¿Pandemia o Pandemónium?

Sobre la pandemia y los demonios.

Por Carmen Úbeda (*)

La tierra inerme y fantasmal de los ríos que bajan y su caudal se evapora misteriosamente podría ser la analogía no sólo futura sino presente de una postal que abarca y abarcará el mundo y el país. El espacio social, resquebrajado. El espacio político, accidentado. El espacio cultural, yermo. El espacio económico, infructuoso.

Abruma hasta el solo hecho de nombrarla y lamentablemente mediante un registro riguroso los humanos, por lo menos de esta parte del Conosur, escuchan la palabra más de cincuenta veces por hora. Los hechos que provoca se corresponden rápidamente con la postal presentada, pero lo cierto es que ese desolador panorama fue anterior a ella misma. Por otra parte, resulta hasta inútil reconocer que los hechos existen, pero la interpretación de cada uno de ellos, aunque sean microscópicos como el virus, los engorda de modo elefantiásico. En otras palabras, cada hecho, sin exagerar, tiene miles de interpretaciones de circulación social (entendida ésta por medios convencionales y redes). También, funcionarios, periodistas, influencer pontifican acerca de la virtuosa disciplina que han adquirido los pueblos frente a la embestida de la pandemia. No es necesario citar los hechos lindantes con la psicopatía social provocados por las personas a las que los opinadores de café y de set les adjudican una repentina adhesión a las reglas. El apego a la norma se efectivizó con el auxilio del miedo, pánico que dura y durará mientras siga siendo sembrado hasta el umbral del cansancio. Ahora, también por la insistencia discursiva, parece ser mayor la angustia del aislamiento que el temor al contagio: los jóvenes, por la sugestión de eternidad; los mayores, porque ante la incertidumbre optan por un peligroso “carpe diem”.

El mundo es ancho y ajeno

En tanto, todo el mundo se está volviendo “Ancho y ajeno”, como avizoró el escritor Ciro Alegría hace más cinco décadas. La sede del imperio poblada de ejércitos puritanos y laboriosos hoy ya ha perdido un tercio de los puestos de trabajo y, aunque muy anunciada, no se prevé una guerra convencional a la vista que los “reincorpore al trabajo”. No por lo menos ubicable, porque tampoco se deben olvidar los buques iraníes que marchan por el océano al auxilio de uno de los blancos más codiciados por Estados Unidos (Venezuela) o  las bases norteamericanas en las islas que rodean China o la rebelión inducida de Hong Kong. La escaramuza de una sospechosamente fingida confrontación entre los imperios de Occidente y Oriente (con altibajos por la 5G), la hipocresía de ambos por una acomodaticia protección a la vieja Europa, una India tan distante como resignada, una África que especula y una Suramérica inefable, como forjadas por las palabras de Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Jorge Amado. Surrealismo, Realismo Mágico son estrechas aproximaciones  a esta América, para otros de ligero optimismo, bendecida. Señores presidentes, patriarcas, súbditos genuflexos, bufones fastidiosos, pueblos envilecidos, prostitutas cansadas, pléyades de aduladores, monjes negros, milicias voluntarias aguerridas y fanáticas más allá de la voluntad de sus caudillos, juglares fantasiosos y Cuentacuentos cuasi profesionales… En tanto, Franz Kafka  se vería obligado a escribir otra vez “El proceso” si conociera las maquinaciones siniestras de un pestilente Poder Judicial y los guionistas de The House of Cards abrevarían en nuevas fuentes de inspiración si conocieran los atajos sinuosos de estos parlamentitos. Y, mezclando la baraja sucia de una institucionalidad con harapos, los y las espías de morondanga seguirán dañando esa democracia y república con la que se llenan la boca.

Operadores contratados o vicarios voluntarios

Los agravios más impensados sobrevuelan las calles vacías de las sucesivas cuarentenas. No hay pudor ni misericordia, ni piedad en los dichos de algunos opinadores, con extensa trayectoria o noveles, da igual. Todo movimiento de la administración actual es tachado con una agraviante acusación de “ideológico”, como si este calificativo pudiera entenderse así. Desde una vereda tal vez menos poblada que los mismos pasillos de la Casa Rosada, se sueltan al éter palabras como: experimento con los argentinos (desde ya considerados por su emisor como cobayos), enamoramiento de la cuarentena (degradando medidas y sentimientos), infectadura (comparando este gobierno que, si es acreedor de alguna crítica, sería el de blandura), democracia en peligro, llamado a la desobediencia civil u otros a los que no habría que dedicarles dos caracteres, como los pronunciados por algunas divas cuya fortuna pasó por los glúteos y la ignorancia (“Enséñenles a criar gallinas a los del norte” o “Nos quieren llevar al comunismo”). Es asombroso como algunas acusaciones se igualan entre altos intelectuales de abundante materia gris y descerebrados cuya materia gris se debe haber perdido en sucesivas estéticas. La respuesta a tanto atrevimiento desconsiderado tampoco puede ser “Entonces, vayamos a Venezuela ahora”. Sin embargo, más allá de estas menciones que lindan el amarillismo, lo preocupante es que ese discurso se reproduce como el coronavirus entre las masas  más vulnerables educativamente.

