Mucho antes de que el hormigón dibujara el perfil moderno de Paraná, una fábrica levantó trabajo, identidad y futuro sobre las barrancas de Bajada Grande. “Memoria Frágil” recupera la historia de la Cementera Portland, un gigante industrial que marcó a generaciones y dejó una huella imborrable en la ciudad capital.
Hay edificios que se levantan para cumplir una función y otros que terminan convirtiéndose en una parte esencial de la identidad de una ciudad. La fábrica de cemento Portland de Paraná pertenece a esta última categoría. Durante gran parte del siglo XX no fue solamente una planta industrial asentada sobre las barrancas de Bajada Grande: fue una escuela de oficios, una fuente de trabajo para generaciones enteras y una pieza fundamental en el engranaje económico que moldeó la capital entrerriana. El nuevo documental de “Memoria Frágil” (Canal 9, Litoral) recupera esa historia desde las voces de quienes la construyeron, la habitaron y aún la conservan viva en la memoria.
A través de testimonios de ex trabajadores, familiares, investigadores, arquitectos y especialistas en patrimonio, el documental reconstruye el recorrido de una de las empresas más emblemáticas de la región. Desde su inauguración a fines de la década de 1930 hasta su cierre definitivo, la Portland fue mucho más que una fábrica de cemento: representó un modelo de ciudad donde la producción, el trabajo y la vida comunitaria formaban parte de un mismo paisaje. Allí convergieron inmigrantes europeos, técnicos, obreros y profesionales que encontraron en sus instalaciones una oportunidad de progreso y pertenencia.
La narración recorre también la extraordinaria complejidad técnica de una planta que funcionaba las veinticuatro horas del día, con cantera propia, usina eléctrica, ferrocarril interno y un sistema productivo capaz de transformar la piedra extraída de las barrancas en el cemento que ayudó a construir obras fundamentales del país, entre ellas el Túnel Subfluvial. Pero detrás de las máquinas, los silos y los hornos, aparecen las historias humanas: los aprendices que ingresaban siendo adolescentes, las familias que crecieron alrededor de la fábrica, las fiestas compartidas y el orgullo de pertenecer a una comunidad que muchos recuerdan como una gran familia.
Con una mirada sensible y profundamente documental, “Memoria Frágil” propone además una reflexión sobre el patrimonio industrial y la memoria urbana. Las ruinas que hoy sobreviven en el Oeste paranaense son presentadas como páginas de un libro abierto, donde todavía pueden leerse las huellas de una época en que la ciudad producía, exportaba y soñaba desde sus fábricas. Entre la nostalgia y la investigación histórica, este trabajo audiovisual rescata una parte fundamental de la identidad colectiva de Paraná y recuerda que las ciudades no solo se construyen con ladrillos y cemento, sino también con las historias de quienes dedicaron su vida a levantarlas.
La historia de la fábrica de cemento Portland
Hay ciudades que se cuentan a sí mismas a través de sus fábricas. Paraná es una de ellas, aunque muchas veces lo haya olvidado. En el extremo Oeste, en esa franja que baja desde la desembocadura del Antoñico hasta la punta de Bajada Grande, todavía late el esqueleto de un pasado industrial que ocupó buena parte del siglo XX. Allí, sobre la cresta de la barranca, se levantó una de las obras más imponentes que conoció la ciudad: la fábrica de cemento Portland.
Para entender su origen hay que mirar más atrás, hacia los viejos hornos de cal que durante décadas humearon a lo largo de la barranca del Paraná. De aquellas caleras, de esa vieja costumbre de quemar piedra caliza, nace la idea de fabricar algo nuevo: lo que en otros tiempos se llamó “la piedra líquida”. El cemento prometía lo que la cal no podía dar: capacidad estructural, dureza, impermeabilidad. Con él se podía levantar un país entero. Hasta entonces, casi todo se construía con cal. La empresa que lo hizo posible fue la Compañía Argentina de Cemento Portland, la misma que años antes había instalado su primera planta en Sierras Bayas, en el partido de Olavarría. Paraná fue su segunda apuesta. La construcción comenzó hacia 1936 y demandó cerca de dos años.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“La fábrica de Portland surgió como idea hacia 1936. Se inaugura hacia 1938. Y sería interesante contextualizar la ciudad de Paraná en esa época. A principios del Siglo XX era otra economía, otro modelo de ciudad, en donde teníamos fábrica, teníamos industria. Hasta fines del Siglo XIX, se había producido en todo lo que era Puerto Viejo, todas las fábricas de caleras, madereras, todo lo vinculado con lo náutico. Y hacia principios del Siglo XX comienzan a surgir esporádicamente en diferentes sectores de la ciudad, fábrica de Fósforos, fábrica de Portland, Coceramic, fábrica de cervezas -que hubo 2-, había fábrica de jabones. Fábrica de manteca llegó a haber. Es decir, era todo un modelo industrial en donde esa industrialización de la ciudad le dio trabajo a mucha gente… Es decir, estamos hablando de un modelo económico, social, urbano, totalmente diferente a lo que percibimos hacia fines del Siglo XX”.
