El abusador que engañó a todos

Edición: 
998
Hay más de 40 víctimas en Urdinarrain, pero el número podría triplicarse

Daniel Enz

La escena estaba siempre preparada. Era un detalle que no podía quedar al azar. La cama tendida; la habitación reluciente. La computadora por lo general “en suspenso” para no perder esos segundos iniciales del encuentro; la música acorde al alcance de un click. Esa madre loba que apenas si saludaba, como dándole la bienvenida a esa nueva víctima y a los pocos segundos sabía que tenía que desaparecer del cuadro. En medio de ese silencio, el clásico ruido del cerrojo de la puerta, al partir, era lo más parecido al de una celda. Esa mujer cómplice sabía que no tenía que aparecer hasta pasado un tiempo prudencial; casi coordinado y cronometrado. Y tenía que retornar con su mejor sonrisa y siempre acompañada de torta y jugo de naranjas, para saciar a ese niño abusado y lograr que rápidamente le desaparecieran las lágrimas que iban inundando su rostro. “No llores más ni digas nada, porque tus padres no te van a creer. Salgo de acá, compro un vino para la cena y cuando vos llegues a tu casa ya estaré sentado con ellos, disfrutando de la comida”, les repetía a cada uno de sus bocados.

Esa cabeza perversa del victimario funcionaba prácticamente las 24 horas. Era el hombre resolutivo del gabinete municipal, el que todo lo solucionaba, el que más ideas aportaba, pero también estaba atento a cada movimiento a su alrededor. Su objetivo era hacerse amigo de parejas con niños pequeños y apostar a ellos. Cuando ese niño tenía 3 o 4 años, ya era como el “tío preferido”.

Necesitaba ese margen de confianza para sacarlo por algunas horas del seno familiar, llenarlo de regalos o golosinas y empezar con su plan maquiavélico, en esa habitación de la casa familiar de calle 25 de Mayo, que también hacía de oficina. De hecho, no tenía un lugar asignado en la comuna. “Yo trabajo en mi casa”, repetía, argumentando cierta fobia social nunca comprobada, con la cual tuvo varios cómplices regionales de la práctica médica, que no dudaban en firmarle ese certificado para dejar constancia.

La habitación del abusador Javier Broggi estaba casi siempre cerrada. Usualmente, las persianas permanecían totalmente bajas, lo que generaba un lugar fresco y oscuro de día. Tenía una cama de una plaza, prolijamente arreglada, con el escritorio al lado. Había cortinas grandes y una iluminación tenue, con un par de dicroicas. Sus víctimas se sorprendían con la amplia colección de revistas, bien acomodadas en cuatro o cinco estantes de madera y un sistema de audio variado, con amplificadores, una bandeja para discos compactos y un ecualizador gráfico. Allí había varios cassettes grabados y vírgenes, como así también los primeros discos compactos que se conocieron en el pueblo, con artistas de renombre internacional. También sobresalía una colección de lápices de colores, en una caja marrón, de una marca importante, que Broggi había traído de Europa, en uno de sus viajes, que estaban al alcance de la mano para enseñar dibujo a los pequeños. En el suelo de la habitación siempre estaban dispersos almohadones grandes, sobre una alfombra, donde también ubicaba a sus víctimas.

En el living de la casa, donde también cometía los abusos, especialmente en tiempos de mucho frío, había un televisor gris de buenas dimensiones, una videograbadora y una salamandra chica, que servía para acondicionar el ambiente.

“El te generaba confianza. Cuando iba a nuestra vivienda, lo primero que hacía al llegar era sentarme en la falda. Yo tenía no más de 5 o 6 años. Y eso lo venía haciendo tiempo antes; era una muestra de afecto de su parte y mis padres nunca dijeron nada, porque no había nada que reprochar. Era el tío bueno y afectivo”, recuerda una de las víctimas, a la que incluso, siendo un poco más grande (entre 10 o 12 años), Broggi pedía a las maestras de la escuela que se lo enviaran durante las clases, porque tenían que ensayar en su casa las representaciones para tal o cual fiesta escolar.

