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De cerezos, guerras y glaciares

María Valeria Berros

¿Puede un diputado verse afectado por una emoción como la belleza? Una tradición milenaria japonesa, los soldados sacando fotos en Malvinas y una reflexión ante el próximo tratamiento de una ley donde no sólo se juega el agua de millones de argentinos, sino la belleza de frágiles e imponentes glaciares.

Este 2 de abril me llegó un mensaje de Juan Pascual, Jefe de Redacción de este periódico, que decía: mirá esta beyesa. A continuación, me reenviaba una publicación en X  de John Bistline, un ingeniero especializado en energía y análisis climático que ha sido parte del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, más conocido como IPCC.

En apariencia podríamos decir que se trata de un gráfico más, cientos de ellos vinculados con el calentamiento global se reproducen cada año. Sin embargo, el autor de la publicación explica que es su gráfico preferido sobre el cambio climático: sin querer, monjes, aristócratas y emperadores japoneses registraron durante 1200 años el conjunto de datos sobre el clima más extenso del mundo.

Ese registro se da en el contexto del Hanami, la famosa tradición japonesa que celebra, a través de la contemplación colectiva, los cerezos en flor. Como toda publicación en redes sociales, una batalla se despliega en los comentarios a partir de todo tipo de disquisiciones: si es realmente científico o no, varias personas dicen que comparten esa preferencia por el gráfico y otros tantos encuentran todo tipo de argumentos para invalidarlo.

Pero entre todos los comentarios algunos se detienen en la misma razón por la cual se lo destaca, y quizás también en el impulso que habrá hecho que Juan me lo mande y yo, inmediatamente, lo reenvíe al equipo de personas con quienes trabajo: esto es bello. El solo hecho de pensar en generaciones y generaciones de japoneses siguiendo, pero no solo siguiendo sino también registrando este fenómeno hermoso es lo bello. Ver florecer como ritual que se enfoca en lo efímero y la fugacidad de la vida, como acto de celebración que va sumando clases sociales, incluso como símbolo en la guerra son parte de la historia de esta tradición milenaria.

Justo este 2 de abril me encuentra –coincidencia cargada de sentido– leyendo lentamente un libro sobre la guerra. No la guerra de Malvinas sino la segunda guerra mundial. Voy despacio porque lo estoy leyendo en su versión original en italiano y, sobre todo, porque es un texto duro de procesar. Se trata del clásico El sargento en la nieve, donde Mario Rigoni Stern narra su experiencia durante la retirada del ejército italiano de Rusia en 1943.

Cuando apareció el mensaje de Juan justo estaba detenida en un hermoso párrafo que dice: C'era la guerra, proprio la guerra più vera dove era io, ma io non vivevo la guerra, vivevo intensamente cosa che sognavo, che ricordavo e che erano più vere della guerra. Il fiume era gelato, le stelle erano fredde, la neve era vetro che si rompeva sotto le scarpe, la morte fredda e verde aspettava sul fiume, ma io avevo dentro di me un calore che scioglieva tutte queste cose. En mi cabeza estas palabras en la lengua del Dante se traducen más o menos así, con perdón de quienes saben realmente traducir: Había la guerra, la guerra más auténtica en la que yo estaba, pero yo no vivía la guerra, vivía intensamente lo que soñaba, lo que recordaba y que era más real que la guerra. El río estaba helado, las estrellas eran frías, la nieve era vidrio que se rompía bajo los zapatos, la muerte fría y verde esperaba en el río, pero yo tenía dentro de mí un calor que derretía todas esas cosas.

Rigoni, mientras iba en retirada observaba el río, las estrellas y la nieve. La muerte tenía un color e incluso una posible ubicación. En uno de los peores escenarios observaciones de este tipo aparecen de manera notoria en su tristemente bello relato.

Era 2 de abril y, como cada año, la guerra de Malvinas cobraba gran presencia. De la narración de Rigoni me moví al sitio web Memoria de la Espera, un reciente repositorio de fotos de excombatientes, instrumentadoras quirúrgicas y enfermeras de Malvinas que guarda esa específica y extraña cualidad de ser tristemente bello.

Quienes fueron a esa guerra como héroes involuntarios, víctimas de una dictadura sangrienta, llevaron cámaras y sacaron fotografías: no eran fotos de turismo, sino fotos para mostrar que estuvimos en algún lugar, dice el ex-combatiente Julio Tabares. Descripciones sobre la rutina diaria, el hecho de ver las islas desde el aire tal y como son en los mapas escolares, se mezclan con relatos que refieren a un mar con un terrible oleaje en el que, pese a la dificultad, sacaban fotos. Y no solo las sacaron, las preservaron corriendo riesgos: trajeron rollos al continente escondidos en borceguíes, dentro de algún puño que los soldados ingleses no controlaron, en los calzoncillos. Capturaban instantes irrepetibles en el gesto arriesgado de fijar lo inasible. Luego de la guerra, habiendo puesto en riesgo sus propias vidas, muchos guardaron ese registro de lo que observaron y, sobre todo, vivieron. La imagen a manera de testimonio como Robert Capra, célebre fotógrafo de guerra, tantas veces señaló.

