Breve excursión al cerebro de María Eugenia Vidal

Por Ernesto Tenembaum (*)

Un gobierno derrotado electoralmente, dividido, resistido por una enorme mayoría popular y con una estrategia muy confusa, si es que tiene alguna, entrará en los próximos días en la dramática recta que definirá si el país entra o no en el default. Ese panorama permite pensar que en menos de dos años, la oposición de centro derecha seguramente volverá al poder. Por eso, quizá sea muy necesario analizar sus ideas, sus planes, la manera en que piensan encarar, por ejemplo, el problema económico argentino, que ha derrotado a casi todos los gobiernos que lo intentaron domar. En ese sentido, la diputada María Eugenia Vidal acaba de proveer un material de análisis muy rico. Vidal difundió un hilo de tweets, justamente, sobre el endeudamiento argentino. Un análisis detallado de ese material permite espiar un poco en su pensamiento pero es, además, un indicio fuerte sobre el esquema dominante en la dirigencia del PRO.

Vidal difundió un hilo de cinco tweets. En el primero de ellos, la ex gobernadora sostuvo: “El 80 por ciento del préstamo contraído por el fondo se usó para pagar deudas en dólares, tomada por gobiernos anteriores, otro 13 por ciento para pagar deuda en pesos. La tasa fue la mitad de la del mercado en ese momento”. Vidal ofreció como demostración de esa información un cuadro donde se detalla la cantidad de dólares del préstamo del Fondo que fueron destinados a cancelar letras o distintos bonos emitidos por el Estado argentino.

La primera curiosidad es que la información que brinda el cuadro es insuficiente. Para demostrar que el crédito fue utilizado para pagar deudas contraídas antes del 2015, debería incluir la fecha de emisión de los bonos y las letras cancelados. Sin embargo, ese dato no está. Parece que está pero no está. Ella, ¿se dará cuenta de la trampa o simplemente colgó algo que le pasaron? Mientras se devela el misterio, conviene hacer un breve recordatorio. ¿No se produjo en abril de 2018 una estampida, en la que tenedores de miles de millones de letras en pesos empezaron a reclamar dólares? ¿No generó eso un desequilibrio que fue, al fin y al cabo, el que provocó una inestabilidad tremenda del tipo de cambio? ¿No fue ese fenómeno el que provocó que el Gobierno recurriera al Fondo, más allá de qué parte del crédito usara para satisfacer la demanda de dólares y cual para cancelar viejas deudas?

Entonces, aquí hay dos rasgos de la mirada económica de Vidal, que se asesora con algunos de los principales economistas de su partido. Uno: el material documental no es preciso. No alcanza para saber si su conclusión es correcta o no. Dos: el relato histórico omite elementos centrales para explicar lo que pasó. En ese sesgo hay, claro, un interés: si el problema fue la vieja deuda y no la crisis de confianza, la culpa es de quienes contrajeron la primera y no de quienes generaron la segunda. O sea: la culpa es del otro.

Pero ese primer tweet tiene otro detalle, porque da por sentado que utilizar el crédito del fondo para cancelar una deuda en dólares era una política criteriosa o, al menos, inevitable. “Se usó para pagar deudas”, dice. ¿Estuvo bien eso? ¿Por qué estuvo bien? En su revisión difundida en diciembre, el propio Fondo Monetario sostuvo que ese crédito fue concedido para que la Argentina defendiera sus reservas. Esto es, el Gobierno podría haber hecho lo que hizo unos meses después: limitar el retiro de dólares, reperfilar vencimientos, defender así las reservas y la moneda, y tal vez volver después más robusto al mercado de capitales. Al no hacerlo, habiendo alternativas obvias, dilapidó el dinero. La afirmación de Vidal es toda una posición en ese debate: ella parece estar de acuerdo con la manera en que se utilizó el dinero del Fondo, algo que el mismo Fondo cuestionó. ¿Lo está? ¿Lo habrá pensado al menos?

El tercer tweet de Vidal es igual de revelador. Vidal sostiene: “El gobierno actual se está endeudando más año a año”. Para eso publica otro cuadro del cual se deduce que Mauricio Macri se endeudó a un ritmo de 18.159 millones de dólares por año mientras que Alberto Fernández lo hace a 23.106 millones.