“Cuando me empezó a llevar a su habitación, las cosas comenzaron a cambiar. Me sentaba en su falda, como siempre, delante de la computadora, que era la más moderna del pueblo. Uno se fascinaba mirando los juegos de la PC y él empezaba tocarme. Lo hacía progresivamente. No había palabras. Sus manos subían y bajaban por todo el cuerpo, hasta que llegaban al cierre del pantalón, para llegar a mi pene de niño y empezar a masturbarme. No sabíamos qué estaba sucediendo; ni qué era lo que nos estaba haciendo. Era como un juego, del que por muchos años no me di cuenta de qué se trataba”, acota.

Si era necesario hacerse el novio de alguna chica de allí, para llegar a su hermano menor, no dudaba un instante. Todo estaba destinado al mismo objetivo. Hubo un hecho de esa manera y la relación se terminó de romper, cuando ese chico, hermano de una joven, al que abusaba, lo encontró una tarde a Javier manoseando a otro menor, en un local privado.

Con otros, de edades parecidas, aplicaba prácticas diferentes. O en todo caso, le agregaba situaciones más perversas, porque eran de origen más humildes o morochitos. De hecho, tal aspecto se los remarcaba. A ellos, además de hacerle lo anterior, cerraba la escena sacando su pene, para pasárselo por el rostro al niño, masturbarse y eyacularle en la cara o en el cuerpo. Ese mal momento que les hacía pasar a algunos pibes de barrios muy pobres lo solucionaba comprándole celulares o tarjetas para que pudieran contar con crédito en sus equipos móviles.

Los abusos no solamente eran en su casa de Urdinarrain. También se cometían en la Imprenta MG -donde hacía algunas tareas- y en el Cable Video Urdinarrain, cuando iba a hacer algunos trabajos de producción y edición. En ambos lugares, los hechos sucedían en horarios de la siesta o bien los fines de semana, en momentos en que no había empleados ni jefes. Javier generaba tal confianza que la gente de la imprenta o el canal siempre le daban las llaves, para que fuera a trabajar a la hora que quisiera. La excusa en la imprenta era diseñar una revista, una tarjeta de cumpleaños y en el canal, grabar algún VHS o bien compaginar videos.

Los pequeños más bellos eran elegidos, además, para otras prácticas: sacarle cientos de fotografías desnudos, desde esa costosa cámara de rollo Zenit o la Cannon digital que incorporó luego, que escondía bajo siete llaves, para que nadie pudiera acceder o bien desde una moderna videocámara que exhibía orgulloso, en tiempos en que eran muy pocas las que existían en el pueblo. “El día que yo no esté, nadie podrá ingresar a los archivos de mi computadora ni a mi cámara fotográfica. Se autodestruirán”, repetía. Había sesiones de fotos de chicos desnuditos, pero también con diferentes ropas y peinados. Una maestra de la escuela 26 “9 de Julio” se sorprendió a mediados de 2005, cuando uno de sus alumnos, de no más de 11 años, le mostró una plancha de no menos 30 fotografías de él, pequeñas, que eran las que toda casa fotográfica entregaba a su cliente para que señalara cuáles de ella iba a reproducir luego, más ampliada. Se las había sacado Javier, en un determinado lugar. Por lo general, Broggi acudía a casas de Gualeguaychú para revelar las fotografías.

