Sagrada

Cielo

Sobre lo impoluto, consagrado y mundano.

Por Carmen Ubeda (*)

Hasta hace pocos años, no es relevante precisarlos, era común escuchar una palabra que replicaba en el aire respeto supremo, extrema admiración o inobjetable reverencia. Un adjetivo que sólo se asociaba con lo santo (en su acepción de impoluto), con lo consagrado (en su aspecto trascendente) o con lo augusto (en su calidad legítima de sobrevaloración). No importaba credo, confesión, teísmo o ateismo, agnosticismo o religiosidad. Tenía que ver con el sólo hecho de la “nuda vida” en el decir de Giorgio Agamben, con la vida vida, con lo que nace hacia el devenir supuestamente humano: en las palabras del mismo autor, con la simple animalidad del zoe. Después del homo erectus y el desarrollo del lóbulo frontal llegarían conceptos más sofisticados: la vida como bio. De allí, Foucault concebiría la idea de la bio-política: la vida en sociedad, la vida en comunidad, la vida entendida dentro de un marco ético-jurídico. Es decir, el género humano, aquel que había podido superar la voz y arribar a la palabra, éste que dominó la mera expresión del placer y el dolor con la idea, que le dio orden al mundo y que alcanzó a entender la necesidad del bien común. Sin embargo, la conciencia colectiva le adjudicaba este adjetivo a la mera vida: la vida como el hecho sagrado por antonomasia.

En términos generales, la masa (entendida como mayoría indiscriminada) “no hila fino”, no llega a distinciones que pueden formar parte o no de la naturaleza de las cosas. Para el conjunto, la vida no distinguía razas, religiones, clases, culturas… era sagrada en sí misma (con escandalosas excepcionases en distintas etapas y en diversos lugares del planeta). Por lo menos, así podía probarse y corroborarse hasta pocas décadas atrás. Si algún adjetivo era inseparable de la vida para el ser humano (aún para aquel que prohijó guerras, cruzadas, odios, distancias), fue por los siglos de los siglos el de sagrada. Así lo demuestran los hechos históricos, la misma intrahistoria que da cuenta de los movimientos espirituales y subjetivos de los hombres y los que más altamente revelan los cambios humanos a través del tiempo: los mitos.

La mitología de punta a punta del planeta, como ninguna otra expresión, representa con metáforas la sensación, la percepción, el sentimiento y el razonamiento de que la vida es el único hecho capaz de marcar límites: todo puede “manosearse”, envilecerse, invalidarse, desvalorizarse y cuanto infinitivo se utilice para despreciar algo, pero su límite es ella. No desdicen estas afirmaciones los sucesos trágicos que las leyendas o los libros considerados sagrados puedan relatar en sus formas más exageradas y mórbidas. Esos pasajes que unen lo trágico y lo bello y logran lo sublime están reafirmando la sacralidad de la vida. Sólo basta revisar las muertes de ficción, míticas o legendarias para ver que, aún en la muerte, la vida de los hombres es magnífica: “no caen como moscas”, yacen después de una heroica y febril agonía que enaltece su paso por la tierra y, aunque fuere el peor soldado, sea percibido como un héroe.

De lo sagrado al sacrilegio

Estas misceláneas, aparentemente inútiles, tienen una inobjetable razón de ser. El viejo y Nuevo Testamento, El Corán, El Talmud, los Vedas, el Libro de los Muertos, tantos otros escritos venerados, así como los anales registrados de las guerras, nunca muestran ejércitos diezmados sin cargarlos de sentido: la muerte adquiere sentido porque la vida es sagrada. Un mito, diez mitos, cien mitos pueden ser falaces, pero no las escrituras de cualquier origen cultural que le dan sentido a la vida de las personas cuya fe se deposita en ellas.

El sentido no depende en absoluto de ningún criterio de verdad y quizás tampoco del pensamiento lógico. El sentido depende de sí mismo y lo inapresable, lo incognoscible se convierte por ello en sagrado. La vida ha sido sagrada porque se ha entendido como milagrosa aún cuando la mayoría desconozca desde siempre que un nacimiento constituye una posibilidad entre millones, hecho inobjetable. Algo de este presente, que ya lleva casi medio siglo, parece insinuar algún desprecio por la vida.

La enumeración que así lo comprueba sería inacabable. Más que enumeración, preguntas retóricas: ¿considera sagrada la vida un narcotraficante, un violador, un sicario, un femicida, un fumigador, un malversador de los dineros públicos, un manipulador genético al servicio de fines oscuros, un desconocedor de la importancia superlativa de la educación para completar al mamífero en género humano? Las preguntas contienen las respuestas y la serie resultaría inagotable ya que sólo se nombran aquí fenómenos de grandes dimensiones y se obvian los pequeños y domésticos de la vida diaria que, como las gotas de agua, forman un océano.

