Daniel Tirso Fiorotto
“Crimen por encargo” desnuda un mundo oscuro con resultado sangriento, y señala un faro alumbrando desde el rincón menos esperado.
Patoteros, apretadores, políticos de primera y segunda línea; algunos verdaderos pesados de la dictadura, prestamistas, altos sindicalistas, todos peligrosos, machos de armas tomar, criminales (al punto del homicidio), graduados en el arte de atropellar; a todos ellos los enfrentó casi en soledad la más humilde mujer de Paraná, de un coraje proverbial y, como si fuera poco, llamada Eva Duarte.
Hace bien el periodista Daniel Enz en redondear la historia: el crimen del escribano Rubén Calero y los sucesivos juicios contra los imputados no debían quedar fragmentados por ahí, en los diarios, en la memoria; y hace bien en presentar el contexto, o mejor, la cadena de arbitrariedades que prologó la tragedia, y los casos parecidos, en tierra fértil para la violencia.
Ni los aprietes, ni las amenazas, ni los enredos de los abogados pudieron con la firmeza de Eva Duarte. Esta mujer sin par fue, para el crimen y la corrupción de Paraná, lo que fueron las putas de San Julián cien años antes, aquellas que se resistieron ante los soldados del Ejército argentino y les reprocharon el asesinato de los obreros, entre ellos el entrerriano Facón Grande, en la Patagonia.
Es cierto que todos los condenados defendieron, hasta el último día, su inocencia y esa persistencia, más algunas contradicciones de la testigo, sostienen un manto de dudas.
María Magdalena
“Crimen por encargo”, la obra reciente de Daniel Enz, nos mete en los rincones más oscuros de la mafia política de Entre Ríos, no la de los grandes empresarios sino la de cabotaje; todo es turbio allí, todo es tenebroso, y no digamos un submundo porque es fácil hallar vasos comunicantes con lo más granado de la política, el empresariado, las entidades intermedias, los profesionales. Sin embargo, de tanto en tanto, en esta historia y en las páginas del libro, brota como una luz esa figura sobresaliente, de Eva, a quien la sociedad cancelaría, qué duda cabe, por su oficio antiguo, como dicen algunos libros sagrados que se le reprobó a María Magdalena.
“Crimen por encargo” es una investigación periodística basada en dos juicios, sus protagonistas, y los círculos concéntricos en los que podemos hurgar, en busca de los autores intelectuales del crimen del escribano Rubén Calero en junio de 1991.
Si fuera una novela no le faltaría un solo ingrediente. Políticos con pretensiones progresistas que dejan el campo orégano a las mafias; pandilleros de película sostenidos por un abogado fascista; poliladrones, funcionarios arropando a un prestamista con todos los vicios para cobrar sus pretendidas acreencias a punta de pistola; y desde los “bajos fondos”, desde el lugar más sombrío, la claridad: una mujer corajuda capaz de hacerle frente a una partida completa de canallas. ¿Demasiado perfecto para ser verdad?
Hasta que no se demuestre lo contrario, Eva es el prototipo, el martillo demoledor de prejuicios y moralinas. ¿Pudo equivocarse? Por supuesto, es una persona. Pero con los conocimientos que tenía a mano jugó todas sus fichas, no se guardó nada, quedó desnuda ante la sociedad sólo por ser testigo y por aceptar ese rol y poner el cuerpo, incluso cara a cara con la banda.
Diálogos desopilantes
Daniel Enz conoce los intríngulis del poder corrupto de Entre Ríos. Ha puesto en evidencia atropellos de militares, policías, curas, monjas, abogados, gobernadores, profesionales diversos, funcionarios de todos los calibres, jueces, sindicalistas, empresarios, legisladores, narcos. Han arriesgado el pellejo él y su equipo de colaboradores.
Aquí mecha entre los testimonios el de Eva Duarte y deja una función a cargo del lector, la lectora: es uno el que va descubriendo los quilates de esta protagonista central, una mujer que nos interpela como sociedad.