Mariana Melhmen, directora de Patrimonio Urbano Arquitectónico de Paraná
“En principio hay que pensar que ese sector de la ciudad, que el sector comprendido entre la desembocadura del Antoñico y la punta de Bajada Grande, era el sector que podríamos llamar industrial, que se configuró entre principios del Siglo XVIII y fines del Siglo XIX. Y que, como enclave, se va diluyendo a partir de mediados del Siglo XX, cuando se construye el Parque Industrial… entonces, las actividades industriales en ese sector merman. Las actividades industriales tienen como principal protagonista durante buena parte del Siglo XX a la fábrica de cemento Portland-San Martín, que es la que tenemos como referencia, que en realidad es como si fuera una fusión de aquellas viejas caleras que funcionaban como hornos para quema de cal a lo largo de la Barranca del Paraná, justamente en ese sector. En el año 1938, entre el ´38 y el ´39, tenemos noticias de la instalación de esta fábrica, que va a tener un rol fundamental, no solo para la zona, sino para toda la ciudad… primero por la actividad, por el producto, porque el producto es un producto significativo, distintivo. Es decir, el cemento portland General San Martín surge después de unos cuantos intentos que se hicieron en el último cuarto del Siglo XIX”.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“La planta original de Portland se la llamó así. Pero, verdaderamente, el nombre era Compañía Argentina de Cemento. El principal producto fue el Cemento San Martín, y para la construcción de semejante imperio fabril, como lo tuvo Paraná, se contrataban a changarines que llegaban a la ciudad de Paraná exclusivamente para eso. Estamos hablando de eslovenos, croatas, checos, polacos, judíos, alemanes, italianos, españoles… con un sueldo mínimo venían a hacer esa tarea, seguramente, con una formación mínima también… no una formación académica, y fueron construyendo el edificio, que tiene característica muy fabril… brusco el significado -podríamos decir- no lo puede ubicar dentro de un estilo arquitectónico, como sí se pueden ubicar edificios de la ciudad. Tengamos en cuenta que eran casi 500 hectáreas en su original, después fueron perdiendo esas hectáreas, es decir, más de 1.000 trabajadores, más de 1.000 changarines, solamente para construir la planta. Luego, seguramente, hubo una especialización para los que iban a trabajar en la fábrica de Portland, que aproximadamente en la época de esplendor llegaron a las 300 personas”.
Mariana Melhmen, directora de Patrimonio Urbano Arquitectónico de Paraná
“Para una Paraná pequeña y, además, en la cresta de la barranca. Esa localización, esa construcción fabril, en una ciudad que tenía más de un puerto… porque pensemos que Paraná en ese momento tenía el puerto de Bajada Grande, que era el puerto del ferrocarril, que estaba sobre la punta. Era el puerto, el antiguo puerto de ultramar, pero ya había perdido muchísimo de su capacidad, en tanto había habido unas inundaciones que le habían afectado notablemente. Esto a principios del siglo XX, y ya para 1904 inician la construcción de Puerto Nuevo. Y Puerto Nuevo, bueno, cumplía todas las otras funciones necesarias en el área, digamos, más próxima a lo que conocemos como Parque Urquiza. Puerto Viejo seguía llamándose Puerto Viejo, pero ya no operaba como puerto hacía bastante tiempo. Pero, eso habla, digamos, de una ciudad portuaria de cierta relevancia, pero que para el siglo XX no era lo mismo, porque habían cambiado absolutamente las condiciones. Y pensemos que en el momento en que se levanta la fábrica de cemento Portland, el Túnel Subfluvial solo era un proyecto”.
¿Por qué ahí, lejos del centro de entonces? Por una lógica simple y casi perfecta. La materia prima estaba bajo los pies, en la propia barranca. El puerto de Bajada Grande quedaba al alcance de la mano, y un ferrocarril propio entraba hasta el corazón de la planta a descargar piedra traída desde Victoria y Diamante. Eran los años en que Entre Ríos seguía siendo -a todos los efectos- una isla: no había túnel ni puente, y para cruzar a Santa Fe había que tomarse una balsa.
Norma Valentinuz, hija de obrero
“Él ingresó cuando tenía 25 años y hasta que la fábrica cerró. En ese momento, no tenía todavía la edad de jubilarse, le faltaba muy poquito. Entonces, como la fábrica siempre consideró mucho a los empleados, a los que tenían más edad, a los que estaban más cerquita de la jubilación, les ofreció una indemnización. O sea, aceptar como ser despedido como para darle el premio de la indemnización. Muchos de los compañeros de mi papá que estaban en edad, aceptaron esa propuesta porque ellos lo consideraban también como que era un reconocimiento, un premio que les daban, digamos, la fábrica (…) Ellos se sentían muy muy identificados con la fábrica, sentían que la fábrica los protegía, porque había muchas normas de seguridad, muchos cursos que le daban, y realmente hicieron amigos. Mi papá contaba varias anécdotas de compañeros, comían y practicaban deporte juntos también. Así que sí, uno de los compañeros de mi papá justamente comentó en un momento que yo recuerdo, dijo que cuando cerró la fábrica fue el fin de la gran familia. Y eso representa justamente lo que ellos sentían. No era solo un trabajo, era compartir otras cosas también”.
