Random House lanzó la novela “No es un río”, de la escritora entrerriana Selva Almada

Selva Almada

“No es un río” pone un cierre a la trilogía que se completa con los textos “El viento que arrasa” y “Ladrilleros”. Foto: Ivo Betti

La editora Random House lanzó en su catálogo de septiembre un nuevo libro de la escritora entrerriana Selva Almada. Se trata de la obra “No es un río”, que pone un cierre a la trilogía que se completa con los textos “El viento que arrasa” y “Ladrilleros”.

Durante una salida a pescar de tres varones se revela la complejidad con que se trama la amistad y se devela, como el fluir de un río, la historia de los afectos y la crueldad con la que a veces está hecho el presente.

"En su realismo de repercusiones mágicas, confluyen Onetti y el Borges de "El Sur" con la sombra inflamada de Horacio Quiroga, pero la calidad y resolución de su prosa activan una sugestión que es exclusiva de Selva Almada.", exoresa acerca de la novela Francisco Solano, de El País, España.

Sinopsis

Enero y el Negro llevan de pesca a Tilo, hijo adolescente de Eusebio, el amigo muerto. Mientras beben y cocinan y hablan y bailan, lidian con los fantasmas del pasado y con los del presente, que se confunden en el ánimo alterado por el vino y el sopor.

Una red mezcla realidad y sueño, hechos y conjeturas, isleños, agua, noche, fuego, peces, bichos. Humana, pero a la vez animal y vegetal, esta novela fluye como un cauce, una larga conversación o el afecto entre seres que se quieren: madres, hijos, hermanos, amantes, ahijados.

Con No es un río, Selva Almada completa su trilogía de varones, inaugurada con El viento que arrasa y seguida inmediatamente por Ladrilleros. En esta novela magistral vuelven a brillar sus formas del decir y su extraordinaria sensibilidad para lograr que los personajes expresen en el hacer lo que habita en lo profundo de sus almas, en lo lejos de sus propias vidas.

Fragmento del texto publicado en Infobae Cultura

Enero Rey, parado firme sobre el bote, las piernas entreabiertas, el cuerpo macizo, lampiño, el vientre hinchado, mira fijo la superficie del río, espera empuñando el revólver. Tilo, el muchachito, arriba del mismo bote, se dobla hacia atrás, la punta de la caña apoyada en la cadera, girando la manivela del reel, tironeando la tanza: un hilo de bri-llo contra el sol que se va debilitando. El Negro, cincuentón como Enero, abajo del bote, metido en el río, con el agua hasta las pelotas, también doblándose hacia atrás, la cara colorada por el sol y el esfuerzo, la caña arqueada, desenrollando y enrollando la tanza. La ruedita del reel que gira y la respiración como de asmático. El río planchado.

Muévanla, muévanla. Zaranden, zaranden. Que se despegue, que se despegue.

Después de dos, tres horas, cansado, medio harto ya, Enero repite las órdenes en un murmullo, como si rezara.

Se marea. Está adobado por el vino y el calor. Levanta la cara, los ojitos rojos, hundidos en el rostro inflamado, se le encandilan y ve todo blanco y se pierde y se quiere agarrar la cabeza y se le escapa un tiro al aire.

Tilo, sin dejar de hacer lo que está haciendo, tuerce la boca y le grita.

¡Qué hacés, asoleado!

Enero se repone.

No pasa nada. Ustedes sigan. Muévanla, muévanla. Zaranden, zaranden. Que se despegue, que se despegue.

¡Sube! ¡Está subiendo!

Enero se inclina sobre el borde. La ve venir. Un manchón bajo la superficie del río. Le apunta y dispara. Uno. Dos. Tres balazos. La sangre sube, a borbotones, lavada. Se incorpora. Guarda el arma. La ajusta entre la cintura del short y el lomo.

Tilo desde arriba del bote y el Negro desde abajo del bote, la levantan. La agarran por los vo-lados grises de la carne. La tiran adentro.

¡Guarda la chuza!

Dice Tilo.

Agarra la cuchilla, separa el espolón del cuerpo, lo devuelve al fondo del río.

Enero apoya el traste en el asientito del bote. Tiene la cara sudada y siente un zumbido en la cabeza. Toma un poco de agua de la botella. Está tibia, toma igual, tragos largos, y el resto se lo echa en la mollera.

Trepa el Negro. La raya ocupa tanto lugar que casi no hay dónde poner el pie sin pisotearla. Le calcula unos noventa, cien kilos.

¡Fiera la bicha vieja!

Dice Enero, dándose una palmada en el muslo y riendo. Los otros también se ríen.

Dio pelea.

Dice el Negro.

Enero agarra los remos y enfila para el medio del río y después tuerce e l rumbo y sigue remando, orillando la costa hasta donde armaron campamento.

Acerca de la autora

Selva Almada (Entre Ríos, 5 de abril de 1973) es escritora y ha incursionado en poesía, cuento y novela. Irrumpió en la no ficción en 2014, con un libro de crónicas, Chicas muertas.

Estudió Comunicación Social en Paraná, aunque abandonó la carrera para iniciar el Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior (Paraná), al tiempo que daba forma a sus primeras producciones, algunas de ellas elaboradas a partir del Taller que Maria Elena Lothringer ofrecía en la Facultad de Comunicación.

Sus primeros relatos fueron publicados en el semanario Análisis, de Paraná. En esta ciudad dirigió entre 1997 y 1998 un breve proyecto literario cultural autogestionado denominado CAelum Blue.

Su formación como narradora se afianzó en buena medida en Buenos Aires en el espacio creativo del taller literario de Alberto Laiseca.

Su producción literaria cobró particular prestigio y elogios de la crítica en 2012 con la publicación de su primera novela El viento que arrasa, la que cuenta con varias reediciones, fue publicada en el exterior y traducida al francés, portugués, holandés y alemán. En 2012 la Revista Ñ destacó El viento que arrasa como "la novela del año". En 2016 se estrenó una ópera de Beatriz Catani y Luis Menacho basada en esta novela.

Con su crónica de no ficción Chicas muertas, Almada visibilizó tres femicidios ocurridos en distintas provincias argentinas en los años 80 y se proyectó como escritora feminista.

Su autoridad como escritora ha sido confirmada públicamente por referentes del campo de las Letras tales como la periodista, escritora y ensayista Beatriz Sarlo.

 

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