La historia de la interna familiar de los Etchevehere

La historia de la interna familiar de la familia Etchevehere

Luis Miguel, Dolores y Leonor Etchevehere.

Los hijos de Leonor “Lala” Barbero Marcial de Etchevehere no saben cuántos años tiene su madre. Calculan que tiene más de 80 porque cuando se casó, en 1961, ya se había recibido de abogada, y para entonces tendría unos 24, pero nunca osaron preguntar: “Es demasiado coqueta como para decir su edad”.

En estos días, muchos le aconsejaron a la matriarca que se mostrara más, sobre todo después del video en que se la vio de jeans y botas, rodeada de chacareros, defendiendo la propiedad. “Los varones se tienen que mostrar menos y la que tiene que salir en los medios es la madre, para que se vean dos figuras femeninas y se diluya el conflicto de género”, sugirieron.

Pero Leonor siempre mantuvo un perfil bajo. Nunca, ni cuando vivía su marido, Luis Félix “Zahorí” Etchevehere, fue a eventos en La Rural ni es la típica señora tradicional que se casó con un hombre de campo. Los que la conocen dicen que detesta exponer la crisis de su familia en público. Por lo bajo, aun cuando su hija Dolores declaró ante las cámaras que “ser madre no te santifica”, Lala repite: “Sigue siendo mi sangre”.



Leonor siempre mantuvo un perfil bajo y sufrió la exposición de la crisis familiar (Foto: Infobae/Franco Fafasuli)

Las mismas fuentes cuentan que, sin embargo, no necesitó guion para hablar con los medios desde la tranquera del campo en la vigilia que terminó con el fallo a su favor: “Miró a cámara y dijo 'yo sé lo que tengo que decir’”, revelan. Lo hizo a contramano de lo que había querido siempre: mantener la pelea con Dolores puertas adentro, pero también consciente de que el conflicto ya había estallado y que la alternativa era dejar que solo hubiera una versión de la guerra que pasó más de una década tratando de esconder.

Entonces, reconoció que hacía dos años que no veía a su hija aunque dijo que ni ella ni sus hijos le iniciarían acciones legales por la toma del casco del campo Casa Nueva. “Se va a solucionar y vamos a comer un día un asado todos juntos”, dijo cuando le preguntaron por la pelea de su familia. Y dio el pie para esta nota: “Lo disfrazaron de una novela mexicana: la madre mala, la hija la víctima, cuando esto fue una lisa y llana aventura política”. Después de todo, ¿cuánto de novela tiene la historia de los Etchevehere?

De un lado, ella y sus tres hijos varones: Luis Miguel, Arturo Sebastián y Juan Diego. Del otro, su única hija, Dolores. Hasta ahí, el drama puertas adentro que empezó cuando el padre todavía vivía y Dolores era sistemáticamente excluida de la sobremesa de negocios familiar. “Quedaban todos menos Dolores. No había lugar para la hija mujer –cuenta alguien que conoce la intimidad de la historia–. El padre encabezaba la charla de la que participaban los tres varones y la madre, porque a Leonor no se le escapaba un perro por abajo de la tranquera. En cambio, Dolores quedaba afuera y sintió desde muy chica que era corrida de esa conversación. Tenía la fantasía de que ganaban millones y le ocultaban la plata”.

La guerra abierta se desató en 2009, con la muerte del patriarca. Luis Félix era hijo de Arturo J. y nieto de Luis Lorenzo Etchevehere, que fue gobernador de Entre Ríos y fundador de El Diario –el más importante de Paraná–, cuyo legado continuó también junto a sus hermanos en campos, propiedades y otros negocios, como una consignataria de hacienda.

Dolores tenía una relación especial con su padre, lo consideraba su protector, con su muerte quedó sola frente a la tríada de los hermanos y la madre y comenzaron también las versiones de que estaba siendo avasallada. Aunque es cierto que, para entonces, hacía tiempo que el Zahorí estaba enfermo y senil y eran Lala y los varones quienes dirigían los destinos de la sociedad. Fueron los años en los que, como en la serie Succession, se sembraron las intrigas: ¿cómo se repartiría la herencia cuando el padre ya no estuviera?

