La derecha de América Latina necesita un futuro, no un pasado

Por Alberto Vergara (*)

Los políticos más neoliberales fracasaron por su desconexión con la ciudadanía y los más reaccionarios han apelado al viejo fantasma del comunismo, pero perdieron sus últimas tres elecciones. ¿Qué les queda a los partidos conservadores de la región?

El diagnóstico de la temporada es que América latina gira a la izquierda. Los números tienen otra versión: de las últimas 16 elecciones competitivas que hubo en la región ocho terminaron en manos de la derecha o centroderecha y el resto en la acera de enfrente. No obstante, los triunfos de Xiomara Castro en Honduras, de Pedro Castillo en el Perú y, especialmente, el impacto de la amplísima victoria de Gabriel Boric en Chile han sido determinantes para la sensación de oleada izquierdista. Sin embargo, con ánimo de investigador de naufragios, me gustaría acercarme aquí al reverso de esa ola: ¿Qué está pasando en la derecha continental?

Make Latin America great again

La elección de Jair Bolsonaro en 2018 destapó algo nuevo en América Latina. Tras décadas en que la derecha era asimilada al universo del Consenso de Washington —esencialmente, recetas de liberalización económica—, el presidente brasileño blandía una agenda en que las preocupaciones económicas palidecían frente a un ímpetu reaccionario en lo social, cultural y político. Ayudado por el ejemplo de Trump y de las nuevas rebeldías antiprogresistas que el historiador Pablo Stefanoni ha estudiado, despuntaba una derecha peculiar.

El ímpetu se propagó en la región y se vistió de anticomunismo. Curiosamente, para defender la libertad, Bolsonaro y Kast expresaban admiración por las dictaduras de los setenta. Mientras en Perú, Keiko Fujimori reivindicaba el gobierno de su padre que, en varios sentidos, fue la versión tardía de aquellos regímenes militares. La derecha latinoamericana, en suma, descongeló el arsenal de la guerra fría y salió a librar la “batalla cultural” contra el comunismo.

Pero sus tres últimos intentos electorales fracasaron. En Honduras, el grito de “patria sí, comunismo no” contra Xiomara Castro resultó infructuoso; en Perú, para evitar que el país se transforme en Peruzuela, la derecha en pleno resignificó a Keiko Fujimori, quién pasó a personificar la libertad; y en Chile, para impedir que se transforme en Chilezuela, Kast y la derecha creyeron que bastaría con convocar al viejo anticomunismo. Perdieron en todos los casos.

No es extraño que estas propuestas que parecieran buscar retroceder el reloj de la historia fracasen. De un lado, el miedo es un sentimiento que puede eventualmente brindar un triunfo electoral, sobre todo en sociedades con sistemas políticos fragmentados y en la cual dos tercios de la ciudadanía considera que todos los políticos son corruptos, como señala la encuesta Lapop de 2021. Sin embargo, es un sentimiento con el cual no se construye un horizonte común o una posibilidad de mejoras sustantivas.

 

Ahora bien, más importante que el anticomunismo de temporadas electorales, son las pretensiones retardatarias que sostienen a estas propuestas. Como la repetida valoración de la “familia” que, de forma velada —y a veces no tanto—, busca mantener a las mujeres en casa, o el rechazo explícito a las diversidades sexuales. O agitar la xenofobia, relativizar el racismo o rendirle pleitesía a VOX, el partido español que ha crecido impulsando exclusiones de distinto tipo. Una derecha, en síntesis, que no apunta ni al futuro ni a la integración. Tal vez ningún dato lo condense mejor que el porcentaje de mujeres menores de 30 años que votó por Boric: 70%.

Es decir, aun rechazando a Trump, es comprensible que en Estados Unidos haya un sector que añora alguna América del pasado (cuando ser blanco brindaba algún tipo de garantía en la vida, cuando había trabajo en las minas, cuando los sindicatos eran fuertes), pero ir en busca del tiempo dorado en que América Latina fue ejemplar es simplemente ridículo.