Paula Cantero Cesario, nieta de obrero Cesario, nieta de obrero
“En realidad, mi abuelo cuando yo nací en 2005, mi abuelo se había jubilado hace muchos años atrás. Entonces, como que yo nunca, como que yo no viví su etapa de trabajo. Pero, si mi abuelo algo tuvo toda su vida fue la fábrica. Yo sé que para él la fábrica era todo… todo… todo. ¡Ay! me emociono porque, bueno, habló de mi abuelo y me emocionó. Y, nada… Para mi abuelo siempre lo estuvo muy presente y nos contaba muchas cosas. Desde los zapatos que usaba hasta, me acuerdo que así rápido nomás, se reía porque el uniforme a veces le quedaba grande o cosas así. Y, bueno, para mí eso era mi abuelo. Mi abuelo la tuvo muy presente a la fábrica cuando cerró también, no sé, en el 2007, yo era muy chica, y mi abuelo siempre nos contó que él trabajó muchos años en la fábrica que cerró. Bueno, nosotros no la conocimos, pero sí, para él siempre era, como dice, ese carisma de que para él la fábrica fue todo. Fue su segunda casa. Mi papá también me contaba muchas cosas, como que mi abuelo trabajaba todo el día y llegaba cansado, y que siempre estaba contento. No sé, me daba gracia cuando mi abuelo a veces reparaba de cómo levantaban las bolsas de cemento, dice, si se te llegaba a caer una de esas bolsas en el pie, te lo reventaba. Bueno, mi abuelo era así, contaba todo eso de la fábrica. Y destacaba mucho que todos eran una gran familia. Eso era la esencia que por ahí tenía”.
Laura Poli, coordinadora del Museo Martiniano Leguizamón
“La fábrica de Portland se inició con mi familia, con mi abuelo. Mi abuelo empezó trabajando en Olavarría, en la primera fábrica de Portland, la primera de Calera, y de ahí lo trasladan a Paraná. Obviamente, tuvo que venirse con su familia, vinieron en un ferry, porque en aquel entonces… pongamos que esta provincia es provincia insular, y hasta que no estuvo el túnel todo era a través del ferry. En ese tiempo corría 1937 aproximadamente que llegaron a Paraná. Se alojaron en el hotel Gransac, primeramente, y después, bueno, alquilaron una casa en lo que era calle Antillas, hoy es (Alfredo J.) Nux. Bueno, ahí, mi abuelo fue quien construye o quien crea el sistema de cadenas para el horno rotativo, que era justamente donde se ponía la piedra o lo llamaban el clínker, para que después, una vez que eso se calentaba, se hizo el día y se hacía el preparado para el cemento Portland. Y, bueno, de ahí en más, con el correr de los años… ya me vengo un poco más a lo contemporáneo. Mi papá cuando fue adolescente, estudiando en la ENET N° 5, hace su taller en, justamente, en la fábrica; quedando después como empleado de la fábrica”.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“Estaba en Bajada Grande, es decir, que las locomotoras que traían… a ver… una cosa muy importante es determinar por qué la fábrica se instala ahí. Por la materia prima, que la tenían muy cerca, y el acceso al puerto de Bajada Grande, es decir, llegaba y salía la mercadería prácticamente sin ningún costo. Ese fenómeno hace que la localización de la fábrica esté bien alejada de la ciudad de Paraná. Tengamos en cuenta hasta 1930, prácticamente Paraná era el centro de la ciudad. Todo lo que es Bajada Grande estaba iniciándose la etapa de urbanización, es decir, verdaderamente estaba en la periferia de la ciudad. Y en esa periferia de la ciudad se instala, se construye esta mega obra, este mega edificio, para el único destino que era la fabricación de cemento”.
Mariana Melhmen, directora de Patrimonio Urbano Arquitectónico de Paraná
“Estamos hablando de una sucesión de silos, de silos en elevación, pero también de silos hundidos. Todavía hay estructuras cilíndricas que están soterradas. Y, además, tengamos en cuenta que tenemos una diferencia de nivel. Si hay un tramo que está a una altimetría, otro, por ejemplo, hay un conjunto de galpones que están en la cota más alta, el conjunto de donde están los silos es la cota intermedia, y después estaba la cota baja. En todo ese desarrollo, uno no puede solamente pensar a la fábrica desde el plan, o sea, mirándolo a lo mejor desde la foto aérea, uno no se da cuenta. Pero, lo que implica en extensión y la cantidad de componentes que tenía la fábrica era realmente muy sorprendente para el tamaño de la ciudad también, ¿no?”.
El proceso era una proeza de ingeniería. Primero había que descubrir el banco de piedra: una grúa enorme, de pluma altísima, retiraba 10-12 metros de tierra hasta dar con la caliza. Después venía el barrenado, la dinamita que partía la barranca; antes de cada explosión sonaba una sirena que se escuchaba en toda la ciudad. La piedra, de calidad pobre, debía concentrarse en piletas de flotación antes de entrar al horno, un tubo de más de cien metros que alcanzaba los mil 1.400 grados. De allí salía el clínker, y de la molienda final, el cemento que iba a los silos, a la embolsadora y a los camiones.
Laura Poli, coordinadora del Museo Martiniano Leguizamón
“En el caso de mi papá, le tocó trabajar en el sector de Usina. La fábrica trabajaba 24 horas. Nunca paraba. La seguridad ante todo era su eslogan, y de lo que yo recuerde, jamás hubo un accidente grave en esa fábrica. Habrá habido algunos menores, pero de gravedad ninguno, siempre se tuvo un mayor cuidado en eso. Y, bueno, en el caso de mi papá, por ejemplo, que estaba -como te decía- en la Usina, que era el corazón prácticamente de la fábrica, también tenía que estar atento a la llegada del barco con el fuel oíl, porque era así como se alimentaba en ese momento. Entonces, en el muelle, o sea, que está frente a la fábrica, sobre el río, había un pequeño muelle donde atracaba el barco, se conectaban los manguerotes, había uno con agua caliente permanente, porque el fuel oíl es espeso, entonces permitía que se hiciera más el fluido y pudiera entonces así cargar lo que serían los tanques de la fábrica para alimentar entonces la Usina. Y de ahí el funcionamiento de toda la fábrica”.
