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El pensamiento y la palabra de Luis María Serroels, a un año de su muerte

Luis María Serroels, a un año de su fallecimiento.

Se cumplió un año de la muerte de Luis María Serroels, ocurrida en Paraná el 15 de mayo de 2025. Tenía 82 años En esa fecha, el periodismo entrerriano se quedó sin uno de sus referentes más sólidos y más queridos. Esta nota, en lugar de hablar de él, busca dejar hablar a su pluma. Es un recorrido por las columnas que Luis María firmó en la revista ANÁLISIS y en el portal Análisis Digital durante sus últimos años de oficio activo. Las frases que aparecen entrecomilladas son suyas. La intención es ofrecerle al lector, en su propia voz, lo que pensó y lo que dijo Serroels sobre el periodismo, la política, la justicia, la ciudad y la condición humana.

 

El periodismo como compromiso con la verdad

La columna que mejor sintetiza su visión del oficio se titula "Periodismo: ese eterno compromiso con la verdad" y se publicó el 5 de junio de 2020, en la víspera del Día del Periodista. Allí Serroels se preguntó si todos los que ejercen la profesión están realmente legitimados por su preparación, su seriedad y su compromiso con la verdad, y respondió con un monosílabo contundente: no. Sostuvo que el oficio se ve permanentemente bastardeado por intrusos, mediocres e improvisados, y que esos oportunistas se insertan en una profesión digna sólo para lucrar con lo que dicen y con lo que callan.

Esa misma columna contiene una de las frases más recordadas de su archivo. Describiendo al verdadero trabajador de prensa, escribió: "Que se planta ante los tiranos sin importarle si tienen botas o tienen votos". La línea es importante porque equipara, en una sola imagen, las dictaduras militares y los gobiernos democráticos que abusan del poder. Para Luis María, el periodismo no debía bajar la guardia frente a ninguna de las dos figuras. La autoridad, viniera de donde viniera, debía ser interpelada.

En la misma pieza, contra los periodistas que pactan sus reportajes y viven de la alcahuetería y la delación, Serroels acuñó un principio que repetía en privado y en público con la misma intensidad: el verdadero periodista, decía, no se compra ni se vende. Era a la vez una declaración de fe profesional y un autorretrato. Quienes lo conocimos sabemos que ese principio le costó aprietes, persecuciones y momentos de desempleo a lo largo de su carrera.

 

La maquinaria de la impunidad

Una parte central del archivo de columnas de Serroels en Análisis Digital se ocupa del sistema judicial argentino. Volvió sobre el tema con una insistencia que era pedagógica, no obsesiva. Sobre la lentitud y los enroques que se tejen en torno de las causas contra los poderosos, en su columna "Las picardías de la justicia K" del 30 de noviembre de 2019, definió el fenómeno con una imagen que se le pegaría a la pluma: "La maquinaria de la impunidad". La fórmula tenía la virtud de ser corta, exacta y reutilizable: servía para describir lo que él veía como una operación organizada en torno a la dilación de los procesos.

En "La Entre Ríos que Urquiza no soñó", del 20 de julio de 2020, escribió a propósito de las maniobras que dilatan los procesos por corrupción una sentencia que se hizo famosa entre los lectores del medio: "Nuestra Señora de la Chicana sigue siendo la protectora de los corruptos". En la misma columna recordó un principio que muchos olvidan: en la función pública, sostenía, se invierte la carga de la prueba. Para Serroels, esa idea era una herramienta de control republicano: el funcionario tiene que rendir cuentas siempre, no esperar que un fiscal demuestre lo que él calla.

En "Pasteur y la otra cara de la rabia", del 30 de octubre de 2021, hilvanó la efeméride del descubrimiento de la vacuna antirrábica con la resolución de la Anses que reconocía a Cristina Fernández la doble jubilación de privilegio. Sobre el destino electoral de los corruptos, dejó una imagen lapidaria: el cuarto oscuro, escribió, es el más hermoso castigo para los corruptos. La frase condensaba su confianza, aunque a veces fuera frágil, en el voto como herramienta de sanción cívica.

