Anticipo del libro Las torturas del convento, de Daniel Enz

Historias dolorosas de un monasterio

Edición
1168

En estos días salió a la calle Las torturas del convento, el nuevo libro del periodista y director de ANALISIS, Daniel Enz. Es su trabajo número 20 y cuenta los padecimientos sufridos por las carmelitas descalzas del convento de Nogoyá hasta agosto de 2016, en que se conoció la investigación periodística que dejó al descubierto los padecimientos de las religiosas y llevó a la apertura de una causa judicial contra la madre superiora del lugar, condenada luego a la cárcel. En esta edición, el primer capítulo del libro.

Daniel Enz

Esa noche de marzo de 2016, Roxana Andrea Peña despertó en su celda del Convento de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá con una certeza que la atravesaba entera: ya no podía más. Encerrada durante treinta años entre esos muros, tenía que llevar adelante un plan de fuga. En la clausura papal, aguantando el dolor de las articulaciones por las rodillas siempre hincadas rezando en silencio, trabajando la huerta con las manos desnudas porque no le permitían usar herramientas, haciendo la señal de la cruz en el piso con la lengua cuando la madre Isabel así lo ordenaba, ya no soportaba las órdenes y reprimendas diarias de la superiora.

Eran tres décadas que ahora, en la oscuridad de esa madrugada de marzo, se le revelaban como una estafa.

Roxana había ingresado durante el gobierno de Raúl Alfonsín, cuando era apenas una muchacha. Estuvo en Concordia primero y después en Nogoyá, cuando se fundó el convento ubicado en la ciudad del centro oeste de la provincia de Entre Ríos. Sus padres al principio se oponían a su vocación. El padre fue quien decidió apoyarla y ayudó a convencer a la madre.

Como a todas las carmelitas, en el convento le cambiaron el nombre: ya no era Roxana, sino la hermana Rosa. Le habían dicho que era por Dios, por la salvación de las almas, por la reparación de los pecados del mundo. Le habían hecho creer que el sufrimiento era el camino.

Pero desde que la madre Isabel había asumido como priora, en diciembre de 2006, el sufrimiento mutó en algo diferente. Ya no era la austeridad carmelita que ella había conocido con María de los Ángeles. Era otra cosa. Algo perverso que olía a sadismo disfrazado de religión.

Esa noche, Roxana se incorporó en el colchón de paja. Vio sus cosas alumbradas por la claridad de la luna que entraba a través de la pequeña ventana de su celda. Calculó que serían las tres, tal vez las cuatro de la mañana. El convento dormía en ese silencio espeso que sólo se quebraba con el sonido de alguna hermana que se movía en sueños o tosía en la noche. Iba a esperar al amanecer, porque precisaba una alianza estratégica, dentro y fuera del convento, para poder retornar a Concordia.

Hacía un año y medio que venía manifestando su deseo de irse. Dieciocho meses de pedidos verbales y escritos que la madre Isabel ignoraba sistemáticamente. Cada vez que juntaba el coraje para decirle que quería salir, la respuesta era la misma: los votos son para siempre, el mundo exterior es pecado y caos, afuera te vas a condenar, aquí está tu lugar hasta que Dios te llame.

Después, venían los castigos. Las horas de rodillas rezando en plena madrugada, cuando el frío en Entre Ríos calaba hasta los huesos. Las horas de rodillas en la siesta de verano, bajo el calor que bajaba del techo de chapa como una condena. Roxana recordaba las veces que había perdido la sensibilidad en las piernas, el mareo, las náuseas causadas por el dolor.

La huerta sin herramientas era otro de los tormentos preferidos de la madre Isabel. "Saque esa tierra con las manos, hermana", le ordenaba. Y Roxana pasaba horas arrancando malezas y removiendo tierra negra con los dedos hasta que las uñas se le partían y la piel le sangraba. Cuando volvía del campo tenía las manos destrozadas, la espalda quebrada, pero no había contemplaciones: a la noche, la disciplina y el cilicio.

La disciplina era esencial para la priora. Ese flagelo de soga con nudos endurecidos en cera que ella misma había ayudado a confeccionar años atrás, cuando aún creía que era parte de la vida carmelita, de la imitación de Cristo flagelado.