Guillermo Ibaquez, ex jefe de Laboratorio
“El laboratorio tenía, digamos, funciones bien especificadas, que hacía a 2 aspectos básicos: el control de calidad de las materias primas que se utilizaban para la preparación del cemento… era una línea que tenía que controlar la calidad de cómo íbamos preparando esa materia prima para que el clínker, que era el producto casi final, saliera del horno con una calidad necesaria para cumplir posteriormente los requerimientos que el cemento iba a requerir, ¿no es cierto? Todo eso llevaba un control químico de cada una de las etapas. A ver, yo tendría que haber empezado porque hacer una especie de pequeño cuento de cómo era la producción. O sea, la fábrica era… en volúmenes grandes, ¿no? La cantera, que era la que producía la materia prima, que era la piedra caliza. Y esta fábrica, si me permiten, y hay tiempo, era una fábrica muy especial, porque era una fábrica de fabricación de cemento por vía húmeda, se llamaba. ¿Y por qué por vía húmeda? Porque tomaba contacto con el agua a través de toda la preparación de la materia prima, antes de entrar en la etapa del horno. El horno era un tubo muy largo de 120 metros, que llegaba a temperatura de 1.400 grados, y que ahí ya salía prácticamente el cemento terminado. Pero no, no quiero saltar, digamos. Entonces, había toda una etapa de preparación de la materia prima que comenzaba en la explotación de la cantera. La cantera era muy importante y muy interesante la explotación, porque era una cantera de muy mala calidad, en sí. La piedra caliza que se había encontrado y que alimentaba la producción de cemento era de mala calidad, era de 50% de carbonato calcio promedio. Y, además, tenía cubierto el banco de piedra de esa piedra, era como si fuera un banco de piedra conglomerado grande, era una piedra, un ´piedrón´ muy grande que abarcaba todo el parque nuevo, digamos así, y a eso había que, en primer lugar, descubrirlo, que le llamaban el destape o el desmonte, tras sacar 12 metros, 10-12 metros de tierra para descubrir ese banco de piedra que estaba abajo, metido 12 metros, 10 metros de tierra. Para eso se usaba una grúa muy grande, toda la actividad, digamos, salvo el horno, era energía eléctrica, que era proporcionada por la usina”.
Julio González, ex gerente de la fábrica
“El comando, llámale así, del directorio o del área de supervisión en el ámbito laboral, era de origen al principio americano. Acá vinieron americanos y vinieron extranjeros acá a Paraná. Por suerte, a mí me toca mirar sin querer algunas situaciones, como haber conocido debidamente al director de la fábrica, siendo yo un chico de 14 años, 13-15 años.,, mediante el deporte, don Luis Hoffman, que era de origen, hablaba muy entrecruzado el castellano, y don Luis Hoffman fue, me parece, el primer gerente de la fábrica”.
Paula Cantero Cesario, nieta de obrero
“Yo creo que eso de que, bueno, de los zapatos que usaban, o sea, yo no estoy acostumbrada a ver ese trabajo… como que en mi familia era mi abuelo el que había trabajado en una fábrica. Entonces, yo nunca supe. Y a raíz de eso que yo te mostré el trabajo que hice cuando tenía 12 años. Mi papá usó esa camisa para trabajar, mi mamá un guardapolvo, y mi abuelo usaba muchas cosas y tenía muchas protecciones, y era, pensando así era un trabajo riesgoso también para ellos, porque, bueno, se enfrentaban a muchas máquinas muy grande. Bueno, una, yo no lo dimensiono porque no lo viví, sino que lo viví a él… y… bueno, la verdad que mi abuelo siempre lo demostró: ese amor por la fábrica que él tenía, era admirable escucharlo. A mí siempre me gustó escucharlo. Y algo que hoy pensaba, mi abuelo cuando de grande falleció, tenía Alzheimer… y si hay algo que mi abuelo nunca se olvidó fue de la fábrica. Y es algo que yo lo recalco muchísimo porque el Alzheimer es una enfermedad que te hace olvidar cosas, y por ahí se olvidaba mi nombre, el deporte que yo hacía, dónde yo estudiaba, o cosas así… pero lo que nunca se olvidó fue de las fábricas. Y esto es un valor que, digo, qué impresionante lo que lo marcó de su vida, porque, bueno, él siempre nos contó que desde los 14-15 años que trabajó, yo no lo tengo a eso. Entonces, decir, qué sacrificio, qué impresionante. Y, bueno, y así, porque él trabajó en la fábrica y todos los regalos, las cosas que tiene la fábrica y todo lo que él logró hacer… nada… terminó muy bien y no sé cómo decir: con todos sus años trabajados en la fábrica, tenía sus ganancias para nosotros, sus nietas, cumplirnos con todo, y, bueno, como que yo siempre voy a estar agradecido con mi abuelo por eso”.