Administrar mejor el statu quo

También existe otra derecha en el continente, legataria del neoliberalismo de hace tres décadas. Pedro Pablo Kuczynski en el Perú, Sebastián Piñera en Chile, Guillermo Lasso en Ecuador y, con algunas diferencias, Mauricio Macri en Argentina, han encarnado en los últimos años una derecha gerencial empeñada en reanimar las reformas del Consenso de Washington. En países como Argentina y Ecuador significa remendar el mundo precorreista y prekirchnerista, lo cual difícilmente ilusiona a la ciudadanía. En Perú, en Chile y en la Colombia de Duque aparece como una promesa de hacer lo de siempre, pero un poquito mejor.

Sin embargo, el éxito fue esquivo a los presidentes-gerentes: Kuczynski no pudo mantenerse en el poder, acusado de hacer negocios con Odebrecht; Piñera le declaró la guerra a su pueblo y luego se supo que algunas de sus políticas rindieron frutos a su familia en las Islas Vírgenes británicas; Macri, quien había dicho que la inflación se solucionaba de un cocacho, fracasó en enrumbar la economía argentina y perdió la reelección.

Además —y acaso, sobre todo— demostraron una tremenda desconexión con sus países. Rescataron apellidos rimbombantes, parecían apostar a una plutocracia de facto, mientras profundizaban lo que Viridiana Rios denomina, para el caso mexicano, la “güeritocracia”. Por si fuera poco, sus nombres suelen aparecer en los papers que a cada tanto segregan los paraísos fiscales. En resumen, una derecha que encarna a una minoría latinoamericana que, en sus colegios de lujo, sus barrios enrejados y en sus clubes exclusivos, no aprende a ser ciudadana de sus países, sino dueñas de sus países.

El desafío

Diversas investigaciones de ciencia política han mostrado que el asentamiento de partidos conservadores ha sido crucial para la institucionalización de las democracias en Europa y América Latina. Así que nuestras democracias necesitan una derecha (y una izquierda, si hace falta recalcarlo en estos días polarizados). Pero no nos sirve una derecha saudosa de las dictaduras militares u otra nostálgica de aquel tiempo en que el neoliberalismo era un arrebato renovador. La derecha está obligada a inventar algo futurible. Y transversal.

No solo por un asunto de estrategia electoral. Aunque el terror como eslogan haya perdido recientemente en varios países, el Brasil demuestra que cuando triunfa da lugar a una desgracia gubernamental: una inflación importante, la economía languidece y, tras más de seiscientos mil muertos por la pandemia, Bolsonaro sigue sin vacunarse y ahora combate la inmunización de niños porque desconoce que alguien entre 5 y 11 años haya fallecido por Covid. No hace falta ser un maoísta para rechazar tamaño fracaso.

Ahora bien, en toda la región la derecha explica su deriva con un argumento más o menos así: “Nos va mal porque la izquierda ganó la batalla de las ideas y monopolizó el relato”. ¡Qué pereza intelectual! Cual genio maligno de Descartes, la izquierda habría brainwasheado a la gente. Y esto es erróneo. Diversos politólogos en los últimos años han mostrado que los giros a la izquierda o a la derecha son fenómenos políticos, pero no sociales: los valores de la sociedad latinoamericana no han virado de manera significativa ni hacia la izquierda ni a la derecha.

Además de equivocado es un argumento condescendiente, altanero. Descalifica la crítica y la voluntad de cambio en un continente en el cual 34% de la población careció de alimentación suficiente durante 2021. De otro lado, la explicación ignora que en la región existe también un “relato” fortísimo de capitalismo y emprendedurismo. Pero en lugar del examen crítico se amodorran en una aristocrática explicación derrotista. La cual, por cierto, alista otra más peligrosa: la democracia es el problema.

