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Diálogo con monseñor Mauricio Landra, obispo auxiliar de Mercedes-Luján: “Para dialogar hay que escuchar”

Mauricio Landra: “La vida es testimonio de la fe. Por eso tenemos que mostrar nuestra fe en las cosas de todos los días”.

En una extensa conversación con ANÁLISIS, el obispo auxiliar de Mercedes-Luján, monseñor Mauricio Landra, trazó una reflexión profunda sobre la crisis social, la pérdida de la capacidad de escucha y la urgencia de reconstruir vínculos humanos en tiempos atravesados por la pobreza, la desconfianza y las “realidades hirientes”. Con palabras atravesadas por la impronta pastoral del papa Francisco, reivindicó la cultura del encuentro, el diálogo y la necesidad de “no balconear la vida”.

Landra recordó que, cuando fue consagrado obispo auxiliar en octubre de 2023, recibió el llamado “a embarrarse y llevarle al pueblo fatigado palabras y gestos de cercanía”. En ese sentido, retomó una de las expresiones más características de Francisco para advertir que “no hay que balconear la vida ni tampoco balconear la fe”. Explicó que balconear implica “estar en la vereda de enfrente sin comprometernos para cruzar la calle y para estar con el otro”, y agregó que el balcón supone además “verlo desde arriba y no con un sentido de empatía, de cercanía, incluso de escucha”.

En la entrevista concedida a ANÁLISIS, el religioso sostuvo que la Iglesia debía asumir el riesgo de involucrarse en las heridas del tiempo presente. “Francisco prefería una Iglesia lastimada, embarrada, con heridas, incluso con salpicaduras, antes que aséptica e inmaculada”, señaló. Y añadió que esa misión exigía estar “con todos, todos, todos”, retomando otra de las expresiones emblemáticas del pontífice argentino.

EL diálogo tomó luego la parábola del buen samaritano como metáfora de la Argentina contemporánea. Para Landra, esa escena bíblica condensa una enseñanza esencial sobre la caridad y la proximidad humana. “La caridad cristiana no es lástima, tampoco es una simple colaboración económica”, afirmó. “Hablamos de una caridad de donarnos, y más allá de lo que tengamos en el bolsillo, es entregarnos”.

El obispo auxiliar explicó que el samaritano representó una actitud espiritual y humana que hoy se vuelve imprescindible frente a la fragmentación social. “Hacerse prójimo tiene que ver con una actitud. Y a los prójimos no los elegimos”, sostuvo. En ese marco, reivindicó los gestos silenciosos de solidaridad que aparecen incluso en los contextos más duros: “Cuando más mal estuvimos aparecieron dones que no conocíamos que teníamos”, valoró.

Landra también reflexionó sobre el rol de Cáritas y cuestionó las miradas reduccionistas sobre la acción social de la Iglesia. “Cáritas somos todos”, resumió, al explicar que la caridad no constituye “una sección de una parroquia”, sino una dimensión comunitaria de la fe cristiana. “Nuestra fe se tiene que expresar en la caridad. Es testimonio de nuestra fe la caridad”, enfatizó.

Uno de los momentos más intensos de la entrevista giró alrededor de la pérdida de la escucha en la vida pública y privada. “Para dialogar hay que escuchar”, advirtió. “Hay que tener ese párate y escuchar. Frená las palabras, pero frená también el movimiento para pensar y escuchar”. Desde allí, trazó una crítica cultural que excede la política partidaria y alcanza a la vida cotidiana. “El que grita más fuerte o más seguido pareciera que tiene la razón”, lamentó.

El obispo consideró que las sociedades maduras construyen consensos a partir de la pluralidad y no de la uniformidad. En ese punto evocó la experiencia del Diálogo Argentino y recordó que “las grietas tienen muchos orígenes y muchas expresiones”. A su juicio, la recuperación de la confianza social resultó imprescindible para reconstruir comunidad. “Nos escuchamos no porque seamos iguales, sino porque tenemos elementos en común”, definió.