Mariana Melhmen, directora de Patrimonio Urbano Arquitectónico de Paraná
“Tenemos hacia fines del siglo XIX y principio del XX tenemos a la fábrica de Fósforos que, bueno, ha sido una gran referencia. Pero, después vamos a tener esta, vamos a tener Coceramic, que es prácticamente contemporánea. Coceramic que se levantó sobre una antigua fábrica de cal. Es decir, que son actividades industriales casi como diría solidarias o interdependientes. Y por eso hablamos de enclave, porque funcionaba como si todo ese sector urbano fuera un sector industrial. Por eso, durante mucho tiempo hablamos de una suerte de enclave, en el sentido de que no había muchas posibilidades de incorporar otras actividades que no estuvieran vinculadas con la industria. Más adelante, como les decía antes, cuando se decide establecer el Parque Industrial ya en, pisando los ´70, empiezan a desactivarse las actividades de Bajada Grande, y con eso una cierta oportunidad… perdón… me estaba olvidando de la fábrica Llave también que estaba en el entorno. Bueno, entonces, cuando se abre el Parque Industrial, entonces, empiezan a desalentar muchas de las actividades industriales que estaban allí instaladas”.
La planta funcionaba las 24 horas, porque el horno no podía apagarse. Para sostener esa marcha tenía su propia usina eléctrica, con dos turbinas de origen sueco que se relevaban entre sí. La fábrica se abastecía a sí misma de energía y de agua potable, y llegó a ser tan poderosa que, cuando la ciudad se quedaba a oscuras, ella le devolvía la luz. Su cemento no solo levantó Paraná: viajó a Corrientes y a Misiones. Y los hombres que trabajaron allí pusieron también una parte de su esfuerzo en una obra mayor, el Túnel Subfluvial que finalmente unió las dos capitales.
Guadalupe Militelli, viuda de ex obrero
“El papá de él trabajó en la construcción de la fábrica. Cuando él ya estaba, ¿viste? … mi suegro ya estaba para jubilarse ya, le propusieron que uno de los hijos podía trabajar. Y el que estaba en una edad, más o menos, para entrar como aprendiz, porque mi esposo entró a los 15 años como aprendiz. Y se jubiló en el año 2003. Se retiró él, porque como se vendió la fábrica… se vendió a la Fortabat en el 2003 se retiró ya. Después lo llamaron para unos trabajos que tenían… Tantos años sabía, porque la conocía a la fábrica desde el techo. Y, bueno, él, el único accidente que tuvo mi esposo fue cuando fue a hacer el inventario del taller. Tenía que hacer un inventario… Que eso ya estaba jubilado. Lo llamaron. Y estaban arreglando los silos. Y baja ahí para explicarle al muchacho qué estaba haciendo… que no iba, y explota una de las mangueras, y se quiebra él. Pero él ya estaba jubilado, y él no se podía hacer nada… Pero la fábrica era así, era peligro. Todo lo que se sabe en un trabajo así, ¿me entendés? Con tantas maquinarias, tan grandes… que eso te lleva. Bueno, después historias muy de compañeros. Que por ahí se juntaban en el rancho de la fábrica. Ahí se hacía todas las fiestas. Y, bueno, él me contaba de uno, de otro… que esas son cosas muy personales, creo yo. Pero él quiso a la fábrica como dijo ella. La fábrica fue todo, ¡todo! Él a veces entraba a las 6 de la mañana, y eran las 6 de la tarde y no había venido, porque él no tenía que hacerlo. A él le daban para el trabajo, cuando el trabajo era muy peligroso… él elegía los empleados, los trabajadores, para llevarlo de lo que sabían, ¿viste? Bien todo. Y él hacía los planos. A él le daban el plano, los ingenieros, y él lo dividía al plano para hacerle uno para cada uno de los muchachos que tenía que hacer. Así que, vos te imaginás… por eso te digo… venía tardísimo, cansado. Pero, eso sí nunca … él podría decir, sí, estoy un poquito cansado, pero, y más si estaba el hijo adelante, ¿viste? ¡Ese fue mi marido!”.
Julio González, ex gerente de la fábrica
“El laboratorio era una entidad dentro de la empresa que también estaba sujeta a la función de cada área. El laboratorio era de un nivel profesional de alto grado. Don Luis Hoffman es un químico, indudablemente. Y Kike Bogado era egresado de la Facultad de Ingeniería Química de Santa Fe. Esa facultad de Santa Fe, a todo el país le generó un altísimo nivel profesional en distintas ramas. Pero, casi, yo diría un alto porcentaje de los ingenieros que estuvieron en la función de la Fábrica de Portland, fueron egresados de acá, de la Facultad. Era muy respetada la Facultad”.
Guillermo Ibaquez, ex jefe de Laboratorio
“Las máquinas de la de la cantera eran unas máquinas muy grandes que eran, digamos, la energía que consumían era eléctrica. Y entonces, había que suministrarle una gran cantidad de energía eléctrica, porque eran muy grandes los trabajos que hacían. Esa parte de la cantera era una cosa muy interesante en cuanto al trabajo, al laboreo, digamos así… era difícil, era riesgoso (…) Después venía ya la segunda etapa, digamos, sería perforar el banco de piedra que había sido descubierto, hacer explotar ese banco, romperlo, y cargarlo en trenes para llevarlo al primer punto de trituración, que era una trituración muy gruesa: Empezaba a producirse, digamos, la materia prima para ser alimentada al horno. Los piedrones grandes que se traían desde la cantera se trituraban en una máquina trituradora, después pasaban una etapa de molienda. Posteriormente, como decía al principio, como era de muy mala calidad, había que concentrarla y se hacía por un proceso que se llamaba -de una operación, en realidad-, de flotación, que era que se hacía flotar en unas piletas especiales que había, unas celdas, la caliza, el carbonato de calcio, que era lo que nosotros estábamos buscando, lo hacíamos flotar y lo íbamos preparando, llevando a un decantador que, posteriormente, decantaba para ir eliminándole el agua… para que cuando entrara al horno, además de la calidad química, digamos así, en cuanto al carbonato de calcio y otros componentes, tenía que ser para para complementar posteriormente la calidad del cemento… toda esa esa calidad. Además, tenía que tener la menor cantidad de agua posible, porque si no, el consumo de energía del petróleo que se quemaba era para evaporar agua y no tenía mucho sentido. Pero, lamentablemente, era -como dije al principio-, era un proceso de vía húmeda muy especial. En la Argentina había otra fábrica y nada más. Y eran raras las fábricas de ese tipo de fabricación de cemento por vía húmeda, porque era muy costoso, porque quemaba mucha energía en eliminar agua. Pero, era un problema de la calidad de la materia prima”.
