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¿Empleabilidad o cuentapropismo?

Sergio Dellepiane

Si aceptamos las estadísticas, tanto oficiales como privadas, comprobamos que hace casi 16 años que el empleo privado formal no crece en términos reales en el conjunto de la economía nacional. Lo que sí aumenta es la informalidad, el cuentapropismo y con ello la precarización del sujeto que ofrece su tiempo a cambio de una retribución, cualquiera que esta sea.

A renglón seguido, ante tamaña evidencia, aparece un cuestionamiento incómodo: ¿Quiénes van a generar los empleos que no aparecen en el horizonte próximo?

La respuesta evidente, al interrogante precedente, es conocida pero poco aceptada y menos aún asimilada como corresponde: Quien quiera hacerlo. Más propiamente, quienes se animen a enfrentar los riesgos asociados. Los emprendedores.

Aquellos que, de ninguna manera son privilegiados, sino los que invierten sin redes de contención, sin garantías de ningún tipo, lo que fracasan sin temer el vacío. Quienes sostienen la empleabilidad cuando pueden y como pueden. Hasta que no pueden más. Pero lo vuelven a intentar.

Sin embargo, este esfuerzo emprendedor, muchas veces es mal visto. Por los competidores, reales y potenciales, por los agoreros, por los temerosos, por lo que no arriesgan nunca nada pues la indecisión es su estado de confort. Como si generar valor fuera algo sospechoso o peor aún, como si arriesgar capital y jugarse la piel cada día, esperando contra toda esperanza fuera un defecto, una minusvalía, una barrera infranqueable que la propia sociedad levanta contra quienes buscan mejorar sus condiciones y las de quienes los acompañan en la lucha diaria por sobrevivir al espíritu del fracaso.

Tal vez el escollo a sortear no sea sólo económico, de restricción presupuestaria diríamos propiamente los economistas. Quizá, también sea cultural. Nos hemos criado bajo el manto protector del Estado presente, en todo momento y lugar. Y nos hemos equivocado gravemente más de una vez, en los últimos 80 años, habiendo tenido que pagar gravosamente las consecuencias de tales desatinos por encaminarnos en la dirección incorrecta.

Durante décadas privilegiamos la autarquía sobre la competitividad, el consumo sobre la inversión y el gasto estatal sobre la iniciativa privada.

Modificar la costumbre, casi centenaria, implica forzar la estructura colectiva, acostumbrada a flotar con mínimo esfuerzo, dejándonos llevar por la inercia impuesta de un país a la deriva y sin poder confrontar reflexivamente experiencias diferentes, cortos de herramientas por cerrarnos obstinadamente al mundo y, por supuesto, atiborrados de quejas sin elaborar ni proponer soluciones plausibles para exterminar el adefesio impresentable de la dependencia que genera la escueta, nunca suficiente, dádiva estatal.

Todos, de un modo u otro consentimos en esa marcha desviada que cada año incrementó el costo social por lo ineficaz de su accionar y por lo paupérrimo de sus resultados, fueron matizados por el asistencialismo cautivo de los administradores militantes que rapiñaron lo que pudieron cada vez que se les presentó la oportunidad.

Según donde pongamos el énfasis, la actividad productiva puede verse como un vaso medio lleno o medio vacío. Sin embargo, el desafío más relevante no es describir ni el vaso ni el nivel de carga que posee sino discutir proactivamente cómo terminar de llenarlo.

El problema propiamente argentino es que, ante cada reasignación dolorosa por culpa de un pasado atroz, pero sin culpables a la vista, aparece la tentación de abortar el proceso antes de que los individuos, actuantes y padecientes, terminen de absorber la transformación en marcha.

De este modo, en loop permanente, nunca arribaremos a un nuevo equilibrio pues siempre nos quedamos a mitad del recorrido, pagando los costos de la transición trunca que vacían el vaso y, al mismo tiempo, sin poder disfrutar los beneficios de haberlo llenado un poco más.

La historia de la humanidad está plagada de registros mostrando que cuando una sociedad potencia la capacidad de producir, innovar y competir sin las cadenas del privilegio, el amedrentamiento y la captura del esfuerzo ajeno en beneficio de unos pocos, la energía creativa se despliega de un modo irreconocible para los convivientes de la época. La mirada retrospectiva es la que evalúa la potencia desplegada en los hechos concretos y palpables del progreso experimentado.

Ante tal evidencia consumada lo único cierto, evidente e inamovible es que sin alguien/algunos dispuesto/s a crear futuro, no habrá empleo para reclamar ni riqueza para repartir.

“En la organización de nuestros asuntos, deberíamos hacer el mayor uso posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos posible a la coerción estatal” – FRIEDRICH HAYEK (1899 – 1992)

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