Conflictos recientes, desarrollo y lectura de las derechas: la teoría de un solo demonio

Por Mario Wainfeld (*)

 

Los conflictos de cualquier tipo (laborales, educativos, sociales, económicos siguen las firmas) pueden subestimarse o negarse; jamás evitarse. Una sociedad democrática se mueve a su ritmo. Por lo general son complejos, suceden dentro de un contexto histórico, arraigan en tradiciones, tienen precedentes. En ningún país del mundo hay unanimidad; tampoco en la Argentina federal, diversa y pluralista. La infatuada derecha autóctona piensa distinto y viene acuñando “la teoría de un solo demonio”. El populismo, la izquierda, los pibes que ocupan escuelas, los planeros son culpables de todo disenso, carecen de legitimidad para reivindicar sus derechos. Extorsionadores, delincuentes, quedan excluidos del diálogo democrático aún de las tratativas usuales en toda pulseada por intereses.

El diputado Javier Milei se esmera para quedar a la derecha de Juntos por el Cambio, pero la principal oposición le deja poco margen. El Jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta se halconiza a diario en desesperada carrera para empardar a otros presidenciables. Tal vez no lo consiga, tal vez esté destiñendo el perfil que quiso armar hace tres años… pero criminaliza a los estudiantes que formulan demandas del sector, tomando colegios. Un clásico de las luchas populares que se concreta cerca del aniversario de la Noche de los lápices. La ministra Soledad Acuña ni se imagina armar una instancia de negociación, habla de denuncias penales. Miente porque no hay delito. El larretismo pijotea consigo mismo: denuncia contravenciones, manda policías de noche a los hogares de los chicos ocupantes. Manifestarse es un derecho cívico, las normas argentinas estipulan priorizar el interés superior del menor. Acuña y Larreta se ne fregan. Comisionan policías que ingresan al Colegio Nacional Buenos Aires, la autonomía universitaria te la debo, aunque ningún aliado radical cambiemita diga “esta boca es mía” o conmemore la Reforma universitaria.

Enviados de Larreta consultan a los jueces de su feudo, aquellos que son tropa propia. Le responden que no hay delito ni perspectiva de trasladar la responsabilidad penal o contravencional de los hijos a los padres. A “Horacio” no le importa ya que su afán es amedrentar.

Los medios dominantes doblan la apuesta. Una caterva de periodistas adultos reportea a jóvenes, los maltrata, no los deja hablar, les grita, les falta el respeto. El piberío replica con altura, argumenta, los golea en materia de debate. Los reporteros se sacan, algunos putean a madres e hijos al aire. Un calificado exponente pide que corrijan un error de ortografía en un zócalo de tevé. Tuvo mala suerte porque esas fallas son plaga, pero en esta ocasión estuvo bien. Errores de ortografía verbales, una novedad que junto a la violencia retórica pinta bien al periodismo hegemónico.

Como cuando Horacio Rodríguez Larreta valló las cercanías del departamento de la vicepresidenta Cristina Fernández las agresiones contagian. Una mujer insultó y agredió a chicas y familiares del “Lengüitas”. Más que en una loba solitaria cabe pensar en una persona que percibe contar con licencia social para agredir de palabra y de hecho a menores en la vía pública. Algo inimaginable en un pasado argentino no tan remoto.

 

Paritarias, antes y ahora

 

Durante la presidencia de Néstor Kirchner las convenciones colectivas recobraron dinamismo y sentido. En la década del ’90 se pactaban a la baja como consecuencia de la flexibilización de hecho. A partir de 2003 mejoraron los salarios en particular y las condiciones de trabajo en menor medida. Hablamos de modo genérico pues hay matices y excepciones.

De cualquier modo, la tendencia hasta 2015 fue propicia para los trabajadores registrados y solía bastar una paritaria anual. La elevada inflación durante el actual oficialismo combinada con la voluntad de los gremios y del Gobierno para preservar el valor adquisitivo de los salarios impuso un cambio tan correcto como endiablado: reajustes cada vez más frecuentes, cláusulas gatillo.

El mecanismo encastra con la preocupación de la gente común que no llega a fin de mes, castigada por las remarcaciones constantes de precios de artículos de primera necesidad. El Gobierno no encuentra solución al problema que es su principal deuda, la peor mochila para enfrentar las elecciones de 2023.

Las paritarias entre el Sindicato Único de Trabajadores del Neumático (Sutna) y las empresas del sector se empantanaron en los últimos meses. Se habla en plural porque se negociaban la del año 2022 y la del 2023. El secretario general del Sutna, Alejandro Crespo, milita en el Partido Obrero. Sus contrapartes, multinacionales gigantes, pertenecen a la crema del empresariado. Confrontan, pues, dos sectores que por motivos polarmente diferentes se oponen al gobierno del presidente Alberto Fernández.

La interesante nota de Natalí Risso publicada ayer en Página 12 traza coordenadas temporales: cinco meses de tratativas fallidas, nueve días de huelga con piquetes y ocupaciones. Cuando comenzó la puja Martín Guzmán todavía era ministro. Las patronales y el gremio polarizaron posiciones.

La cobertura convencional se esmeró en detallar que los laburantes ganan más que otros sindicalizados. No exploró las mega ganancias de las patronales, sus patrimonios suntuosos. Menos el impacto salarial en los costos globales. Enfatizó poco las condiciones de trabajo que saben ser de 54 horas semanales, turnos rotativos con contados francos semanales.

