La historia del militar paranaense que reveló la forma de asesinar en la dictadura

El confesor del horror

Edición
1168

El militar Eduardo Stigliano nació en Paraná, se formó en el Ejército Argentino y tuvo un rol clave en el asesinato de por lo menos 53 dirigentes secuestrados, en la última dictadura y luego arrojados desde un avión al mar. También contó de otros crímenes. Lo confesó en una escribanía de la capital entrerriana y a un alto oficial militar. Falleció en 1994, pero su testimonio sirvió para condenar a varios militares. Aquí la historia, a 50 años de la última dictadura. Para que no olvidemos.

Daniel Enz

En octubre de 1991, el teniente coronel informante Jorge Raúl Farizano -en su rol de instructor militar del Ejército Argentino- emprendió un viaje que preferiría olvidar. Debía trasladarse hasta Paraná, a una casa que conocía de referencias pero nunca había visitado, para tomarle declaración a un teniente coronel que, a sus 49 años, se encontraba postrado en su domicilio. El instructor (que aún vive, a sus 80 años, en Santo Tomé, Corrientes) sabía poco del hombre al que iba a entrevistar, salvo que había sido condecorado por Cristino Nicolaides en persona durante la dictadura y que ahora tramitaba una pensión por "neurosis de guerra". Lo que no sabía —lo que nadie en el Ejército podía imaginar— es que estaba a punto de registrar uno de los documentos más explosivos del terrorismo de Estado argentino.

Eduardo Francisco Stigliano había nacido en Paraná y era hijo de una familia conocida en la ciudad. Su suegra, cuyo apellido de soltera era Bouzada, había regentado durante años el Hotel España en la calle 25 de Junio, el mismo que más tarde se transformaría en una galería comercial frente al Teatro 3 de Febrero. Era un establecimiento respetable donde todos se conocían, donde las biografías se tejían con la paciencia de las décadas y donde nadie podía imaginar que uno de los yernos de la señora Bouzada se convertiría en uno de los represores más letales de la dictadura militar.

El joven Eduardo había cursado la escuela primaria en Paraná antes de partir al Liceo Militar de Santa Fe y, posteriormente, al Colegio Militar de la Nación en Buenos Aires. Era una trayectoria militar convencional, la de un muchacho entrerriano que eligió la carrera de las armas en tiempos en que esa profesión todavía gozaba de cierto prestigio social. Se casó con María Teresa Arteaga, una mujer de "buena familia" con importantes inversiones inmobiliarias en la provincia, y con ella tuvo cuatro hijos varones. La pareja aparentaba normalidad, esa fachada de respetabilidad que muchos militares de su generación cultivaban mientras ejecutaban lo inconfesable.

A mediados de los años setenta, cuando ya había alcanzado el grado de capitán, Stigliano demostró tener algo más que ambición militar: tenía lo que en el Ejército llamaban "sentido práctico". Su cuñado Florencio Arteaga, hermano menor de su esposa, era un muchacho sin oficio ni ocupaciones conocidas. Stigliano vio en él una oportunidad. A fines del gobierno de Isabel Perón, Florencio ya vivía con la pareja en la capital, y fue entonces cuando el militar le hizo una propuesta que sonaba a salvación: un trabajo en el Batallón de Inteligencia 601 del Ejército como agente civil.

"Es una buena oportunidad laboral. No la desaproveches, que acá no hay una segunda oportunidad", le dijo con aire paternal.

Florencio aceptó con beneplácito. Nunca sabría —o quizás prefirió no saber— que estaba ingresando a una de las estructuras más siniestras del aparato represivo argentino. 

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1168, del día 19 de marzo de 2026)

Edición Impresa

Edición Impresa