Las Constituciones del 90 decían que la disciplina se tomaba los viernes, durante el rezo de un Miserere. Pero la madre Isabel había impuesto otra cosa: disciplina cuando se le antojaba, por el tiempo que se le ocurría, como castigo por faltas que inventaba o exageraba hasta lo ridículo. Por ocurrencia, por esa enfermiza obsesión con la carmelita, que podía ensayar una protesta para adentro, pero no tenía margen para no cumplir la directiva.

Ninguna se podía mirar al espejo porque era símbolo de vanidad. Y si alguna intentaba ver su reflejo en el vidrio, también había un inmediato castigo. Tampoco podían sacarse una foto con una madre, un padre o un familiar, porque con la imagen se podía “hacer brujería”.

A todo eso se sumaba el cilicio, un anillo de alambre de fardal entretejido con las puntas hacia adentro que se ajustaba en la pierna como la mordida de una trampa, arriba de la rodilla el alambre lastimando a cada paso.

Roxana lo había usado durante años, soportando las heridas que le dejaba en la piel, marcas que ya nunca iban a desaparecer. Lo había usado porque le habían dicho que era por amor a Dios. Pero ahora, después de tanto tiempo, después de ver cómo la madre Isabel nunca lo usaba ("por problemas de salud", decía), Roxana comprendía que no había nada de Dios en ese sufrimiento. Era sólo poder y crueldad.

Ante cada duda, la superiora les recordaba que ese elemento de penitencia había sido utilizado por San Francisco de Asís, San Ignacio Loyola, la beata Teresa de Calcuta y el propio Papa Pablo VI. “Si ellos lo usaron, ustedes también lo pueden hacer”, les remarcaba.

La priora siempre impuso la mortificación corporal como forma de castigo. Y para justificarlo utilizaba un pasaje de la Biblia o del Evangelio. Decía algo así como “en nombre de Dios y para que tu vayas al cielo y no al infierno, ve a tu celda (el cuarto) a demostrar lo que estás dispuesto a dar por él”.

Lo peor de todo era la mordaza. Roxana recordaba la primera vez que Isabel se la había impuesto: un tubito de Redoxón perforado, envuelto en papel, con un elástico que se ajustaba detrás de la cabeza. Como los frenos de los caballos. Había tenido que llevarla durante una semana entera, sin poder hablar, sin poder comer normalmente, sintiendo el sabor del papel húmedo en la boca, la presión entre los dientes. Una semana entera por una falta que Roxana ni siquiera recordaba haber cometido.

Incluso, Isabel las había amenazado a varias con una penitencia que había regido en el 1500, en una de las Constituciones primitivas que Santa Teresa de Ávila no había usado y era la más severa. En los castigos había que tirar las religiosas al piso, caminarles arriba del cuerpo y pegarles con varillas. La superiora las juntaba en grupo y les hacía leer lo que decían esas normativas. “Habrá que empezar a aplicar estas cosas”, les advertía, aunque nunca llegó a hacerlo. A la vez, había varias castigadas en las celdas, encerradas en absoluta oscuridad y solamente a pan y agua durante tres días.

Esa madrugada de otoño, acostada en su cama, Roxana supo que si no se iba en ese momento nunca más iba a poder salir. Tenía casi cincuenta años. Había entrado al convento siendo joven y ahora era una mujer madura que no conocía nada del mundo exterior. No sabía usar un celular. No sabía lo que era internet. No recordaba los apellidos de los políticos. Cuando iba a votar, metía la boleta sin mirarla, porque la madre Isabel estaba observando y no se podía desobedecer. Ella misma lo diría después, en una entrevista: “Estuve treinta años de mi vida como en un paréntesis, en una cápsula”.

Roxana había intentado una y otra vez comunicarle su situación al arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puiggari, pero la priora nunca se lo permitió. “Eso está muy mal escrito. No se puede presentarle una carta así al arzobispo. Sería una vergüenza”, le decía.

Esa mañana, la cápsula iba a romperse. Roxana venía estudiando cada uno de los movimientos del convento, que ocupa una amplia manzana en Nogoyá. Tenía lo más parecido a una radiografía del lugar. Sabía perfectamente dónde estaba cada cosa, a qué hora había cambios, quiénes estaban en cada lugar y cuáles podían ser los puntos ciegos para llevar adelante una fuga.