También fue el tiempo de pasar en limpio que la verdadera jefa del clan siempre había sido la madre. “Siempre estuvo dos escalones por encima del padre, es descendiente de una familia peruana muy importante y había recorrido el mundo, tenía una carrera y fue la que lo empujó a terminar Abogacía a su marido. Ella organizó la empresa, hasta era la principal editorialista del diario. Lala era la única que se plantaba ante el abuelo Arturo Etchevehere, el verdadero patriarca que aterrorizaba a los empleados, a la familia y a todo el que se le cruzaba”, cuenta una fuente entrerriana.



Luis Miguel Etchevehere y su madre recibieron días atrás a Patricia Bullrich (Foto: Infobae/Franco Fafasuli)

Arturo J. Etchevehere fue un radical conservador que llegó a ser compañero de la fórmula presidencial de Pedro Eugenio Aramburu por el partido Udelpa en 1963, con el peronismo proscripto. Manejaba El Diario con mano de hierro y cuentan que llegó a hacer arrodillarse en plena redacción a una periodista para que le pidiera disculpas por una errata. No era distinto en su casa, y el Zahorí replicó ese rigor con sus hijos.

En los hechos, según el escribano de la sucesión de Luis Félix Etchevehere, cuando finalmente el padre murió, las acciones de Las Margaritas S.A. (una de las sociedades de la familia) fueron partidas y adjudicadas de común acuerdo: el 50% para Leonor, la cónyuge, y el otro 50% para los hijos en partes iguales (el 12,50% para cada uno).

Si la relación era mala hasta entonces, se quebró definitivamente poco después. Una década es el tiempo que llevan los hermanos sin dirigirse la palabra, aunque en rigor hacía mucho más que las comunicaciones estaban cortadas.

En ese tiempo, Leonor bregó siempre por que el conflicto no escalara. “Fue la que más empujó para llegar a un acuerdo, porque los hermanos fueron muy duros. A su manera también quería cuidar a Dolores, les pedía por favor a los abogados que no la dejaran vender su parte para que no se quedara sin nada”, dicen las mismas fuentes.

Pero Dolores cedió el total de sus acciones en Las Margaritas a la firma Mirus S.A. para comprarse la casa de 250 m2 en el country Tortugas valuada en un millón cuatrocientos mil dólares que le alquilaba a un famoso tenista (“decía que era su lugar en el mundo”). No era el primer préstamo que recibía, y además debía los honorarios del abogado que la había representado durante casi todo el litigio con su familia, Enrique Del Carril, que terminó por trabarle un embargo que frenó la compra de la casa.

Ya estaba en juicio por la deuda de una casa que había alquilado en La Horqueta y que, además de no pagar, había dejado en muy malas condiciones, aseguran quienes estuvieron con ella por esos años. Entonces, para que no se quedara en la calle, Leonor le prestó un departamento en Guido y Ayacucho, el mismo en el que vivió de soltera, a media cuadra del cementerio de la Recoleta.

“Ahí es cuando todo el mundo de Dolores se viene abajo, pero a la vez cuando ve una oportunidad porque aparece en su vida Juan Grabois. Ahí también es cuando la grieta de la familia se convierte en la grieta del país”, dicen sus íntimos.

Dolores corta el mandato

Para los que conocen a Dolores desde chica, esa grieta empezó desde mucho antes. “Ella siempre fue la distinta de la familia. La única que se vino a vivir a Buenos Aires, la única que no se dedicó al campo”, cuentan fuentes de Entre Ríos. “La diferencia con los hermanos es la palabra: ellos discutieron hasta el último peso con la hermana, pero el día que se cerró el acuerdo, pusieron la plata, las vacas y lo que hubo que poner. En cambio, Dolores, cuando tuvo el problema de la casa se arrepintió y fue por más. Esa es la verdadera clave de esta historia”.

Voz potente, gestos exagerados, pose desafiante y estilo campechano. La descripción les cabe por igual a Luis Miguel y a Dolores, de los dos dicen que son temperamentales. Quizá por lo mismo hace tanto tiempo que el mayor de los Etchevehere –que llegó a presidente de la Sociedad Rural y ministro de Agroindustria durante la gestión macrista– y su única hermana mujer son irreconciliables.

Luis Miguel es el único de los varones que, casado con una porteña, María, pasa tiempo en Buenos Aires. En cambio, Dolores se instaló en la capital para estudiar cuando tenía 17 años y nunca más volvió a Paraná. Sus hermanos (Sebastián –"el más afable y el más interesado en el diario"– y Juan Diego –"el menos impulsivo, heredó del padre el interés por la rosca política"– no se mueven de Entre Ríos por nada del mundo. La madre reparte el tiempo entre la Capital y la provincia.

