Lo vamos a extrañar

Raúl Alfonsín

Nuevo aniversario del fallecimiento del expresidente. (Foto: Cedoc)

Por Rogelio Alaniz (*)

Lo vamos a extrañar. Claro que lo vamos a extrañar. Vamos a extrañar su voz, sus gestos, su estampa de político guapo, su coraje moral. Vamos a extrañar sus palabras, su andar cansino, esos trajes oscuros o grises, la inevitable chalina radical cubriendo sus hombros. Vamos a extrañar su formidable energía, su austeridad, su convicción republicana.

Vamos a extrañar aquellos asados radicales, cuando hablaba a los postres y un puntual silencio acompañaba sus palabras. Cuando los muchachos se enardecían entonando consignas que evocaban su nombre y las mujeres y los hombres mayores lagrimeaban cuando les hablaba de las viejas épicas radicales con la voz de quien sabe muy bien de lo que está hablando. Vamos a extrañar esos actos públicos, en el pueblo o en la ciudad, en el campo o en algún barrio, parado en una tarima o hablando desde un palco, esa manera de mover las manos al momento de decir una frase precisa, ese tono de voz, a veces enronquecida, a veces épica, siempre conmovedora.

Vamos a extrañar al político de raza. Al hombre que trajinaba caminos polvorientos con su prédica laica, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad. Durmiendo en un hotel barato, en la casa de un correligionario, arriba del auto. Vamos a extrañar al político culto, al lector infatigable, al caudillo civil, al radical a tiempo completo que amaba a su partido y le hizo recuperar sus mejores momentos históricos, aunque tal vez fue el responsable de sus horas más dolorosas. El amor tiene esos contrastes y esos desgarramientos. Pero también esas lealtades.

Aprendimos a quererlo y por eso lo lloramos. Aprendimos a quererlo por sus virtudes, por sus convicciones. Incluso, a pesar de sus errores. Alfonsín tenía esas cosas. Se podía discrepar con él, pero era muy difícil enojarse. Si se permite la palabra, uno siempre lo perdonaba. Él era así. Convincente hasta en sus equivocaciones. Más allá de los errores había en él una convicción moral, una pasión puesta en cada uno de sus actos que transformaba a sus errores en una debilidad -en el peor de los casos-, en una consecuencia no querida por alguien que siempre actuaba con la transparencia moral de los hombres de bien.

Una generación de argentinos lo llora. Allí están sus correligionarios, los hombres y las mujeres que lucharon a su lado. También sus empecinados rivales internos que nunca dejaron de respetarlo. Caudillos, punteros, dirigentes letrados no pueden disimular las lágrimas que asoman en sus ojos. Todos ellos saben que con Alfonsín se va un hombre, pero también una época, un tiempo histórico, los sueños y esperanzas de una generación a la que le tocó vivir tiempos difíciles, horas de prueba, y que encontró en Alfonsín la voz y el temple que supo expresar con palabras y gestos que ya son historia.

Una extraña y sorprendente unanimidad provoca su muerte. Amigos y adversarios se unen en la despedida del hombre que con sus actos ennobleció a la política, la transformó en un oficio decente, en una noble pasión conjugada con el verbo de los ideales, las convicciones y la responsabilidad.

Una extraña y sorprendente unanimidad democrática convoca hoy a los argentinos. Ninguna despedida es inocente. Mucho menos una despedida política. El muerto se va pero sus valores quedan. Quedan sus ideas, los símbolos que le dieron sentido a su vida. Queda la memoria, pero también la afirmación de esa memoria.

Quienes marcharán por las calles de Buenos Aires para acompañar a don Raúl a su última morada saben que están realizando una doble ceremonia: la del adiós y la del testimonio, la de la nostalgia y la afirmación, la nostalgia por una Argentina democrática cada vez más devaluada y la afirmación por una Argentina que sepa estar al altura de los ideales prometidos en 1983. Lloramos al demócrata que se fue porque en el fondo lloramos a la democracia que falta.

La muerte siempre sorprende. Es trágica porque es previsible. La muerte de un gran hombre -y Alfonsín lo era- es posible reconocerla porque transforma lo previsible en asombro. Él fue la previsibilidad y el asombro; el testimonio y el honor. Tenía encanto, seducción y temple. Seducía sin ser demagogo; despertaba respeto sin ser autoritario; las mujeres lo amaban; los hombres lo admiraban.

Fue un político a tiempo completo. Y un radical apasionado y sincero. Hablaba con el lenguaje de las convicciones y sabía llegar al corazón y a la inteligencia de los hombres. Fue el único dirigente en los últimos treinta años con capacidad para movilizar los sentimientos más sanos y más nobles de los argentinos. Escucharlo hablar en la campaña electoral de 1983 fue un raro privilegio y una distinguida felicidad. Un amigo empresario que nunca lo votó y siempre fue muy estricto para criticarlo, me reconoció en estos días que cuando viajaba por el mundo se jactaba de decir que Alfonsín era el presidente de los argentinos.

Mi amigo no se equivocaba. Alfonsín fue el gran presidente de la democracia argentina. Un hombre que en su momento nos hizo sentir orgullosos de nuestra condición de argentinos. Un hombre que se equivocó más de una vez, pero que en lo fundamental, en lo que importa, siempre estuvo en lo cierto. Un hombre que se supo ganar el respeto de amigos y adversarios. Y que, por sobre todas las cosas, dispuso de talento, de un inusual talento político, para ganarse el corazón de los argentinos.

 

(*) Homenaje a Raúl Alfonsín en un aniversario de su muerte. Nota escrita pocas horas después de su muerte.

 

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