¿Qué Milei?

Javier Milei, presidente electo de Argentina, el miércoles pasado en el Congreso.

Javier Milei, presidente electo de Argentina, el miércoles pasado en el Congreso.

Por Martín Caparrós (*)

 

Hay muchos, abundan, nos desbordan. Uno solo ya era cruel, pero varios Mileis parece la burla de algún dios o de algún perro. Primero estuvo, por supuesto, el desaforado de los gritos e insultos, fiera salvaje de la motosierra, el que empezó a despuntar como un candidato posible en un país imposible, el que anunciaba que iba a acabar con “la maldita casta”. Ese duró: parecía que era él. Y cumplió una meta primordial: recuperó para la Argentina los murmullos y las risas del mundo. Demostró que no solo éramos buenos peloteando; que también podíamos producir fenómenos de circo –aunque muy poco pan.

Pero después de la primera vuelta electoral y su alianza con la casta tan odiada –Macri, Bullrich y compañía limitada–, su estilo se aligeró: empezó a decir que nunca había dicho lo que había dicho sobre la privatización de la educación y la salud, sobre la dolarización inmediata y la voladura del Banco Central, sobre la venta de órganos y otros triunfos del mercado, y a hablar como un maestro amable al que no terminan de entenderle la lección: se había vuelto un dulce pajarito pipipí. Daban ganas de soltar al gato.

Y en los primeros días post-triunfo apareció otro más: uno que quiso ser presidencial, que intentó hacerse amigo de sus enemigos –Bergoglio, Biden, los españoles salvo Vox y Ayuso, la mayoría del mundo, Xi–, que visitó a su antecesor, que habló cuidado, que se deshizo de sus viejos compañeros y llenó su Gabinete de macristas, que cambió varias veces sus funcionarios económicos –antes de empezar– porque más de uno se negó a seguir sus bandazos y entonces los acusó de “tener miedo”. Para mostrar que él no tenía, comentó que su recorte del presupuesto del Estado sería del 15 por ciento y que, entre otras medidas para conseguirlo, paralizaría la obra pública: medio millón de trabajadores en la calle –y miles de empresarios furiosos y/o arruinados– es una promesa muy prometedora.

(Debe ser muy extraño, en estos días, ser algún Milei. El de hace unos años se había quedado sin empleo y andaba buscando bolos en la tele para pagar la comida de sus perros y sus pizzas, y ahora un “empresario amigo” –sí, uno de la famosa casta– pagó 250.000 dólares para que fuera en avión privado a Nueva York a charlar con Bill Clinton y otros ñatos semejantes. Y todos los que se reían de él empezaron a verlo tan bonito y tan inteligente y tan rubio y tan alto y se lo dicen y quieren ser amigos suyos y, además, en unos días va a tener que tomar decisiones que influirán en las vidas de millones: suficiente para empezar a creerse cosas sobre el mundo, sobre sí; suficiente para volver loco a alguien que no lo fuera. ¿Qué pensará, cada noche, antes de dormirse, mientras trata de acomodarse el pelo? ¿Supondrá que alguien se equivocó a lo bestia? ¿O que el orden divino por fin se ha realizado? ¿O que qué maestro que es, cómo nos ganó a todos? ¿Se dirá pibe, vos sí que sos un grande?)

No debe ser fácil ser algún Milei, así que nos mantiene en vilo, el muy vil. Parecía que las elecciones argentinas se habían terminado por un tiempo, pero la gran incógnita de estos días es una elección que hará un hombre solo o ayudado por su hermana y sus perros y demás consejeros: cuál de todos esos Mileis gobernará el país. Qué intentará, en quiénes se apoyará, qué relato lanzará para tapar su shock y sus penurias. Lo imagino preguntándose cuántos lo van a acompañar en sus quimeras. Preguntándose cuántos de los votos que recibió los recibieron sus propuestas confusas y cuántos el odio a los de antes y, por lo tanto, qué pasará cuando intente aplicar esas medidas que nadie conoce realmente: cuántos celebrarán y cuántos dirán ah, esto era, qué desastre.

Es cierto que hay, en los Mileis, una constante: todos ellos siempre hablaron de y a “los argentinos de bien”. Nunca aclararon quiénes eran; parecía, en principio, que serían los que no pertenecían a “la casta”: “los políticos chorros”, “los periodistas ensobrados”, esas lacras. Pero la apelación, por supuesto, era más amplia y más astuta: poca gente se considera una “persona de mal”. Eso requiere cierta inteligencia, alguna honestidad, ideas del mundo que los más no tienen. Así que es posible que ahora mantenga esa noción ambigua: su gobierno será la revancha de los argentinos de bien contra los argentinos de mal. Para eso tendrá que precisarla: mostrar quiénes son los de mal que quedarán en el camino. Allí estará el problema: seguramente muchos de ellos se sentían de bien, seguramente muchos de ellos lo votaron –para cumplir con el eslogan más real de esta campaña: “Votemos contra nosotros”.

La incógnita empezará a despejarse este domingo 10, en el discurso de asunción de algún Milei. Ese rato más o menos tedioso en la Asamblea Legislativa suele ser una formalidad: cada nuevo presidente repite lo que ha venido diciendo demasiadas veces. Esta vez, en cambio, deberá terminar de anunciar sus primeras medidas –que ya han sido bastante rumoreadas, pero con tanto cambio los rumores están más devaluados que el dólar clandestino. Así que esas palabras pueden ser un dechado de revelaciones, la tapa de la caja de Pandora, la primera definición más o menos extensa de qué Milei va a tratar de gobernar esta Argentina.

Será, en cualquier caso, una tarde de perros. El expresidente Fernández hizo famoso al suyo –vivo– que se llama Dylan, del apellido falso de un cantante Nobel; el presidente Milei hizo famoso al suyo –muerto– que se llamaba Conan, del nombre fantasioso de un guerrero bárbaro. Por sus perros los conoceréis, decía un Evangelio muy apócrifo. Lo cierto es que Dylan no supo cantarle a la Argentina; Conan, en cambio, tiene todas las fichas para derrotarla.

 

(*) Esta columna de Opinión de Martín Caparrós fue publicada originalmente en el diario El País de España.

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