La derecha debería ofrecerle algo mejor a América Latina. Entre otras cosas, porque la izquierda no lo ha conseguido. En su relación con la democracia, por ejemplo, sabemos que en una y otra tienda existen facciones autoritarias. Y en términos de resultados, no hay un solo tema sustantivo respecto del cual podamos señalar con certeza que la izquierda o la derecha haya sido más eficaz que la otra en la región. ¿Alguien podría señalar algún patrón recurrente que sugiera que alguna responde mejor ante la inseguridad ciudadana? ¿Y no es verdad que, entre quienes lograron reducir la desigualdad en el continente, encontramos países que se mantuvieron a la derecha y también a la izquierda?

La derecha necesita recuperar iniciativa y algunas agendas convocantes. Una entre otras, por ejemplo, debería ser el propósito de construir un capitalismo competitivo. Pero está ausente. Tenemos una derecha más interesada en el laissez-faire lo de siempre que en competir; una derecha que ha confundido ser liberal con ser pro-rico.

Lo que se viene

Este año habrá elecciones en Brasil, Colombia y Costa Rica. En el país del futuro, la derecha moderada busca zafarse de Bolsonaro sin recaer en el PT. De momento, no parece posible porque Sergio Moro no despega. Lula da Silva se relame. Todo indica que ha atraído a su coalición a Geraldo Alckmin, expolítico del PSDB (centroderecha), exgobernador de Sao Paulo y quien, además, disputó la presidencia brasileña en 2006 contra Lula. ¿La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas? Lula entiende de esas alquimias.

En Colombia la derecha reaccionaria parece menguar. El expresidente Uribe, que dominó la escena por más de dos décadas, ahora es el político más rechazado del país. La ultraderechista senadora María Fernanda Cabal no consiguió ser la candidata del uribismo. Todo apunta a que el espantapájaros del “castrochavismo” se agotó. Los resultados en Perú, Honduras y Chile sugieren que no vale la pena reanimarlo. Lo que parece tomar cuerpo es una coalición de derecha llamada “equipo por Colombia”, que, si no muestra brillo, tampoco ventila estridencias, reverencias a VOX o un ánimo de desmoronar conquistas democráticas básicas. Sin embargo, que la derecha se mantenga en esa vía dependerá de la segunda vuelta, que muchas veces, paradójicamente, exacerba los ánimos en lugar de calmarlos. Si en esa instancia se enfrentasen con Gustavo Petro, el candidato de izquierda, las altisonancias del miedo podrían reincorporarse. Lo cual estará asociado, desde luego, a cómo se comporte Petro.

Porque, en última instancia, hay más opciones de tener derechas e izquierdas democráticas en conjunto que cada una por su cuenta. Y aquí, como en tantas cosas, Uruguay es ejemplo y excepción. Aunque en los últimos años surgió un partido de extrema derecha (Cabildo Abierto), el presidente Lacalle no reniega de su liberalismo. No construye su plataforma sobre promesas de exclusión ni sobre la desleal descalificación del Frente Amplio. Y estos no le gritan fascista. Lacalle está impedido de tentar la reelección, pero lo importante es que en la próxima presidencial, tanto los probables candidatos del FA como los del Partido Blanco, serían excelentes opciones en la mayoría de países latinoamericanos.

Y ahora recuerdo que John Stuart Mill defendía que un sistema político sano es uno donde alternan un partido del progreso y otro de la estabilidad. De tanto hablar de derechas e izquierdas, hemos perdido de vista que el premio mayor está en un sistema que refuerce a unas y otras. Para eso se requiere que los sectores pluralistas, de derecha o izquierda, no corran detrás de pretensiones cavernarias, por más novedosas y trendies que sean. No es lo que ha ocurrido en la derecha. Y como muestran los casos de Brasil, Perú y Chile esto les ha generado costos importantes en el corto plazo. Queda por ver si en nuestra civilización de la inmediatez pueda germinar una preocupación por el mediano plazo.

(*) Politólogo e investigador académico peruano. Profesor en la Universidad del Pacífico, Lima. Publicado en El País

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