Laura Poli, coordinadora del Museo Martiniano Leguizamón
“También la fábrica traía, a través del tren, piedra desde Victoria y desde Diamante. Entonces, el tren era, digamos… la locomotora llegaba a prácticamente al corazón de la fábrica para hacer la descarga. De hecho, en más de una oportunidad, en el rancho que ellos tenían para uso del personal, se hacían las fiestas de fin de año y muchas veces Papá Noel venía en la locomotora, ¿no? Y se generaba toda una cuestión de ansiedad entre los que éramos chicos, esperando la llegada de Papá Noel cuando llegaba -reitero-en esta locomotora. Otras veces vino en helicóptero, otras veces en topadora, o sea, siempre se buscaba una forma diferente de que llegara Papá Noel ahí a este rancho ´Estrella Solitaria´ que era sinceramente bellísimo. Hoy lo único que perdura de ese espacio es la subida, el portón, y la subida hacia lo que es la barranca… es lo que queda. No sé si se habrá destruido solo, lo habrán destruido. Desconozco porque no es un lugar de acceso en este momento”.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“Desde el punto de vista patrimonial, el edificio se inscribe dentro de lo que podríamos llamar arquitectura industrial, hormigón armado, sobre todo. Comienzan a aparecer en la arquitectura nuevos materiales hasta fines del Siglo XIX, principios del Siglo XX, producto de los efectos de la evolución industrial europea, el hormigón armado, el acero, el vidrio, y esos elementos permitieron a establecimientos fabriles, establecimientos industriales, hacer ese tipo de arquitectura… Arquitectura que no la hicieron los arquitectos, la hicieron los ingenieros. Porque en Europa se planteó la disyuntiva de quiénes iban a ser los encargados de hacer esa arquitectura. Los arquitectos no estaban preparados y los ingenieros … pusieron los elementos que tenían a su alcance para hacer este tipo de arquitectura que, si uno lo ve, lo analiza, lo observa, es una arquitectura muy simple, muy austera. No había un estilo arquitectónico, no había arquitectos que buscaban la belleza. El arquitecto industrial tiene eso: son galpones, silos, en donde la única función era la fabricación de un terminado producto”.
La fábrica fue, sobre todo, una comunidad. Quienes pasaron por ella hablan de una gran familia, y no es una frase hecha. La seguridad era una obsesión: cada sector tenía su color, cada casco marcaba una tarea, y se festejaban los días sin accidentes como pequeñas victorias. La empresa premiaba a los hijos de los obreros por sus buenas notas, exigía a los aprendices terminar la escuela y entregaba relojes grabados a quien salvaba una vida con lo aprendido. Muchos entraron de aprendices a los 15 años y se jubilaron décadas más tarde, sintiendo a la fábrica como una segunda casa.
Norma Valentinuz, hija de obrero
“Todos los años, en las fiestas que se hacían de fin de año, que se hacía para todo el personal, sin distinción de jerarquía. Se daba premio a los 2 mejores promedios de cada grado y año de la secundaria. O sea, que todos los empleados, presentaban a fin de año las libretas escolares de sus hijos, y entonces se hacía la selección de cuáles había sido los 2 mejores primeros en Primer Grado, Segundo o en la secundaria, y a esos dos, en esa cena, se los hacía subir al escenario y se los premiaba, Por ejemplo, mi hermana fue premiada varios años porque tenía buen promedio. Y le daban, generalmente, le daban libros con dedicatorias, con inscripciones - ¿no es cierto? - de la fábrica. O sea, la fábrica le dedicaba o la premiaba por el promedio. Así que sí, ese era un lindo incentivo. Y también, respecto a la educación, había muchos chicos que entraban, jovencitos como aprendiz a la fábrica, que todavía no habían terminado la secundaria, y entonces una norma de la fábrica era que ellos, si bien lo tomaban como aprendiz, tenían la obligación de seguir la escuela. Entonces, muchos empezaron y terminaron luego en las nocturnas para tener su trabajo y cumplir con el requisito… le ponía la fábrica, de que siempre cuidó también la parte de educación, tanto de sus empleados como de los hijos, porque los hijos también -por sus padres y por el premio-, se esforzaban durante el año escolar, porque era un reconocimiento que tenían”.