La entrevista avanzó luego sobre el papel del Estado y los riesgos que emergen cuando se retira de los barrios más vulnerables. Landra sostuvo que “los extremos siempre van a ser malos” y rechazó tanto el asistencialismo absoluto como la lógica empresarial aplicada a lo público. “El Estado debe dar pérdida. Pero ¿en qué gastamos para que dé pérdida? Esa es la pregunta”, planteó.

Finalmente, el religioso profundizó sobre el concepto de pobreza desde una mirada espiritual y humana. “La pobreza no es solo la carencia de cosas indispensables”, explicó. Enumeró entonces nuevas formas de pobreza contemporánea: “Pobreza de oportunidades, pobreza de desconfianza, pobreza de educación”. Y concluyó con una definición que atravesó todo el diálogo: “Todos sabemos también que no es solo pan en la mesa, sino el trabajo para conseguirlo uno mismo y la apertura para agradecerlo y para compartirlo”.

-Cuando fue consagrado como obispo auxiliar en la arquidiócesis de Mercedes-Luján -en octubre de 2023-, quien lo recibió -fueron sus palabras-, “a embarrarse y llevarle al pueblo fatigado palabras y gestos de cercanía”. Y en la última misa por el papa Francisco, usted expresó a manera de síntesis que lo que menos “podían hacer era balconear la vida”. Nos gustaría que uniera ambas situaciones.

-Gracias. La palabra, la expresión “balconear” es una expresión de Francisco como como tantas que nos ayudó a interpretarlas, a darle el sentido desde lo espiritual para llevarlo a la vida. Es como estar en la vereda de enfrente sin comprometernos para cruzar la calle y para estar con el otro. Y el balcón le suma ese elemento de verlo desde arriba y no con un sentido de empatía, de cercanía, incluso de escucha. No hay que balconear la vida ni tampoco balconear la fe, es una expresión que el Papa Francisco nos regaló a todos. En realidad, para tener esa actitud en cada Ministerio y en cada situación que vivimos los cristianos. Ahí me pongo en el lugar de cristiano, más allá de la condición de cada cristiano. El embarrarse también tiene mucho que ver con que Francisco lo decía para todo el pueblo de Dios, para toda la Iglesia, que prefería una Iglesia lastimada, embarrada, con heridas, incluso con salpicaduras, antes que aséptica e inmaculada. Porque precisamente la misión que nos pide Jesús es esa: es estar en su Nombre con “todos, todos, todos”. Otra expresión de Francisco. Esa triple palabra se la dijo a los jóvenes, pero también la dijo para todos. En mi caso, es un día a día que a veces nos sale bien, a veces no, a veces no sabemos cómo. Estoy hablando ya del Ministerio Episcopal, estoy hablando de pastorear en una arquidiócesis acompañando al arzobispo en un pueblo de Dios que peregrina por Mercedes-Luján. En eso estamos. Esa es una expresión que le agregaría. A veces con la claridad y la paz de saber que lo hago en nombre de Jesús, en nombre de este pedido que también nos hizo a todos. Y, otras veces aprendiendo a hacerlo. Seguimos aprendiendo.

-La parábola del buen samaritano pareciera que es oportuna para los tiempos actuales, para la realidad concreta de todos los días. Porque a veces somos el samaritano. Otras, somos el que es auxiliado y estaba al costado del camino. A veces nos toca ser el posadero, quien brinda el hospedaje y que también confía. Las personas experimentan esas tres condiciones en distintos momentos de sus vidas. En tiempos de crisis es donde más se demanda la generosidad. Parece una contradicción. Porque la generosidad debería evitar los tiempos de crisis.

