Memoria Frágil y la dramática desaparición de Noni González

Noni González

A Noni González se la llevaron una mañana de agosto del 76, del centro de Gualeguaychú y a plena luz del día.

La joven militante Norma “Noni” González tenía 21 años cuando un grupo de personas de civil la secuestró en su lugar de trabajo, el supermercado “El Picaflor” ubicado en Urquiza y Rosario de Gualeguaychú y a plena mañana de ese agosto de 1976. Los que comandaban el operativo se habían presentado como integrantes de la Policía Federal Argentina. La joven fue obligada a subir a un Fiat 128 color gris y nunca más se supo de ella. Hacía poco menos de cinco meses que se había producido un golpe de Estado en la Argentina y la violencia se respiraba en cada rincón del país. Y la ciudad de Gualeguaychú no había quedado al margen del esquema represivo.

“Cuando Noni desaparece yo ya había cumplido los 16. Y Noni tenía 20 o 21, no me acuerdo bien. Era poquita, pero era muy poca. Lo que pasa que esto que Noni parecía más grande tenía que ver mucho con mirarla de atrás y ver esta chica tan fuerte. Y en la cual siento que me protegía y me protegió todo eso. Cuando pienso en el amor hacia ella, me confundo entre amor y admiración que me provocó, porque es como que se fusionaran. Lo cruel, el horror y espanto, fue el 12 de agosto del 76 cuando se la llevan”, recordó Elsa González, hermana de Noni. “Mami estaba un poco pachucha, trabajaba mucho. Tuve que venir a abrir yo, vinimos juntas, riéndonos, nos separamos en este chalet, en esa casa. Nos reíamos, recuerdo de qué veníamos riendo. Nunca imaginé que esa iba a ser la última vez que la iba a ver, porque cuando miro y pienso, haría un montón de otras cosas. Nos separamos riéndonos, convencida que al mediodía nos encontrábamos. Y a las 10.30 de la mañana me entero que se la habían llevado”.

El hermano Tomás “Quitito” González también contó sobre ese último día. “Mirá fue todo, ese fue un día complejo. Mireya -por su madre- le había atacado un cólico renal, no había ido al kiosco, había ido mi hermana más chica, Elsa. Yo trabajaba en la aduana en esa época. Hablé con mami me dice cualquier cosa pasá por el kiosco por si hay que ir al banco, salgo de la Aduana, me vengo por el kiosco este, estuve con Elsa, charlo. Me dice pero yo voy a verla a Noni, estaba en la plaza San Martín, estábamos a dos cuadras. Me vengo caminando por Luis Palma, cuando voy a doblar veo un movimiento raro en la esquina de El Picaflor. Vi algunos empleados afuera, pero ni me imaginé nada, me imaginé cualquier otra cosa. Cuando iba llegando se me acerca Gustavo Vela me dice a Noni la retiraron, la vinieron a buscar tres personas vestidas de traje, una tenía sobretodo, hacía frío y lloviznaba. Me dice en un 128, color gris y me da el número dela chapa. Le pregunto si vio algo raro y me dice todo normal como siempre. Inclusive dice cuando ya estaba afuera se volvió a buscar una campera que ella usaba siempre, una campera de cuero. Y en eso estaba mi hermano, coincidencia, estaba mi hermano adentro de El Picaflor había ido a hacer una compra.  De ahí nos fuimos al kiosco, estaba mi hermana Elsa, charlamos los tres y nos fuimos a hacer la denuncia policial. Ahí empezó todo el tema. No nos aceptaron la denuncia, que sí, que no. Esperamos un rato, volvimos con mi hermano, que no. No me acuerdo si fuimos y lo encontramos al abogado el ‘Negro’ Simón, le contamos, el ‘Negro’ nos acompañó que se yo, pero no. Se había hecho como las 2 de la tarde. Tuve que volver a la Aduana. Después que salí fuimos con mi hermano a la casa. Explicamos. En el camino encontramos una prima. Deliberamos un poco entre todos hasta que le contamos a mami. Ahí se empezó a movilizar Mireya, enseguida, y como a las 3.30 voy de nuevo y de casualidad me agarró Viré que me conocía y me tomó la denuncia. Y ahí sí. Bueno, me tomó la denuncia y ahí aparecen varias versiones porque él activa el botón rojo, no sé cómo era en ese momento, alerta a toda la provincia entonces se complicó para ellos. Y algunos dicen que el auto se rompió en Rosario del Tala, otros que iban por Gualeguay. Inclusive te digo más algunos dicen que estuvo ahí por el Mangrullo. Nunca hubo un dato”, relató.