“De chicos no tenían vacaciones, el padre los obligaba a trabajar en el diario todos los veranos. Dolores a los 14 años hacía de correctora en la redacción porque había un mandato familiar de que los hijos tenían que trabajar en las empresas del grupo. Cuando ella se fue a Buenos Aires cortó ese cordón; siempre siguió en el nivel social más alto, pero ya en ese momento cortó con su familia”, dice alguien de Entre Ríos que los conoce desde esos años.

No hubo en ninguna instancia de la negociación un hermano que se apiadara, dicen quienes más los conocen: es que las diferencias son de fondo. “Luis Miguel, Sebastián y Juan Diego ven cómo vivió siempre Dolores y se agarran la cabeza. Ellos son de campo. Se levantan 7 am. Tienen una ranchera para meterse en el barro, cuando vieron que ella vivía en Tortugas pagando una fortuna les pareció un disparate. Siempre fueron más cuidadosos con la plata, por no decir amarretes”.

Algunos hablan de una relación “muy fuerte” entre los tres hermanos y la madre; dicen que lo que sienten por ella es más que respeto, porque es la que siempre tuvo el poder. Del otro lado, también cuentan que siempre fue muy difícil para Dolores el vínculo con esa madre jefa a la que quiso poner a distancia desde chica. “Dolores quiso escapar de esa locura. Los varones sienten que a ella se le dio todo sin que nunca tuviera que trabajar; ella, al revés, que nunca la dejaron participar”, dicen las mismas fuentes.

Unos cuidan cada centavo aunque sean millonarios, la otra vive como si fuera millonaria, aunque haya despilfarrado su parte, afirman: “Dolores gasta y cree que no hay que pagar. Tiene una mentalidad de patrón de estancia. Tuvo a un abogado trabajando ocho años y después lo desconoció. Todo esto es porque se quiso comprar una casa de un palo cuatrocientos y no llegó a pagarla, por eso ahora quiere hacer la reforma agraria”, desliza un viejo conocido familiar con sarcasmo.

Las anécdotas sobre la hoy socia de Grabois en el Proyecto Artigas se amontonan. Personas cercanas al círculo de los hermanos cuentan, por ejemplo, que una vez salió de cobrar 130 mil dólares por uno de los convenios con su familia “y los tiró con desgano en la cajuela del auto”. Otro recuerdo de un cercano la evoca sentada en un Café Martínez, tomando el té despreocupadamente con sus hijos para festejar que había llegado a un acuerdo con los hermanos, con los 370 mil dólares que acababa de cobrar todavía en la cartera. Alguien que llegó a conocerla muy bien, agrega sobre su gusto por los deportes extremos: “Aunque le debía a todo el mundo, apenas juntaba algo de plata se iba a hacer kitesurf a Brasil”, y remata: “Nunca sabe en qué gasta. Siempre piensa que va a encontrar alguna manera de poder reclamar más”. Aseguran que la negociación que ahora ella desconoce fue dificilísima porque los hermanos exigían que ella estuviera siempre presente: “Querían que firmara Dolores y no un abogado, y ahora está claro por qué. La conocen bien”.

“Una cheta con olor a bosta”

No todo fue siempre así. En los 90, cuando trabajó como periodista en el diario La Nación, a donde llegó por el vínculo de su padre, entonces presidente de ADEPA, con quien fuera secretario de Redacción del diario, José Claudio Escribano, Dolores “admiraba a sus hermanos y los nombraba con orgullo”.

Sus compañeros de entonces la recuerdan con una personalidad “súper conquistadora, carismática. O te amaba o te odiaba. Generaba simpatía o temor, se vestía con bombacha de campo y alpargatas para parecer una más, pero en su personalidad se notaba que estaba acostumbrada a manejar ese poder disimulado que tiene un ‘hijo de patrón’: un tipo de poder que no se echa en cara pero que da una seguridad y una fuerza extraordinarias”.

En La Nación pasó por las secciones Comunicaciones, donde entraban los pasantes, Agropecuarias y Cultura. “Le decíamos La Negra Dolores. Era macanuda, cheta pero con olor a bosta”, la define alguien que compartió redacción con ella. Algunos añaden también que “Dolores era mal llevada con los que no eran de su clase. Peleaba con los choferes, tenía problemas en las coberturas”. Sus compañeros de periodismo de la UB, por donde tuvo un paso fugaz, recuerdan un dato curioso: “En la facultad nos llamaba la atención que tomara apuntes tecleando en su laptop. Los demás usábamos cuadernos anillados Arte”.