-Sin duda. Nos sobran ejemplos en la historia del pueblo argentino. Nos sobran ejemplos en la historia universal también; pero más a lo local, más a nuestras realidades en los últimos años, cuando más mal estuvimos aparecieron dones que no conocíamos que teníamos. No voy hablar de una crisis económica o socioeconómica puntual, sino ejemplos que son muy simples, en donde seguimos viendo gestos de caridad silenciosos. Pero, hay que verlos, hay que verlos. A veces son puntuales, otras son organizados, a veces son ante situaciones que hay ausencia de quiénes deberían hacerlo por obligación. La caridad cristiana no es lástima, tampoco es una simple colaboración económica. Y en esto, hablamos de una caridad de donarnos, y más allá de lo que tengamos en el bolsillo, es entregarnos. Y es compartirlo. Esto Jesús lo representó con el buen samaritano. Porque Él es nuestro buen samaritano, el de todos en realidad. Él es el que se hizo prójimo y nos invita a la “projimidad”, otra expresión de Francisco. Hacerse prójimo tiene que ver con una actitud. Y a los prójimos no los elegimos. Es como a los vecinos y a los parientes. No se eligen. Cuando decimos esto es porque algún entrevero tendremos con algún cercano, pero sigue siendo prójimo. Bueno, es una actitud, un ejercicio espiritual, en primer lugar.

-Entonces la caridad no es una sección de una parroquia.

-Tal cual. Nosotros siempre tuvimos esta de expresar nuestra fe dando el amor de Dios que nos dieron a todos. Es decir, como se hizo Uno como nosotros Jesús, hagamos lo mismo, donándonos. Pero, nuestra finalidad, la finalidad que le pone Jesús al mandamiento del Amor, no es una finalidad material, no es una finalidad social, tampoco es una finalidad organizativa, sino que va mucho más allá de esos elementos, que los incluye. Una comunidad cristiana reza, celebra, agradece, sirve. El servir tiene muchas dimensiones. El ayudar tiene muchas dimensiones: desde la fe. Y a veces tenemos que recordarnos quién nos lo pide. No es una iniciativa personal. Decía recién que no debe ser por lástima ni por filantropía, como diciendo, “vos sabés que me hace mucho bien hacer estos gestos de caridad”. No es una cuestión de que te realice a vos. Es una cuestión de devolverle a Jesús lo que nos dio a todos. Agradeciéndoselo, compartiéndolo. Entonces, una comunidad cristiana, esa dimensión comunitaria de la fe, se expresa también en esa caridad que es amor que se dona. Que también reúne, convoca, reúne. No son hechos aislados, y que se traen a la celebración de la fe, de la vida… lo que estamos viviendo. Por eso, la necesidad de la misa, en este sentido, venimos a pedir y venimos a agradecer, venimos a renovar esta confianza de Jesús para luego servir. Esa expresión yo la uso muchas veces cuando digo: “Hemos celebrado la misa, podemos ir en paz”. ¿Qué paz? ¿De qué paz estamos hablando? ¿De la paz personal, de quedarme tranquilo porque fui a misa? O no será más amplio y decir, es la paz de saber que Jesús renovó en nosotros su confianza para que lo llevemos a los demás. Y lo llevamos con la persona, con la presencia, con el tiempo, con los talentos, con lo que tengo en el bolsillo, con la escucha, con la caridad. En esto es muy importante no perder de vista que nuestra fe se tiene que expresar en la caridad. Es testimonio de nuestra fe la caridad. Y la vida es testimonio de la fe. Por eso tenemos que mostrar nuestra fe en las cosas de todos los días.

-Ahí queda más claro que Cáritas no es una seccional de una Parroquia, sino la manera de organizar la caridad.. Y es ahí donde tiene relevancia el grupo Cáritas.

-Seguro. Por eso las parroquias, las comunidades cristianas tienen una dimensión de la caridad que no es excluyente o reservada para los que realizan actividad de caridad. Sino que son en nombre de la comunidad. Esto nos pasa también con la catequesis. El catequista es catequista de un grupo que se prepara para recibir, por ejemplo, un sacramento, pero es catequista en nombre de la comunidad cristiana. No es a título personal que soy catequista o hago una tarea de Cáritas. Esto de que Cáritas somos todos es una verdad. Lo mismo que como catequistas somos todos, del mismo modo como celebramos todos en una celebración cristiana, cada uno según su condición: un padre de familia, un sacerdote, un joven, un abuelo.

