Sección

La curiosa historia que cuenta la detención de la madre del Che Guevara en Concepción del Uruguay

“A poco que se analice aquella conducta, puede verse con claridad que la indagada abandona sus pretendidas ocupaciones habituales durante largos meses viajando”. Eso escribió en 1963 el juez Daniel Albornoz Suffern, para decidir qué hacer con Celia de la Serna de Guevara, la madre del Che, detenida en Concepción del Uruguay cuando regresaba de su último viaje a la isla con fotos, libros y una bandera cubana.

“Cuando me preguntan a qué tipo de feminismo pertenecía ella digo que era feminista de hecho. No porque tuviera militancia. Sencillamente, desde muy joven montaba caballo con pantalón y botas, fumaba, usaba pelo corto, manejaba automóvil. Dentro de lo que era esa familia, era una persona totalmente rupturista”. Juan Martín Guevara habla de Celia, su madre y madre del Che.

La semana pasada él viajó a Concepción del Uruguay donde se encontró con la historia del expediente judicial que casi no conocía. A pedido suyo el juzgado federal buscó el archivo que sobrevivió casi milagrosamente. Durante los años 70 se ordenó la destrucción pero un trabajador vio el expediente, lo guardó en un cajón y lo conservó. Hoy esas páginas guardan varias historias. La detención de la madre del Che, el interrogatorio al que fue sometida, la conmoción que causó su llegada al pueblo y finalmente la historia de su pasaporte: un documento lleno de sellos que su hijo nunca había conocido.

“La primera fecha que aparece en el pasaporte es 5 de enero del 59″, dice Juan Martín. “Es decir: ¡la vieja lo sacó para viajar a Cuba! El aeropuerto de La Habana se llamaba Boyeros. Todavía me acuerdo cuando llegamos. Estaba Ernesto. El abrazo con ella es una foto, pero en realidad el abrazo también fue una foto: no se desprendían más. Ella le da un abrazo que parecía eterno. ¡Largá vieja!, le dije yo", publicó Página12.

La columna del Che había entrado en La Habana el 1° de enero de 1959. Y ella sacó el pasaporte inmediatamente después, agrega Darío Fuentes, creador de La Pastera, museo del Che en San Martín de los Andes y de Mundo Che. Ambos viajaron a buscar el pasaporte de Celia. Revisaron páginas y descifraron los datos de un visado de la Embajada de Cuba en Argentina.

“El visado tiene un texto escrito a mano con fecha 7 de enero del 59”, dice Fuentes. “Eso significa que ellos están en Cuba el 8 o el 9 de enero, en un avión preparado para llevar exiliados, pero en el que Camilo Cienfuegos decide cargar a la familia sin avisarle al Che. Ellos llegan así”.

Con ese primer viaje, Celia empieza la historia que termina con el expediente en el que muchos años después iba a ser detenida.

El interrogatorio

A veces un expediente tiene preguntas que en realidad no son preguntas sino reproches.

--¿Cuál fue el motivo del viaje? --le preguntaron a Celia.

--En Europa, ¿se entrevistó con alguna persona?

--¿Viajó sola?

--¿Actúa dentro de una organización legalmente reconocida?

--¿Cuáles son sus medios de vida? ¿Cómo se proporciona los mismos?

Celia tenía 56 años. Había iniciado otro viaje seis meses antes, en octubre de 1962. Después de pasar una larga estadía en Cuba, visitó varias ciudades europeas en un modesto viaje que, según su biógrafa Julia Constela, le pagó el Che. Estuvo en Praga, París, Florencia y Roma. Desde allí después tomó un vuelo a Río de Janeiro, siguió en micro a Montevideo, luego a Salto y finalmente cruzó en lancha el paso fronterizo hasta Concordia.

Era el día 23 de abril, poco después de las once de la mañana, cuando la detuvieron. Una empleada de la Aduana revisó el equipaje y secuestró lo que llevaba por infringir el decreto 8161/62, que prohibía el ingreso de propaganda comunista.

La escena quedó registrada en el expediente. “Al señor Jefe de la subprefectura del Puerto Local”, escribió el administrador de la Aduana. “De conformidad a lo dispuesto en Circular Secreta del 28 de marzo pasado, tengo el agrado de dirigirme poniendo a su disposición a la señora Celia de la Serna de Guevara y material de propaganda comunista que conducía en su equipaje y fue secuestrado por la empleada del Resguardo Principal Doña Alicia González de Grunvaldt, en circunstancias que pretendía ingresar al país procedente de Salto (ROU). Saludo, muy atentamente”.

¿Qué le sacaron? Catorce fotografías, cuatro agendas con anotaciones, una insignia de papel con la foto de Fidel Castro, la bandera cubana, distintivos del Ejército de Alfabetizadores, el diario Marcha, tres cartas, la revista Panorama Económico Latinoamericano y libros: La reforma agraria en Uruguay y El Plan Kennedy de Vivián Trías, Los caminos del hambre de Jorge Amado, una autocrítica de Fidel Castro y dos folletos de Andrés Framini y John William Cooke.

