal N° 1 tenía unas horas de salidas socio familiares sin custodia penitenciaria.Otros llamados al 911 advertían de los disparos que se escucharon en la zona. La mujer también había intentado pedir ayuda a una vecina. Cuando Reyes llegó al domicilio, se encontró con Verónica Martínez en medio de una crisis, entró a la casa y vio a Barrientos tirado en el suelo, en medio de unos charcos de sangre. Puso sus dedos en el cuello y constató que no tenía pulso. Sacó a la mujer de la vivienda, cerró la puerta y no dejó que nadie más ingresara. Llegaron autoridades policiales y el fiscal de Diamante Gilberto Robledo. Pasaron dos horas y media hasta que efectivos de Criminalística envueltos en mamelucos de bioseguridad entraran a peritar la escena. Al anochecer, el médico forense firmaba un acta donde asentaría una novedad que muchoscreían imposible: la muerte de Gustavo Andrés Barrientos.

Petaco estaba en el último tramo de la condena por un doble homicidio. En un juicio abreviado, había acordado una pena leve de 11 años de prisión por emboscar y matar a Matías Giménez y Maximiliano Godoy el 9 de noviembre de 2012. Tres días después lo habían detenido. Entonces, el 11 de noviembre de este año ya iba a estar completamente libre. Aunque hace dos años debería haber recibido la libertad condicional, su conducta en las cárceles no lo favorecieron y los beneficios se demoraron. Desde el año pasado se encontraba estaba con salidas socio familiares. Primero eran unas horas con custodia penitenciaria, y desde diciembre se las ampliaron, lo dejaban y luego lo iban a buscar.

En la mañana del 18 de febrero pasado, uno de sus compañeros de pabellón lo notó algo preocupado, mientras que otros no observaron nada extraño. Después del mediodía lo trasladaron en un vehículo del Servicio Penitenciario hasta su casa de Colonia Ensayo, donde su mujer de toda la vida lo estaba esperando con el que iba a ser su último almuerzo. Estaban solos, aparentemente Barrientos no quería otra compañía ni custodia. Se acostaron un rato a dormir la siesta. Se estaban levantando a las 15.30 cuando abrieron la puerta a golpes.

El grito de “policía” de los intrusos hizo dudar a Petaco, parecía que en esos segundos había creído que en realidad era un allanamiento oficial. Hasta que uno de los hombres le apuntó con una pistola calibre 9 milímetros y entendió que era su final. No se entregó así nomás, intentó forcejear con su verdugo. Le agarró el arma y un primer disparo le perforó la mano. En seguida un par de tiros más al pecho y otro en el cuello lo dejaron tumbado sobre el suelo de la habitación. Era Petaco Barrientos y los asesinos sabían que no podían quedarse con la duda de si había quedado realmente muerto, por eso el tirador lo remató con un balazo en la espalda cuyo proyectil, extrañamente, salió por la parte superior de la cabeza, según informó en el acta el médico forense Horacio Siromski, quien estuvo encargado de la autopsia.

Verónica Martínez no pudo precisar cuántos eran ni sus características. Pero las cámaras de seguridad externas de la vivienda esclarecieron el panorama. Eran siete hombres, todos estaban encapuchados y con guantes de látex, con tres armas cortas, tres armas largas y un bate de sóftbol. Lo blandía con cierta frialdad, como el director de esa orquesta asesina, pero no lo utilizó para golpear a Petaco ni a la mujer. Menos de dos minutos después, estaban todos de vuelta arriba de la Toyota SW4 negra con vidrios polarizados y salieron levantando el polvo de las calles del barrio de quintas hacia la ruta 11. Doblaron hacia el sur y aceleraron durante 11 kilómetros y medio hasta el primer ingreso a Puerto General Alvear, a la altura de Aldea Spatzenkutter. Siguieron otros ocho kilómetros y medio levantando broza hasta que la camioneta se les plantó al lado del campo donde hay una antena de Telecom, a unos 200 metros de la comisaría de Alvear.

Debían seguir a pie. Acobacharon el armamento entre el matorral del campo lindero. Rociaron la camioneta con nafta, pero antes de incendiarla uno de ellos lo evitó: supo que una columna de humo en el descampado iba a ser un señuelo muy fácil para los policías y todavía les quedaban dos kilómetros hasta la orilla. Ya sin los pasamontañas, fueron en grupos hasta la costa del río Paraná. Se subieron a una lancha grande donde los estaba esperando un timonel y zarparon. Un pescador los observó con algunos bolsos encima y pensó que era uno de los tantos grupos de hombres que iban a pasar un fin de semana de pesca. Nadie sabe con certeza hacia dónde se dirigieron, si hacia el norte a Paraná, hacia el sur a Victoria y Rosario o hacia el oeste a la costa santafesina. Sobre la costa hay narcos que tienen campos que utilizan como base de operaciones, lugar de llegada de la droga por la Hidrovía, y para acopio de drogas y armas.