 

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Mauricio Landra: “Necesitamos recuperar la capacidad de escucharnos. Para eso hay que ser muchas veces paciente, otras veces abierto a las ideas y a lo que el otro me transmite”.

 

-Quienes lo conocieron en su servicio sacerdotal en la diócesis de Gualeguaychú, saben que usted es una persona de diálogo. Los tiempos actuales demandan más que nunca el ejercicio del diálogo porque es una práctica que estamos perdiendo. Y sin diálogo no se propicia la cultura del encuentro.

-Sin duda. Gracias por presentar este tema. Aprovecharía para agregar algo que también importante: para dialogar hay que escuchar. Hay que tener ese párate y escuchar. Frená, frená las palabras, pero frená también el movimiento para pensar y escuchar. El diálogo requiere de dos, sino es monólogo. Y, por otro lado, desde la fe nosotros tenemos que tener eso muy presente y muy, muy al día. Es decir, estoy en constante diálogo con Jesús, Él me propone charlar, Él no quiere hacer un monólogo y tampoco quiere que yo lo haga. Entonces está dispuesto a escucharme, Jesús. Nosotros le rezamos a un Dios que nos escucha, que está dispuesto a escucharnos, pero también a dialogar, o sea, que escuchémoslo. Y esto pasa con los demás. Nosotros en la Iglesia, los últimos años venimos como revalorizando y descubriendo lo que se llaman los procesos sinodales, el clima sinodal, la situación de la sinodalidad qué hace al pueblo de Dios. Sinodalidad es caminar, caminar juntos, aunque no seamos iguales. Y esto es algo que tenemos para ofrecer a la sociedad. También lo tenemos para ofrecer empezando por casa. Los procesos sinodales hacen que nos replanteemos cómo nos organizamos en las comunidades cristianas. Pero, también en cada familia. No pierde el rol el padre o la madre o la abuela o el nene más chiquito de un hogar, porque se sientan a escuchar. Entendido en el concepto de comunión, esto lo tenemos que llevar también a la vida social, al día a día, a la calle. Necesitamos recuperar la capacidad de escucharnos. Para eso hay que ser muchas veces paciente, otras veces abierto a las ideas y a lo que el otro me transmite. Y también la firmeza de agradecer al otro lo que me comparte. No perder la capacidad de ser agradecidos porque nos estamos escuchando. Y nos escuchamos no porque seamos iguales, o porque tengamos las mismas ideas, sino porque tenemos elementos en común. Y eso es fundamental, pero desde la fe y después desde la vida misma.

-En materia de construcción ciudadana, más allá de lo que profesan la fe, en un momento contemporáneo de una crisis aguda, como fue en el 2000, la Iglesia justamente propició ese espacio de Diálogo Argentino, donde la pluralidad invitaba a escucharse para superar momentos de crisis. Hoy sería una formidable herramienta también para superar los problemas comunes que nos ofenden en la condición humana.