En agosto de 2020, en su columna "Los hombres son esclavos de sus palabras", se ocupó de la reforma judicial impulsada por el oficialismo nacional de entonces. Frente a quienes consideraban prematura su crítica, escribió una frase de manual: "De la estupidez no es fácil regresar". Era su modo de decir que algunas decisiones políticas marcan rumbos difíciles de revertir, y que el silencio del periodismo en esos momentos termina pagándose caro.

 

La política y las urnas

Aunque su tono podía ser severo, Serroels evitaba siempre el desprecio por el lector y la conmiseración por el votante. Sobre las elecciones legislativas de Entre Ríos de noviembre de 2021, en su columna "Las urnas y el chirlo por la cola", reflexionó sobre la legitimidad de los resultados y reconoció con elegancia: "Todas las bancas son legítimas aunque no todas ostentan suficiente barniz". La frase es importante porque, viniendo de un periodista crítico del kirchnerismo y de un demócrata convencido, distingue dos planos: el de la legalidad formal del resultado y el de la calidad política de cada victoria.

En "Hora de honrar la ley y la justicia", del 13 de agosto de 2022, sobre la causa Vialidad y el deterioro económico simultáneo, sintetizó la coyuntura nacional en cuatro palabras que cualquier ama de casa podía repetir: "Más inflación, más pobreza". Era su manera de hilar la macroeconomía con la mesa familiar, sin necesidad de gráficos ni de tecnicismos.

 

La defensa de los más vulnerables

Quienes lo leyeron con atención saben que la pluma de Serroels no se reservaba sólo para el poder. También bajaba a las cosas pequeñas, a las realidades que el periodismo grande suele despreciar. En abril de 2020, en plena pandemia, escribió "Los salvadores de la vejez porteña", una columna durísima contra la disposición del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que obligaba a los mayores de 70 años a tramitar un permiso de circulación. Allí dejó una de sus frases más recordadas: "A la imprudencia, la desaprensión, la irresponsabilidad no la busquemos en la Tercera Edad". La oración seguía con un giro punzante: a esas conductas, decía, había que ir a buscarlas en segmentos etarios más bajos que ocupan cargos públicos.

Esa misma columna contenía otra pieza que merece ser rescatada. Sobre las disposiciones bienintencionadas pero paternalistas, Serroels recordaba un proverbio que él hacía suyo: "Con buenas intenciones suelen estar tapizados los caminos hacia el error". Era su modo de invitar a desconfiar de las soluciones rápidas, sobre todo cuando vienen envueltas en la retórica del cuidado.

En junio de 2022, después de que una mujer octogenaria sufriera una caída por el mal estado de las veredas en pleno centro de Paraná, fracturándose cúbito y radio, escribió "La vereda rota y su víctima". La columna no se quedaba en la anécdota: reclamaba que la responsabilidad pública y privada fuera tomada en serio, y resumía la actitud que el Estado municipal debía adoptar con los frentistas remisos en una frase clara: había que ajustar las clavijas a los perezosos. Bajo el humor, había un principio de defensa concreta de quienes ya no pueden gambetear los hoyos de una baldosa rota.

 

Paraná y su paisaje urbano

La ciudad fue uno de sus grandes temas. En marzo de 2022, en su columna "¿Y las veredas sin restaurar de la Plaza Carbó?", llamó a los paranaenses a comprometerse con el estado del paseo que rodean la Biblioteca de la Legislatura, la Biblioteca Provincial, el Rectorado de la UNER y la Casa de Gobierno. La columna empezaba con una triple invitación que ya sin esfuerzo se ha vuelto célebre: "Nadie se sienta molesto. Nadie mire para otro lado". Esa fórmula, además de invitar a participar, era una declaración de principios: para Luis María, la ciudad no era un decorado, sino una construcción colectiva que reclama cuidado y atención de todos sus habitantes.

En esa misma pieza, Serroels recordaba a los lectores que Paraná se ofrece como Ciudad Paisaje y que ese título obliga a ciertos cuidados. Habló de la añeja arboleda, de las esculturas de Fioravanti, de los bancos de las veredas. Habló de la figura del gobernador Enrique Carbó al que la plaza homenajea. Y dejó otra de sus marcas estilísticas: cuando le importaba un tema, lo abordaba desde la historia, la cultura y el dato concreto, sin caer nunca en la abstracción.