A Celia la indagaron varias veces. Los interrogatorios empezaban siempre con la formalidad de pedirle su nombre, pero en su caso incluían: “nombre, sobrenombre o apodo si lo tuviera”.

Cuando respondía, respondía con ganas. Dijo que ninguno de los libros que llevaba eran de carácter extremista. Que los trajo para conservar “interesantes estudios económicos” de Latinoamérica, artículos de su hijo y publicaciones de interés personal. Que de ninguna manera podían constituir propaganda subversiva ni las cartas particulares, ni sus agendas, “ni la cara del hijo apareciendo en una fotografía” porque entre los efectos secuestrados como “propaganda subversiva” se encontraban numerosas “fotografías familiares íntimas, de su hijo Ernesto, acompañado de su señora, de los nietos de la declarante y suyas”.

Y agregó que “todo este material secuestrado por su pequeña cantidad, no puede en ningún momento, ser considerado propaganda, ni pensar que pueda ser utilizados para ello”.

El expediente

Josefina Minatta, fiscal federal de Concepción del Uruguay, desarchivó ese expediente a pedido de la familia.

“Una de las cosas que a mi más impresionó fueron las preguntas que le hacen y los criterios machistas que aparecen en la resolución judicial. El juez finalmente la sobreseyó, pero nunca dejó de clasificarla”.

Los reproches

El juez firmó personalmente el sobreseimiento pero no dejó los reproches.

“Puede verse con claridad que la indagada abandona sus pretendidas ocupaciones habituales durante largos meses viajando a Centro América –dice- (único viaje no sospechable, teniendo en cuenta que tiene un hijo viviendo en Cuba), a Europa, donde confiesa haber visitado Checoslovaquia, Francia e Italia, trasladándose siempre en avión, a Brasil, Uruguay, viajes para solventar los cuales cuenta como sola fortuna, la casa donde vive en Buenos Aires, unas clases de idioma francés que no dicta durante ocho meses y la inasistencia económica de su marido de quien se halla distanciada”.

Y en otro párrafo dice: “Las largas listas de nombres y direcciones, los escritos de puño y letra, con exteriorización de claros objetivos, algunos detalles de sus declaraciones, permiten inducir la existencia de una determinada conducta, característica de aquellas personas que sin una ocupación seria y regular, y aparentando un turismo oneroso en el uso de los más modernos y eficientes medios de transporte, recorren lugares y países sin otro fin exteriorizado que el solaz del espíritu”.

La defensa

La llegada al pueblo causó revuelo. Malisa Grianta tenía 16 años cuando vio llegar hasta la puerta de su casa una combi con dos hijos de Celia y el escritor Ismael Viñas.

“Bueno, mirá, no éramos muchos en mi ciudad, pero la revolución cubana yo la escuchaba por onda corta”, dice. “Recuerdo el día que llegaron. Ismael militaba en El Malena, Movimiento de Liberación Nacional y evidentemente tenía contactos con Celia. Todos se pusieron a ver cómo hacer la defensa: cómo protegerla, desde lo legal y lo afectivo. Era así, imagínate: conmocionante”.

Entre los que llegaron en la combi estaba el hijo de Celia que era abogado, Roberto Guevara, que viajaba para asumir la defensa. Pero en el pueblo se encontró con un grupo de abogados reconocidos y numerosos, listos para presentarse en la causa. Entre ellos estaban dos personas que con el tiempo iban a ser muy conocidas, Miguel Ángel Marsiglia y Roberto Uncal, ya defensores de presos políticos peronistas y comunistas.

“Me acuerdo que armamos una ronda para ir a la cárcel y que el jefe de la Unidad Penitenciaria cuando vio tanta gente dijo: ‘¡Bueno!’ Y terminó prestando su escritorio. Ella terminó sentada en la silla, en el escritorio del alcalde. Me acuerdo de su cara, sus ojos, una mujer menudita pero imponente. ¿Cómo decirte? Muy de llevar las cosas adelante”.

Celia estuvo en total unos diez días en la UP4 hasta que la sobreseyeron y la pusieron a disposición del PEN con traslado a la cárcel del Buen Pastor en Buenos Aires.

“Ya no tenía una causa”, dice su hijo Juan Martín. “Evidentemente la causa era ser la madre del Che. No había ninguna duda. Además, ella repetía todo el tiempo que lo que tenía eran cosas que le regaló su hijo: no había posibilidad ninguna de inventar algo, por eso el juez le dio la libertad pero no la dejó libre, la puso a disposición del PEN”.

***

Después de poco más de un mes, Celia salió del país con opción de exilio y volvió con la asunción de Ilia. Murió poco después, cuando el Che estaba en el Congo. Hoy su pasaporte está en manos de Juan Martín, que no quiere tenerlo porque no quiere perderlo.

Con Fuentes discuten dónde llevarlo: si al Museo de Alta Gracia o a San Martín de los Andes. El pasaporte llegó a la familia. Pudo haber llegado antes, dice Fuentes. O pudo no haber llegado. Contribuyó aquel trabajador homenajeado la semana pasada, Cacho Botti, y hasta la secretaría de Derechos Humanos de Concepción del Uruguay, a cargo de Darío Barón, que motorizó el homenaje.

Edición Impresa

Edición Impresa