-Así es. En realidad, siempre lo van a hacer las sociedades cuando maduran y hacen estos procesos. Nunca maduran por tener el 100% de consenso o por tener una sola palabra. Lo plural en esto tiene que ver con tantos temas. Hay elementos comunes. En la Iglesia, una de las verdades que fuimos recordándonos, en general, la historia de la Iglesia es hablemos y pongamos énfasis en lo que coincidimos, no en las diferencias. Por eso se produce el diálogo. Por ejemplo, en el diálogo con la sociedad, la Iglesia con el Concilio Vaticano II -que es un documento fantástico, que se llama “Gozos y esperanzas”, (Gaudium et spes)- generó un gran revuelo en la década del ´60. Cuando el Vaticano II dijo, nosotros estamos abiertos a dialogar con el mundo y tenemos para darle al mundo algo muy importante, pero también tenemos para recibir del mundo cosas muy importantes. Eso produjo revuelo incluso dentro de la Iglesia. ¿Cómo que vamos a recibir lo que no es cristiano? Así es. Porque hablamos de la humanidad y hablamos de la sociedad, que es plural, que ya no es exclusivamente, por ejemplo, de una fe o de una Iglesia o de una religión. Pero, tenemos para compartir una verdad que no la aguamos, sino que con la firmeza decimos “no es lo mismo”. Con la firmeza decimos, “te invito a que repases la historia”, no que la niegues o que te la olvides. Al presente, en esto, me parece que la invitación es general. No es una cuestión solo de algún sector o algún factor de la sociedad. Es de todo. Creo que ya tenemos una generación, porque ya votan, porque ya deciden, ya forman hogares, en donde hemos escuchado demasiadas veces la palabra “grieta”. Las grietas tienen muchos orígenes y muchas expresiones. Y la grieta a veces la provocamos en un hogar o dejamos que la provoquen y en un hogar se nota. Pero, también la notamos en un montón de instancias sociales porque hemos perdido la capacidad de escucha. El que grita más fuerte o más seguido pareciera que tiene la razón. Y esto no es un tema político o partidario ni de los últimos años. Me parece que esto es consecuencia de un montón de elementos: el educativo, sobre todo, en donde nos parece que da lo mismo o nos parece moderno o nos parece que no hay que dialogar, hay que imponer.

-Por eso el que pierde capacidad de escucha queda más propenso a unas actitudes autoritarias y, a veces, agresivas. Quien no puede expresar lo que siente, queda propenso a esgrimir el golpe. Quien no puede fundamentar sus ideas o no quiere compartir con el otro, se vale de la descalificación personal que es una agresión. Eso nos ocurre en lo cotidiano.

-El embarrarse tiene mucho de eso. El embarrarse, metiéndose en el barro, donde hay joyas, en el barro también hay joyas. Muchas veces implica: “dime con quién anda y te diré quién eres”. A Jesús se lo plantearon, mirá con quién andás, mirá con quién te juntás. Pero, muchas veces el buen samaritano se juntó con alguien que necesitaba, y precisamente no eran “del mismo palo”, se hizo “del mismo palo”. Se embarró. Pero, en esto también el buen samaritano salió fortalecido, porque aprendió mucho, dando; aprendió mucho, sirviendo. Piensen, por ejemplo, el diálogo que tuvo con el encargado de la posada, del albergue. Él le confió algo al posadero, le pagó. Esa interpretación es muy rica e incluso le dice: Y lo que gastes de más, te lo devuelvo cuando yo vuelva”. Ese es Jesús. A nosotros nos confía ser posaderos también. “Cuídalo en mi nombre y yo te voy a saldar la deuda si ha gastado de más”. Es una interpretación muy rica para decir: me dejó una herencia o me dejó un mandado.

-Hay un término que utilizan los guaraníes -cultura ágrafa-, pero, en la grafía española se escribe “Na´a”, que significa “palabra” y también significa “alma”. Por eso, ellos enseñan que cuando se da la palabra, también se da el alma. Encuentro un ejemplo muy similar: el gesto de los abuelos gringos, que cuando se estrechaban la mano para validar un contrato decían, “esto vale más que el papel firmado”. Es decir, en esto los pueblos se parecen mucho, y es algo que también se va perdiendo. Hablamos de diálogo, de capacidad de escucha, pero sin confianza no hay posibilidad de construcción de sociedad, de familia. La confianza también es clave para superar estas crisis hirientes.