El convento es una construcción muy particular. Está rodeado de muros altos, con alambres de púa en el extremo superior, como si fuera una cárcel. El inmueble tiene un amplio campo, donde se ubican el cementerio, el jardín y la huerta. Hay dos casas grandes: una es una capilla y otra la residencia de las carmelitas.

La fachada principal da a calle Illia al 918. Un mural de ladrillos rojos contrasta con la puerta de dos hojas de hierro negro con rejas en punta. Al lado había un timbre por el cual respondía una carmelita con voz joven e indicaba que había que ingresar caminando derecho hacia un hall por el cual atendían al visitante a través de un dispositivo denominado torno. Era una armazón giratoria compuesta de varios tableros verticales, que se ajustaba al hueco de una pared y servía para pasar objetos de una parte a otra, sin que se vieran las personas que los daban o recibían. En un convento como el de Nogoyá, era el separador de la clausura y el exterior.

Esa habitación tenía tres paredes pequeñas, de un metro y medio o dos. En una había una portezuela de madera corrediza que llevaba al locutorio y la otra era una puerta de madera amplia de dos hojas, desde donde se iba a la residencia de las carmelitas. En la tercera pared estaba el torno. La cuarta era la puerta de ingreso al espacio, donde había una cámara de seguridad que iba monitoreando toda la situación.

Luego de atravesar la puerta de entrada del lugar y en dirección al hall, el visitante pasaba por el patio principal del monasterio. Más allá del hall, no se podía ver. Quien ingresaba se encontraba con una cámara en un extremo del techo e inmediatamente la voz de una carmelita decía: “Ave María Purísima” e indicaba que había que pasar a través del torno una llave con la que se podía abrir el locutorio. En ningún momento se le veía el rostro o la mano a la monja: sólo se escuchaba su voz.

El locutorio era una habitación pequeña y cuadrada que tenía tres paredes blancas impolutas y la cuarta era una reja negra gruesa. Allí había un cartel que decía: “Hermano, una de dos: o no hablar o hablar de Dios”. Era la regla básica que tenía que cumplimentar cada familiar que llegaba para saludar a una monja, a la que podía ver a cierta distancia y siempre con la presencia de una religiosa “como testigo”, para escuchar todo lo que se dialogaba y también hacer acotaciones e interrumpir los diálogos para hablar de las virtudes de la casa religiosa. Si alguien se molestaba, de inmediato se le mostraba la frase del cartel.

A través de esta reja se podía ver una habitación en la que ubicaban a las carmelitas. Ellas se sentaban allí en banquetas de madera pequeñas y escuchaban a las personas, hablaban con ellas, pero nunca había contacto físico. El lugar tenía una luz muy tenue y era frío; no había calefacción y eso se sentía en cada invierno.

En el locutorio no había muchas cosas. Del lado del visitante sólo existía una mesa con dos sillas y una vitrina, en donde se exponían las imágenes que las carmelitas descalzas hacían. Detrás de la reja negra gruesa, había un altar de la Virgen María y luego nada más que las banquetas.

El lugar siempre estaba limpio. El aroma que se sentía era impersonal. Era muy silencioso el convento; no se escuchaba nada. Sólo se oía cuando se movía el rosario que colgaba de la cadera de la madre superiora o de la hermana sobre el hábito. Casi ningún otro sonido.

*****

Roxana se levantó despacio ese lunes después de Pascuas. Se puso el hábito completo: la saya, el escapulario marrón, el velo negro, la toca blanca. No sabía si iba a necesitar ese atuendo afuera, pero era lo único que tenía. Llevaba tantos años usándolo que sentía que esa tela áspera y el velo que le cubría la cabeza eran su propia piel. Salió de la celda con cuidado de no hacer ruido. El pasillo estaba con poca luz, pero ella conocía cada piedra, cada recoveco, cada puerta. Había caminado esos pasillos durante treinta años, en silencio, con la mirada baja, rezando mientras sus pies descalzos tocaban las baldosas frías.

La monja fue hacia la portería. El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de que alguien lo escuchara. Pero el convento seguía en silencio. Nadie se había despertado. La llave del torno estaba donde siempre. Colgada en un gancho. La defensa de la superiora iba a argumentar después, en el juicio, que Roxana "se fue por su voluntad, tomando la llave que estaba al alcance de cualquiera, que se usaba a diario para abrir la puerta para proveedores” y que “podría haberlo hecho en cualquier momento”.