Durante el siglo XX, con la intención expresa de desmitificar ciertos actos humanos considerados inútiles o hipócritas, se fue descartando tanto significante que se perdió el significado o lo que es igual, el sentido de lo esencial. Con escaso o nulo sentido, resultó inevitable desacralizar la vida. Desprovista de esa dimensión suprema del valor, cualquier acto predador se hace dueño de un nuevo sentido: la relatividad de todo cuanto convierte al homo erectus en humano. Para mantener el criterio etimológico que vuelve a su origen cada palabra, si la vida deja de ser sagrada, todo lo que le siga es sacrílego. Notará el lector que sagrado y sacrílego mantienen idéntica raíz, pero indican, sin embargo, conceptos absolutamente opuestos. ¿Por qué? Porque, justamente, un sacrilegio es aquel acto impúdico que desnuda la vida condenándola a una ocasional presencia.

El hombre es indiferente a acciones contra la naturaleza, los demás hombres y la trascendencia (desprovista ésta de confesión religiosa alguna). Da igual matar que morir y lo que menos debe hacerse es suponer que la humanidad tiene conciencia del sacrilegio, desde luego en su mayoría. La circulación de esta palabra está limitada a cultos y credos cuando certeramente su sentido para cualquier cultura y religión es quebrar, destruir lo sagrado. Lo banal, es lo corriente. Una x señora, presuntamente culta y buena ciudadana, hace talar los tres árboles de su vereda sólo porque le disgusta la especie común de los fresnos, sin sanción. Sacrilegio. Un grupo de adolescentes de “buenas familias” deciden un festejo en las arenas a orillas del río o del mar. Todos los deshechos de esa noche “inocentemente” fueron tirados para que se los lleven las aguas. Sacrilegio.

Con el uso indiscriminado de aerosoles, desinfectantes, antibacterianos y desengrasantes, las amas de casa ingenuas, con un cómodo sentido de la higiene, colaboran a la depredación en un ínfimo porcentaje, si se los mira desde el punto de vista individual. Sumando, sacando comas y ceros, aunque parezca ridículo, también es sacrilegio. La progresión de menor a mayor puede resultar inabarcable, pero lo cierto es que cada habitante del planeta, desde la dama que no simpatiza con los fresnos, hasta la tala por negocios inmobiliarios, desde los chicos que tiran latitas y plásticos al agua hasta las mega industrias que vuelcan toneladas de contaminantes en ellas, desde la dulce ama de casa que se enamora de señores musculosos limpiadores de inodoros aparecidos en su TV hasta la fumigación criminal del glifosato, desde la genialidad de la teoría de la relatividad hasta el holocausto de Hiroshima, hay grados, pero el mismo sacrilegio.

Versiones y sospechas mórbidas

En este presente angustiante, donde la humanidad ya está viviendo un presunto futuro devastador, el “acuerdo científico” entre Oriente y Occidente que, a simple vista, según la lógica geopolítica se ve imposible, ocurrió y ocurre sin la suficiente divulgación. El “magno” objetivo escasamente publicado fue vencer al virus inapresable y evitar la enfermedad que provoca. Esta afirmación ganaría claridad si se recuerda que, con antelación a la presente pandemia, cincuenta científicos franceses fueron enviados a China y se destinaron presupuestos norteamericanos, canadienses, británicos, japonés, alemanes para la investigación del laboratorio de Wuhan.

A partir de estos datos y de antecedentes irrefutables, como el caso de las exploraciones en Wisconsin que resucitaron el virus de la gripe española por orden del Pentágono y lo enviaron a Canadá, ligada con laboratorios norteamericanos en pasadas epidemias de Influenza, cualquier maniobra semejante es posible. Otra, con anterioridad, fue durante la guerra del Golfo cuando los ejércitos norteamericanos recibieron la orden de explotar las instalaciones de Sadam Husein con armas biológicas enviadas por ellos, contaminando a su propio ejército. La utilización de cien mil millones de dólares en armas biológicas o antes cuarenta mil en el proyecto Manhattan, que culminó en la bomba atómica, son innegables. Al igual, que la formación en Estados Unidos de trece mil científicos dedicados a las “ciencias de la vida”.

Los estudios del biólogo Jonathan King sobre nanotecnología (el máximo de malignidad encerrado en el mínimo recipiente), los ejercicios de la Universidad de Hopkins en el NBS 3 y 4 para crear la peste y después la vacuna, son así mismo irrefutables. Cuanto más se rastrea en estas maniobras, más verosímiles se hacen las versiones de que Wuhan estaba manipulando virus para la guerra o para el negocio, que hubo un robo del propio ejército norteamericano o que, al mismo tiempo, se creó otro en el laboratorio de Canadá para expandirlo, siempre con el silencio de la OMS.

No alcanzarían los inocentes sorbos de una sopa de murciélago los que trasmitieron el virus a un chinito hambriento. Versiones y versiones incontables, pero nada hay como los refranes populares “cuando el río suena…”. Al parecer, entonces, las versiones del laboratorio, no imposibles, implicaron daños colaterales ya que, según se infiere, el destino era China, desde Occidente, o a la inversa, Estados Unidos, desde Oriente, o ambos al exterminio de la Europa envejecida (algo así como “la guerra del cerdo” elevado a la enésima potencia), pero la invisible partícula está minando todo el planeta. Versiones de ida y de vuelta, como niños tirándose cascotes, circulan en cuanto a que la intención de un exterminio hacia Occidente partió de China y, en todo caso, también sufrió daños colaterales. Para un humilde articulista, estas versiones son incomprobables, aunque la coherencia de su trama no se pueda objetar, teniendo en cuenta antecedentes que sí fueron comprobados.