Para algunos, el primer gran quiebre familiar se dio con la llegada a su vida de Segundo Güiraldes, su marido, del que ahora está separada –aunque sigue viviendo en el departamento que les prestó la madre en la Recoleta. Con él tomaron hace quince años la estancia “La Porteña”, en donde Ricardo Güiraldes escribió el clásico Don Segundo Sombra, en un conflicto sucesorio con ribetes similares al de los Etchevehere.

“Segundo es medio un Roviralta, de esos tipos que dicen que juegan al polo pero tienen uno de handicap”, dice alguien que lo conoce desde antes de que se casaran. La fiesta de casamiento fue en el club de polo de Hurlingham y aunque los dos tenían en común “el ser los hijos desclasados de familias bien, los rebeldes que elegían ir de alpargatas y tomar mate con los peones” -según describe un amigo de entonces- la lista de invitados desbordaba de vips y periodistas.

Para vivir eligieron el Palacio de los Patos, en la calle Ugarteche, un edificio señorial antiguo donde se mezclan apellidos ilustres con otros de ricos y famosos. Se los veía con frecuencia en partidos de polo donde jugaba Segundo o amigos y familiares del matrimonio. “Mucha sencillez y muy del discurso popular, pero que la plata no se la toquen; no era el tipo de sencillez que entonces se iba a vivir a un barrio humilde”, dice una vieja amiga de Dolores y Segundo. “En un punto, Dolores siempre se relacionó con gente de su misma clase. Y es algo que le sigue importando mucho. A Grabois también la une el origen: no deja de ser un chico católico y egresado del Godspell, que hasta viene de una familia con campos”.

“Para Dolores, estar con Grabois en el fondo no deja de ser un poco cool y rebelde: eso es lo que ella siempre fue”, dice una amiga que la conoce desde los veinte años, que agrega: “Pertenecía a un mundo en que las mujeres eran rubias de ojos celestes y a ella le decían La Negra. Dolores siempre trató de ponerse en otro lugar y siempre fue conquistadora”.

Otro cercano suma: “Dolores logró con Grabois lo que hace veinte años no puede hacer: tocarle el culo a la familia. Ella es una mina paqueta, que hace años viene puteando contra el hermano y ahora la vio”. Alguien que siguió toda la guerra de cerca y conoce bien a la familia arriesga: “Hay dos cosas ciertas: una es que a Dolores la ningunearon mucho, la segunda es que ella se acostumbró a reclamar por estar en ese papel. Yo creo que sintió un vacío enorme cuando dejó de ser la víctima. Eso es lo que le pasó cuando cerró el acuerdo con los hermanos y cobró”.

“Entre chacareros varones que tienen problemas de relación con su hermana es verosímil que le hayan dicho ‘Tus acciones no valen tanto, no jorobes’, pero más verosímil es que Dolores pidiera mucho más de lo que valían. Eso es sentido común, como también es sentido común que si en una familia la madre y los tres hermanos están unidos en contra de una hermana el perro verde en la familia es ella. Eso Juan lo sabe, pero uno como abogado representa perros verdes y también está el tema de la violencia económica y de género”, dice alguien cercano a Grabois.

Un amigo entrerriano que conoce los pormenores de la historia no lo duda: “Si Dolores ahora dice ‘me dejaron afuera de la herencia’, tiene razón. Pero también es cierto que se acordó muy tarde de reclamar, nunca le importó de dónde venía la plata con la que vivió muy bien por tanto tiempo, solo desentenderse de su familia”.

¿Es una pelea de ricos, como dice Alberto Fernández? Leonor Barbero Marcial de Etchevehere responde que no, que es un tema político: “Esto no es un conflicto familiar, es una toma, una situación grosera. Lo que no perdono es que el gobierno nacional haya usado a mi hija”. Dolores ya dejó en claro que la guerra para ella está lejos de haber llegado a su fin: “De acá me van a tener que sacar muerta”, dijo horas antes de ser desalojada, detenida y puesta -finalmente- en libertad. Pero ya lejos del campo donde al llegar hace quince días se presentó ante el casero con cuatro palabras: “Soy Dolores, la dueña”.

 

Fuente: Infobae.

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