Una UCR o una ONG

Por Antonio Tardelli (*)

En su momento, envalentados con sus reiteradas victorias, los justicialistas se burlaban de los radicales, condenados en el mejor de los casos a un modesto segundo lugar.

–La UCR es una ONG –planteaban con sarcasmo.

Una ONG es una organización no gubernamental. O sea, una entidad que crece y se desarrolla en la sociedad. La sociedad civil es su universo. Por lo general elevan demandas al aparato del Estado pero no se plantean alcanzar el Estado.

Son, en un punto, exactamente lo contrario de un partido político.

Por definición un partido político intenta canalizar las aspiraciones de la ciudadanía y conquistar el poder. Pugna por llegar al Estado. En las sociedades abiertas, democráticas, disputa el voto con sus rivales.

Su propósito es justamente convertir su caudal de ideas en políticas aplicables desde el sector público.

Tal como se mofaban los peronistas, la UCR pareció en algún momento convertirse en una ONG, o sea en alguien desinteresado por el poder estatal.

Es otra manera de decir que un partido político –en este caso la UCR– ha perdido su vocación de poder.

Para el radicalismo no es un problema inédito. Le sucedió en otros momentos de su historia, por ejemplo cuando a mediados del siglo pasado la irrupción del peronismo pareció condenarla al rol de oposición. A ser apenas un partido de control.

Hoy la UCR vuelve a ese lugar pero con un agravante.

No es únicamente su condición de segunda, o de fuerza perdedora. Ocurre además que deambula por el escenario a la cola de otro partido opositor, el Pro, que además –al margen de las siempre cambiantes situaciones de tiempo y espacio– podría perfectamente ser asimilado a los adversarios que el radicalismo supo enfrentar en sus orígenes de finales del Siglo XIX.

Por entonces la UCR se presentaba como “la causa” que luchaba contra “el régimen”. Como el partido que pretendía democratizar el poder. Como la fuerza que, incorporando sectores sociales marginados, canalizaba las demandas de los grupos subordinados.

Combatió un proyecto político elitista incluso con levantamientos armados. Con intentos revolucionarios. Luchaba contra el unicato y contra el orden conservador.

Posteriormente los conservadores desaparecieron como partido orgánico: algunos se mudaron al peronismo. Otros se reconvirtieron en fuerzas políticas como las que sucesivamente inspiró por ejemplo Álvaro Alsogaray.

Bamboleante, ambiguo, sin liderazgos, en 2015 la UCR decidió unir sus fuerzas con ese partido de base conservadora que incluso le había arrebatado su electorado en un distrito tradicionalmente radical como la Capital Federal. Se unió al Pro. Se asoció al macrismo.

En términos pragmáticos, estrictamente numéricos, fue un buen negocio. Fue una redituable operación. Se volvió competitivo en algunas provincias. Recuperó municipios. Puso intendentes a lo largo y a lo ancho de lo geografía nacional.

Fue también –qué duda cabe– una claudicación ideológica: nacido para combatir al “régimen”, era difícil hallar coherencia entre ese nacimiento y su matrimonio con una fuerza inspirada en la doctrina de los ceos. Se asoció con una espacio que deposita buena parte de sus esperanzas en el funcionamiento intocable de los mercados.

Pero a la vez la política real la relegó a un plano evidentemente secundario. El frente electoral Cambiemos jamás terminó de ser una alianza entendida como espacio que gobierna distribuyendo espacios de modo acorde con la representatividad de cada quién y discutiendo en espacios comunes las orientaciones de la gestión.

No fue eso Cambiemos. No fue eso el gobierno del presidente Mauricio Macri.

La UCR fue objetivamente relegada por el efecto combinado del ninguneo ajeno y la tolerancia propia. Resignadamente, cegada por el antikirchnerismo y por su abstinencia de poder, aceptó cándidamente su papel de furgón de cola. Desde ya que no disputó la hegemonía. Pero tampoco discutió las políticas de las que inevitablemente, a la hora de la cuenta, debería hacerse responsable ante el pueblo.

Fue en un su momento –al margen de la mera conveniencia– una postura resignada y claudicante. A contramano de su mandato histórico, desoyendo a sus padres fundadores, resignó principios para participar de un gobierno.

A la tibieza y al oportunismo, problemas de ayer, se suma la impericia o la indolencia de hoy.

El Pro ya no es gobierno. El hombre que en 2015 por una milagrosa alineación de los planetas se convirtió en alternativa de poder, Mauricio Macri, viene de fracasar en la gestión y difícilmente vuelva a ser para los radicales, como lo fue en su momento, un espaldarazo nacional que potencie las huérfanas referencias políticas que la UCR (que no supera su falta de liderazgos) multiplica a lo largo del territorio.

Sin embargo, radicales en Entre Ríos están decididos a alinearse detrás de la candidatura a diputado nacional del ex ministro del Interior, Rogelio Frigerio. Al margen de lo que se piense del ex funcionario macrista, la pasividad radical deja en evidencia que la UCR sigue sin superar ese problemita político que es carecer de vocación de poder. Y antes que eso, de espíritu de lucha.

No se entiende la falta de coraje de los radicales. Resultar perdidosos es lo peor que les podría ocurrir. ¿Es que la UCR viene acumulando demasiados triunfos consecutivos?

Se trata de una inconcebible falta de compromiso. La comodidad puede encerrar, además, un notorio error de cálculo.

¿Es seguro que las apariciones en los medios nacionales son más importantes en una elección que la recorrida por los barrios?

¿Con seguridad es más efectiva una entrevista en un canal nacional que una recorrida por las barriadas pobres?

¿Se conoce más la realidad a la salida de un estudio de televisión o al cabo de una recorrida por las barriadas pobres?

¿Los partidos ya no sirven, siquiera, para aparatear una elección?

¿Las redes sociales importan más que los comités y las unidades básicas?

La UCR de Entre Ríos (o un importante sector de su dirigencia) luce convencida de que no tiene dirigentes para enfrentar a alguien como Frigerio. Puede que  Frigerio sea uno de los dirigentes más lúcidos que pueda mostrar el macrismo pero eso no significa que sea un candidato tan extraordinario como parecen sugerirlo los temores radicales a enfrentarlo en una interna abierta.

Es una perspectiva. Es un punto de vista. Es una estrategia.

No parece la actitud de una fuerza política con la historia de la UCR y con su tradición entrerriana.

En todo caso en la Dirección de Personas Jurídicas se puede hacer el trámite: siempre se está a tiempo de reconvertir un partido político. En el casillero correspondiente, donde se pregunta por la finalidad de la asociación, deben consignarse sólo tres letras: ONG.

 

(*) Periodista. Especial para ANÁLISIS.

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