Lo que los abogados no dijeron era que el control en el convento no estaba en las llaves ni en las puertas. Estaba en la mente. En el miedo al infierno. En la manipulación que convertía cada intento de salida en un pecado mortal, en una traición a Dios, en una condena eterna. A lo que se sumaba el alejamiento sistemático, progresivo y perverso del mundo exterior en general y de la familia en particular. Lo exterior era descrito -como en toda secta- como algo peligroso que debía ser evitado. Y las monjas vivían con la convicción de que nadie las recibiría afuera si salían.

Roxana había tardado treinta años en entender que la verdadera cárcel no tenía rejas. Tomó la llave. Le temblaba la mano y le explotaba el corazón. Transpiró como pocas veces. Sabía que si le salía mal la jugada, lo iba a pagar muy caro con un castigo ejemplar, a la vista de todas las carmelitas. Caminó hacia la puerta principal. Cada paso le pesaba como si estuviera caminando contra una tormenta. Sentía que en cualquier momento iba a aparecer la madre Isabel, o alguna de sus monjas de confianza, y que la iban a detener y todo iba a terminar en una reprimenda feroz. Pero sólo se cruzó con dos carmelitas que iban apuradas y no se dieron cuenta hacia dónde iba la hermana Rosa.

Llegó a la puerta. Metió la llave en la cerradura y la giró lentamente. El sonido del pestillo al abrirse fue como un trueno en medio del silencio. Roxana empujó la puerta y salió. Tenía que cerrar por fuera y dejar la llave en la ventana.

Afuera estaba Oscar, el hombre mayor que desde 1995 colaboraba barriendo y juntando las hojas de los alrededores del convento. A cambio le daban leche y pan. La hermana le pidió que le abriera el otro portón. Le dijo que tenía que llevar unas cosas a la Basílica de Nogoyá. Oscar sacó un candado grande que había, una barra de hierro que cruzaba y corrió dos trabas. En total, había tres candados.

-Cerrá todo Oscar, porque no se puede dejar abierto. Y poné los candados -le ordenó la carmelita.

-¿Usted va a entrar después? -preguntó el hombre.

-Sí, más tarde.

Roxana no le dio mayores explicaciones. Salió con las dos bolsitas que llevaba y soltó los baldes con un delantal y una toalla que le habían servido como excusa para que creyeran que había lavado ropa y se iba a tenderla a la soga de una zona del predio.

El aire de la mañana le golpeó la cara. Era húmedo y fresco, con ese olor a tierra mojada que tiene marzo en esa zona de la provincia cuando amenaza tormenta. Respiró hondo. Hacía años que no sentía el aire de la calle, el aire que no estuviera encerrado entre los muros de la clausura.

Levantó la mano a Oscar para saludarlo y empezó a caminar. No sabía hacia dónde iba. No sabía qué iba a hacer. No había nadie esperándola. Sólo tenía claro que debía alejarse de ese lugar rápidamente, antes de que alguien notara su ausencia. Pero ni siquiera sabía dónde estaba porque desde su ingreso jamás había salido y no conocía la zona. Caminó por la calle Presidente Illia, que estaba desierta a esa hora, con pasos rápidos y con el hábito revoloteando detrás de ella y el velo moviéndose con el viento. Las luces amarillas de los faroles municipales iluminaban apenas la vereda.

Por primera vez en treinta años, Roxana sintió que no había nadie mirándola. No había nadie juzgándola. No había nadie diciéndole que estaba cometiendo un pecado, que era una mala religiosa, que por su culpa la comunidad sufría. Avanzó varias cuadras sin mirar atrás. Con miedo a que todo fuera una ilusión, a darse cuenta de que seguía adentro del convento, a que todo fuese un sueño del que iba a despertar de nuevo en su celda, de nuevo en la cárcel. Pero era real. Estaba afuera.

Roxana se sorprendió cuando vio a una señora mayor que estaba por subir a un auto que terminaba de salir del garage de una vivienda y le dijo:

-¿Señora, usted por las dudas no va a la Basílica?

-No, pero si usted quiere la acercamos hermana.