El Sutna logró años atrás cuando Pedro Wasiejko era secretario general, una cláusula latente, pensada por si había mejores tiempos: participación en las ganancias. Se concretó de modo reciente. El derecho está consagrado en el artículo 14 bis de la Constitución. Por añejas correlaciones de fuerzas no acostumbra transformarse en conquista concreta. Eppur existe. Una de sus ventajas colaterales que suele señalar el exdiputado Héctor Recalde es que habilita el acceso de los gremios a los libros de las empresas, información que está requete recontra encriptada, de ordinario.

Para la exministra Patricia Bullrich el mundo es más sencillo. El demonio es el otro. Rotuló al gremio con liderazgo trotskista como "mafia sindical", mote que suele reservar a los peronistas. Se costeó hasta las fábricas para fotografiarse y hacer alharaca. Si criminalizamos que sea visible, su consigna.

El acuerdo tardó, llegó en la madrugada del viernes, precedido de reuniones en las que las partes no se juntaban un clásico de las conciliaciones laborales. Mediaron dirigentes sindicales del peronismo combativo y de la izquierda. El gobierno respiró aliviado.

Las críticas contra el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, tuvieron pinta de lugar común. Provinieron desde el Sutna. Los empresarios le dijeron de todo cuenta el periodista Francisco Olivera en el diario La Nación. Los sindicalistas kirchneristas le reprueban blandura y lentitud. Desde 2020 Cristina lo tiene marcado como un funcionario que no funciona. Ahora destiñe. Cada vez es más frecuente la comparación con el ex ministro Carlos Tomada cuyo desempeño fue incomparablemente superior, cualitativamente distinto.

Alberto Fernández defiende a Moroni. En torno del ministro chimentan que crecen sus ganas de renunciar pero que el presidente lo frena. Por causas diferentes, el ministro de Desarrollo Social Juan Zabaleta divulga su intención de dimitir y reasumir como intendente de Hurlingham.

En simultáneo con menos estrépito, el secretario general de la Bancaria Sergio Palazzo obtuvo un incremento superior a la inflación predecible, asimismo sujeto a actualización.

Con un pronóstico de inflación anual que ronda el 100 por ciento el horizonte de nuevas reaperturas y reclamos será agenda del último trimestre. Y los movimientos en el Gabinete insinúan otro dolor de cabeza para la Casa Rosada.

 

La macro y la indigencia

 

El ministro de Economía Sergio Massa irrumpió en la recta final de la negociación amenazando con abrir las importaciones de neumáticos. La parcialidad fue cuestionada por el Sutna, con razón.

Massa anunció el saldo de otra pulseada inconfesa, la recaudación del llamado “dólar soja” que superó sus propias expectativas. Las consecuencias virtuosas macro son nítidas: alivio para las arcas fiscales, refuerzo de las reservas del Banco Central, el alejamiento de la hipótesis de corrida financiera catastrófica. No es poco, aunque se omite que lo colectado fue consecuencia de ceder ante las presiones de los exportadores-especuladores. En una de esas el retroceso era ineludible o necesario… igual es una concesión a los poderosos.

Otra contrapartida que figuraba en el decreto que creaba por un mes el dólar soja es el “bono soja”, una transferencia de ingresos para los argentinos de menos recursos. Bienvenida siempre, jamás definitiva. Su alcance y valores se conocerán en este mes.

La divulgación de los porcentajes de pobreza e indigencia ratifican condiciones estructurales de la economía. Demasiadas mujeres y chicos nacen pobres y están casi condenados a no trascender esa condición. El gobierno perdió la chance de implementar años atrás un cuarto Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y no tiene en su caja de herramientas institucionalizar un programa de ingresos. Un notable trabajo de la economista Mercedes D’Alessandro (titulado “Ingreso familiar de emergencia: notas sobre una política pública a contrarreloj” https://t.co/alh7m3nBzA) pone en valor las virtudes del IFE y ayuda a pensar en eventuales continuidades aprovechando sus enseñanzas.

Cristina Fernández de Kirchner tuiteó para alertar acerca de la suba de los índices de indigencia y vincularlo con las exorbitantes ganancias de las empresas. Resaltó que Economía trabaja duro pero el mensaje quedó claro.

El viceministro de Economía Gabriel Rubinstein le replicó sin identificarla, esgrimiendo su ortodoxo punto de vista.

Es el primer cuestionamiento de CFK a la gestión de Massa. En las próximas semanas o meses se sabrá cómo sigue esta discusión, de inicio delicado y preciso a la vez.

 

Brasil decide

 

El diario La Nación cometió un editorial sintomático esta semana. Versó sobre el atentado contra Cristina Fernández de Kirchner. Puso en tela de juicio su existencia, se inclinó por considerar que la hipótesis más posible es un simulacro urdido por la propia Cristina. La teoría del demonio único, al extremo: la víctima es la culpable. Dale nomás.

En un cuadro mundial desplazado a derecha, el pueblo brasileño votará hoy para definir su futuro. La disyuntiva se polariza, dos proyectos antagónicos. El expresidente Lula da Silva presumiblemente no podrá repetir los logros alcanzados en sus mandatos y los de Dilma Rousseff, pero como estadista popular tratará de encauzar la economía y la política de su patria, atenuar las desigualdades. El presidente Jair Bolsonaro, en cambio, repetiría y ahondaría todo el daño que ya ha hecho. Una ultraderecha primitiva y feroz.

Alguna vez, bromeando apenas, este cronista escribió que los argentinos deberían votar en elecciones de otros países porque de ellas depende una fracción importante de su futuro. Es una de las tantas variables fundamentales que inciden en la vida de los pueblos y en las posibilidades de los gobiernos sin que se pueda intervenir. Habrá que ver, esperar y leer el consabido diario del lunes.

 

(*) Esta columna de Opinión de Mario Wainfeld fue publicada originalmente en el diario Página/12.

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