Julio González, ex gerente de la fábrica
“La Usina era una un edificio, te lo puedo mostrar, especialmente hecho para montar la usina. Con una capacidad de producción de dos turbinas… dos turbinas importantes: cada una de ellas funcionaba o suplantaba a la que estaba en condiciones de control o cumpliendo los requisitos… sí, de control, que había en ese aspecto un cuidado, pero con gran cuidado meticuloso en todas las partes de la empresa. Había que andar con los guantes, había que andar con los zapatos de seguridad, había que andar con el casco con la fábrica… en fin… una cosa que no era normal, digamos, compatible con el resto de la industria local, sobre todo, más modestas. Pero, bueno, la fábrica era la fábrica de cemento”.
Laura Poli, coordinadora del Museo Martiniano Leguizamón
“La comunidad que había era preciosa, y eso lo podías ver reflejado en las fiestas que se hacían a fin de año. Y, por cierto, también tenías una forma de compartir con el resto de la zona fabril que había en la zona de Bajada. Había muchas fábricas… muchas fábricas. Hoy ves, de pronto, restos, ¿no? De lo que fue también las plantas de Shell, las plantas del YPF que había en esta zona de calle Estrada. Realmente era maravilloso. Yo tengo uno de los recuerdos más grandes de cuando se hacía la expo ferias, por ejemplo. Entonces, era toda la comunidad fabril en un mismo espacio… ya te digo, con juegos maravillosos para los menores y, a la vez, lo que significaba presentar lo que cada fábrica hacía también. O sea, realmente era una época bellísima”.
Guillermo Ibaquez, ex jefe de Laboratorio
“Era todo un proceso de preparación de toda esa materia prima, se molía, se ponía al tamaño de piedritas chiquitas, polvo… y eso se alimentaba al horno, a ese tubo grande de 3 metros de diámetro que sacaba el clínker… sacaba la piedrita, que era como una especie de pedregullo que ya tenía la composición química necesaria para posteriormente actuar como cemento, digamos. Y había que molerlo, había que triturarlo finito, al tamaño del polvo, y ya estaba. Listo, se lo mandaba a los silos, y de los silos a la embolsadora, que era de donde se despachaba en bolsa o a granel. Depende… había obras en Paraná que iban y buscaban cemento a granel, ¿no es cierto? Entonces, se despachaba o en bolsa o a granel. Esa era así, muy rápidamente, la línea de producción, digamos”.
Norma Valentinuz, hija de obrero
“Estábamos en casa, en el fondo de casa, ellos vivían al lado, y se empezaron a escuchar gritos. Entonces, mi papá se asomó por el tapial y vio que estaba en el piso… y la señora era la que pedía auxilio. Entonces, mi papá corrió, salió de casa, entró a la casa de ellos y le aplicó los primeros auxilios, y logró recuperarlo de esa electrocución que había tenido cortando pasto. Entonces, esta señora Reynoso de apellido, luego concurrió a la fábrica, y para agradecer justamente que la fábrica se preocupara en educar a sus empleados en varios aspectos, entre ellos los de primeros auxilios. Entonces, a mi papá le hicieron, así como un reconocimiento, le regalaron un reloj grabado, que decía Fábrica de Portland, al señor Valentinuz, con una carta donde le reconocían que ellos mismos, digamos, decían que el hecho de que ellos enseñaran los primeros auxilios había resultado en salvar una vida, que había rendido sus frutos -decía esa carta- su crédito de seguridad, porque había logrado salvar una vida aplicando los conocimientos de la fábrica, ¿no es cierto?”.
El final llegó de a poco, como llegan los finales de las cosas grandes. En 1984 la empresa cambió de nombre; en 1992 la compró Loma Negra, del grupo de los Fortabat. La producción empezó a decaer: primero la planta dejó de explotar la barranca y quedó reducida a embolsar; después, a simple distribuidora. El cierre, cuando llegó, fue conflictivo y resistido. Muchos creían que la fábrica iba a seguir, y de un día para otro cerró sus puertas.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“La cementera tuvo, te diría que 3 grandes etapas desde el ´38 que se inaugura hasta el ´8, fue Cementos San Martín. En el ´92 lo compra Loma Negra. La empresa que había sido de Alfredo Fortabat, ya estaba Amalia Lacroze de Fortabat a cargo de toda la fábrica. Y comienza un desgaste, una caída en ventas. Y deja de producir cemento… hacer (de) la planta de Paraná una simple distribuidora. Hasta que, a duras penas, llegamos al año 2000, en que la fábrica se vende a manos privadas”.
Paula Cantero Cesario, nieta de obrero Cesario, nieta de obrero
“La fábrica le dio, ese de confiar en él, de la confianza que le dieron a mi abuelo… vieron a mi abuelo que, obviamente, yo -como te digo- no lo supe ver, pero él me lo hizo saber a mí. Así cada 2 por 3, los domingos iba a almorzar y siempre la fábrica salía. O cuando me acuerdo así, bueno, el otro día lo hablamos, una vuelta hablando del túnel. ¡Ah, no! el túnel subfluvial, si yo participé en el túnel. Y el otro día, acá, hablando con mi abuela, como que me hizo acordar de eso. Y yo creo que de chica lo decía: mi abuelo hizo el túnel. O sea, mi abuelo hizo el túnel. Para mí era mi abuelo el que había hecho el túnel. El otro día hablábamos que, bueno, que era una parte del túnel, una de las capas de arriba, pero bueno, para para mí era eso y la fábrica. La es que le dio la posibilidad a mi abuelo de participar en algo tan importante a nivel país, que es el Túnel Subfluvial… que nos conecta con Santa Fe… como que lo recuerdo con esa sonrisa”.