La mayoría de las imágenes las hacía con nenes, pero también retrataba a nenas de la misma edad. Siempre lo hacía bajo el argumento que servirían para futuras obras de teatro o publicidades. No pocos pensaron más de una vez que quizás pudiera estar estrechamente ligado a una red de pedófilos, pero jamás se pudo comprobar, porque la computadora -pese a que se había adquirido con dinero del municipio- iba junto con él o permanecía absolutamente bloqueada. Pero hubo episodios extraños, que jamás tuvieron respuestas, porque evadir preguntas era una modalidad que aplicaba continuamente. Una vez, en 1993, un adolescente tuvo que concurrir a un hotel ubicado en inmediaciones de la avenida Libertad y Perón, invitado por el abusador para una sesión de fotos con gente que había llegado especialmente de Buenos Aires. Cuando ingresó al lugar de la cita huyó despavorido: se dio cuenta que en realidad estaban haciendo fotografías para una revista porno.

A los niños que llegaban a los 10 o 12 años -siempre en forma individual- les pasaba alguna película en video VHS, que después de la media hora de emisión se transformaba en un film porno. Casi todos sus videos estaban grabados de esa manera: la primera parte un film de taquilla y después escenas pornográficas, que derivaban en la profundización del manoseo corporal a ese pibe que recién iba camino a descubrir su sexualidad. Ese mismo escenario contaba siempre con un revistero, perfectamente acomodado, donde por lo general había no menos de diez revistas pornos ubicadas en primer orden, como para no pasar desapercibidas. Muchos de esos videos pornográficos los trajo de Austria, cuando fue a ver a una chica llamada Bárbara, que en 1985 llegó a Urdinarrain, por intercambio cultural, para realizar un estudio sobre la vida de la cantante Mercedes Sosa, que se encontraba en su época de furor en la Argentina, después del exilio obligado por la dictadura. La joven retornó a su país pocos años después y en el ’89 Broggi viajó a verla, supuestamente porque la chica “era su novia”. Si bien en principio se iría para siempre de Entre Ríos, a los pocos meses retornó al departamento Gualeguaychú. “Se vino con mucho material pornográfico de allí; la mayoría de ellos eran videos, pero también trajo revistas”, indicó una conocida de él.

Los más entendidos no dudan en afirmar que él también habría sido abusado desde chico, pero desconocen quién pudo haber sido su abusador. Otros, solamente argumentan que es consecuencia de los manejos de su madre, quien solía vestir de niña a su hijo cuando era muy pequeño. Sus familiares o conocidos de toda la vida dan fe de esas imágenes que, a entender de ellos, marcaron por siempre a ese muchacho creativo y desarrollaron su perversidad.

Historias de familia

El abusador en cuestión tiene actualmente 52 años (nació en agosto de 1961) y desde mediados de 2008 ya no está en Urdinarrain, su ciudad de origen, donde creció, se capacitó y se ganó un lugar social preponderante, en función de su inteligencia y creatividad. Su padre, Eduardo Broggi, un conocido trabajador de la zona -que cumplía funciones en un corralón de la ciudad-, tenía a su vez un pequeño campo de no más de 100 hectáreas en proximidades de Escriña -en sociedad con la familia Córdoba- y falleció a los 67 años, en un accidente automovilístico sucedido en 1995, en la última curva, antes de ingresar a Urdinarrain -en la ruta hacia Basavilbaso-, cuando su Citroen 3cv chocó el acoplado de un camión de la empresa Baggio. Era un hombre tranquilo, mesurado, respetuoso, que nunca mencionaba ni a su su esposa ni a su hijo. Siempre sorprendía, a quienes llegaban hasta la casa de los Broggi, el destrato que había para con don Eduardo, a quien incluso hacían comer o dormir en una piecita que tenía cerca del patio.

Esa noche del velatorio, una de las amigas de Javier le sugirió que se fuera a descansar a su casa, ya que ella vivía muy cerca de la sala. En las primeras horas de la madrugada accedió al pedido de la mujer. Años después, esa misma señora se enteraría, por boca de sus hijos, que esa noche del velatorio, cuando estaban durmiendo, Javier, a poco de llegar, empezó a manosearlos por debajo de las sábanas y recién dejó de hacerlo, cuando los pibes reaccionaron y empezaron a los gritos. “A mi no me tocás más, hijo de puta”, le dijo uno de ellos.