En el operativo inicial, la Policía advirtió la situación y pidió colaboración para ubicar a la camioneta en los puestos camineros de Diamante, Victoria y Paraná. No hubo una inmediata vigilancia del río. La camioneta fue hallada un par de horas después y la trasladaron a Institutos Policiales (en la Escuela de Oficiales) para realizar la requisa a fondo. Por los datos de número de chasis y motor se pudo saber que había sido robada en 2021 en Rosario, desde entonces estuvo en algún aguantadero hasta que llegó a Paraná en una fecha incierta. Además, tenía una patente de un auto VW Suran, que según información no confirmada oficialmente pertenecería a expolicía exonerado de la cuestionada fuerza de Santa Fe. Adentro de la Toyota el personal de Criminalítica levantó una huella, que hasta el momento no habría sido suficiente para ordenar una detención.

Los policías que trabajaron en el lugar donde habían dejado el vehículo recorrieron los alrededores y en medio de los yuyos, a unos 30 metros hacia adentro del campo, encontraron el armamento. Eran tres fusiles, 19 balas calibre 762, 28 cartuchos 9 milímetros, 26 calibre 5,56mm con un cargador, 30 cartuchos calibre 7,62x39 con su cargador, un bolso negro, un chaleco de balística color blanco, una masa con mango de madera y una remera de color azul, como así también cuatro musleras para llevar las pistolas.  También había una maza grande que se utiliza en albañilería para derribar muros o romper pisos, que llevaron para abrir puertas a golpes. Lo que no estaba era el bate.

Pero cuando cantaban bingo por el hallazgo, uno de los uniformados les sacó una foto a las armas dispuestas sobre un cartón en el suelo y en pocos minutos la imagen se viralizó. El principal gancho para dar con alguien de la banda criminal se había desvanecido. Se estaba planeando una guardia oculta en el lugar por si alguien regresaba por ese valioso material, cuando la imagen ya estaba en cada celular de la ciudad. El primer interrogante que circuló ese mismo sábado era por qué iban a descartar semejante cantidad de armas, de altísimo valor y prácticamente nuevas. ¿Eran unos improvisados? ¿Se trataba de un mensaje? ¿No les importaba dejarlas porque usaron guantes sin dejarles rastros dactilares? En rigor, la principal hipótesis apunta a la falla mecánica de la camioneta y a que consideraron que no podían correr dos kilómetros con el peso del armamento. Creen que no lo dejaron abandonado, sino que lo escondieron para, en otro momento, regresar a buscarlo. Por esto la foto que se convirtió en noticia enfureció a las autoridades e indignó a los investigadores. Hubo gritos y reproches por teléfono y se bajó la orden de escatimar y centralizar la publicidad de la información sobre la investigación.

A la mañana siguiente, con la luz del día, policías de Diamante regresaron al lugar para recorrer la zona en busca de otros elementos, ya que en la jornada anterior se les había venido la noche. Uno de los uniformados movió unos yuyos y observó un sobre con cierre, como los que se utilizan para guardar documentación. Cuando lo levantó, lo sintió muy pesado y supo en seguida que había más sorpresas. Lo informaron al fiscal y Criminalística llegó para la apertura del sobre. Había dos pistolas: una Bersa Thunder calibre 40 (un intermedio entre la 9 y la 11.25), y una Taurus Milenium G2 calibre 9 milímetros.

Las armas largas habían sido llevadas para un eventual enfrentamiento con policías o con soldaditos de Barrientos, que afortunadamente no sucedió. Al lado de la casa de Petaco en Colonia hay otras viviendas, pero a unos 50 metros, cruzando la calle, hay una quinta con un amplio espacio de césped, separada de la calle sólo por un alambrado perimetral y estaba lleno de chicos jugando. Un tiroteo en ese lugar podría haber dejado la peor de las noticias.

El sospechoso de siempre

El sábado del hecho hubo averiguaciones, pero la causa no avanzó más que con el papelerío habitual de actas, y las entrevistas a Verónica Martínez y a un hermano de Barrientos, quienes no aportaron nada sustancial para orientar alguna sospecha. Al día siguiente sucedió el primer allanamiento, en la Unidad Penal de Paraná. La Fiscalía y la Policía apuntaron a Germán Velázquez, considerado el narcotraficante más poderoso de la región. Uno de los hombres más respetados en el ambiente narco de Rosario, enemistado hace más de una década con Los Monos y socio del empresario condenado Luis Paz, volvió a quedar en el centro de las sospechas, tal como ocurrió en el triple crimen del 15 de noviembre de 2020 en el barrio Los Paraísos de Paraná. Pero más por conjeturas que por alguna prueba certera: ¿quién es el narco de Paraná que tiene la capacidad logística y financiera, así como la experiencia, para semejante plan criminal? La respuesta, en la Policía y en la calle, es siempre Velázquez, que está preso, pero tiene a sus socios activos. El otro nombre que surgió, es el narco con más suerte del mundo, quien ha logrado zafar de algunas causas milagrosamente: Leonardo “Cepillo” Garcilazo, el más impune de todos, de quien ANÁLISIS ya ha detallado su historia en varias ediciones. Algunos dicen que es un lugarteniente de Velázquez, pero en realidad hacer mucho que tiene su propio juego. En el pabellón de Velázquez encontraron un par de celulares que eran de otros internos fueron enviados a peritar, con pocas esperanzas de que se hallara algún mensaje incriminatorio. Germán es el hombre más inteligente de este ambiente y del mercado de drogas de la región. Si es que tiene algo que ver con este hecho, difícilmente cometa un error de esas características.