 

El reclamo ético

Cuando los incendios arrasaron más de 800.000 hectáreas en Corrientes, en febrero de 2022, Serroels escribió "La tragedia inenarrable del Taragüí". Allí entrelazaba el dolor argentino frente al desastre ambiental con una crítica directa al gobierno nacional y al ministro de Medio Ambiente de entonces. La columna cerraba con un anhelo que tenía la potencia de un programa político: "Que el país se anime a desterrar la era del cinismo". Para Luis María, el cinismo era el peor pecado público. Lo prefería todo, menos el cinismo: la equivocación, la torpeza, incluso el error sostenido. Pero el cinismo, esa actitud de quien sabe que está mintiendo y no le importa, le resultaba intolerable.

Pocas semanas antes de su muerte, en una entrevista que recorrió varios medios de la provincia, Luis María dejó un consejo que hoy funciona como su testamento profesional. Recomendaba leer y escuchar a los antecesores, informarse al día, practicar redacción, saber discernir los temas y, sobre todo, modestia. La frase que sintetiza ese decálogo es de una claridad cristalina: el futuro periodista, decía, no se debe creer más importante que la noticia. En esa misma entrevista, agregó otra recomendación que en los pasillos de cualquier redacción debería estar enmarcada: "Cuando a un periodista se le acaban las preguntas, ha entrado en estado de decadencia profesional". El periodismo, para Serroels, era ante todo curiosidad sostenida. Quien deja de preguntar, deja de ser periodista.

 

El hombre detrás de la pluma

Hubo también un Serroels más íntimo, capaz de reírse de sí mismo. Cuando lo declararon Ciudadano Ilustre de Paraná, en marzo de 2024, sintetizó su trayectoria en una imagen autorreferencial que combinaba humildad y picardía. Recordó sus casi 500 programas de televisión y miles de espacios radiales y dijo: "Como buen jetón que soy, tengo la misma cantidad de entradas que de salidas" en las radios. Esa palabra, jetón, era su modo de definirse: alguien que no se callaba lo que pensaba, y que asumía las consecuencias. Esas consecuencias, en su biografía, tomaron muchas formas. Aprietes, persecuciones, listas negras, sequías publicitarias, períodos de desempleo. Nunca, sin embargo, lo doblegaron.

Luis María Serroels fue declarado Ciudadano Ilustre. 

Cuando agradeció el reconocimiento como Ciudadano Ilustre, ya con la voz entrecortada, dejó otra frase breve que dijo mucho sobre su mirada del mundo: "El único dolor que tengo es que mi mellizo se fue al cielo, pero siempre fui feliz". Esa felicidad, decía, no había estado en los reconocimientos ni en los cargos ni en los premios. Había estado en el oficio, en la familia, en la música, en los amigos. Y, en una despedida típica de su estilo, agregó una sentencia llena de fe en el futuro de su ciudad: "Esta ciudad será grandiosa".

A un año de su muerte, no hace falta inventar adjetivos para describirlo. Sus columnas dicen lo que pensaba con una claridad que pocos periodistas alcanzaron en la provincia. Fue un trabajador de prensa que se plantó ante los tiranos sin importarle si tenían botas o tenían votos. Lo hizo en sus varios años como corresponsal del diario Clarín en Ente Ríos, como también en LT14, en FM Ciudad -con su querido amigo Jorge Medina- y también en FM Contacto, además de ANALISIS. Fue un cronista de Paraná que pidió que nadie se sienta molesto y nadie mire para otro lado. Fue un defensor de los jubilados que advirtió que la irresponsabilidad no había que buscarla en la Tercera Edad. Fue un denunciante implacable de Nuestra Señora de la Chicana. Fue un patriota lúcido que pidió desterrar la era del cinismo. Fue un maestro silencioso que enseñó a no creerse más importante que la noticia. Y fue, sobre todo, alguien profundamente coherente, que llegaba al final de cada jornada seguro de que el sueño sería tranquilo porque serena estaba su conciencia.

Sus columnas siguen estando, una a una, en el archivo de Análisis Digital. Para leerlo, para discutirlo, para volver a aprender de él. Porque sus palabras, además de haberle pertenecido, ahora le pertenecen a quienes las leen. Esa es, quizás, la mejor manera de homenajearlo: dejándolo hablar.

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