“La que mandaba en la casa era Etelvina Cardenaux, la madre de Javier”, recuerdan. Esa mujer, que hoy supera los 80 años y conocida por sus habilidades como costurera, siempre fue considerada una madre posesiva, celosa, castradora y que vivía a través de su hijo, en una marcada relación incestuosa y enfermiza. Aparentaban estar distanciados y hasta mostraban cierto mal trato, pero estaba claro que su hijo le contaba a ella cada movimiento que hacía y la supuesta pelea era una situación patética.

Javier Broggi hizo la escuela primaria en la 9 de Julio y la etapa secundaria la pasó en el Colegio Nacional de Urdinarrain. Los memoriosos lo recuerdan como un alumno aplicado y respetuoso. “La única vez que lo vi llorar fue cuando en el secundario organizábamos campamentos a la orilla del San Antonio y la madre no lo dejaba ir porque lo iban a picar las víboras”, recuerda una ex compañera.

Se recibió de perito mercantil a fines de 1978 -en plena dictadura militar-, pero esperó a irse a Capital Federal a seguir estudiando una carrera universitaria ligada al diseño y la comunicación. Hay quienes sostienen que con la reapertura democrática, estando en Buenos Aires, se contactó con gente de la campaña proselitista de Raúl Alfonsín e incluso pudo colaborar en ella. Pero después de las elecciones, sin haber avanzado demasiado en sus estudios terciarios o universitarios, optó por retornar a Urdinarrain, donde el Partido Intransigente de Oscar Alende había tenido una fuerte inserción. Fue la única localidad entrerriana donde el PI ganó por amplio margen las elecciones de 1983, cuando Alfonsín triunfó en el país y el radical Sergio Montiel logró la provincia. Fue determinante la adhesión lograda por el ex intendente Armando Zeroli (período 1973/1976, interrumpido por el golpe de Estado), conocido intransigente, quien optó por ser candidato a viceintendente, detrás de Héctor Altinier.

La relación de Broggi con la comuna data de ese tiempo, aunque él provenía de simpatizar con el socialismo. Cuando retornó a Urdinarrain organizó junto a los estudiantes del Colegio Nacional una actividad que se denominó Julio joven y a partir de allí fue convocado a la comuna. Primero estuvo en un área administrativa -en 1985- y luego se sumó al área de Acción Social del municipio, para colaborar en diferentes tareas y en especial en Cultura.

Broggi quedó al frente de una comisión que comprendía las diferentes actividades culturales y turísticas y poco a poco los fue desplazando a todos, hasta quedarse con la sumatoria del poder. Siempre fue contratado; nunca quedó en planta y, de hecho, no tenía oficina. “Yo hago las cosas desde mi casa”, contestaba cada vez que alguien le hacía la pregunta de rigor. En realidad, su trabajo estable era el Colegio Nacional, donde ingresó como empleado administrativo el 29 de noviembre de 1983. Allí fue preceptor, prosecretario y secretario. Era un muchacho que estaba todo el tiempo en contacto con los jóvenes y quien, a su vez, podía colaborar con cuanto emprendimiento surgiera para los adolescentes o niños, pese a que a todos los padres les había hecho creer que “odiaba” los chicos. Era el mejor decorador y el más creativo iluminador de cada espectáculo para pibes. Y muchos de ellos tenían que pasar casi a diario por su casa, para finiquitar los detalles de la obra. Eran su obsesión. Pero nadie se daba cuenta de ello. Tampoco dejaba margen para la duda. En el pueblo era “el tío bueno”; el que se preocupaba por los hijos de los matrimonios amigos; el que daba regalos y premios. A veces, ni los familiares directos se enteraban de esos obsequios. Tal el caso de un niño muy humilde, que le apasionaba el fútbol. De un día para el otro le regaló camisetas, pantalones, botines, zapatillas. O sea, cosas inaccesibles para el chico. Se dio cuenta que lo observaban cuando una mujer amiga le preguntó por qué tanta preferencia con ese chico. “Andáaaaa; vos siempre con tus dudas”, le contestó y no se supo más nada. Y cada vez que aparecía una situación de dudas, que involucraba a alguno de los niños, él enviaba a su madre Etelvina a hablar con esa familia, averiguar con mucho tacto qué sabían en verdad de sus prácticas de abuso y si existían algunos interrogantes. Era la encargada de romper las dudas en mil pedazos y su cómplice de toda la vida.