Por esta situación se resolvió el traslado preventivo de Velázquez a la Unidad Penal 8 de Federal. El interno se enfureció y, a través de su abogado Cristian Panceri, se puso a disposición de la Fiscalía. El defensor se presentó en Diamante para informar que el detenido quería aclarar cualquier panorama que lo vincule al crimen de Barrientos. El fiscal Robledo le dijo que el hombre no está sindicado en la causa como responsable. Según supo ANÁLISIS, el planteo de Germán parece razonable: primero, que no tenía inconvenientes con Barrientos (Petaco tampoco le dijo jamás a su entorno que haya tenido diferencias con el otro interno); el homicidio le trajo más problemas que soluciones, porque ante cualquier hecho de estas características siempre queda bajo la lupa; menos aún ahora, cuando está negociando con la Fiscalía Federal de Santa Fe un acuerdo de juicio abreviado por la causa que tiene pendiente como proveedor de un cargamento de marihuana a Luis Paz, y debe mostrar la mejor de las conductas; y que en la cárcel está aislado, si bien tiene visitas, no tendría la capacidad para la logística y coordinación que requirió el asesinato de Barrientos. Además, no es el único que tiene contactos en Santa Fe y Rosario, donde a esta altura hay empresas de sicariato con expertos para este tipo de trabajos. Cabe recordar que Garcilazo es santafesino y los vínculos con socios del narcotráfico y sus abogados están de aquel lado del río. Por otro lado, se podría responder, la cárcel ha sido en numerosas ocasiones una base de operaciones para otros delitos, fundamentalmente para el negocio de la droga. En Rosario dijeron los fiscales que el 95% de los delitos violentos se ordenan desde las cárceles. Velázquez espera que se calmen las aguas en un mes para poder volver a la Unidad Penal 1.

El dato salió de la cárcel

Cuatro días después de la primera requisa, los policías regresaron con la orden judicial al pabellón modelo de la cárcel y esta vez se llevaron algunas anotaciones. Creen que de adentro del penal pudo haber salido la información sobre los movimientos de Petaco en los beneficios que había obtenido. Esto es ya casi una certeza, por cómo se fueron dando los acontecimientos en las horas previas al egreso de Barrientos. La jueza había autorizado salidas socio familiares cada 15 días por cuatro horas. Siempre en estos casos, el día y el horario lo determina el Servicio Penitenciario según la disponibilidad de personal y vehículos. Ese sábado le iba a tocar a Barrientos. Como a las 9 de la mañana fueron a buscarlo para llevarlo a Colonia Ensayo. Gustavo dijo que no, que pasen más tarde. Como a las 11 los penitenciarios regresaron y les volvió a decir que iría después del mediodía. No quería llegar temprano para tener tiempo de almorzar y la sobremesa. Después de las 13 sí salió del pabellón y subió al vehículo del SPER, sin saber que era su último viaje. Indefectiblemente, ese es el momento en que alguien supo el horario en que Barrientos iba a estar en la casa y pasó el dato. Pudieron ser tanto penitenciarios como otros presos. A los agentes que estuvieron en el traslado les secuestraron los celulares, pero no eran los únicos que sabían. Desde que un interno es retirado del pabellón hasta que lo sacan de la cárcel, intervienen muchos, desde los que lo buscan hasta la guardia, pueden llegar a ser unos 30, más aun teniendo en cuenta que era un día de visitas. También lo ven muchos presos, ya que desde los portones de los pabellones se puede observar todo el movimiento.

Muchos se preguntaron por qué Barrientos estaba tan confiado y tan regalado aquella tarde, cuando aparentemente él no quería tener custodia de sus soldaditos. Una respuesta podría ser que el sistema aleatorio de salidas le jugaba a su favor para quien quiera saber dónde y cuándo ir a matarlo; pero sobre todo hay que tener en cuenta que, ante un eventual control policial del cumplimiento de la salida socio familiar, si encontraban a persona armadas en la casa, esto iba a ser informado a la Justicia y así perdería el beneficio que tanto le costó conseguir.

Un audio y cámaras

El jueves 23 de febrero por la tarde también allanaron la casa del hijo de Hugo Ceola, exbarra de Patronato y enemigo íntimo de Barrientos desde hace unos cinco años. Al joven le encontraron algo de droga y un celular. El motivo de esta segunda redada policial fue una pista que había surgido horas después del homicidio de Petaco. Muchos recordaron que un par de semanas antes había circulado entre los celulares de presos y de tiratiros de Paraná un audio de WhatsApp, donde se ofrecía mucha plata para quien esté dispuesto a asesinar a Barrientos. La voz era de la hija de Ceola, una chica con algunos problemas que se desbocó y decía que quien estuviera dispuesto que hablara con su padre. Y agregaba que, si en el encargo criminal los sicarios mataban a Petaco y a su hijo, Alan, mejor. “Dos por uno”, decía la mujer.

Está claro que se trata de una evidencia que no se puede dejar pasar en una investigación de este tenor, cuando las pruebas escasean. A su vez, los investigadores saben que no se condice una oferta bastante burda con el profesionalismo que demostraron tener los asesinos. Todavía se esperan los resultados de los análisis a los celulares en búsqueda de ese y otros mensajes incriminatorios.