-Tal cual… tal cual. Lo podemos llevar a muchos temas. Pasa en los hogares, en una mesa… una mesa que a veces se perdió o se reemplazó ese espacio familiar. Sabemos que no hay dos familias iguales, porque tienen sus historias personales, sus desafíos: pero, también está la capacidad de escucha, de compartir miradas. La mirada que tiene Jesús sobre nosotros también nos contagia. La del buen samaritano contagió a los que vieron lo que hizo. Y lo hizo con esas actitudes, con ese diálogo, esa capacidad de escucha y la confianza. Esa mirada de ver que hay papás, hay mamás, hay jóvenes, hay trabajadores, hay docentes, entre muchos otros que podríamos nombrar… debemos poder ver esos buenos testimonios. Esa mirada recupera también la capacidad de escucha, de esperanza… contagia. El tema es que muchas veces es como que las buenas noticias no son presentadas con la misma fenomenología que las tristes noticias. Esto nos pasa cuando compartimos en estos “conversatorios”, es una palabra que apareció en los últimos años también. Conversemos, bueno. Conversemos sobre un tema específico, pero escuchémonos. Y a veces nos invade el pesimismo, nos invade que no hay cambios o que no está en nuestras manos el cambio, o simplemente desconfiamos., Entonces, ahí sí nos cerramos al diálogo.

-Cuando el Estado se retira, hay acercamientos que son siempre riesgosos y a veces letales. Se lo ve en los barrios periféricos: el Estado se retira y los narcos nacen como hongos, crece también la deserción escolar. ¿Cómo percibe esa realidad? Porque, a su vez, cuando ello ocurre es cuando más cercanía se demanda.

-Sí. Tal vez tendríamos que volver a los principios de una sociedad organizada, adulta, que ya tiene 200 años, que se tiene que notar esa sabiduría que es la del pueblo argentino. El Estado organizando esa sociedad y siendo el órgano que lo organiza como sociedad. Los extremos siempre van a ser malos. La presencia exclusiva del Estado, la presencia asistencialista del Estado es un extremo donde no permite que haya cosas intermedias o iniciativas privadas, o simplemente el respeto por las ideas distintas a la del Estado.

-Propiciar el diálogo elogioso entre lo público y lo privado.

-Ese sería un ejemplo. Y quiero señalar al otro extremo también: una ausencia viendo empresarialmente la función del Estado. Para mí, el Estado debe dar pérdida. Pero ¿en qué gastamos para que dé pérdida? Esa es la pregunta para hacernos. El Estado no está para tener ganancias. Pero ¿en qué gastamos? Incluso en las ganancias, ¿cuáles serán las prioridades? En esto, vamos a llevarnos a hablar de políticas de Estado. Sí, por supuesto. ¿Las tenemos? Yo creo que a veces hemos expresado que sí y otras veces, no. Vamos al momento, al día, a la improvisación, lo subjetivo por encima de lo institucional, el me gusta o no me gusta, o incluso la recompensa o la compensación o la venganza. Eso no fomenta ningún tipo de construcción institucional. Esas son grietas que el Estado no debería tener. ¿Tenemos ejemplos en hermanos nuestros, en vecinos, países latinoamericanos, que a veces no observamos? Sí. Hay algunas políticas de Estado… hace poquito estuve en Ecuador y hablaba con algunos hermanos de ahí… 25-30 años de aplicarse algunas políticas que no se negoció. Cambiaron muchas veces los tipos de gobiernos políticos, pero eso no se cambió. Nos pasa en Brasil, nos pasa en Uruguay… cosas para imitar o por lo menos considerar en nuestra condición social. Porque eso le da estabilidad al diálogo… le da estabilidad al diálogo. No dialogamos solamente cuando no sabemos qué más hacer. Nos llamamos a la conversación solo cuando “las papas queman” … Bueno, es muy argentino también esto de creérnosla.

 

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Mauricio Landra: “Como Iglesia estamos abiertos a dialogar con el mundo y tenemos para darle al mundo algo muy importante, pero también tenemos para recibir del mundo cosas muy importantes”.

