Nuestra forma de reaccionar a los escándalos no puede destruir la riqueza que se construye a diario en las fábricas, las zonas rurales y las escuelas.
Fernando Ruiz
Siempre pensamos que los periodistas sobre todo dan información, pero lo más relevante es el tono emocional que difunden.
Los periodistas funcionan como calibradores de la indignación, aunque también las redes marcan el paso.
¿Cómo regula el periodismo la indignación debida ante cada tema? ¿Su duración, su intensidad, su extensión? ¿Lo hace de acuerdo a su posición política y a su nivel de profesionalidad?
Los medios sobrerreaccionan
Desde hace décadas se estudia el llamado pánico moral, un concepto profundizado por el sociólogo Stanley Cohen, en el que señala la influencia del periodismo en la sobrerreacción social y bastante volátil a una percibida amenaza moral.
El típico caso de pánico moral es la inmigración, que es posiblemente el proceso más permanente y constante de la historia, pero hay millones de personas –todas descendientes de inmigrantes– que se indignan cuando les toca recibir migrantes. Ven amenazados de forma inaceptable su identidad y hasta su seguridad, difunden estereotipos sobre los invasores y amplifican al extremo sus miedos. Por supuesto, nunca faltarán los eventos críticos en los que se “demuestra” la amenaza, como un crimen donde el victimario fue un inmigrante. Esos hechos quedan cristalizados en la cultura de la hostilidad, y son cartas ganadoras en el debate social.
La corrupción pública también genera esos escándalos que fogonean alguna versión de pánico moral. La generalización del discurso antipolítico, basado en una cultura de sospecha contra todos, interpreta cada nuevo escándalo de corrupción como una ofensa a la moral colectiva.
Pero si la indignación política se desmadra puede generar riesgos mayores, sistémicos. La explosión de un caso puede romper un sistema. Un caso de corrupción puede bloquear a un gobierno. De hecho, son varios los sectores que buscan bloquear al gobierno de Javier Milei a partir del caso Adorni porque se oponen al gobierno en su totalidad. Y esa es una legítima acción política, como se quiso hacer con el caso Maldonado durante el gobierno de Mauricio Macri. Pero puede ser una peligrosa acción del periodismo profesional.
Periodistas y gobernabilidad
A mí el pánico moral frente al caso Adorni me parece desmesurado pero, ¿quién regula cuál es la reacción adecuada?
Si la sociedad está ultra sensible con un tema es posible que sobrerreaccione. Al igual que pasó con el gobierno De la Rúa, el gobierno Milei sufre mucho por incumplir con su mito de gobierno. El encuadre del caso Adorni que se refiere a la “casta libertaria” se basa en eso. Los mitos de gobierno, como dice el profesor y consultor político Mario Riorda, son las ideas que sintetizan la dirección estratégica.
Un gobierno puede haber perdido la coherencia con su mito fundacional pero tiene que seguir gestionando hasta el fin del mandato. Por eso, el periodismo no se puede paralelizar con la política sino que su foco es la calidad de la vida colectiva, entendiendo que tiene su cuota parte de responsabilidad en la gobernabilidad.
Un indicador para hablar sobre una sobrerreacción es si se ponen en riesgo políticas públicas más esenciales. Es decir, cuando el daño real del escándalo es superado por daños más graves que se generaron por cómo se reaccionó a ese escándalo. Así sería peor la forma de responder al problema, que el problema mismo.
La erosión de la legitimidad puede llegar a límites máximos. El escándalo se contagia desde distintas “estaciones de pánico”, como pueden ser distintas fuerzas opositoras, sectores sociales o medios. Podemos hablar también de pánico moral cuando cuesta opinar en contra y reina cierta autocensura.
Periodismo apostólico
Los cruzados y cruzadas de cada día, con su rutinarios editoriales a la hora señalada, disparan como sacerdotes, ayatollahs o rabinos mediáticos una homilía para activar la indignación de la hora. Hay periodistas que basan su carrera en saltar de un pánico moral a otro, con un tono de voz chillona y una comunicación no verbal ampulosa. Ya hemos dicho que una buena iniciativa para el periodismo sería reducir la intensidad de la opinión durante un tiempo, meterse en una cápsula de frío. Si el periodismo es muy moralista se vuelve muy demonizante.
El pánico moral es la expresión de una amenaza a nuestros valores, a lo sagrado, donde el periodismo puede amplificarlo y contagiarlo, y generar una ola hostil hacia los protagonistas del escándalo. Estos realizaron una transgresión que se hizo pública, por lo que estos victimarios sufren un tsunami de hostilidad social que les provoca un daño reputacional.
El periodismo principal suele ser guardián de los valores principales, y en ese patrullaje de seguridad que realiza puede exagerar y amplificar, generando un proceso de demonización, hasta llegar a festivales de castigo de la reputación de personas. Se engrosa con un nuevo miembro la lista histórica de demonios populares. Como en la Edad Media, en la plaza pública se ahorcan a los transgresores ante el aullido popular. Muchos periodistas están entre los agitadores de un festival de castigo reputacional que tiene que terminar con el sacrificio del transgresor descubierto. Y eso a pesar de que muchos de los agitadores son una asociación ilícita en sí mismos.
La política por el escándalo se da tanto desde el gobierno como desde la oposición. Judicializar al rival es un recurso político eficaz. Por eso, mientras avanza el caso Adorni también avanza el caso Sira. El horizonte electoral del 2027 es el decorado de ambos procesos. Y cada uno de ellos tiene su coalición promotora. No es un vicio actual, ni sólo argentino, sino que siempre fue un recurso en política. Si repasáramos, por ejemplo, el olvidado ciclo del yrigoyenismo encontraríamos cómo la política también se articulaba a partir de escándalos que involucran a políticos y la Justicia investigaba. Los diarios por supuesto, en primer lugar Crítica, de Natalio Botana, eran amplificadores talentosos de aquellos antiguos pánicos morales.
La política tiene una tendencia a exagerar el mal que le conviene, y los medios también, para lograr más impacto y atención. Por eso, la calidad periodística tiene mucho de regulación emocional, de reconocer matices que diluyen los sentimientos fuertes.
Mientras, la vida cotidiana de todos nosotros sigue. Los ataques de pánico no pueden destruir los esfuerzos de millones de personas que todos los días trabajan, buscan trabajo, hacen sus actividades en pos de sus proyectos y sueños. No tenemos derecho a que los males que sufrimos y vamos a seguir sufriendo sean palos en la rueda de nuestro futuro. La sobrerreacción es siempre un paso para atrás.
(*): publicado hoy en Perfil.