Las cámaras de seguridad son la vedet de las investigaciones criminales en los últimos años, y este caso también las tiene. Aunque con la particularidad de que los asesinos también las tuvieron en cuenta al momento de planificar y ejecutar el ataque. La casa de Barrientos tiene cámaras en el exterior que registraron la llegada de la camioneta que estacionó bien en la puerta y todo lo ocurrido dentro de los muros perimetrales, pero fuera de la vivienda, ya que adentro no hay ninguna. En los videos que grabaron se observar los siete hombres, los de las armas largas, las cortas y el del bate. No les costó tanto como pensaban el ingreso, ya que la puerta principal de la casa estaba sin llaves, aunque sin picaporte. Es decir, no se podía abrir desde afuera con la mano, pero tampoco tenía una medida de seguridad elemental como trabarla con llave.

Había otra esperanza en este tipo de prueba. Cuando a los asesinos se les detuvo la camioneta y debieron correr un par de kilómetros hacia la costa, iban a cara descubierta. Los investigadores recorrieron las viviendas y quintas ubicadas sobre esa calle de tierra y encontraron una que cuenta con una cámara, pero lamentaron al ver la grabación que la calidad de la misma: apenas se ven bultos en movimiento.

Pero los investigadores no se quedaron revisando cámaras solo en Colonia Ensayo y Alvear. También se revisaron en Paraná y encontraron un video que resulta esclarecedor para reconstruir aunque sea un tramo de la secuencia criminal. Unos minutos antes del asesinato, pasadas las 15, la Toyota SW4 fue captada en avenida Jorge Newbery, en la zona del aeropuerto. Pudieron seguir su rastro hasta que dobló en calle Soldado Bordón y se volvió a perder. Lo cierto es que desde esa zona circularon por calles internas hasta llegar a la zona sur de la ciudad, tal vez hasta Oro Verde, y luego subir a la ruta 11.

Otras medidas que se van a analizar, con más tiempo, son los entrecruzamientos de llamadas de líneas de sospechosos, así como las señales de llamadas y mensajes que impactaron en la antena de telefonía ubicada en la zona (justo donde apareció la camioneta). Es decir, todas las líneas que fueron utilizadas en un margen horario previo y posterior al hecho en el área abarcada por esa antena.

La leyenda y los sospechosos

El cadáver de Barrientos estuvo en el suelo unas cinco horas, mientras trabajaron a su alrededor los policías de Criminalística y luego lo revisó entero el médico forense. Una vez finalizadas las tareas en el lugar, lo metieron en la bolsa negra, lo subieron a la camilla y lo retiraron de la casa. Afuera estaba esperando la camioneta de la Morgue Judicial. Cuando se abrió la puerta y salían los efectivos sosteniendo el cuerpo, la multitud de familiares, amigos, allegados y admiradores de Petaco sintió el impacto, como si lo que les habían contado no lo habían creído hasta ese momento. La gente se fue encima del cuerpo, los policías de los grupos especiales que estaban custodiando el lugar debieron improvisar una barrera para impedir que agarraran el cadáver. Efectivamente querían tocarlo, para comprobar que estaba muerto, para llevárselo, para levantarlo y mostrarlo como una bandera, como un sujeto que pasó a la inmortalidad, o quién sabe qué es lo que querían los deudos de una figura que se había convertido en su líder en los últimos 15 años. En medio de los forcejeos, pudieron subir la camilla a la morguera, cerraron las puertas traseras y el conductor aceleró tratando de no pisar a nadie, mientras golpeaban y movían el vehículo.

En las redes sociales los comentarios eran mayoritariamente contrarios a Barrientos, pero hubo quienes se animaron a escribir a su favor: “Se merece todo respeto como ser humano, habrá tenido sus cosas personales, pero ayudó a mucha gente. QEPD”, opinó Vilma. “Qué lo parió, no somos nada... vuela alto Petaquito”, dijo un tal Ale. “QEPD Gustavo Petaco gracias, gracias, gracias por la humildad y por todas las cosas buenas que has hecho, fuerza familia”, lo despidió otro hombre. Fueron varios posteos de este tenor, como el de una página de Facebook de la Barra Fuerte que publicó: “El jefe por siempre” y un emoticón llorando.

Verónica Martínez estuvo a cargo de los trámites de defunción, acompañada por el abogado Claudio Berón, quien estaba asistiendo a Barrientos en la ejecución de la pena y le había conseguido los beneficios. En la Jefatura Departamental Diamante le entregaron los certificados y la documentación para retirar el cuerpo de la morgue. El velorio comenzó a las 19 del domingo. Cientos de personas pasaron por la funeraria Lamperti de calle Echagüe de Paraná a darle el pésame a la viuda y a los dos hijos de Barrientos. Hubo momentos de angustia y gritos alrededor del féretro, donde descansaba el cuerpo con remeras de Patronato. Al día siguiente una caravana lo acompañó hasta el cementerio Parque de la Paz de San Benito, donde lo ubicaron en la parcela N° 32, de la manzana 4, sector T.