“Desde el momento que Noni salió de El Picaflor hasta el día de hoy, nada, nadie la vio, nunca supimos nada. Mami, pobre Mireya, años de lucha y buscándola y nunca. Versiones hay muchísimas. De ahí a la noche, a la tardecita se movilizó. Decidimos ir al regimiento porque Noni tenía una relación con Martino que estaba a cargo del área de Seguridad de Gualeguaychú, todas las dependencias de seguridad estaban a su cargo. Y yo no era, era medio conocido de Martínez Zuviría. Fuimos, nos hicieron pasar, nos atendieron muy bien, expliqué. Los tres hablamos. Le digo ‘pero coronel si usted está a cargo de la seguridad de Gualegauychú, todas las dependencias dependen de usted’. Pero no, bueno nos vinimos con eso. Nada. Noni tenía contacto porque ella estaba, cada vez que iba a visitarlo a Chacho –el novio de Noni- tenía que avisar porque, inclusive se estaba por casar Noni porque a Chacho estaban por darle la salida del país. Entonces pensaban viajar, creo que estaban conversando, por irse a Perú, inclusive el documento que le quedó a mami para recorrer la búsqueda fue el pasaporte porque al documento se lo llevó ella”, agregó.

Norma Chiama, amiga de Noni describió: “El 11 de agosto del 76 estuvo en casa, llovía y ella había ido a mi casa y no me encontró. Entonces en el espejo del baño escribió con dentífrico. Porque ella me decía rayadita porque yo me enojaba mucho con ella, pero ella no me daba motivos. Eran gurisas jóvenes y unas loquitas de aquellas no más que te daba rabia por cualquier cosa, a veces porque llegaba temprano. Y vos sabés que me escribió en el espejo del baño: querida rayadita tenía muchas ganas de verte pero qué pena que no te encontré. Entonces ha venido Noni mami, los chiquilines. Después la ven que viene bajando la cuchilla, cuando la cuchilla era cuchilla no ahora. La cuchilla de antes era chañares, yuka, entrábamos agachados a los ranchitos. Ella había ido para la cuchilla y vino de vuelta, y cuando vino me dijo, se quedó en casa, tomamos mate y seguimos con ella conversando. Después era como que, parece que Dios no quería que nos separáramos porque después no la iba a ver más. Salimos a la vereda y me dice acompáñame una cuadra te voy contando. Y cuando se despide me dio un beso y un abrazo viste como, ella era cariñosa siempre fue muy buena. Vos sabés una cosa que al otro día me mandaron a decir que la habían llevado de El Picaflor. Me dice, hasta mañana rayadita ese día que fue como a las 8 de la noche que se despidió de mí. Y la familia y yo fuimos los últimos que la vimos. Y al otro día desapareció, a las 9 de la mañana, 10 más o menos”.

Denuncia

Los familiares acudieron rápidamente a la sede de la Policía de Entre Ríos, pero allí se desligaron del operativo realizado en el supermercado. “Nosotros no tenemos nada que ver y desconocemos la situación”, les dijo un jefe policial. Tampoco le dieron demasiada información en la sede del regimiento de Ejército, comandada por el coronel Juan Manuel Valentino, y el capitán Gustavo Martínez Zuviría. Valentino había llegado a Gualeguaychú el 7 de diciembre de 1974. Se fue, con otro destino, en noviembre de 1976. Martínez Zuviría estuvo más tiempo: entre el 1 de diciembre de 1973 y el 5 de diciembre de 1977. Los dos militares no desconocían lo que había sucedido con la joven, pero prefirieron mirar para otro lado.

“En febrero nos enteramos de la desaparición de Enrique Guastavino y de Daniel Angerosa. Mami nos juntó a mí y a Noni porque ya se veía que la mano venía brava y nos dijo que por qué no nos íbamos a Montevideo donde vivía un hermano de ella, un tío. Por supuesto que Noni saltó enseguida, porque ella estaba de novio en ese momento y entonces dijo a Raúl no lo voy a dejar, ya estaba preso Raúl y dijo yo a Raúl yo no lo voy a dejar. Si fueras vos en esta situación y el que estuviera preso fuera papi ¿vos lo dejarías? Mami le dijo No. Bueno, yo tampoco. Después empezaron el 24 de marzo allanamientos. Tuvimos varios allanamientos desde marzo. En junio mi mamá me dice yo no soportaría que se llevaran a dos de mis hijas, o que les pasara algo a dos de mis hijas. Y me fui a Zárate a la casa de mi abuela. Para darle tranquilidad a mami, que estaba muy angustiada. Así que yo a Noni creo que la dejé de ver en junio. Y volví a Gualeguaychú después que Noni desapareció porque mami estaba enferma. Asique ese 12 de agosto yo no estaba”, contó Cristina González, la hermana mayor de Noni.