En un principio, la pandemia fue tomada como igualadora y, si bien escasos rincones del planeta se salvaron de ella, su paso demuestra día a día que otra vez el mundo atraviesa un nuevo fenómeno de brutal desigualdad. Todos los pulmones son susceptibles de ser tocados por la partícula coronada, pero sólo serán salvados, aquellos que dispongan de un ejército imbatible de anticuerpos. Los mismos que hace menos de cuarenta días hablaban de un nuevo orden mundial más igualitario, como costado benéfico de la peste, hoy no pueden permanecer ciegos a que la enfermedad cala impiadosamente entre los más humildes y los débiles: villas, psiquiátricos, geriátricos, todos hacinados en condiciones infrahumanas por obra de la codicia, del abandono o de la necesidad.

Por otra parte, los de casas amplias, aireados jardines e incalculables ahorros cuyas cuarentenas se acercan a semanas, días, meses sabáticos y placenteros impugnan sin piedad medidas que seguramente con esfuerzo toma la gestión actual. Atribuyen la prolongación de las cuarentenas a operaciones y maniobras políticas de protección a la ex presidenta para frenar en el tiempo los procesos penales que la inculpan. Aunque alguna dosis de estas especulaciones tuviera cierto asidero, la reducción al simple amparo de Cristina Kirchner es al menos ignorante, si no brutal. En honor a los hechos y a un esfuerzo enorme de neutralidad, quien siguiera como la que escribe meticulosamente los discursos circulantes, entenderían que, desde el punto de vista del volumen, la extensión y la intensidad, las defensas oficialistas son geométricamente menos agraviantes que las de sus opositores políticos y/o mediáticos y/o híbridos. La supuesta inmoralidad cívica que derraman sobre los discursos sencillos y sinceros de Axel Kicilof, acusado de una actitud llanamente enfrentada a la gestión de la CABA, responde a la defensa de sus posturas. Parece que el oficialismo no pudiera hacerlo porque estaría socavando la libertad de otros. Ocurre, de igual modo, cuando se lo humilla al presidente asimilándolo a la figura de títere de Cristina Fernández. A esta gente, políticos y periodistas, le falta sopa de letras porque olvidan que los dos Fernández son socios, uno elegido por conveniencia del otro, necesitados mutuamente  y, por sobre todo, al “capital inicial” lo puso ella. Es obvio que se van a consultar, que van a discutir, que van a acordar, que van a concederse posturas.

Sin demasiado análisis, otra vez impera la contrariedad, el orgullo, el narcisismo, la egolatría, el forzado odio, el desprecio, la discriminación (no sólo entre dirigentes, que sería lo de menos, sino entre pares) mediatizados por los operadores de siempre: la cuestión es embarrar la cancha. ¿Cuál es el objetivo? Pelear y ganar el metro cuadrado que le “corresponde” de una tierra, para ellos, plana. Si estas líneas culminaran aquí, ejercerían la función más temible de quien escribe: el terror verbal que conduce al pánico (aunque sean tres los lectores, es un inmoralidad periodística provocar más incertidumbre). El contexto actual sumado a esa conducta parecería convocar a un suicidio colectivo: donde no hay mañana, no hay propósito, si no hay propósito, no hay deseo, si no hay deseo, no hay vida. Para cerrar, esperar no siempre es desesperar, los separa una invisible línea, pero para seguir viviendo se impone la esperanza. De la pandemia, quizás se salga, de la desesperanza, es muy difícil. Se hace necesario, entonces, salir a la búsqueda de los nuevos quehaceres demandados por una nueva realidad. Hará falta imaginación, producción de ideas, planificación, condiciones en la actualidad ausentes. Sin embargo, y, contemplando estas tres condiciones, existen propuestas que poco se dan a conocer o sencillamente no se multiplican como las malas noticias. (Este artículo fue escrito durante los días previos al anuncio de la intervención de Vicentín por parte del Gobierno nacional. Acontecimiento que por su magnitud y complejidad merece un tratamiento exclusivo y no la verborragia ligera que desde la fecha se disemina sin chequeo informativo). Escuchen a Juan.   