El homicidio de Barrientos hizo recordar el crimen ocurrido hace casi 10 años en Rosario y que fue una bisagra en la historia narco de esta ciudad: el asesinato de Claudio “Pájaro” Cantero, líder de la banda Los Monos. Salvando las distancias entre uno y otro personaje, guardaban similitudes, como una especie de liderazgo espiritual y dominio territorial, la referencia con las barras bravas de Patronato y Newell’s, el nombre propio que se invocaba ante un conflicto o una necesidad, y eran personas a las que acudían algunos desahuciados para pedirles una mano o para recuperar una moto robada. En Paraná, al igual que en Rosario una década atrás, se están pintando banderas y se planean murales con el rostro de Petaco, entre lienzos rojos y negros. Lo que diferenció ambos casos fue la sed de venganza: la mañana siguiente al homicidio de Cantero, su hermano “Guille” desató un infierno salió y mandó a matar a los que se rumoreaban como posibles autores y a quien se interpusiera en el camino. En el entorno de Barrientos, creen que la venganza es un plato que se come frío. En las horas posteriores al crimen no había certezas acerca de quién lo mandó a matar. Se barajaron varios nombres entre los múltiples enemigos que se había ganado Petaco en su historia, fueron descartando a la mayoría y, paralelo a la investigación, orientaron las sospechas hacia la gente de Germán Velázquez. Tampoco está claro si habrá un vuelto con sangre o si, como ocurrió con la familia de los Barretto del triple crimen, esto se tomará como un gaje del oficio.

Más en la calle que en el entorno de Barrientos, las miradas apuntaron contra Velázquez en la misma tarde del sábado 18 de febrero, tal como en la investigación oficial. El hombre se encuentra cumpliendo los últimos meses de una condena por un asalto perpetrado en una heladería de avenida Ramírez hace varios años, mientras está procesado como proveedor de un cargamento de droga a su socio Luis Paz, un empresario del rubro del boxeo rosarino que estaba radicado en Santa Fe, padre del “Fantasma” Paz, asesinado por la banda Los Monos. De ahí la enemistad histórica entre Velázquez, quien es padrino de la hija del hombre asesinado, y la familia Cantero. Posiblemente acuerde una pena en un juicio abreviado en la Justicia Federal santafesina. Al igual que en el caso del triple crimen, una sombra de sospecha se posó sobre el hombre del barrio Paraná V: otra vez fue utilizado un vehículo robado en Rosario, donde Germán mantiene viejos contactos, además de tener fama de sangre fría a la hora de matar. Acerca de los siete hombres que entraron a la casa a asesinar a Barrientos, se cree que casi todos son rosarinos o santafesinos, aunque uno de ellos, que actúa con un sello muy particular, vive en Paraná.

Pero en rigor podrían ser varios los nombres que se alinearon para bajar al principal enemigo. Según pudo averiguar ANÁLISIS, Cepillo Garcilazo es hoy quien provee cocaína y marihuana a distintas bandas de la capital provincial, como “los Fierro”, un clan con condenas por venta de drogas radicado en el barrio Paraná XVI, y también estaría asociado a un conocido narcotraficante (condenado, pero hace varios años libre) de Puerto Viejo, quien hace 20 años fue el mentor de Barrientos. En la noche del 18 de febrero hubo fiesta en un rancho de Bajada Grande y en el Paraná XVI. Era sábado y bien podría haber sido una distención de fin de semana, aunque a algunos les llamó la atención el tenor de la celebración de estas personas apuntadas por el crimen.

A su vez, no hay que olvidarse del vínculo entre Garcilazo y Daniel Celis. Según pruebas y testigos de la causa del asalto a una familia en una estancia de Las Cuevas, por el cual el “Tavi” fue apresado y condenado, Cepillo fue uno de los autores del fallido atraco en el que buscaban el dinero de la venta de un campo, aunque logró ser sobreseído en esa causa. Este caso había evidenciado también los vínculos de estos narcos con el exdirigente ruralista Leonardo Airaldi, familiar de las víctimas de aquel robo, quien habría vendido la información. Airaldi fue detenido a mediados del año pasado en Rosario portando armas de guerra. Entonces, no es Velázquez el único con amigos en la Cuna de la Bandera.

Sicarios en Entre Ríos, impunes

Casi la totalidad de los últimos casos de sicariato en Entre Ríos no se han podido esclarecer, o están resueltos a medias. El triple crimen ocurrido el 5 de noviembre de 2020 en Paraná, donde acribillaron de unos 20 balazos a Cristian Barretto, Germán Herlein y Laureano Morales, del que zafó Víctor Barretto, tiene a un imputado: Ramiro “Pañal” Colman, acusado de conducir la moto en la que iba el tirador. Con pruebas que son rebatidas por la defensa, con otros autores que aún no fueron identificados y con el desinterés y hasta la conspiración del entorno familiar de los Barretto, no se sabe si el caso llegará a juicio.

Mucho peor es la situación de la causa por el homicidio del empresario tabacalero Raúl Alberto Molina, ocurrido el 11 de diciembre de 2020. El hombre almorzaba en su casa quinta de Estancia Grande, Departamento Concordia, cuando llegaron dos hombres en una moto con una encomienda. Abrieron la caja, sacaron una pistola y lo mataron de nueve balazos. Luego huyeron sin destino conocido.. Molina tenía causas penales federales abiertas y los motivos de la agresión pudieron ser muchos. Algunos creen que los sicarios salieron de Concordia, otros que llegaron desde Paraguay, donde también la víctima tenía enemigos. El caso quedó a la deriva.