 

-Todo gobernante cree que su gestión es fundante…

-Lo que pasa es que hasta incluso la palabra “gestión”, yo diría que es algo que tenemos que revisar. Esto es algo personal. No soy muy partidario de inaugurar algo, incluso dentro de la Iglesia, en donde menciones quiénes eran el Papa, el obispo y el párroco del momento. El intendente, el gobernador o el presidente del momento. Para mí, con que yo ponga la fecha y en educación yo sabría quién estaría en cada función en ese momento, Pero, la cinta y la tijera, aunque la tenga alguno en la mano, en realidad tiene una dimensión mucho más comunitaria que lo personal.

-Usted lo señalaba al principio. Los de Cáritas van en nombre de la comunidad.

-A veces me ha tocado terminar una tarea o avanzar una tarea. Pero, soy consciente de que no arranqué de cero. Por eso en la placa no pongan mi nombre. Que pongan el año y se van a dar cuenta quién era el cura en ese momento, el obispo, el Papa.

-Vivimos realidades hirientes que ofenden la condición humana. Pero, cuesta tomar consciencia que La pobreza no es algo natural. Ese solo concepto debería interpelar, porque quiere decir que la pobreza es provocada.

-Por supuesto. Voy a aprovechar para intentar ampliar el concepto de pobreza. El pueblo de Israel tenía un concepto del pobre como aquel dócil a la palabra de Dios. Los pobres de Yahvé esperaban a un salvador, y lo esperaban con el compromiso de todos los días y los pies en la tierra. El Mesías, el salvador, era esperado de distintas maneras. Algunos lo esperaban como libertador político que le solucionara las deudas o la esclavitud que tenían, por ejemplo, como grupos armados o políticos religiosos. Otros hablaban de algo celestial, angelical, donde yo me cruzo de brazos y la ayuda o la salvación viene de arriba, de afuera, y yo solo la recibo. Pero, había otro, un resto del pueblo de Israel, que a veces era silencioso, servidor en las cosas de todos los días, que lo esperaba con el compromiso de hacer bien las cosas en la carpintería de Nazaret o en Belén: era José, era los papás de María -Joaquín y Ana- eran a veces personas no notables en la sociedad, pero sí ejemplares. Y ese era un pobre. Ese nunca iba a ser nombrado o ser una autoridad. Tal vez no lo conocía todo el mundo, pero sí sus vecinos y lo admiraban. Ese es un pobre. Esa pobreza no es la carencia de cosas indispensables, sino la actitud de saber que el que me hace rico, es Aquel al que estoy esperando. Por eso, los pobres en la palabra de Dios, en labios de Jesús, tienen mucho de aquel que tiene la capacidad de escuchar y recibir el amor de Dios. El que no es así no lo va a recibir ni lo va a esperar. Eso desde lo teológico. Y, por supuesto, desde lo cristiano. Ahora, ¿cómo hablamos del pobre desde la fe? Hay pobrezas que tiene muchos rostros y muchos ejemplos. A veces esa pobreza es la capacidad que no tiene la persona de estar acompañada, de no sentirse acompañada, la soledad no deseada es una pobreza. A veces, aquel que no tiene con quién hablar, por lo tanto, nadie lo escucha. Otras veces la pobreza tiene rostro de fragilidad. El enfermo, el niño, la salud, la educación, los alimentos. Pero, todos sabemos también que no es solo pan en la mesa, sino el trabajo para conseguirlo uno mismo y la apertura para agradecerlo y para compartirlo. Por eso, cuando hablamos de ricos y pobres, tenemos para dar un rollo largo, a qué nos referimos. Y, a veces, sabemos por distintas instancias de nuestra historia, que hemos tenido que acostumbrarnos a nuevos signos de pobreza. Pobreza de oportunidades, pobreza de desconfianza, pobreza de educación. Que hace que esta persona tiene elementos que serían materiales, pero tiene la pobreza de no haber tenido educación para saber aprovechar y priorizar esas cosas.

(Entrevista publicada en la edición gráfica de la revista ANÁLISIS, edición 1170, del 21 de mayo de 2026).

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