“Cuando supe que la habían llevado me imaginé lo peor. Que terrible porque fíjate vos que en Gualeguaychú nunca pasó nada, nunca se puso una bomba, nada. Se hacían actos y el trabajo en los barrios digamos. Y qué maldad no, qué maldad. Pensá que tenía 21 años. Yo la veo a Victoria ahora que tiene 24 y digo Dios mío, por favor, era una criatura”, expresó la mujer. 

“Quitito” González relató que años después fue al Congreso y se lo encontró a Valentino. “Iba a hablar con un mayor de en el Congreso que estaba a cargo de la comisión administrativa y estaba en el Congreso esperando el ascensor y lo encuentro a Valentino. Lo miré y me dice hola ‘Quitito’ como te va. No era amigo pero nos conocíamos. Él me dice, che ‘Quitito’ ¿qué sabés de Noni? Te juro por Dios pensé que era una cargada. Le digo, pero mayor si no sabe usted, qué voy a saber yo. Me dice, a mí me la robaron de Rosario”.

Militancia social

Noni González era una militante social, de la Juventud Peronista y con fuerte inserción en la Iglesia. Era quien recorría diariamente los barrios más pobres de Gualeguaychú; controlaba cómo se alimentaban y cómo estaban de salud cada uno de los vecinos más necesitados. Había concurrido a la escuela Guillermo Rawson durante el ciclo primario y realizó el secundario en el colegio nacional Luis Clavarino. Era la tercera de cinco hermanos y estaba perdidamente enamorada de su novio Raúl Rodera, quien había caído preso poco antes y ella iba siempre a visitarlo.  

“Cuando pasó lo de Noni, me acerqué a Mireya. Ella siempre defendiendo a los más vulnerables, tenía un gran compromiso. Mireya una vez me contó que todos los paquetes que se rompían, Noni los llevaba al barrio. Cuando hubo una fábrica que cerró, hacían empanadas y ayudaban a los desocupados”, dijo María Angélica Marín.

“Quitito” González también describió la militancia de su hermana y la de su madre. “Iban a los barrios con Acción Católica. En la década del 70, con los curas tercermundistas se abrió la Iglesia a los barrios y comenzaron a formarse grupos juveniles. Todos participábamos. Empezó la Casa de la Juventud y en todas las capillas se crearon grupos juveniles. Noni, Cristi y yo empezamos a militar en la Juventud Peronista. Pero Noni fue una activista social, siempre estuvo en el barrio con los más humildes, era la más comprometida. Ella salía del trabajo y se iba al barrio”.

Chiama agregó: “Nosotros íbamos a bañar a los chicos con sarna. Los curábamos. Noni hervía la ropa de los chicos para que no se contagien y los despiojábamos. Pero todo el mundo la aceptaba a Noni, ella era fuera de serie. Hacíamos un seguimiento de los chicos tuberculosos, había mucha tuberculosis. Esa es la maldad que hizo Noni. Además yo te digo que Noni no hizo absolutamente nada, lo confirmo. Ella vivía más en casa que en la suya”.

Detención ilegal y desaparición

La detención ilegal y desaparición de Noni hizo que su madre lo transformara en una lucha de por vida. Mireya González se cansó de recorrer ciudades, Comisarías y Regimientos y cuanto lugar que pudieran saber algo, en pos de lograr alguna información en torno a su hija. Pero siempre fue en vano. Nunca tuvo una respuesta. Ni siquiera en ámbitos de la Iglesia, donde no desconocían la tarea social y cristiana de Noni González. 

Mireya fue un emblema en la ciudad respecto a la lucha por encontrar a los 21 jóvenes desaparecidos y asesinados por la dictadura, oriundos de Gualeguaychú. De hecho, fue una de las madres fundadoras de la ciudad y murió sin llegar a ver el juicio que se realizó para conocer cuál fue el destino de su hija.