En marzo del año pasado, en el barrio San Martín de Paraná, dos sicarios en una moto asesinaron a tiros a Carlos Daniel Tello Morales, un joven peruano radicado en la ciudad y que se dedicaba a otorgar préstamos de dinero, producto del negocio narco. Los clientes eran de todo tipo, pero los más grandes eran vendedores de droga de Paraná. De hecho, esa tarde iba hacia la casa del Ruso, uno los narcos más conocidos de la zona. La investigación de la División Homicidios y el fiscal Mariano Budasoff, con pruebas fundamentales del entrecruzamiento de llamadas, cámaras y señales de celulares, pudieron reconstruir el camino de los asesinos que llegaron a la capital provincial en colectivo y huyeron ese mismo día. Hay varias personas implicadas en haber participado de la logística de la operación criminal y un hombre de nacionalidad peruana que manejaba el negocio de los préstamos, está prófugo. Los sicarios, no se sabe quiénes son.

Otro caso ejecutado por profesionales ocurrió el domingo 22 de enero pasado, cuando dos hombres en dos motos asesinaron a Matías Walton en Concordia, cuando la víctima y su hermano que sobrevivió iban en bicicletas por la ruta 4. Fueron emboscados sobre el puente que cruza la autovía nacional 14 y a Walton lo acribillaron a tiros. Los asesinos huyeron de regreso hacia Concordia. Si bien todo apunta a un ajuste de cuentas del narcotráfico, la modalidad utilizada para el crimen evidencia la mano de obra disponible para matar en esta localidad. No hay sospechosos ni detenidos.

 

Recuadros

Los acuerdos de Petaco

D.E. 

Petaco Barrientos estaba preso y condenado a once años de prisión desde principios del 2015, por un doble homicidio en el barrio Paraná XX, uno de los más cruzados por el negocio de la droga. El hecho fue en noviembre de 2012, después que cayeran asesinados a balazos los jóvenes Matías Giménez y Maximiliano Godoy. En la investigación hubo 32 dvd de escuchas telefónicas que le sirvieron a la justicia para comprobar su relación directa con el violento episodio. Esa documental auditiva siempre estuvo guardada bajo siete llaves en una caja de seguridad del edificio tribunalicio. En algunos de los audios aparecían también los diálogos entre el jefe narco y el entonces funcionario del Senado provincial, Mauro Urribarri, quien fuera ministro de Gobierno de la provincia y a su vez jefe político de la Policía de Entre Ríos hasta fines de octubre de 2017. Varias de esas conversaciones tenían directa relación con el dinero que Mauro Urribarri le hacía llegar a Barrientos desde el gobierno provincial, como mandamás de la denominada barra fuerte de Patronato, a través del actual secretario de la Cámara de Diputados de Entre Ríos, Nicolás Pierini, amigo personal del exministro político, quien oficiaba de nexo con el club y la hinchada y como ladero del expresidente de la Cámara Baja, Sergio Urribarri. Entre los investigadores siempre quedaron dudas sobre si no había también partidas de dineros públicos para otros negocios non sancto entre Mauro y Barrientos, en función de los desvíos de fondos que hacían tanto en Diputados como en el Senado, el hijo del exgobernador, al igual que el cuñado de Urribarri, Juan Pablo Aguilera, actualmente condenado por delitos de corrupción. Petaco Barrientos hacía extender, en cada partido de Patronato, la gigantografía de Gracias Urri, confeccionada en la imprenta de Aguilera, que cubría la totalidad de la tribuna ubicada sobre calle Presbítero Grella.  

A través de sus allegados directos en Paraná, celular mediante, Barrientos le hacía llegar casi semanalmente, desde la cárcel, mensajes al exministro de Gobierno, Mauro Urribarri, a quien consideraba “un querido amigo”. Incluso, insistía en “encontrarse” con el hijo del exgobernador “en algún lugar a determinar”, para manifestarle “todo su apoyo” en la gestión y garantizarle que “cuando fuera necesario” podría contar con él y su organización para apostar a su proyección política. “Mauro tiene que ser el gobernador en el 2019”, repetía Barrientos entre sus compañeros y prometía “trabajo militante” en todos los barrios de Paraná.  

Incluso, en algunas escuchas, le decía concretamente: “Decile a Mauro que si nosotros hacemos un pacto, le hago quemar toda la documentación que tengo y que lo compromete. Que no se preocupe por eso”, remarcaba, en un claro mensaje mafioso que nunca se ocupó de investigar la justicia entrerriana. A nadie le importó demasiado. 

Pocos tomaron nota de esa relación Barrientos-Mauro Urribarri, en la cúpula del gobierno de Gustavo Bordet. Optaron por dejar pasar los días, apostar al desgaste de la figura del ministro y esperar el momento justo para desplazarlo. 

La vinculación de Mauro Urribarri con Barrientos venía desde los inicios de la primera Gobernación de Urribarri. Barrientos desembarcó, precisamente, poco antes del 2007, en las instancias previas al ascenso al Argentino “A” de Patronato. O sea, entre el final de la administración de los presidentes Osvaldo Tarzia y Miguel Hollman. No obstante, la fortaleza de Barrientos se afianzó a partir de la gestión como presidente del contador José Alberto Gómez, quien a su vez era funcionario provincial y por ende recibía órdenes directas de la cúpula urribarrista.  