La obra ofrece detalles por ahí inesperados, por ahí con demasiadas digresiones, y nos recuerda a personajes inolvidables en la fauna política, el crimen, los tribunales, con sus relaciones non sanctas. Casi todos dignos de una buena película, hay que decirlo.
Algunos párrafos ayudan al autor a pintar actores. A veces una Biblia, un rasgo de su rostro, un gesto; a veces sus actos o sus palabras, incluso en derivaciones quizá anecdóticas que dan cuenta del panorama, como el careo del sinuoso prestamista con su animoso empleado, en que el empresario elige una estrategia estúpida. Con capítulos así, la obra alcanza ribetes de sainete. Veamos este diálogo entre el empleado que acusa y el patrón que responde, digno de la mejor dramaturgia.
“—Céparo: Romero te llevaba a vos dos bolsas. Eran bonos solidarios que vos cambiabas en un supermercado y también te llevaba cajas PAN.
—Tórtul: ¿Cómo venía vestido el señor Romero?
—Céparo: Creo que de traje. Venían en el Ford de salud Pública.
Tórtul no le respondió. Sólo miró desafiante a su exempleado.
—Céparo: Vos hablaste por teléfono en tu oficina y dijiste que había que matar a un escribano que era ‘medio medio’.
—Tórtul: ¿Y dónde estaba la oficina?
—Céparo: Estaba pasando para el fondo.
—Tórtul: ¿Y de qué era la oficina?
—Céparo: era de madera con vidrio”.
Sobran ejemplos así, de careos disparatados, con personajes indefendibles.
Este libro guarda momentos intensos, y otros necesarios para presentarnos la complejidad, tanto en la desaparición y el crimen como después, durante los dos juicios, considerando que el principal imputado, Carlos Balla, se escapó y fue hallado en Buenos Aires años después.
Ojos de muerte
Es cierto que los condenados manifestaron una y otra vez su inocencia y trataron de sembrar sospechas sobre el muerto. Y es cierto que la justicia dejó cabos sueltos. Este libro los enumera. Lo raro del caso, entre tantas cosas raras, es que empezamos leyendo sobre un dirigente experto en manipular licitaciones para repartir planes de viviendas y quedarse con unas migajas, y terminamos conociendo abultadas sumas de dinero que genera la industria de las licitaciones truchas, es decir: el robo de las casas del pueblo. ¿Por qué es raro? Porque ni el crimen ni los juicios detuvieron esa rutina propia de la “patria contratista”.
Algunas expresiones de Eva Duarte nos recuerdan a Felipa, la protagonista de “Pájaro de barro”, del entrerriano Samuel Eichelbaum, cuando dice de su hijo “No tiene más que madre… Es de la casta de las Guzmanas. ¡Casta de pionas, bebidas sin sed, gozadas sin amor, que alumbran güérfanos!”.
Es uno de los párrafos más crudos de la dramaturgia argentina. Y nos lleva a comparar con estas palabras de Eva Duarte, cara a cara con el asesino: “yo seré una mujer de vida liviana, pero prefiero ser prostituta y no quitarle el pan a nadie. Sus ojos no han cambiado, sus ojos son de muerte”.
La obra cuenta un crimen y trae a colación otros de la misma época; transita los caminos de gente ligada a la llamada inteligencia del Ejército y la Policía, con actividades no registradas, con inexplicables favores del poder, y sabemos que son apenas un puñado de ejemplos para mostrar una tremenda red de connivencias.
En los crímenes se sucede la presencia de organismos del Estado: aquí el Instituto de la Vivienda, allá Vialidad, más allá un Sindicato ligado al poder de turno, por ahí la Secretaría de Salud; en fin, el estado y sus satélites copados por los bandidos que, en un raro descuido, dejaron viva a la testigo que les haría la vida imposible. No sabemos si por compasión, y puede ser; o porque también ellos (como la mayoría de nosotros) la subestimaron.
(*) Daniel Tirso Fiorotto es periodista. Este artículo fue publicado originalmente en el diario Uno de Paraná.