“Mireya la mamá hizo de todo, fue a todos lados, se destilaba de arranque contactarse con la iglesia, el obispado, Mireya fue a Buenos Aires, Santa Fe, Rosario. El segundo cuerpo del ejército que tenía asiento en rosario, estaba Galtieri. Yo no te puedo decir ahora con precisión cuáles fueron los que Mireya entrevistó, pero todo lo que pudo hizo, la acompañó Quitito en algunas oportunidades, la acompañó José, el hermano menor que ahora está en provincia de Buenos Aires. Y ahí comenzó a contactarse con las otras Madres de Gualeguaychú que otros hijos desaparecidos también no en Gualeguaychú, pero eran nacidos en Gualeguaychú y desaparecidos en otros lugares. Los dos que fueron desaparecidos en Gualeguaychú fueron Noni y Dezorzi. Ahí empezaron a organizarse como Madres, a contactarse con las Madres de Plaza de Mayo y a organizarse con las madres de Buenos Aires y ellas que tenían mayor información que por ahí, mayor logística, las aconsejaban acerca de qué hacer, cómo presentar Hábeas Corpus, a dónde ir, porque terminaban funcionando como una organización nacional. Él estuvo varias veces en Gualeguaychú”, recordó Ino Ingold.

Angélica Marín añadió que la madre Mireya Biaquieri tomó el legado de su hija en cuanto al trabajo social que hacía en barrios. “Contenían a los chicos del barrio. Mucha gente la acompañó a Mireya y en el barrio la adoraban, pero todo eso lo tomó de Noni porque antes era ama de casa”.

“Mami la buscó incansablemente a Noni. Vivía con un bolsito de viaje yendo a donde le decían que estaba Noni. Volvía destrozada porque la información no era verdad. Un tío que estaba en Prefectura supo que hasta enero del 77 Noni estaba detenida en Rosario, destuida, muy golpeada, pero viva. Después cuando se dieron cuenta que ese tío nuestro era tan cercano, no le dieron más información”, contó Cristina González.  

Ino Ingold la recordó a Noni como muy amiga de todos. “Se hacía querer con mucha facilidad. Era la única militante de la Juventud Peronista que tenía contacto con los presos. La Inteligencia ha creído que ella era un nexo y tuvieron que cortarlo”.

El entonces coronel Valentino fue condenado a reclusión perpetua por los hechos de Gualeguaychú, en la dictadura. El militar Martínez Zuviría, también implicado en varios de los casos sucedidos en el sur entrerriano nunca pudo llegar a juicio: falleció a los 50 años de un paro cardíaco. Mireya Norma Barquín de González falleció el 8 de julio de 2008, a los 74 años. El día del aniversario del golpe de Estado de ese 2008, el Concejo Deliberante de Gualeguaychú la había declarado ciudadana ilustre, junto con otras luchadoras. “Las Madres de Plaza de Mayo viven en la memoria de sus hijos, en sus sueños, preguntan y luchan con insistencia. Cuando ellas empiezan a juntarse y resuelven después colocar en sus cabezas el pañal de sus seres queridos, luego vuelto pañuelo como señal de reconocimiento mutuo, lo hacen ya sabiendo que están atravesando la frontera, donde se aúnan (…) Porque se necesita una gran convicción para realizar cosas imprevisibles, que no estaban en el repertorio de lo común de sus vidas anteriores”, rezaba el texto que homenajeaba a Noemí Díaz de Guastavino, Mireya Barquín de González, Olga Piedrabuena de Corfield, Ramona Peruzzo de Raffo, Otilia Bofelli de Savoy, Teresita Giacopuzzi de Dezorzi, Aurora Molina de Fraccarolli, Blanca Ingold de Angerosa, María Angélica Guido de Araujo, Elvira Cepeda de Bugnone y Rosa Fleitas de Pargas.

“Lo raro que pudo haber es que alguien la señaló con responsabilidad. Porque el que caía era torturado. Pero lo de Noni era público”, acotó Ingold.

“A mí personalmente me costó mucho tiempo creer que no iba a volver. Quedó como congelada. A veces no encuentro cómo explicar qué es tener un hermano desaparecido, es inconcluso, me encanta pensarla a Noni en la alegría, en lo desfachatada, en lo precisa que era para contestar”, expresó Elsa González, la hermana menor. “Me imagino encontrándonos y abrazándonos, pero más vale que ella me abrazara y que yo quedara anidando en su pecho. Creo que Noni sacó lo mejor de mami y se súper comprometió. Mami murió buscándola a Noni e hizo todo”.

Nunca hubo imputación alguna contra Noni González. Ni un dato que la vinculara con algún episodio de grupos de extrema izquierda. Ella solamente ayudaba a los más pobres; estaba cerca de los más necesitados y amaba a esos niños carenciados, por los que luchaba día a día. Alguien no identificado la relacionó a algo inexistente. Y eso fue suficiente para que un día la secuestraran y la desaparecieran. Nadie explicó por qué. Fue una decisión errónea, como tantas otras, pero no había margen para respuestas ni perdones. La vida de Noni se acabó a los 21 años. Como si nada. Hoy solo queda su sonrisa, su amor y su recuerdo militante. El que nadie jamás olvidó. 

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