En este 2 de abril volvió a circular con fuerza la expresión y la reivindicación histórica de siempre: las Malvinas son argentinas, pero también una asociación que habla de nuestra coyuntura: las Malvinas son argentinas, los glaciares también.

Glaciares: lo útil y lo bello

Parque Chidorigafuchi, en Tokio.

Volvemos a las redes sociales. Enrique Viale se hizo eco de esta frase en X. Él es abogado ambientalista y una de las voces con gran presencia en el debate por la reforma regresiva de la ley de protección de glaciares. Se podrían enunciar múltiples temas vinculados a la soberanía y a las guerras del pasado y de la actualidad, sobre todo en un contexto en el que proliferan conflictos bélicos e invasiones cada vez más ostensiblemente asociadas al control de recursos naturales estratégicos. Pero voy a volver nuevamente al inicio, a lo bello.

El debate por la reforma de la ley de glaciares y su derrotero histórico ha sido una gran odisea. Se sucedieron episodios de todo tipo en esta intención de retroceder en su tutela que ya tiene media sanción del Senado. El hecho más reciente es que, frente al récord mundial de más de cien mil personas inscriptas para participar en la audiencia pública organizada por la Cámara de Diputados de la Nación, se dejó exponer a un pequeñísimo número. Violentando nuestro derecho vigente en materia de participación en la toma de decisiones en materia ambiental, menos del 0,5 % de las personas inscriptas pudo exponer. Aun así, la abrumadora mayoría, más del 80% de quienes lograron explicar sus argumentos, lo hicieron en favor de mantener la actual ley y en contra de cualquier tipo de regresión en los estándares de protección.

Existe un argumento que quiero traer especialmente: el criterio de utilidad. A veces la desesperación por mostrar que los recursos naturales son útiles, son vitales y, por tanto, deben ser protegidos nos hace dejar al margen algo más sencillo que tiene que ver con la fortaleza de lo bello. Es triste sentir, cada vez más a menudo, que muchas veces se odia y destruye lo bello porque no se lo entiende, en el sentido más profundo de esa compresión. Sin embargo, algo habrá en el orden de la mirada, en el relato de lo que se vio o en su captura a través de algún tipo de mecanismo, aún en los peores escenarios, que guarda una potencia inconmensurable. El agua del río, el mar, la nieve, el verde, la floración esconden, tal vez, una clave.

Mirándolo de este modo no parece casual que algunos de nuestros legisladores desarmen no sólo la utilidad sino la belleza, como ha sido el caso de Enzo Fullone, senador nacional por la provincia de Río Negro que expresó en tono despectivo que los glaciares “son rocas a 4000 metros congeladas que hoy no sirven para nada y no modifican ningún problema con el recurso hídrico".

Lo hemos dicho de muchas maneras: por el derecho vigente, por sus funciones ecosistémicas, por la relación que guardan con el derecho humano al agua, por el vínculo indisociable con las comunidades, por su relevancia para sostener la vida actual y futura, en suma: por el valor incalculable que posee este tipo de ecosistema que representa menos del 1% del territorio de la argentina continental. Argumentos sobre los que ya no es necesario insistir: su claridad y contundencia los vuelven concluyentes.

Es posible, quizás, que muchos o algunos de nuestros legisladores no sientan alguna emoción particular en pensar en cientos de generaciones prestando atención al florecer de los cerezos, ni les resulte especialmente conmovedor que soldados piensen en estrellas y ríos cuando están atravesando su propia posibilidad de muerte, o que se hayan arriesgado a producir testimonios en imágenes para transportar lo inaprehensible.

Los diputados y las diputadas nacionales tienen en estos días la responsabilidad histórica de decidir sobre la protección de los glaciares en un planeta en colapso. No se trata de cualquier decisión y lo pueden hacer –como ha sucedido con tantas otras discusiones legislativas recientes– a espaldas de los cientos de miles de personas que están movilizándose en todas las provincias del país preocupadas por las consecuencias irremediables de su destrucción. La desaparición de un glaciar es irreversible: una vez degradado, no se regenera. Son frágiles, como la floración de los cerezos, aun cuando esta incomprensión se exprese en miradas altivas, gestos de soberbia o burlas despectivas frente a lo evidente. Una vez destruidos se los convierte en un inobservable, cuya existencia subsistirá únicamente como registro en la memoria personal, fotográfica o fílmica y en el Inventario Nacional de Glaciares, cuya continuidad se busca erosionar junto con estos ecosistemas.

Me detengo en esto último. En el actual escenario global esta decisión no es cualquier decisión, es una responsabilidad que podría implicar que se arrase con la vida y, también, con la belleza de la vida. Lo que aquí se decide implica la permanencia de la posibilidad misma de contemplar: ¿las generaciones futuras –y también las presentes– podrán seguir viendo los glaciares y retener en la retina esa belleza que sostiene la vida? En enorme medida, la respuesta queda en manos del voto de 257 personas que hoy, de forma transitoria, integran la Cámara de Diputados de la Nación.


(Esta columna fue publicada originalmente en Periódico Pausa, este 6 de abril)

 

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