Con el aval de los Urribarri, Gómez pactó, en principio, con la denominada Barra Fuerte, la entrega de entradas para el ingreso de los hinchas, pero también para la venta y el uso de colectivos gratuitos para viajar a cada partido fuera de Paraná. Pero esa vinculación le determinó más de un dolor de cabeza, tanto a él como a su familia. Fueron numerosos los aprietes que recibió en el club, como así también en su propio domicilio, ante algunas negativas a sus pedidos interminables. “Son insaciables; quieren todo estos hijos de puta”, repetía Gómez entre sus más cercanos, cada fin de semana que Patronato jugaba de local. Y cuando Barrientos no encontraba respuestas satisfactorias, acudía directamente a Mauro Urribarri para lograr la solución pertinente.  

A la hora de hacer campaña proselitista en los barrios, varios dirigentes del justicialismo paranaense acudían a Gómez, para que convenciera a Barrientos, con el objetivo de que abra paso en cada uno de los lugares más complejos de la periferia de Paraná. La exintendenta Blanca Osuna (PJ) se molestaba en la campaña de 2011, cuando aparecía en algunas fotos, secundada por Barrientos y Gómez, recorriendo esas diferentes zonas. No tenía relación con Petaco, pero sabía perfectamente quién era ese hombre con una importante porción de poder en determinados lugares de la capital entrerriana y cuál era su principal negocio. Claro está, la actual diputada nacional kirchnerista nunca lo denunció. Prefirió convivir con ellos en función de su campaña y sí denunciar el pacto Varisco-Celis, que les permitió al varisquismo recuperar la comuna en el 2015.  

Cárcel, privilegios y negocios 

El castigo carcelario en Gualeguay se transformó en lo más parecido a un pasatiempo para el conocido jefe narco Petaco Barrientos. Después de deambular por la cárcel de Paraná y la de máxima seguridad de Gualeguaychú, terminó en Gualeguay, en la misma celda especial que tuvo hasta cumplir la pena, el abogado de Nogoyá, Walter Martínez. O sea, el mismo que se apropiara de casi 20 millones de dólares de la herencia de más de 50 millones de dólares del hacendado José Alberto Reggiardo, tras fraguar documentación y presentar una heredera falsa. 

Barrientos estaba cómodamente solo. Tenía baño, televisión, un patio interno y se seguía manejando con celular. Incluso, estando preso fue que se casó con su mujer, Verónica Vanesa Martínez, oriunda de Paraná, con quien hacía un buen tiempo estaba de novio. La ceremonia se concretó el 23 de febrero de 2016, en el Registro Civil de Gualeguay, a puertas cerradas, sin acceso de la prensa y en medio de un fuerte operativo de seguridad dispuesto por el Servicio Penitenciario de dicha unidad carcelaria. 

La calle del Registro fue interrumpida por lo menos una hora antes, por varios móviles del Servicio Penitenciario y no se permitió el acceso de ninguna persona, salvo aquellas parejas que también se iban a casar minutos después del condenado con Martínez. Si bien Barrientos había sorprendido en el 2015, cuando contrató a dos grupos de cumbia para una celebración de fin de año en la cárcel, esa vez no hubo fiesta y cada uno se fue por su lado después de la ceremonia civil.  

A mediados de 2014 la justicia detuvo a su mujer,  Verónica Martínez, quien junto a su cuñado y varias personas más fueron imputados por conformar una organización delictiva. Entre ellos, aparecía además Hugo Ceola, su segundo en la barra de Patronato y quien quedó a cargo del grupo. La causa se inició con decenas de escuchas de conversaciones telefónicas de los sospechosos y hubo numerosos allanamientos en distintos barrios de Paraná, tras los cuales quedaron detenidos Martínez, Rubén Nene Barrientos -hermano de Petaco y ex defensor de Atlético Paraná- y Ceola, entre otros. Los abogados Rodríguez Allende (de la mujer de Barrientos) y Guillermo Vartorelli, al igual que Miguel Cullen, lograron la excarcelación de los imputados. Martínez quedó con prisión domiciliaria. 

En los primeros años de preso en la unidad penal gualeya, Barrientos nunca dejó de hacer negocios con el narcotráfico o con el fútbol. Munido siempre de tres o cuatro celulares en la celda, Petaco coordinaba con sus súbditos los movimientos de tal o cual cargamento o bien ordenaba un apriete a algún referente político o del fútbol. “Vayan al domicilio del dirigente y lo aprietan por las entradas”, ordenaba, para lograr las 500 o 600 prometidas para cada partido dominical, además de las sin cargo para los muchachos de la hinchada, para el sistema de reventa de la que sacaba rédito la Barra fuerte. El boom del negocio de la reventa fue en el partido contra River, jugado en octubre de 2016, porque exigieron mil entradas gratis, algunas de las cuales vendieron hasta en 3000 pesos cada una.  

