Sergio Dellepiane
En cualquier economía nacional, abierta o cerrada, existen únicamente dos formas de multiplicar la plusvalía que cada ser humano con su trabajo genera.
La primera es la del emprendedor/empresario que “se juega la piel” cada día, que invierte capital, asume riesgos, mejora procesos, emplea semejantes y, en conjunto, mejoran la calidad de lo que ofrece, sean bienes o servicios, porque al competir libremente busca la mayor rentabilidad, vendiendo lo que produce, al mejor precio posible, que el demandante convalida, pues comprende que la única fuente legítima de ganancias proviene de los consumidores/usuarios satisfechos.
La segunda es la de quienes no se enriquecen sirviendo mejor, sino obteniendo privilegios del poder político. A ellos se les asigna el calificativo de “prebendarios”. Término que proviene del verbo latino tardío “praebere” o “praehibere” que significa “proporcionar, ofrecer, suministrar” que en su forma gerundiva indica “obligación” de dar algo a cambio. En definitiva, marca “las cosas que deben ser proporcionadas o aquello que ha de darse a cambio de…”
Los “prebendarios” no dependen de la innovación, de la eficiencia, de los colaboradores ni de la calidad de los insumos, sino del “decreto dirigido” o direccionado en su favor. Su rentabilidad proviene de licencias discrecionales y/o regulaciones diseñadas a medida que excluyen cualquier tipo de competencia, sea esta nacional o importada. No necesitan mejorar procesos ni reducir costos. Les basta con que el “Estado presente” limite las alternativas de consumo a sus ciudadanos. El previsible resultado del accionar prebendario es que el mercado encorsetado ofrezca precios más altos, escasa cantidad, mínima variedad y pobrísima calidad.
Durante décadas nos vendieron una mentira que, a falta de otras verdades, compramos sin estimar consecuencias: “Defender la industria nacional es un acto patriótico”. “Cerrar la economía nacional es proteger el trabajo argentino”. Por el contrario, “cuestionar subsidios y aranceles es poco menos que traición a la Patria”.
Detrás de este discurso prebendario no hay soberanía ni justicia social, lo que en realidad esconde, es la obscena alianza entre pseudo empresarios y políticos corruptos que interactúan movidos por el doble propósito de eliminar competencia a cambio de poder a largo plazo, que incluye el financiamiento de dudosa procedencia, para mantener a los últimos, en la órbita del autoritarismo más rancio.
El proteccionismo defendido por los prebendarios lejos está de desarrollar la industria nacional pues lo único que consigue es blindar estructuras ineficientes que únicamente puede sobrevivir en virtud de las barreras artificialmente impuestas “desde arriba”, mantenidas hasta el infinito mientras se “paguen” los dadivosos retornos, acordados previamente.
En toda economía dirigida, cerrada y groseramente corporativa, triunfan quienes se acostumbraron al teléfono correcto y al decreto oportunamente salvador. Es por esta orfandad instrumental que les aterroriza la intemperie competitiva. Por el pavor que ocasiona el libre comercio es que negocian subsidios, barreras arancelarias y contratos garantizados. Se especializan en cazar en el zoológico del proteccionismo más rancio.
Bajo competencia abierta y sin restricciones, el modelo prebendario queda expuesto tanto en sus limitaciones como en sus precios de venta, a todas luces, desmedidos. Razones más que suficientes para defenestrar al libre mercado ya que, en un entorno de competencia real sin restricciones, tanto el capital como los consumidores migran, sin vergüenza ni pudor, hacia quienes les ofrecen, concretamente, el mayor valor posible, según lo pretendido. Se olvidan que competir sin restricciones, implica que el cliente elija entre permanecer o emigrar.
En mercado libres, el éxito o el fracaso no se decide en escritorios de burócratas ávidos de recompensas y retornos, sino que lo determina la libre elección de millones de personas que interactúan a diario, maximizando los intercambios de derechos de propiedad.
En los intercambios libres, crecen quienes sirven mejor a sus semejantes, innovan constantemente, reducen costos, perfeccionan la calidad de lo que ofrecen e intentan hacer vivir una experiencia satisfactoria al menor precio posible. Desaparecen, en cambio aquellos que descansaron, durante demasiado tiempo, sobre rentas garantizadas.
Cuando la apertura al intercambio comercial aparece, se intenta, por todos los medios a su alcance, imponer el relato catastrófico de crisis y quiebras cuando, en realidad, lo que se derrumba no es el emprendimiento privado sino las condiciones privilegiadas de algunos.
La competencia exige estar atentos a los movimientos de los demás, sin embargo, es el mecanismo más justo para el desarrollo y progreso de la comunidad, toda vez que no privilegia la cercanía al poder sino la capacidad para satisfacer necesidades y deseos humanos reales y concretos.
La verdadera disyuntiva no es entonces, industria nacional vs importada, sino privilegios o competencia. Y en esta tensión por la plusvalía, quienes apuestan por los privilegios saben perfectamente aquello que esconden y raras veces admiten: sin el escudo estatal tienen que enfrentar lo que más temen: la preferencia del consumidor, es decir, el acto económico más humano que existe.
La libertad económica nos exige aceptar que nadie nos debe nada. Que la propiedad privada y el intercambio voluntario conforman el único fundamento legítimo de la prosperidad, tanto individual cuanto colectiva.
Los artilugios prebendarios nos condujeron, durante casi un siglo, a través de un espiral descendente hasta las proximidades del abismo. Queda mucho camino por recorrer para restablecer el dinamismo virtuoso del crecimiento sostenido.
Reducir el tamaño del Estado, en sus tres jurisdicciones, es condición necesaria más no suficiente. Administrar el bien común no es sólo no gastar por encima de las reales posibilidades sino, con los recursos escasos disponibles, desplegar políticas proactivas honestas que motoricen las potencialidades adormecidas de todos quienes habitamos la nación.
Sin prebendas de ningún tipo.
Para nadie.
“La mejor manera de ayudar a los pobres es reducir los impuestos y permitir que el ahorro, la inversión y la creación de empleos continúen sin obstáculos”
MURRAY ROTHBARD (1926 – 1995)