Así llegó Roxana, nerviosa y con el cuerpo dolorido, a un banco de la plaza. Se sentó para aliviar los pies, que le sangraban dentro de las sandalias. Las rodillas le ardían con ese escozor crónico que le habían dejado las horas y horas de rezar arrodillada. Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la paz. El alivio de haber sobrevivido.

Pensó en las hermanas que había dejado atrás. Y en las que seguían ahí adentro, sometidas a los caprichos de la madre Isabel, creyendo que el infierno que vivían era el camino al cielo. Pensó en Silvia Albarenque, que había salido tres años antes, expulsada después de implorar durante mucho tiempo que la dejaran irse. Pensó en las que nunca iban a poder salir, en las que iban a morir ahí adentro sin haber conocido otra cosa que el encierro y el castigo.

El mundo seguía girando, como siempre, afuera de los muros del convento. Y Roxana Andrea Peña, la hermana Rosa, estaba afuera. Por primera vez en treinta años, libre, pero con miedo de llegar a la iglesia, encontrarse con algún sacerdote aliado a la priora y retornar al infierno.

Cuando ingresó a la basílica la recibió un cura joven. Le preguntó qué precisaba y Roxana le dijo que había llegado hasta allí para hablar con el cura Jorge Bonín. El párroco estaba ocupado, pero le mandó a decir que esperara en la antesala.

-¿Qué hace acá, hermanita? -le dijo Bonín apenas la vio.

-Padre, me escapé del convento.

Roxana se tomó varios minutos para contarle el calvario que se estaba viviendo. Bonín entendió perfectamente y hasta justificó su reacción. No obstante, se puso algo nervioso porque cuando estaba hablando con la carmelita llamó por teléfono la priora. Bonín la atendió y no dialogó. Sólo escuchó. Roxana estaba frente a él cuando se produjo la comunicación.

-Usted se imaginará cómo está la madre… La quiere de nuevo urgente en el convento. Dice que no puede irse así, escapando -le advirtió.

-No padre, no quiero volver. Prefiero estar muerta antes que regresar al convento.

Bonín tomó el teléfono, lo llamó al arzobispo Puiggari y le planteó la situación. “Ella no puede ni debe retornar al convento, monseñor”, le indicó.

-Pero nosotros precisamos un documento firmado por la superiora en el que la autorice a salir -le remarcó Puiggari.

Bonín le pidió unos minutos a la carmelita, tomó el auto de la parroquia y se fue hasta el convento. Tenía que convencer a la priora del pedido del arzobispo. Pero no lo logró. La superiora despotricó todo el tiempo contra la hermana Rosa. El párroco se volvió a la parroquia y le dijo a la carmelita que la priora no quería ceder ni un milímetro y que estaba dispuesta “a mandar a la Policía” a buscarla. Otro cura que estaba en la parroquia se molestó con la situación y fue muy claro: “No tenga miedo, hermana. No se asuste porque la superiora no puede hacer lo que dice. La Policía no la puede obligar a usted a volver al convento. Le va a decir que vaya a su casa”.

Bonín volvió a llamarlo a Puiggari y el arzobispo autorizó el regreso de Roxana Andrea Peña a Concordia, esa misma tarde, con el pasaje pago en el micro de las 18.

La hermana se quedó esperando en la parroquia. No quiso comer nada. “Sólo agua; no puedo tragar nada de la impotencia”, les dijo y rompió en llanto por la tensa situación. Uno de los curas la llevó a la terminal, le prestó un bolso para acomodar sus cosas y viajó a Concordia dos veces, en semanas posteriores, para ver cómo estaba.

Ese lunes 28 de marzo, en horas de la noche, Roxana llegó a la terminal de Concordia, donde la esperaba su hermana. El martes a la mañana temprano, la priora llamó por teléfono y pidió hablar con ella. Fue un monólogo a los gritos. Le dijo que ella era una fugitiva, que todas las carmelitas estaban “llorando de angustia”, que su salida constituía “un pecado mortal” y que la Policía la iría a buscar a su domicilio. “Esto que hizo fue una tentación diabólica”, le remarcó.

Roxana esperó que la madre Isabel terminara y le dijo: “Que Dios se lo pague”. Luego, cortó la comunicación. Tenía claro que no había retorno. Que nunca más pisaría un convento con una superiora de esas características.

 

 

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