Al igual que en el cuadro anterior, Vidal vuelve a apelar a la brocha gruesa: tan gruesa que no se entiende nada, aunque, una vez más, parezca lo contrario. La deuda de un país tiene diferentes componentes. Cualquier principiante lo sabe. Hay deuda en dólares, en pesos, a acreedores locales o extranjeros, a entidades estatales o a acreedores privados, con vencimientos a corto o a largo plazo, con tasas de interés altas medianas o bajas. Un Estado que emite deuda en su moneda con vencimientos a mediano plazo y cuyos acreedores son de su país y, muchas veces, entidades del mismo Estado está en una situación más aliviada que otro Estado que emite deuda en moneda extranjera, a altas tasas de interés, vencimientos próximos y cuyos acreedores son privados. Aunque el monto sea igual, las diferencias entre una situación y la otra son gigantescas.

Por eso, en contraste con los números de Vidal, tal vez convenga mirar la evolución de la deuda en dólares del Estado argentino según los datos oficiales. El cuadro es muy diferente al que difunde Vidal y permite llegar a conclusiones muy diferentes.

En los ocho años de Cristina Kirchner, la deuda externa trepó de 75 mil millones a 148 mil millones, menos de 10 mil millones por año. Desde el 2015 al 2019, esos 148 mil millones se transformaron en 250 mil millones, lo que refleja una aceleración gigantesca del ritmo de endeudamiento –30 mil millones por año-- sobre todo si se tiene en cuenta que casi la totalidad se contrajo en los primeros tres años. Desde entonces, la deuda en dólares casi no varió, entre otras razones porque la Argentina no tiene acceso a los mercados.

Ese endeudamiento heredado por la actual administración limitó mucho las políticas públicas durante la pandemia. Por eso, el gobierno actual se vio obligado a emitir sin respaldo, y luego a secar el mercado con nuevas emisiones de deuda, esta vez en pesos, que crecieron mucho. El endeudamiento en pesos de este Gobierno, en eso tiene razón Vidal, es de una magnitud que empieza a amenazar el futuro y se reproduce como una bola de nieve. Vidal, en este sentido, se parece a muchos otros dirigentes: cuando habla de los otros, puede tener razón.

El hilo de Vidal incluye otra afirmación que permite entender el centro de su pensamiento. “El camino para reducir la deuda es mediante el equilibrio de las cuentas públicas”. Es otra simplificación que requiere aclaraciones. Muchas veces, quienes han repetido lo mismo realizaron un fuerte recorte de gastos. Eso generó recesión y, por lo tanto, se recortaron los ingresos fiscales. Como el déficit es una relación entre ingresos y gastos, el déficit no se redujo. Llegar al equilibrio fiscal es una operación sofisticada que necesita explicarse. Si se lo trata como una consigna, seguramente salga mal. Mal hecho, genera desconfianza en los inversores y en los ciudadanos y un gobierno se autodestruye, como ya ocurrió.

Pero además, ¿de verdad es tan lineal que con equilibrio fiscal en pesos se reduce la deuda en dólares? Ninguna persona sensata debería negar los efectos desestabilizadores del déficit fiscal, especialmente en países frágiles como la Argentina. Pero, ¿bastará con reducirlo o eliminarlo? Se llega al equilibrio fiscal, no es necesario emitir, entonces no hay demanda sobre el dólar, todo se tranquiliza: esa línea de pensamiento obedece a una escuela económica. No es neutral. Las veces que se quiso poner en marcha, generó problemas muy serios. Pero, en todo caso, es muy revelador que Vidal adhiera sin matices a ese enfoque extremo en el debate económico argentino.

El problema tal vez no sea de Vidal. Los tweets de la ex gobernadora están en línea con un profuso material de propaganda que elaboran casi los mismos economistas que participaron del proceso fallido de Mauricio Macri. Vidal, Horacio Rodriguez Larreta, Diego Santilli, entre otros, repiten en cada reportaje las conclusiones de esos trabajos. “Nosotros no contrajimos la deuda”, “la deuda se explica por el déficit heredado”, “la crisis de confianza se produjo cuando ganó el kirchnerismo”, son algunos de los latiguillos de esa campaña.

En todos los casos, se repite el slogan que unifica a toda la dirigencia nacional.

“La culpa es del otro”.

¿Alcanzarán esas frases hechas para no repetir viejos errores? ¿Habrá sido así: la culpa fue de uno solo? ¿O será un serio error de enfoque y la Argentina estará condenada, para siempre, a ser el país de la marmota?

(*) Periodista - Publicado en Infobae

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