Guillermo Ibaquez, ex jefe de Laboratorio
“La fábrica realmente fue una cosa muy hermosa en lo que a mí respecta en mi actividad personal… muy hermosa que me permitió primero y principal quedarme en Paraná y cerca de mi familia. Pero, además tenía, ¿cómo decir? una concepción de trabajo muy buena”.
Laura Poli, coordinadora del Museo Martiniano Leguizamón
“Convengamos que también hubo una cuestión política en la época de cierre, ¿no? Y esta venta que se hizo a Loma Negra, que fue muy conflictiva, fue muy rechazada, había una mirada de que la fábrica no se iba a cerrar, que iba a seguir su proceso laboral, y de buenas a primeras cerraron las puertas. Entonces, eso, por supuesto, generó malestar en toda la ciudad, porque la mayoría trabajaban ahí”.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“Hoy, de vuelta, pasó a manos privadas, con la intención de hacer residenciales, viviendas de alto valor adquisitivo para la gente que lo compre. No funcionó del todo bien el emprendimiento, y está a la espera de… han surgido algunas ´cositas´ muy sueltas, como la galería de arte que está en el lugar. Pero, no hay demasiado interés por parte de otros privados en tomar las postas de la fábrica para otras funciones y otros usos”.
Después vino el desmembramiento. El enorme predio, de casi 200 hectáreas, se fragmentó en lotes: una parte quedó para el municipio, otra fue a parar a un supermercado, otra a manos privadas que soñaron con barrios residenciales que nunca terminaron de “prender”. Hoy quedan ruinas. Estructuras de hormigón tan sólidas que no se derrumban solas: lo que está roto, está roto a propósito. Una misma pieza de ingeniería atraviesa hoy terrenos distintos, como si se hubiera querido borrar su unidad y, con ella, su memoria.
Laura Poli, coordinadora del Museo Martiniano Leguizamón
“Las cosas no mueren nunca. La historia hace que, digamos, tengamos presente siempre lo que sucedió y lo que voy a llevar siempre y espero que todos lo que se vivió allí, que fue siempre bueno. Así que nada, sí me causa mucho dolor ver en ruinas ese espacio y que podría verse, o tal vez pueda hacerlo más adelante, algo productivo con todo lo que hay allí, ¿no? No he ido más… de hecho… me gustaría en alguna oportunidad entrar. Pero, sé que me dolería bastante, porque tener imágenes de lo que fue a lo que es en estos momentos es un shock bastante importante. De todas maneras, me siento, diría que orgullosa de pertenecer a quienes crearon esa fábrica”.
Paula Cantero Cesario, nieta de obrero Cesario, nieta de obrero
“Capaz que mi papá, capaz que lo vivió más, puede contar muchas cosas. Pero, yo como la nieta, voy a saber que él siempre tuvo -hasta el último día de su vida- él tuvo la fábrica presente, y yo siempre supe que la fábrica era su segunda casa, su segunda familia, y el lugar más importante para él también”.
Fernando Ponce, arquitecto e investigador
“Si yo analizo el modelo de ciudad que teníamos hace los años ´30-´40, era un modelo industrial, de empleos públicos, comercial. Lamentablemente, Paraná fue perdiendo ese modelo industrial. Pero, fueron surgiendo, tal vez el ejemplo más paradigmático sea la Fábrica de Fósforo. En pleno centro de la ciudad, la ubicación de la fábrica es estratégica, porque estaba exactamente en la misma distancia entre el Puerto Nuevo, que era la llegada de la materia prima, y la plaza, que es donde se vendía el producto. Es un triángulo perfecto”.
Mariana Melhem, directora de Patrimonio Urbano Arquitectónico de Paraná
“Hay muchos procesos que implicaron las transformaciones, e incluso los cierres a partir de la adquisición de las empresas por parte de otras manos, digamos, que no fueron los productores iniciales, y eso generó diferencias. En algunos casos, bueno, como el Coceramic, tuvimos en realidad otra cosa, fue un cierre con la reapertura por parte del propio personal que quería defender su fuente, y recordemos que en ese caso estábamos ante la primera fábrica recuperada. Acá no pasó eso. Acá hubo un cambio de manos, digamos, de una empresa a la otra, y luego un deslinde de las tierras. Tanto es así que hoy, uno tiene fragmentos de lo que eran las instalaciones de las fábricas que forman parte de distintos terrenos. O sea, una misma pieza, ingeniería civil, vamos a decirlo, porque no es arquitectónica, pero una misma pieza ingeniería civil atraviesa dos o tres lotes diferenciados. Esto nos habla justamente de quitarle el valor a esas instalaciones, el valor que ahí, sí, desde mi condición de arquitecta y relacionada con el patrimonio, creo que están quitando un valor que tiene que ver con la memoria”.
Una fábrica no muere cuando cierra sus puertas, sino cuando deja de producir. Y la de cemento Portland dejó de producir hace tiempo. Pero hay algo que todavía sigue funcionando: el recuerdo de quienes la vivieron, la certeza de que esas paredes fueron testigo y testimonio de casi todo un siglo paranaense. Recuperar esa historia, no para congelarla sino para entender de qué estamos hechos, es tal vez lo único que falta. Porque una ciudad que tiene una historia propia - ¡y buena! -, no necesita inventarse otra.
Memoria Frágil: la historia de la fábrica de cemento Portland