Escuchen a Juan

Fue muy difícil que la fuente conseguida se explayara en el dato acercado a quien escribe. Siempre hay filtraciones, aunque las reuniones sean en sótanos de preservación nuclear.  No termina en una metáfora la evidencia de que las paredes oyen, como lo impusiera Juan Ruiz de Alarcón. El penúltimo encuentro entre el presidente y su vice, no fue exclusivo. Había algunas presencias más que imploraron ocultar sus identidades. Ellas fueron las paredes que escucharon y dieron a conocer, aunque muy exiguamente, un tramo de la conversación al que podría considerarse de suma importancia. El contexto de estos dichos fue el pago de la deuda, el lawfare, la pandemia, el aislamiento y las secuelas en la post pandemia. Con seguridad, una situación económica crítica previa a la peste que se agravará peligrosamente si llega a su término. La conversación duró más de tres horas. No hubo ninguna clase de roce ni confrontación como se pretende. Hubo intercambios más racionales, más apasionados, tal como es cada uno de ellos. Ante la preocupación de Alberto Fernández en cuanto a las medidas que tomará o que enviará al Congreso finalizada la pandemia, Cristina Fernández mencionó la palabra que propios y ajenos están buscando en la nueva gestión: modelo, plan, planificación. (Al respecto, extraña que los representantes de una generación que hizo culto al método fundamental a la luz de teóricos como Fernando Enrique Cardoso o, para exagerar, como Carlos Marx, hayan excluido de su vocabulario la expresión de economía planificada.) Él inclinó su cuerpo hacia ella como para escucharla mejor y ella con soltura, serenidad y segura, se limitó a responderle “Escuchen a Juan”. El presidente, como aliviado, le respondió que estaba tomando nota de lo que le presentara el “Gringo” Castro (Esteban Castro, presidente de la UTEP). Allí, la vicepresidenta se mostró algo inquieta y sólo dijo “Es demasiado”… “Te dije que escuchen a Juan”.

A partir de estos mezquinos datos, es obligado revisar el documento entregado por Esteban Castro. Efectivamente, hay premisas cuyas propuestas, con algunas reformas, son viables y podrían aplicarse, como es el caso de la que llaman soberanía alimentaria, que evitaría intermediarios en la cadena de comercialización... (consideración anterior al anuncio del 8/VI/20), pero otras, que complacerían hasta a Lenin, a Trotski o a Stalin, por ejemplo, una flota mercante para prohibición de algunas importaciones, la estatización de todas las empresas de servicio público y la nacionalización de la banca... Si bien, Juan Grabois fue uno de los firmantes de este documento, él hace público y refuerza su lema de “Tierra, techo y trabajo”. Es conocida la solicitud que daría lugar a su cumplimiento sobre la necesidad de entregar unas pocas hectáreas de tierra a miles de familias en las que por el trabajo de ellos mismos se construirían sus viviendas y germinarían sus huertas. El ítem del documento de la UTEP sobre el reordenamiento del territorio nacional con la creación de nuevas unidades productivas, según este lema, concretaría naturalmente y sin esfuerzo una reforma demográfica que impidiera las megatrópolis, el hacinamiento, la pobreza, la enfermedad y tantas desgracias y, en definitiva, la ocupación del territorio de modo planificado quizás antes de que lo hagan otros (Fuertes versiones afirman que China creará unidades productivas a lo largo de la extensa costa atlántico patagónica para la explotación pesquera. Recordará el lector que, en ocasión de la búsqueda infructuosa del Ara San Juan, se habrá cansado de ver numerosos busques de rescate, pero muchos más de pesca clandestina. Parece que los chinos van a invertir y colonizar en cambio de robar descaradamente. Estas versiones son muy fuertes, pero están condicionadas por los “movimientos” del norte continental, los humores de un presidente insano, su reelección o no y la resultante geopolítica de estos.)

Después de nombrar por tercera vez a Juan, la ex presidenta se relajó en el apoltronado sillón, arregló su pelo y sólo dijo convencida “… lo pagás con el impuesto a las grandes fortunas y solamente con el lema de Juan ponés en movimiento más de ochenta industrias”.

Sería procedente dejar de lado cualquier filiación o simpatía política y considerar aún lo que propone el adversario. La inteligencia humana es aquella que tiene la ductilidad de atreverse aún a pensar sobre lo que se opone a su razonamiento. El mundo debería hacerlo para que la pandemia deje de ser un “pandemónium”.

(*) Especial para ANÁLISIS desde Santa Fe. 

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