Cosa de indios

Por Oliva Taleb, especial para ANALISIS DIGITAL

No sabe quién, ni cómo, ni cuándo, ni por qué, le soplaron al oído que sería todo un batacazo, (por expresarlo en términos de rating), incluir entre los sueños entrerrianos, el escenario que nos faltaba. Soñar era suficiente para convertirlo en realidad. Pareciera contradictorio que ella, una soñadora empedernida, se sorprenda del vuelo de otro soñador. Para ser precisa, en verdad, lo que la ha sorprendido es la falta de magia, la mística, que motoriza, sostiene en sí mismo, a un sueño. No desconoce, que hay gente que SUEÑA en grande, en pantalla Technicolor, en 3 D, en HD, y otros que simplemente, sueñan… Desconfía de los que sueñan en grande. Prefiere como el resto de los mortales esos sueños comunes. “Cuando la propina es grande hasta el más iluso desconfía”…

El sueño se cumplirá hoy, para mucha gente, que proviene del norte y del sur, de cerca y de lejos, como dijera alguien para salir del paso al olvidar los otros dos puntos cardinales, en esa CIUDAD, emblema de luchas memorables. La ciudad que supo de la resurrección del carnaval, la que al ritmo de comparsa, vistiera sus mejores plumas, trascendiera al plano internacional, defendiendo la vida, en contra de la contaminación ambiental... ¿Por qué no encender la varita mágica, para que otro sueño, el propio, trascienda los límites presentes de cara al futuro?. Ser el hombre que lo hizo posible…

Descree en pensamientos mercantilistas con números que impresionan. Descree que haya monjes negros contando sobres para urnas futuras. No puede pensar que ése sea, seriamente, políticamente correcto el por qué… Lo aclara, porque siempre hay desconfiados, que no está en contra de los megaeventos que le cambian transitoriamente la vida a la gente y al lugar en el que ella vive… Hay algo, que no puede evitar que la sorprenda hasta casi la indignación… justificar con el hecho consumado de acercar artistas, pretextos legales que olviden, ignoren a la gente.

El hecho artístico instaló, como era de suponer, monólogos, no debate, de voces críticas. Voces de gente común, con miradas diferentes. Gente que legítimamente considera que las ordenanzas, las leyes se legislan para ser cumplidas, por ciudadanos, sin nombres y apellidos. Todo en vano. Acostumbrados a arrinconar el disenso, el poder, finalmente, logró que un indio fuera favorecido. Un indio, que no representa a los qom, ni a los charrúas, ni a los guaraníes, ni a tobas y mapuches. ¿Cuáles son las razones profundas que considera obligatorio que los jubilados, propietarios de verdulerías, de kioscos, paguen religiosamente sus obligaciones tributarias, y cuál la que justifica eximir a un artista, solvente, de tamaña representatividad?... Aunque sabe la antipatía, el desagrado, que representa hacerse esa pregunta, no encuentra, tan sólo una, respuesta que la satisfaga.

El carnaval del país, el mismo que año tras año sobrevive al acecho de impuestos, sabe que una golondrina no significa que ha llegado el verano. Las excepciones son únicas, intransferibles. Sólo para elegidos.

Mañana el camión de música para todos y todas, habrá partido. Los incondicionales seguidores emprenderán su regreso a casa, contentos con su sueño cumplido. El vecino común, mate en mano, no recuerda siquiera haber soñado. Quizás, alguien soñara por él…

Por Luis María Serroels (*)
(Imagen: Alfredo Sábat-La Nación)

(Imagen: Alfredo Sábat-La Nación)