Los aprietes no solamente le sucedían al entonces presidente José Gómez, sino también a José Cáceres, ex vicegobernador y titular de Atlético Paraná por esos tiempos, con el lote de “hinchas del gato”, que respondían a Barrientos y que también vieron la oportunidad de sacar una tajada.  

Querían hacer lo mismo en Atlético Paraná. Y los dirigentes tuvieron que empezar a buscar la forma de «apoyar» a los muchachos que llegaban para alentar al elenco rojiblanco. Pero los nuevos hinchas comenzaron a exigir en cada partido, con los aprietes mafiosos característicos. 

—Loco, no son nuestra gente. Nadie los registra en el club y se van a calentar los nuestros –dijo un día molesto el vicegobernador, a pocos minutos del inicio de un encuentro clave. 

—José, la cosa es así y no hay vuelta. Hay que hacerles lugar en la hinchada –le respondió un operador directo de Mauro Urribarri y Juampi Aguilera. 

Cáceres bajó la directiva a la hinchada del equipo decano, pero en el ambiente se sentía que las cosas no iban a durar demasiado. La relación se cortó cuando las exigencias no podían ser solventadas ni soportadas. La hinchada de Barrientos empezó a exigir más y más, tal como lo hacía en Patronato y sin medir que esa era otra entidad, con menores recursos, una estructura más pequeña y conformada por familias amigas desde siempre. 

La reacción de la barra fuerte ante las negativas no se hizo esperar: rompieron numerosos vidrios de la sede del club y dañaron varios autos de los dirigentes. O sea, fieles a sus métodos narcos de apriete, violencia y corrupción. 

Más de una vez Cáceres tuvo que soportar el asedio de algunos de los barras en su propia casa, hasta donde lo seguían a toda hora para reclamarle dinero. Lo esperaban hasta casi la medianoche, ya sea en la propia puerta de la vivienda o escondidos en la parte de arriba de algún árbol, para sorprenderlo y emboscarlo frente a la puerta de su domicilio. Cáceres tuvo que hacer bajar algún hincha escondido y furioso del árbol de la puerta de su casa, para poder ingresar con su vehículo. Sabía que el objetivo era meterse en la vivienda de imprevisto, cuando llegara con el automóvil. Pero no lo consiguieron. 

 

Los aprietes

D.E.

A fines de 2016, la Barra Fuerte de Patronato tiroteó la propia sede del club, sin importar el movimiento de gente que había a esa hora. El viernes 2 de diciembre, alrededor de las 21, dos personas llegaron a bordo de una moto negra hasta la sede del club, en calle Presbítero Grella, subieron con el vehículo hasta la vereda y uno de ellos comenzó a disparar contra las tres ventanas que tenían las luces encendidas. Los testigos refirieron que los atacantes ocultaban sus rostros con cascos de color blanco. Siempre el mismo modus operandi, para los hechos relacionados a Barrientos. Dos días después, Patronato jugaba en su cancha contra Vélez Sárfield por el Torneo de Primera “A” y los acontecimientos provocaron zozobra en el plantel y en los directivos. De acuerdo con la pericia policial, fueron nueve los disparos de un arma calibre 22, que impactaron en el acceso a la sede. Siete de ellas ingresaron por las ventanas que daban a la calle y dieron en los vidrios, en una fotocopiadora, estantes y en las paredes internas de las oficinas. Uno de los presentes era el propio hijo del presidente José Gómez, que colaboraba en tareas de Prensa del club. Recién había cerrado la ventanilla de venta anticipada de entradas para el partido y quizás por ello no hubo víctimas ni heridos. De igual manera, varios de los empleados aún estaban en allí y no pocos socios habían abandonado minutos antes la pileta de natación, en el aquel caliente inicio de la temporada veraniega. 

El fondo de la cuestión era la no entrega de entradas a la Barra fuerte, en el número que se exigía, como parte del negocio de venta que ellos manejaban, desde tiempos del ascenso al Nacional “B”.  

Meses antes del tiroteo, había asumido como nuevo presidente el empresario paranaense Miguel Tito Hollman, secundado por su antecesor, el dirigente y funcionario provincial José Bicho Gómez. 

--Esto se corta. A mí, no me van a venir a apretar estos delincuentes -dijo Hollman, muy molesto por lo ocurrido.  

Había dado la orden unas semanas antes, pese a la advertencia de Gómez sobre cómo iban a reaccionar. El anterior presidente había sufrido en carne propia los aprietes, tanto en el club como así también en su domicilio particular. 

Por los hechos, el fiscal Francisco Ramírez Montrull ordenó allanamientos en viviendas del barrio Tiro Federal que pertenecen a personas allegadas a Hugo Ceola, sucesor de Barrientos como líder de la Barra Fuerte. En las casas de familiares de Ceola encontraron talonarios completos con tickets para partidos en los que Patronato enfrentó como local a River, Huracán, Olimpo y Boca Unidos (de tiempos del torneo de Ascenso), entre otros equipos. La justicia ordenó que no se les permitiera el ingreso a la cancha al hijo de Barrientos y al de Ceola, como así también a otros hinchas imputados por asociación ilícita. Ceola no tomó cabal conciencia de que estaba en la mira de la Policía de Entre Ríos y la Federal y que podía tener sus días contados. 

(Nota publicada en la edición 1138 de la revista ANALISIS del jueves 2 de marzo de 2023)

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