Javier tenía vínculos con la mayoría de las instituciones de la ciudad. No sólo con la Municipalidad, sino también con las entidades religiosas, sociales, deportivas y medios periodísticos de buena parte de la provincia, además de los lugareños. De alguna forma estaba relacionado; por trabajo, o los ayudaba, o les hacía un diseño, o les daba una mano con una decoración. Alguien necesitaba un punto de vista creativo y lo llamaban a él. Todos le debían favores, todos se habían relacionado con él de alguna forma. Hasta hizo las reformas dentro de la iglesia católica cuando se declaraba ateo. Incluso llegó a dar clases en un instituto terciario, financiado por gente de afuera, que llegaron a la ciudad con un proyecto ambicioso, construyeron un lugar sobre la ruta (que ahora es un geriátrico) y después de un tiempo se fueron, sin demasiada preocupación por la recuperación de la fuerte inversión que hicieron, sobre lo que siempre existieron dudas en torno a su origen.

Días de furia

En febrero de 2008 Broggi le sugirió a una de sus amigas viajar hasta Gualeguaychú una noche de viernes, para participar como jurado de los corsos populares que se hacen allí, donde todos los barrios se ven representados. “Llevalo al nene, porque le va a gustar”, le acotó, en referencia al más más grande de sus hijos, que por esos días tenía no más de 8 años. Apenas llegaron -acompañados de una profesora-, el niño se sorprendió de cómo la gente jugaba con espuma y quiso uno de los aerosoles, pero la madre se lo negó. En cuestión de minutos, Javier desapareció con el nene sin decir nada y retornó con él en brazos, poco después, con un aerosol, choripanes y gaseosas. Javier siempre tuvo al niño con él, le hacía chistes y le reiteró varias veces que al día siguiente fuera a su casa, porque tenía las últimas películas infantiles y se las iba a prestar. La madre fue al otro día a la casa de Javier a buscar esas películas y se sorprendió: lo atendió la mamá (al parecer la había visto llegar) y le mandó a decir que su hijo estaba “muy ocupado” haciendo cosas. Nunca lo vio. La joven retiró las películas del lugar específico sugerido por la madre y se fue preguntándose por qué ese destrato. No se dio cuenta que el malestar era porque había ido ella y no su pequeño. A los pocos días, la madre del niño se reunió con su hermano -quien estudia una carrera universitaria fuera de la provincia-, le contó cosas de la vida y le relató el episodio con Javier y su hijo. Se hizo un silencio y su hermano fue tajante: “Está queriendo hacer con tu hijo lo mismo que hizo con varios de nosotros cuando éramos chicos”.

--¿Qué pasó? –preguntó, entre sorprendida y angustiada su hermana mayor.
--Abusó de mi durante años, cuando era un niño, como también de otros más de Urdinarrain.

Ese diálogo marcó un antes y un después. Algunos de los matrimonios amigos de Javier Broggi -entre ellos los padres de esa primera víctima, que había confesado su historia- comenzaron a comunicarse y a darse cuenta que el entonces responsable de Cultura y Turismo venía abusando sistemáticamente de niños de Urdinarrain. Una de las víctimas fue a buscar urgente a sus padres, porque estaba terminando de armar un viaje con Javier a la provincia de Salta. “¿Ustedes van a viajar con alguien que abusó de su hijo cuando era apenas un niño?”, les preguntó. El periplo turístico se abortó en ese mismo instante.

