Manuel Adorni. El problema para la democracia es que el agravio a periodistas se convirtió en una política de Estado. El jefe de Gabinete en el túnel de la agenda.
Fernando Ruiz
La semana pasada murió mi madre y ella siempre decía que yo defendía lo indefendible. En honor a ella, que vivió más de cien años y estuvo más lúcida y sana que yo hasta poco antes de irse, voy a defender lo indefendible.
Hay que entender cómo se ve al periodismo desde los gobiernos. La agresividad y la desorientación oficial pueden tener una explicación, no una justificación. “Yo estuve ahí y los entiendo”, dice un vocero muy reconocido.
Pierre Rosanvallon escribió que los medios son “un poder público en manos de particulares con poder social y capacidad de veto”. Y los políticos suelen ver solo ese lado.
Un recordado analista de Página/12, Mario Wainfeld, escribió: “ningún poder del Estado, ningún protagonista, ni siquiera los magistrados se sustraen a la influencia, el asedio, la presencia, la manipulación (no tache nada, todo corresponde) de los medios”.
Los periodistas son molestos. Estar buscando siempre lo que está mal es un trabajo antipático. Ya lo dijo un presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, en 1906, los periodistas son personas que miran siempre la basura en el piso y no levantan la cabeza. Decía: “Se niegan obstinadamente a ver cuánto hay de elevado en esta vida y fijan sus ojos con solemne atención solo en lo que es vil y degradante”.
Y sigue: “si el cuadro entero se viste de negro no queda matiz alguno para distinguir a los bandidos de los que no lo son. Tal cuadro acaba provocando al final una suerte de daltonismo moral”.
Entender la presión
Antes y ahora, los políticos piden más indulgencia. Esta semana un personaje permanente de la máquina kirchnerista de gobernar, el tucumano José Francisco López, arrepentido de arrepentirse, pidió cierta clemencia al tribunal citando el vértigo que vive un gobierno: “el trabajo diario y el ritmo de la política no siempre hace posible que se observe si se cruzan o no algunos límites”.
La presión de una crisis política sobre un gobierno es brutal. En sus memorias, Mauricio Macri escribió que “ningún periodista puede imaginar lo que vive por dentro un presidente. (...). Es al límite, las veinticuatro horas, todos los días. La tensión y el estrés son enormes. Y si ya era mucho, a partir de abril de 2018 [crisis cambiaria] se multiplicó por cien para no detenerse más”.
Dice Macri: “Si uno cree que hizo un trabajo que merece ser calificado con un diez, el periodismo naturalmente lo evaluará con un seis. O como decía Lyndon Johnson: ‘Si mañana el presidente comienza a caminar sobre las aguas del río Potomac, la prensa dirá: El Presidente no sabe nadar’”.
Además, desde el periodismo llegan a un gobierno señales contradictorias. Hay un discurso público del periodismo como guardián de la democracia, pero directivos de medios y periodistas piden al funcionario ventajitas, como auspicios, gestiones, pago de multas, viajes, que los funcionarios decodifican como “le hice un favor a un periodista”. La consecuencia de eso es que también le puede pedir favores, que a veces el periodista no está dispuesto a dar.
Los funcionarios también se sorprenden cuando desarrollan una política de agradar a la prensa y luego esta los cuestiona. “Si es amigo, ¿por qué me critica?”, piensa. Pero un periodista no quiere quedar como oficialista, por lo que esa crítica le sirve para geolocalizarse en la distancia exacta a la que quiere estar. Y ahí vienen las falsas equivalencias. Macri decía que para no aparecer como oficialistas se construyó “una paradoja: igualarnos al kirchnerismo. Como si se tratara de compensar cada opinión crítica al kirchnerismo con una crítica de igual volumen a nuestro gobierno”.
Hay más ambigüedades. El periodista hace bien su trabajo, pero no sabe que el directivo del medio está negociando algo con ese mismo funcionario; o el periodista está gestionando el apoyo para un programa suyo y el directivo no lo sabe.
Gestión de la ambigüedad
Quienes conocen ambos mundos gestionan esos grises para evitar que el malentendido estructural provoque crisis, pero hay una galaxia de intermediarios que lleva y trae mensajes y confusión.
También el periodismo emite señales equívocas cuando enuncia un discurso profesional objetivo e independiente y luego polariza y denigra sin matices. A los periodistas les molesta que los gobiernos defenestren a todo el periodismo, pero este practica mucho la opinión sábana sobre la política.
En las crisis la prensa suele construir una visión de túnel donde solo vemos una parte pequeña de la realidad y anulamos el contexto general. Eso puede mandar el mensaje de que tampoco importa mucho la verdad. Un gobierno puede gestionar bien una enorme cantidad de políticas públicas, pero un incidente en una de ellas contamina la percepción general sobre todas y eso a los funcionarios les parece injusto, y realmente lo es.
La lucha por la atención es tan desquiciada que finalmente el ciclo de la agenda consiste en pasar, con bastante velocidad, de un tema a otro, todos enfocados con esa visión de túnel. Ese tema que hoy es todo, mañana será nada. Y esa banalización de la cobertura de un gobierno también incide en cómo se gobierna.
Política de Estado antiperiodística
Frente a eso los gobiernos con sesgos autoritarios reaccionan agrediendo a la prensa. El mileismo se nutrió de la tradición creada durante tres mandatos kirchneristas de ataque a la prensa. Un atributo de ambos ciclos es que el primer lugar donde desapareció la libertad de expresión fue en el interior de los gobiernos. Eso afecta la calidad de la información para la gente porque los funcionarios no hablan y se cierran como fuentes informativas. Así como ocurrió durante el kirchnerismo, hoy hay un soviet libertario, un comisariato donde casi ningún funcionario habla sin permiso. Eso permite comunicar en forma homogénea por los canales propios, pero es probable que en los demás canales la marea sea opuesta.
Frente a esas agresiones se organiza un discurso de protección al periodismo que incluye a periodistas que, aunque estaban en veredas opuestas, esa asociación hoy podría prosperar contra Milei. Los insultadores y escupidores de ayer aceptarían volver a reunirse con los insultados y escupidos, y algunos de estos quizás también.
Es un problema para la democracia que el agravio a periodistas sea una política de Estado. Los agresores se aprovechan de que el mundo periodístico es muy heterogéneo. Existen los Daniel Enz, los Hugo Alconada Mon o los Diego Cabot, al lado de periodistas que son barrabravas con micrófono o que usan la profesión como plataforma de privilegios.
Estos gobiernos aprovechan los malos ejemplos para legitimar su agresión a los buenos. Como dijo esta semana la ex presidenta del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), Paula Moreno, “no nos agreden por nuestros errores sino por nuestros aciertos”.
(*) Esta columna de Opinión de Fernando Ruiz fue publicada originalmente en el portal de Perfil.