En cuanto a Europa, este continente merecería varios renglones aparte. Para ambos centros de poder de Oriente y Occidente, Europa es una “molestia”. Ajeno a ser un continente de alta longevidad y mínima natalidad, la vieja Europa parece mostrar las secuelas más perjudiciales de la senilidad: ya no se la recuerda como aquel “think tank” (tanque de pensamiento) que fuera por casi un milenio. Sus movimientos caóticos, sus rebeldías intempestivas, sus “arranques” de soberanías pasadas, sus caprichosos desmembramientos, la convierten en un estorbo para un reacomodamiento geopolítico, pero el desarrollo de estas consideraciones merecerían otro artículo.

Los altares del sacrificio

¿Puede dudarse que los hechos mencionados constituyan rotundamente sacrilegios? Ruptura de lo sagrado que conduce inevitablemente al sacrificio, otro vocablo con la idéntica raíz de los anteriores. Sagrado, sacrilegio, sacrificio. No es una mera familia de palabras, es un encadenamiento irremediable. Esta fase sacrificial de la historia humana, ha ido mutando al igual que los virus: roto lo sagrado y cometido el sacrilegio, para repararlos, desde el primate hasta el millenials, recurren casi inconcientemente a acciones de la misma gravedad. De la historia conocida, no hubo civilización sin ofrecer a los dioses sacrificios cruentos de sus integrantes más bellos, más inocentes y más admirados. Hoy, esta civilización que agoniza parece llevar al altar del sacrificio (camas y tecnologías de indignas y humillantes terapias intensivas) a los más exculpados y sabios, no precisamente como los mejores, sino como los descartados (entrando al tercer milenio, hasta los “castigos” van en declive).

Respecto de la pandemia actual y con posterioridad a ella, el filósofo esloveno Slavoj Zizek vaticina una nueva barbarie de cara humana que utilizaría una serie de medidas despiadadas para sobrevivir con arrepentimiento propio y simpatía de los suyos, pero legitimadas por expertos. Una versión muy contemporánea del sacrilegio y su consecuente sacrificio. Para algunos sociólogos, un sacrificio que consistiría en la instauración planetaria del autoritarismo y la hegemonía orwelliana. ¿Megalómano o real? Sin embargo, nada nuevo. Aquí, quien escribe necesita la libertad interpretativa del lector.

Aún cuando a las nombradas más arriba se las tome como versiones conspirativas, de ocurrir, ya no asombran a nadie (el lector puede recordar otras contradictorias tramas estratégicas a lo largo de todo el siglo XX). Hoy ante una confusa, oscura, indescifrable ordenación geopolítica del planeta que da más lugar a la adivinación que al análisis, todo acuerdo extravagante para la inteligencia, es posible. Se trata del poder a cualquier precio y no del bien que no tiene precio. Es el caso, como se dijo, de la sospechada, sospechosa, más que posible, probable manipulación y diseminación del Covid- 19.

Se vive en estado de sospecha y la sospecha crónica también enferma severamente. Además, se verá que la misma palabra que sostiene la vida entendida en su máximo valor, comparte su raíz con aquella que la ignora o la destruye. Nada de lo que respecta al lenguaje es casual o inapropiado: en la misma naturaleza de lo sagrado, como significante y significado, está contenido su opuesto, lo sacrílego. Entonces ¿es imposible concebir acciones del hombre que no sean esencialmente binarias?

La inteligencia humana debería negar estos contrastes más relacionados con lo digital que con el analógico cerebro humano. Es necio resignarse a los dictados de una tecnología donde nada cabe entre el 0 y el 1 y formatea la inteligencia humana a imagen y semejanza de la artificial cuando debiera ser lo contrario. Un mundo sin colores ni matices ni términos medios. Éste último, tan atribuido a los tibios y a los cobardes, en tanto, es el punto justo de la armonía, bien igualmente sagrado que no demuestra buscar la humanidad.

Desnudar la vida de lo sagrado conduce sin remedio al repugnante sacrilegio y al asesino sacrificio. Volver a su inseparable valoración liberaría a la humanidad de esos atentados contra sí misma. Largo y profundo proceso de conciencia que no se logra sólo con una cuarentena, para desdecir el optimismo fácil y ligero de alguna dirigencia ignorante u oportunista. Es indiscutible que el mundo va a cambiar, no en los términos cuánticos que llevan del “pecado” a la virtud. Para que ocurra, se necesitan líderes en todos los rubros, que eduquen constantemente y no con una “filmina” cada quince días.

 (*) Desde Santa Fe, especial para ANALISIS.

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