Los padres de otro de los chicos -que en el 2008 tenían entre 19 y 20 años- fueron a buscarlo a Javier a la casa y sin bajar del vehículo lo llamaron desde la calle.

--¿Qué está pasando? –les dijo, apenas se aproximó al auto.
--Subite urgente que tenemos que hablar con vos –le dijo la mujer, con quien tenía una relación de amistad y afecto de muchos años, tal como sucedía con numerosos matrimonios.
--Bueno, pero no nos quedemos acá afuera, que está mamá observando la situación desde la ventana.

Se alejaron un par de cuadras y lo encararon sin vueltas.

--Mi hijo me reconoció que abusaste de él cuando era niño –le dijo la madre.
--Sí, es verdad. Pero reconozco que estoy enfermo y algo tendré que hacer para salir de este infierno. Pero quiero pedirles perdón, tanto a tus hijos como a otros que también les jodí la vida.

Lo dejaron en la vivienda a los pocos minutos y le avisaron de inmediato la situación al intendente Alberto Mornacco (Intransigencia Popular). El dirigente lo llamó urgente por teléfono a Broggi y le exigió que fuera de inmediato a su despacho. “Tengo que hablar con vos”, le dijo, sin mayores explicaciones.

--Acá vinieron a contarme gente amiga que cuando sus hijos eran niños vos abusaste de ellos. ¿Es así? –preguntó Mornacco.
--Sí, es así. Es la pura verdad.

Mornacco esperaba otra respuesta, pero se encontró con la cruda realidad de una situación que iba a tener secuelas sociales en el pueblo, pero también políticas, porque todos sabían que era uno de sus funcionarios más cercanos.

--¿Y de cuántos chicos estamos hablando? -insistió.
--De muchos, Alberto. Fueron muchos, muchos…

Mornacco le hizo firmar la renuncia y le dijo que no lo quería ver más por allí. A los pocos minutos llamó de urgencia a los presidentes de bloques de la comuna, les contó lo que había hecho Javier Broggi, habló de la renuncia y les anticipó que “para afuera” no se iba a decir nada, pero que era su deber comunicarles lo sucedido.

Los medios periodísticos de Urdinarrain solamente dijeron que Broggi había renunciado por “cuestiones personales”, pero no hubo mayores explicaciones. Era el 8 de mayo de 2008. El pueblo estaba golpeado y la fractura expuesta era demasiado dolorosa. No era fácil manejar una situación que los superaba y los doblegaba como sociedad. Una de las amigas de décadas de Javier fue a verlo a su casa y le insistió con la pregunta sobre cuántas habían sido las víctimas: “No son muchas; son muchísimas. Es algo que hago desde los 15 años. Es un infierno que llevo dentro desde hace ya mucho tiempo”.

Una de las víctimas acudió a su casa a exigirle explicaciones por lo que le había hecho. Cuando Broggi lo vio por la mirilla, salió a la puerta e inmediatamente se arrodilló ante él, pidiéndole “perdón” entre sollozos que nadie creyó. El pibe iba dispuesto a romperle la cara, pero se apiadó ante la escena patética. Ese mismo muchacho, del que había abusado sistemáticamente desde los 4 años y al que le enrostraba toda su perversión, provocando los mayores odios para adentro y para afuera, pudo reaccionar ante el abuso cuando tenía 13 y luego de probar la droga por primera vez. “A mi no me tocás más”, le dijo casi a los gritos. Broggi nunca más lo buscó.

