Vidas y obras

La mitología de Graciela Iannuzzo

Edición
1168

Graciela Iannuzzo dio clases a generaciones enteras de profesores de Lengua y Literatura, dirigió durante ocho años la Editorial de Entre Ríos y publicó libros de poesía, cuentos, ensayos y una novela. Su pasión por las letras comenzó en la infancia y la acompaña hasta hoy.

Por Ferny Kosiak

A Graciela Iannuzzo la conocí en marzo de 2001, hace exactos 25 años. Lo sé con certeza porque ella fue la persona que recibió al grupo de unos 50 alumnos que integrábamos la primera cohorte del Profesorado de Lengua y Literatura de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER). En el salón de actos de la Escuela Normal apareció esa mujer bajita, con una camisa fresca, el pelo lacio hasta los hombros y sonrisa pícara y cómplice. Desde la primera fila, con un micrófono soltó las primeras palabras que le oí a Graciela:

—Καλὴ ἡμέρα.

Sonaba como “kalé heméra”. Hablaba en griego antiguo y para un gurí que acababa de viajar una hora y media en colectivo para cursar su primera clase universitaria era un hechizo de sabiduría.

Ahora que me reúno para hablar con ella en el hall del hogar geriátrico San Jorge puedo decirle en la cara:

—Vos fuiste bicha a la hora de pensar en el profesorado, porque tenías cátedras a lo largo de los cuatro años, te convertiste en una madre para nosotros en ese tiempo.

Y ella asiente con la misma sonrisa pícara porque cuando comenzó la UADER Graciela daba clases de primero a cuarto año, desde Literatura Grecolatina, Latín 1 y 2, Griego 1 y 2, hasta Historia de la Lengua. Estaba presente en esas aulas, acompañando a quienes seríamos sus colegas y desde antes también. Cuando en 1999 comenzó a pensarse en la Universidad Autónoma de Entre Ríos, ella formó parte de la comisión que viajó a Concepción del Uruguay para buscar aportes y experiencias que después trabajaron los sábados en reuniones en Casa de Gobierno. La sigla propuesta para nombrar este proyecto fue UAER.

—¿Usted qué piensa de la UAER?— Recuerda Graciela que le preguntó una ordenanza del entonces Instituto del Profesorado y esa acentuación le hizo tanto ruido a“la Iannuzzo” que enseguida apeló a su experiencia lingüística para justificar el agregado de la “d” intermedia.

En su libro Calidoscopio, Graciela publicó el trabajo de investigación que llevó adelante para justificar la inclusión de una sola letra que significaba demasiado. Parte de ese trabajo fue citado en la primera resolución de UADER, del 6 de marzo de 2001, en la que el ingeniero Américo Luis González, rector organizador de la naciente universidad, acepta la propuesta realizada por Graciela. En la resolución aparecen las citas de la justificación de la profesora Iannuzzo: En el caso particular de UAER, el recorrido articulatorio desde la primera a la tercera vocal es bastante complejo, porque sale de una vocal velar muy cerrada, posterior y profunda, para llegar después a pasar por la (a) que es más abierta a una articulación anterior, palatal, de apertura intermedia, todo lo cual lleva varios movimientos de los labios y mandíbula. Al momento de la denominación a través de una sigla sería oportuno para equilibrar el vocablo, articulatoria y auditivamente, sustentarlo con una consonante. Por eufonía conviene la (d) de la preposición, también por su significación, porque indica entre otras acepciones: la materia, el origen y lo que a todos nos importa establecer, la pertenencia, el dominio, la propiedad, de Entre Ríos.

Haciendo gala de su experticia lingüística Graciela fue la que terminó nombrando a la UADER, no solo señalando la cacofonía vocálica sino la importancia del sentido de pertenencia que agregaba ese “de”: es la universidad de Entre Ríos, es una institución nuestra, de todos los entrerrianos.

Ese ojo puesto en el detalle y en la palabra estuvo presente en Graciela desde pequeña. La primera palabra que leyó fue desde el asiento trasero del auto en un paseo familiar:

—Ahí dice “mayo”— dijo Gracielita señalando el cartel del Cine Mayo.

Años más tarde, ese mes marcaría su inicio de trabajo como profesora: en mayo de 1969 comenzó a dar clases en la cátedra de Griego 1.

Comenzaba así una nueva etapa que había empezado a tejerse desde su infancia, cuando su madre, Argentina, le contaba los mitos clásicos que eran parte de su herencia griega para contener el llanto de la niña de cuatro años que lloraba todos los días porque aún no podía ir a la escuela. Por eso también Gracielita llevó a la biblioteca que estaban armando en la sala de segundo grado sus ejemplares de La Ilíada y La Odisea para niños publicada por Billiken. Su padre, Diego, era sastre y pronto sumó al negocio a su esposa, que dividía el tiempo entre llevar adelante su hogar, criar a Graciela y a Alicia, de cocinarles las milanesas con tortillas de espinaca, y en vender camisas, corbatas y ropa interior como complemento del trabajo de su marido. Años más tarde se sumaría al negocio familiar Jorge Lavigna, con quien Graciela se casó en 1964.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1168, del día 19 de marzo de 2026)

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