Durante varios días, el abusador trató de llegar a los padres de sus víctimas (que eran sus amigos de siempre) con mensajes o correos electrónicos (ver recuadro). “Si yo puedo saldar el daño que hice pagando psicológicos para sus chicos, lo haré sin problemas”, repetía. Muchos empezaron a entender algunas conductas de Broggi: su paranoia con la gente, de no querer exponerse en lugares públicos, aduciendo esa reiterada a fobia social y por qué solamente se movía con gente que él manejaba o manipulaba. Estaba claro que temía encontrarse con alguna situación que lo incomodara, donde alguna víctima o famililar de ella le reclamara públicamente de lo sucedido.

Poco a poco se fue encontrando con un cerco inquebrantable en ese mediados de 2008. Los que habían sido sus mejores amigos fueron los que primero formaron esa barrera, provocando su salida del pueblo. Era consciente que ya no podría caminar más por la calle, máxime cuando varias de las madres salieron a contar y a alertar, en cada lugar de Urdinarrain, de las garras de Javier Broggi.

Cuando se fue de su pueblo, lo primero que hizo fue ir a esconderse a Gualeguay, donde viven unas tías que siempre lo cobijaron. Pero luego partió a Villa Libertador San Martín (Puíggari), supuestamente para hacerse tratar de su problema. Se alojaba en el hotel Jalisco y comenzó a hacerse ver con la gente del centro Calidad de vida, que es privado y no tiene relación directa con el Sanatorio Adventista. Lo dirige el psiquiatra Carlos Mussi y Rosa Delia Barrionuevo, de la misma profesión. El primero de ellos, rosarino de nacimiento, llegó a ser director del Hospital Roballos, pero luego se alejó. Uno de los más allegados a Broggi siempre fue el asesor espiritual del centro, Adrián Slavuno. Buena parte de las tareas profesionales la realizan en la amplia casa de calle Uruguay 336, donde a veces también solía hospedarse Broggi. Los que lo conocen de toda la vida no dudan en señalar que los diseños de la página web del centro privado tienen la mano de Javier y que por ende estaría colaborando con ellos, pese a ser un paciente. El lugar está pegado al jardín de infantes Pimpollitos. Hace un año, cuando circuló en facebook lo que hacía Broggi, las maestras jardineras extremaron los cuidados. “Sabemos que es un abusador y por ende tiene prohibido tener contacto con alguno de los chicos del Jardín”, dijo a ANALISIS una de las docentes, que reconoció que se lo veía de mañana temprano o bien a la tardecita, siempre caminando y con mochila al hombro. El grado de atención se profundizó en el poblado hace no más de 15 días, cuando un grupo de mujeres de la ong Con los gurises no, de Urdinarrain, llegó a Villa Libertador San Martín, pegó calcomanías en las rejas del centro Calidad de vida, en diferentes comercios e incluso se reunieron con algunas autoridades para contarles a quién estaba cobijando la gente de allí.

Broggi hace ya algunos días que no se lo ve en el pueblo elegido. Hay quienes señalan que se fue al campo familiar; otros indican que podría estar en Gualeguay. Sabe quizás que está acorralado. Que se le terminó el tiempo de seguir abusando. Nadie se anima, a esta altura, a hacer los cálculos de cuántos chicos pudo haber abusado en estos casi 38 años de hacerlo diariamente y en diferentes lugares. La lista de los chicos abusados a fines de los ’80 o principios de los ’90 llega a más de 40, pero puede ser el doble o más del triple, porque es solo esa franja de edad. Tal vez sea el tiempo de la justicia. La misma que tiene un fuerte debate interno en torno a los abusos del cura Justo Ilarraz y la posibilidad de prescripción. Ya no son solamente los 50 o 100 pibes seminaristas del sacerdote; ahora están también los 40 o más de 100 de Broggi. Ya es hora de poner blanco sobre negro y que la impunidad, la burocracia, esa justicia necesaria, les de tranquilidad a tanta gente cruzada por el abuso.

(Más información en la edición 998 de ANALISIS del 19 de diciembre de 2013, donde se podrá leer un informe especial de 6 páginas. Lo publicado aquí representa un anticipo del extenso artículo)

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